Los viajes de Mariano

República de Turquía 2002

14 de julio, Estambul22 de julio, Éfeso 30 de julio, Ankara, Safranbolu
15 de julio, Estambul 23 de julio, Afrodisias, Pamukkale 31 de julio, Amasra
16 de julio, Estambul 24 de julio, Hierápolis, Yesilada 1 de agosto, Safranbolu, Estambul
17 de julio, Estambul, Bursa 25 de julio, Egerdir, Konya 2 de agosto, Estambul
18 de julio, Bursa 26 de julio, Aksaray, Güzelyurt 3 de agosto, Estambul
19 de julio, Dikili 27 de julio, Ihlara, Selime, Güzelyurt 4 de agosto, Estambul
20 de julio, Pérgamo, Çesme 28 de julio, Derinkuyu, Uçhisar
21 de julio, Selçuk 29 de julio, Ávanos, Ürgup

17 de julio, miércoles

    Desde el hotel Avicenna al Gran Bazar tan solo hay quilómetro y medio, así que vamos andando, que son veinte minutos. El Gran Bazar se estableció dos años después de la conquista de Constantinopla por el Imperio Otomano y ha crecido hasta ocupar una extensión un poco mayor de cuatro campos de fútbol. Dicen que contiene más de tres mil tiendas, algunas con artículos orientados a los turistas pero la mayoría van dirigidos al público local: ropa, especias, cacharros de cocina, juguetes, frutos secos, alfombras y lámparas muy abigarradas, zapaterías y..., sobre todo, muchas joyerías. El mercado turco del oro es el tercero más importante del mundo, detrás de China e India, y el Gran Bazar es el corazón del mercado del oro en Turquía. Se cree que las familias acumulan en sus casas hasta cuatro mil toneladas de oro. No creas que compran las joyas para lucirlas, que también, la razón principal es la inversión, el ahorro, una cobertura contra la inflacción y la debilidad de la moneda. La importancia de la industria de la joyería la dicen las cifras: doscientas cincuenta mil personas trabajan en ella, nada menos. Pero... ese color del oro... no es como en España, ¿no será malo? Muchas de las joyas de oro son de 24 quilates, es decir, son casi oro puro, por eso tienen un color diferente al que estamos acostumbrados en España, eso sí, ya sabes que cuanto más puro más blando y deformable.
    En cuanto a precios, hemos comprobado que las mismas zapatillas de deporte costaban el doble en el Gran Bazar que en una tienda situada en la calle, de camino hacia el Bazar Egipcio. Igual es que en el Gran Bazar hay que regatear el doble.
    Ahora nos acercamos al Bazar Egipcio, a menos de un quilómetro del Gran Bazar. Aquí nos llama la atención unas garrafas cerradas de cristal llenas de sanguijuelas. Se trata de un remedio casero ancestral que aprovecha el poderoso poder anticoagulante de las sanguijuelas, de hecho, Turquía exporta sanguijuelas con fines terapéuticos desde hace más de un siglo. Las venden por unidades y el vendedor atrapa a estos "doctores" —así las llaman— metiendo la mano en la garrafa y el cliente se las lleva en una botella de plástico.
Sanguijuelas listas para llevar
   De vez en cuando se ve a chavales de ocho o nueve años con trajes de ceremonia camino de la circuncisión. Esta moda viene de antiguo, lo adoptaron los judíos como parte de la alianza de Alá con Abraham y en el islam se sigue por el ejemplo del profeta Mohammed, no por el Corán. Simboliza su introducción en la sociedad religiosa. El caso es que es una gran fiesta para toda la familia, excepto para el protagonista. Es costumbre que en el hospital le acompañe un padrino. En algunas zonas del este de Turquía, aunque al chaval y al padrino no les una lazos de sangre, no le permiten casarse con su hija. Se considera un incesto, ya que el padrino pasa a ser alguien como de la familia. Hoy en día, la tradición se está perdiendo y muchos padres prefieren que su hijo sea circuncidado justo después del momento de nacer, en el hospital.
    A las tres nos traen el coche a nuestro hotel y abandonamos Estambul por el puente del Bósforo. Según salimos, vemos muchos bloques de edificios a medio hacer, una constante en todo el país. Y algo curioso: la mayoría tienen una barbacoa en la terraza; les encanta chamuscar la carne.
    A las afueras de Estambul se ve mucho olivo. Las carreteras no son buenas, necesitan un nuevo asfaltado; al menos, no hay baches importantes.
    Llegamos a Bursa y nos alojamos en el barrio de Çekirge, en la 217 del hotel Gönlü Ferah, en una amplia habitación algo siniestra.
    Para cenar, nos acercamos al centro, al Arap Sükrü Yilmaz, un restaurante de terrazas al aire libre donde nos zampamos unos mezes y unos salmonetes fritos. Los mezes o entremeses nunca faltan en una comida turca. Muchos restaurantes se ahorran explicaciones mostrándolos sobre una gran bandeja o en mesas con ruedas, así el cliente puede escoger el que más le gusta. Entre los mezes nunca faltará platos con la hortaliza estrella: la berenjena, originaría de India, suele presentarse frita o en puré. También las ensaladas de tomate y pepino, los dolma o pimientos rellenos de arroz, los mejillones rebozados fritos, las judías a la vinagreta, yogur con pepino rallado, queso de cabra, anchoas fritas o crudas, etc. El pan siempre es abundante y muy bueno, el mejor pan de cuantos he probado. Como se ve, todos los platos de la cocina turca nos resultan muy familiares.
    Hay gente por la calle y muchas tiendas abiertas incluso a las doce de la noche, hasta modernas peluquerías.

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