Los viajes de Mariano

Tanzania 2006


12 de julio, jumatano

    Hemos pasado siete días en Kenia y hoy nos recogen a las once del hotel Stanley para trasladarnos al pequeño aeropuerto Wilson de Nairobi, muy cerca del centro. Desde la agencia Kobo nos aseguran que no hace falta billete, que aquí se funciona con una simple lista de pasajeros. Al llegar al aeropuerto nos piden el billete porque no aparecemos en ninguna lista. No saben ni a qué aeropuerto volamos, ¿al de Kilimanjaro o al de Arusha? Tras una hora de indagaciones y suspense, por fin la cosa se arregla y salimos puntuales con Air Kenya. En el mostrador de facturación no hay ni ordenadores ni rayos X, así que el registro corporal y de las maletas es a conciencia.
En el aeropuerto de Kilimanjaro, Tanzania
    El vuelo sale puntual a la una y tardamos cincuenta y cinco minutos en llegar al aeropuerto de Kilimanjaro.
    La primera impresión sobre Tanzania es que el nivel de vida es superior al de Kenia: carreteras impecables (con rayas pintadas y todo), pueblos limpios, casas sencillas pero de ladrillo, campos cultivados de maíz, girasoles y café, todo parece mucho más limpio y ordenado que en Kenia. ¿La razón? Nuestro conductor nos asegura que el gobierno tanzano tiene una orientación más social que el de Kenia y gasta más dinero en infraestructuras.
    La vegetación hasta Arusha es tropical, muy verde e invadiendo cada palmo del terreno. Hará unos veinticinco grados.
    En el vestíbulo del hotel Arusha nos espera el representante de la agencia Kobo, un madrileño muy joven, con él repasamos el itinerario y nos da algunas recomendaciones sobre el agua, picaduras de mosquitos, etc. Cosas de sentido común. Después nos presenta a nuestro conductor, Hasán, y al guía, Suri. El vehículo es un todo terreno Toyota Landcruiser con bastantes años pero, sin duda, mucho mejor que las busetas Nissan Caravan de Kenia. En Tanzania casi todos los vehículos que utilizan las agencias son todo terreno ya que la carretera de bajada al cráter de Ngorongoro es algo complicada para un vehículo convencional.
    Salimos hacia el lago Manyara y a las afueras de Arusha el paisaje cambia por completo, dejamos la selva tropical y entramos de lleno en la sabana arbustiva.
Mercado de un pueblo en Tanzania
Cruzamos un pueblo donde se está celebrando el mercado mensual. El colorido de las túnicas de los masáis es espectacular desde la distancia. A ambos lados de la carretera se observan pequeñas aldeas masáis (manyatas) con su boma característica.
    El número de cabezas de vacuno que manejan los masáis es considerable, los rebaños alcanzan los varios cientos de ejemplares. Las mujeres de los masáis recogen agua de las charcas, foco de todo tipo de infecciones. Adelantamos a un masái en bicicleta, todo un signo de modernización.
    Las ruidosas bandadas de los pequeños pájaros tejedores oscurecen el cielo por unos momentos. Los nidos de estos pequeños pájaros gregarios se ven por todas partes. Si el nido es de color paja, es que ya ha sido abandonado. El macho construye el nido antes de conocer a las hembras, cuando lo termina se cuelga por debajo y bate las alas para atraer alguna, la hembra visita el nido y si le gusta, inmediatamente se aparean y en uno o dos días pone los huevos. En cuanto la hembra se instala, el macho se pone a construir otro nido para atraer a otra hembra.
    Milenarios baobas flanquean la carretera, ahora sin hojas ya que es la temporada seca. Cerca de aquí, en el lago Eyasi, viven algunos bosquimanos, dicen que comen de lo que cazan y van vestidos con pieles de animales.
    Cuando nos acercamos al lago Manyara la vegetación se vuelve de nuevo tropical, la cercanía del agua hace milagros.
   Nos alojamos en el Serena, en lo alto del risco del Rift, un hotel con cierto encanto y unas vistas magníficas sobre el lago. Al lado de la piscina hay una representación de bailes de un grupo local.
    La comida está muy bien presentada en este Serena. Los papadams indios a la pimienta están bonísimos.

