Los viajes de Mariano

República de Turquía 2002

14 de julio, Estambul22 de julio, Éfeso 30 de julio, Ankara, Safranbolu
15 de julio, Estambul 23 de julio, Afrodisias, Pamukkale 31 de julio, Amasra
16 de julio, Estambul 24 de julio, Hierápolis, Yesilada 1 de agosto, Safranbolu, Estambul
17 de julio, Estambul, Bursa 25 de julio, Egerdir, Konya 2 de agosto, Estambul
18 de julio, Bursa 26 de julio, Aksaray, Güzelyurt 3 de agosto, Estambul
19 de julio, Dikili 27 de julio, Ihlara, Selime, Güzelyurt 4 de agosto, Estambul
20 de julio, Pérgamo, Çesme 28 de julio, Derinkuyu, Uçhisar
21 de julio, Selçuk 29 de julio, Ávanos, Ürgup

29 de julio, lunes

    Confieso que estoy nervioso, hoy volaré en globo por primera vez en mi vida. El despertador suena a las cinco menos cuarto. Una buseta nos recoge puntualmente para llevarnos hasta Göreme donde nos reunimos con el resto de pasajeros, en total seremos once, entre ellos el anterior primer ministro de Portugal, António Guterres, con su mujer e hija.

Paisaje de la Capadocia

    Mientras nos obsequían con unas pastas y un té, el piloto suelta unos globitos convencionales para ver la dirección del viento y así determinar el punto de despegue más apropiado. Nos trasladan a dicho punto y en pocos minutos hinchan el globo. Venga, todos a la góndola. Antes de soltar amarres, el piloto, inglés, nos suelta una parrafada: "Casi todos los vuelos en globo se realizan temprano porque la escasa velocidad de la brisa matutina resulta muy apropiada para volar. Según avanza el día, la atmósfera se calienta y se producen más turbulencias. Verán ustedes que la cesta tiene mamparas que separan a los pasajeros, eso es para que el peso se distribuya uniformemente, así va más equilibrada. Ahora pueden llevar cámaras o prismáticos al cuello pero justo antes de aterrizar deben guardarlas en algún lugar seguro, por ejemplo, dentro de la chaqueta, así evitan que les golpeen la cara en caso de que el aterrizaje sea algo brusco. Atención al aterrizaje porque es el momento más delicado; el globo se detiene al rozar contra el suelo y cuando el viento es flojo la cesta se va frenando con suavidad, pero si el viento es fuerte podemos golpear varias veces contra el suelo, no se preocupen... como mucho saldrán con algún brazo roto, ja, ja. Cuando aterrizemos deben agarrarse fuerte a esas asas de cuerda y flexionen las rodillas de tal manera que se agachen hasta que su cabeza no asome por encima de la borda, así se protegen la cabeza en caso de que el aterrizaje sea problemático por viento fuerte. Ah, y no fumar, claro. ¿Alguna pregunta?"
    —Sí, ¿qué combustible utilizan, helio o hidrógeno?— Pregunta una pasajera.
    —No, no, aclaremos conceptos: el helio y el hidrógeno se usan para llenar los globos con esos gases. Suelen ser globos publicitarios cerrados con formas muy variadas. Se usa más el helio que el hidrógeno, que es inflamable. Pero estos gases son caros para uso turistico. Lo más habitual es llenar la vela de aire con la ayuda de un ventilador y después calentar ese aire para que pese menos mediante la llama que produce un quemador de propano. El utilizar propano es porque a temperatura ambiente mantiene una presión adecuada para el funcionamiento de los quemadores.
    —¿Cómo dirigen el globo?— Vuelve a preguntar la misma.
    —Ascender y descender es fácil, sólo hay que calentar el aire para subir o abrir la válvula de escape para bajar. Para moverse horizontalmente dependemos de la dirección del viento. Buscamos las corrientes de aire modificando la altura.
    Sueltan los amarres y nos elevamos con rapidez hasta los seiscientos metros. No hay ninguna sensación de vertigo, ni aún mirando hacia abajo. Quizá sea el silencio lo que más sorprende del viaje en globo, no hay ruidos, excepto cuando se accionan los quemadores, que casi te chamuscan la cabeza, una gorra habría venido muy bien.
Brusco aterrizaje
    La velocidad de descenso también es sorprendente, en poco tiempo pasamos de tocar las nubes a estar a pocos metros del suelo. Hay ocasiones que parece que fuéramos a chocar con las formaciones rocosas, pero siempre en el último momento el piloto desvía el rumbo y salimos indemnes. Excepto una vez: el piloto está tan absorto dando explicaciones sobre los entresijos de la navegación que chocamos contra un cono de roca. Al golpear con él pensé que se había soltado uno de los cuatro puntos de anclaje de la cesta con el globo. ¡Menudo susto! La verdad es que estas cestas de mimbre aguantan bien los golpes, se deforman sin romperse, son elásticas.
    El aterrizaje ha sido muy duro. Andaba yo despistado y de repente, veo que los demás se agarran a las correas de la cesta y se ponen en la posición que nos habían enseñado: de espaldas al sentido de marcha y con las rodillas flexionadas. Al de pocos segundos, sentimos un fuerte golpe, el sonido del arrastre de la cesta contra los rastrojos de la era y luego, otro golpe, más fuerte que el anterior y después nada, inmovilidad total.
    Nos miramos los unos a los otros, aún agarrados a las correas y todavía con cara de susto. Kelly, de la agencia, toma nuestra cámara y nos hace una foto mientras aún estamos en la cesta. Realmente, un magnífico final de viaje, sobre todo porque nadie se hizo el más mínimo rasguño. Nos invitan a una copa de champán y volvemos. Para las ocho y media ya estamos en Las Terrazas. Desayunamos y nos vamos de marcha con Marco y el resto de huéspedes a dar un paseo por el valle de Göreme.
    Para las once ya estamos de vuelta y marchamos hasta Ávanos, donde se encuentra el mayor centro de cerámica y tapices de la zona. Visitamos la tienda de Galip. Es un artista que elabora las piezas de cerámica con el barro rojo de las orillas del río Kizilirmak y las pinta con motivos tradicionales. La galería de Galip se extiende por un pasillo excavado en la roca. En una de las cuevas hay una colección que no tiene nada que ver con la cerámica: hace diecisiete años Galip cortó un mechón de cabello a una viajera y lo pegó con su nombre y dirección en el techo de la cueva. Desde entonces, miles de mechones, sólo de mujeres, se amontonan en las paredes y el techo de la estancia hasta tal punto que aparece en el libro Guiness de los registros más sorprendentes.
    Por la tarde visitamos Ürgup y tras algún regateo, compro un kilim a buen precio, al menos para mí.

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