13 de julio, alhamisi

    A las ocho comenzamos el safari. Tardamos veinte minutos en bajar desde el risco donde se encuentra el hotel Serena hasta la entrada del Parque Nacional del Lago Manyara.
    Una maqueta del centro de interpretación nos muestra la situación del lago dentro del valle del Rift. El lago Manyara toma su nombre de un arbusto de savia tóxica, las tribus lo colocan alrededor de las aldeas como protección, para evitar que los depredadores entren a por el ganado.
Elefante en Manyara
   Este parque tiene gran cantidad de elefantes, jirafas masáis y monos. A lo largo del río que desagua en el lago atisbamos varios martines pescadores, grullas y otras aves. En una charca se baña una manada de hipopótamos, también observamos cigüeñas de pico amarillo, pelícanos, patos de Egipto, águilas, buitres, una mangosta y por supuesto, muchas gacelas, impalas, cebras y ñúes.
    Después de almorzar, salimos a la una y media hacia la mayor reserva de vida salvaje del planeta: el Serengueti. La carretera bordea el cráter del Ngorongoro, donde disfrutamos de una vista fantástica de la caldera, algo poco frecuente en pleno bosque lluvioso, lo habitual es la niebla y la lluvia.
    Un joven masái nos grita y gesticula desde el borde de la carretera, el tipo viste la ropa de la circuncisión, túnica morada y la cara pintada de blanco. No sé a que vienen esos gritos, si a que aún le duele o es que quiere que nos echemos una instantánea con él.
    La carretera es pésima, sufrimos en cada metro del recorrido y son cinco horas de baches y de polvo. Nos detenemos en el centro de interpretación del Parque Nacional del Serengueti, en la puerta Naabi Hill. Serengueti significa en lengua masái "llanura interminable" y eso es precisamente lo que encuentras aquí, una vasta llanura de hierba dorada sin límites, sin apenas árboles. Esta inmensa llanura se formó hace tres y medio millones de años a partir de las cenizas que expulsaron los volcanes del área del Ngorongoro y ocupa, sólo el parque, 14700 Km², como dos veces la comunidad de La Rioja.
    Un parque nacional se diferencia de una reserva en que no hay asentamientos humanos, en el caso del Serengueti, no hizo falta expulsar a nadie, la mosca tsé-tsé se encarga de que ninguna tribu se instale en este área.
    Las tarifas de entrada al parque están bien definidas en un letrero del centro de interpretación: cincuenta dólares por persona para los extranjeros y un dólar veinte centavos para los tanzanos. El coche: cuarenta dólares para extranjeros y ocho para los tanzanos.
    En noviembre comienza la estación de las lluvias cortas, entonces los ñúes se desplazan desde los bosques del norte a la sabana herbácea del sur. En febrero y marzo, el noventa por ciento de las hembras da a luz y permanecen en la sabana varios meses, hasta que cesan las lluvias y la sabana herbácea se empieza a secar. En mayo y junio, es momento de migrar nuevamente hacia el oeste y luego al norte, hasta el Masái Mara. Ahora mismo, los millones de ñúes y cebras están de vacaciones en el Masái Mara. Aún así, la población residente es más que suficiente para entretener a los turistas. De hecho, el safari por el Serengueti será para mi el mejor recuerdo del viaje.
Leonas descansando al borde del camino
    Seguimos por la recta carretera de tierra con el sol ya cerca del horizonte. Por el camino, encontramos un vehículo orillado en la carretera, signo inequívoco de que han visto algo interesante. En efecto, dos leonas descansan en un pequeño sendero a pocos metros de la carretera, despatarradas. Más tarde, una solitaria hiena moteada atraviesa la carretera. Nos detenemos también junto a otro todo terreno cuyos ocupantes dicen haber visto un león levantar la cabeza entre la espesa hierba. Aguardamos varios minutos y ...nada. Se ven muchas gacelas Thompson y cebras durante todo el recorrido.
    La puesta de sol, como todos los días, memorable.
    Arribamos al Serengueti Sopa Lodge a las siete menos cuarto, nos instalan en una suite, la setenta y cuatro, recién remodelada. La cena es algo floja, pero lo compensa la simpatía del servicio, siempre atentos y sonrientes. Lo mejor, la vista desde el mirador de la piscina. Te sientas con un refresco y tus binoculares y pasas un rato entretenido observando los animales: cebras, ñúes, gallinas de Guinea, elefantes, etc.

14 de julio, ljumaa

    Magnífico safari el de hoy, hemos recorrido el Serengueti desde las ocho a las seis con una paradita para comer en un área de pic-nic. La mañana, como siempre, soleada pero fresca. Las moscas tsé-tsé se ponen algo pesadas y es apropiado extenderse repelente sobre las partes del cuerpo expuestas. Las tsé-tsé se parecen a los tábanos de río; una de ellas me pica en la mano. Según nuestro guía, no hay problema, no corro peligro mientras no me piquen unas cuantas docenas.
Gacelas Thompson sobre la sabana del Serengueti
    Una manada de elefantes con sus crías cruza la senda a cien metros del hotel. Las cortezas de los árboles son también parte de su dieta y una atenta mirada a los troncos nos revela los destrozos que ocasionan en los árboles. Su trompa es casi tan precisa como nuestra mano, incluso son capaces de hacer dos cosas a la vez, retienen las cortezas en una curva de su trompa mientras su extremo sigue arrancando hojas. Asombroso. Más tarde, cerca de unas mesas de pic-nic, dos leonas, con las fauces aún manchadas de sangre, descansan a la sombra de una acacia. Las jirafas masáis son animales muy habituales, solitarias o en grupos de cinco o seis. Los hipos tampoco faltan en cualquier charca de mediana profundidad.
    A lo lejos oteamos una aglomeración de vehículos: todo el mundo mira con sus prismáticos hacia las ramas de una acacia, ¿quién es el causante de semejante expectación?, pues un leopardo, animal muy difícil de ver.
    En las horas centrales del día, las cebras también buscan la sombra de las acacias y descansan con su quijada sobre los lomos de sus congéneres, eso sí, siempre están alerta, cualquier momento es bueno para que los leones ataquen.
Damán descansando sobre un banco en el área de pic-nic
    Comemos el contenido de nuestras cajitas de pic-nic en las mesas de piedra del centro de interpretación. Los damanes campan a sus anchas entre las piernas de los turistas, hasta dormitan a nuestro lado, sobre los bancos de piedra. Parecen ratas gigantes, pese a que su pariente más cercano es el elefante. En el suelo se muestran unas cuantas mandíbulas de animales, las más impresionantes son las de los hipos, pesan una barbaridad, la musculatura necesaria para mover este peso unido a semejantes huesos configuran un arma mortal de necesidad.
    Los refrescos se venden a diferente precio, depende si eres del país o foráneo, a nuestro conductor le cobran tres veces menos que a nosotros por la misma botella de cola.
   De regreso al hotel, nos encontramos a las leonas de la mañana, las que tenían los morros manchados de sangre, tiradas en medio del camino, no ponen buena cara ante el humo de los tubos de escape. Las podemos fotografiar a menos de dos metros y la verdad es que impresionan. Cuando un turista saca casi medio cuerpo por la abertura del vehículo, una de las leonas lo mira fijamente y pone sus músculos en tensión, como preparada para saltar, todos nos quedamos expectantes, ¿se lo comerá? El chaval se repliega rápidamente y aquí no ha pasado nada.
    La cena en el Sopa ha sido tristonga, eso sí, los camareros no podían ser más amables.

15 de julio, jumamosi

    Segundo safari en el Serengueti, hoy de ocho a una y media. A lo lejos divisamos la fina estampa de un guepardo, tiene a todas las gacelas de los alrededores pendientes de él. A pesar de que se encuentra a más de cien metros, no le quitan ojo. Se sube sobre un termitero para otear la sabana y a los pocos segundos corre tras una presa. Las gacelas huyen en estampida. Intento fallido. Suerte para ellas porque el guepardo es un magnífico cazador, suele tener éxito en el cincuenta por ciento de los intentos.
Atasco en la sabana
Las esbeltas gacelas son su plato preferido, no así para los leones, que apenas las cazan, son demasiado pequeñas para alimentar a la familia.
    Durante muchos kilómetros no descubrimos más depredadores, sólo gacelas, kobos de agua, cebras, ñúes, impalas... hasta que, por fin, divisamos dos vehículos parados al lado de unas acacias. Allá vamos. Son tres guepardos que descansan tranquilamente a la sombra. Al poco tiempo, miro a mi alrededor y ¿que veo?, un embotellamiento en plena sabana. ¡Hasta un camión de Campsa! El del camión se baja para regular el tráfico y apartar a los vehículos, no puede pasar. En cuanto pone el pie en tierra, los guepardos miran con atención entre las ruedas observando sus piernas. Se muestran inquietos, ¿se lanzarán a por él? Ni hablar, reculan unos metros y se vuelven a tumbar.
   Por esta zona de los kopis no se ven tantos animales, sólo dos chacales, pequeñas bandadas de coloridos agapornis, un caracá que atrapa una langosta casi a nuestros pies, una milano real de espalda negra en lo alto de un árbol, más elefantes, topis, kudús, jirafas... El avestruz es un ave muy frecuente, casi todos los días vemos algún macho con su harem, siempre en París, es un animal tímido que no se acerca demasiado a las pistas de tierra. Lo de esconder la cabeza como un avestruz viene por su táctica de acostarse con su cuello tendido sobre su cuerpo, de esta manera desdibuja su silueta desde la lejanía. De todas formas, no tiene muchos enemigos, puede correr hasta los setenta kilómetros por hora y sus potentes patas son herramientas mortiferas.
    Cuando el camino se acerca a un pozo estancado estamos atentos, cerca del agua siempre rondan animales. En efecto: a pocos metros de la orilla se distingue el dorso inmóvil de un enorme cocodrilo; a su derecha, las ondas en la superficie delatan a un hipo sumergido; en la otra orilla, las cabezas de dos leones asoman sobre la sabana herbácea, en los árboles, buitres de espalda blanca; abajo, garzas, gallinetas, etc...y las palmeras duma dando el último toque de exotismo a este paisaje maravilloso.
    Dejamos la seguridad del todo terreno para subir sobre la roca de un kopi. Hasán nos quiere enseñar una piedra utilizada antiguamente por las tribus para tocar música. Da cierto temor poner el pie en tierra después de ver tanto animal salvaje. Además, los kopis están llenos de piedras enormes, de cactus gigantescos y de muchos arbustos, fantástico refugio para todo tipo de animales, así que uno pone el pie en tierra con mucho recelo.
Kopis del Serengueti
Hasán nos tranquiliza, dice que este kopi es muy visitado por los turistas y los animales lo saben, así que no lo frecuentan. Hay que ver que bien enseñados están.
    Apenas hemos permanecido sobre el kopi quince minutos y la experiencia ha sido estupendo, el mejor safari es el que se realiza a pie, está claro: uno forma parte de la sabana, la saborea, huele de otra manera, experimentas el contacto con la tierra. La intensidad de las emociones es infinitamente superior que sobre ruedas.
    Y llego el momento de despedirnos de este mágico Serengueti. A la una y media cruzamos sus puertas y le decimos adiós o mejor, hasta la próxima, ¿quién sabe? Ponemos rumbo hacia otro lugar mítico: el cráter del Ngorongoro.
    La paradita en el área de la garganta del Oldupai para reponer fuerzas se agradece. Imagínate comiéndote un bocata en una mesa de bancos corridos con una magnífica vista sobre el desfiladero del Oldupai, mientras un ranger nos explica los pormenores de los fascinantes descubrimientos que se hicieron aquí, y detrás nuestro, un masái envuelto en una chillona túnica roja saca una cola de la máquina de refrescos. ¡Ah!, y los gorriones sobre la mesa dando buena cuenta de cada miga de pan.
    Un resumen rápido de las explicaciones del guía: las intermitentes erupciones del volcán Lemagrut han creado capas de sedimentos de cien metros de espesor que abarcan dos millones de años, luego un río lavó la tierra y puso al descubierto innumerables fósiles de animales ya extinguidos, restos de varios antepasados nuestros y huellas del Australopithecus afarensis, un homínido con cerebro de chimpancé que ya caminaba como nosotros. El nombre Oldupai viene de la palabra masái ol, lugar de, dupai, una planta que se aprovecha como sisal. El centro de interpretación de Oldupai está montado sobre un kopi, contiene una réplica de las huellas del afarensis.
Garganta de Oldupai
    Sobre una roca descubrimos un macho de lagarto agama, de cabeza naranja y el resto del cuerpo azul, una hembra descansa a pocos metros.
    En ruta nos encontramos con muchos vehículos con problemas, pinchazos y otras averías. Los francolines escapan a nuestro paso.
    A las seis llegamos al borde del cráter de Ngorongoro. El tejado de la gasolinera donde repostamos está cubierto de musgo, tal es la humedad del bosque lluvioso. Por cierto, el precio de la gasolina, parigual que en España.
   Las habitaciones del hotel Sopa del Ngorongoro son muy amplias pero ancladas en los años setenta. A estas horas hace bastante fresco, estamos a casi tres mil metros y la calefacción está encendida. Entramos al comedor sin resuello, se nota la altura. El comedor es algo tétrico por poco iluminado, apenas vemos la comida, fría y sin imaginación. Las habitaciones tampoco están más iluminadas, la luz no es suficiente para leer, una linterna es una buena opción. Estas pequeñas incomodidades son fruslerías, en realidad, te sientes un privilegiado al visitar uno de los lugares más especiales y míticos de África.

16 de julio, jumapili

    Mañana húmeda, fría y con niebla. Dos búfalos ramonean los arbustos a pocos metros de nuestra habitación. A eso de las ocho comenzamos el descenso hacia la caldera. Abajo, la temperatura es algo más agradable aunque el cielo sigue lleno de cúmulos.
    Lo primero que divisamos es una manada de nueve leones holgazaneando al borde del río. Me imagino que a esta cuadrilla no hay presa que se resista, esta es la razón por la que en Ngorongoro sólo hay elefantes macho pero no hembras ya que sus crías serían muy vulnerables a semejante banda de depredadores.
Hipopótamos en el cráter del Ngorongoro
    La caldera del cráter es un espacio relativamente reducido pero tiene de todo: zona de sabana herbácea, arbustiva, un bosque de acacias amarillas, un río cuyas aguas ahora están tranquilas y un estanque salado. Lo único que falta son las jirafas; imposible para ellas bajar la pendiente del cráter.
    Las manadas de ñúes y cebras se complementan muy bien, los ñúes tienen muy buena vista y las cebras, buen olfato. Vemos un guepardo a lo lejos. La estrella del lugar son los rinocerontes negros, sólo descubrimos uno, muy tímido, se mantiene alejado de las pistas principales. Se ven muchas hienas, también en manada, señal que aquí hay comida con regularidad. También vemos una pareja de chacales. En las charcas de agua retozan los hipos, garzas, grullas, etc. Divisamos otra manada de seis leones. A la hora de almorzar, nos acercamos hasta una laguna repleta de hipopótamos, deben saber que es nuestra hora de comer porque están todos sumergidos, si empiezas a contar las narices y ojos que asoman tímidamente aquí y allá llegas hasta las dos docenas, que no está mal. Los milanos te birlan el bocata a la menor oportunidad, sus descensos en picado son espectaculares, quien ande despistado se queda sin el bocadillo.
    Nuestro último safari no es nada excitante: cebras, ñúes, fagoceros, búfalos y un elefante con unos colmillos impresionantes, pero poco importa, basta con mirar a lo lejos y sentir lo especial del lugar.
    Regresamos al hotel para las cinco, ya hace fresco.

17 de julio, jumatatu

    Día dedicado exclusivamente a regresar a Nairobi, Kenia.
    Dejamos el hotel Sopa a las ocho con niebla y bajo una fina lluvia, lo típico de un bosque lluvioso. La pista hasta la carretera principal es un barrizal; el todo terreno derrapa en tres ocasiones en curvas y se cruza a pesar de no sobrepasar los cuarenta kilómetros por hora.
Reparto de bolígrafos para los escolares
Hasán no ve necesario meter la tracción total. A las nueve llegamos a la seguridad del asfalto.
    En un pueblo, nos detenemos al lado de una escuela donde repartimos unas docenas de bolígrafos entre los escolares, Suri tiene que poner un poco de orden para que no terminen todos en las mismas manos.
    Para las doce y media recalamos en el hotel Arusha donde almorzamos, muy bien, por cierto. A la una y media salimos hacia el aeropuerto internacional de Kilimanjaro. Despegamos a las cuatro menos cuarto con Precision Air y en sólo treinta y cinco minutos aterrizamos en el aeropuerto internacional de Nairobi donde nos recoge el representante de Kobo. El tráfico hasta el centro está complicado.

18 de julio, jumanne

Vista exterior del New Stanley
    Dedicamos la mañana a pasear por el centro de Nairobi. Nos acercamos al hotel Norfolk para comer. Dicen que su restaurante Ibis Grill es el mejor de Nairobi. Mala suerte, hoy está cerrado al público debido a una exclusiva cena de negocios. Nos conformamos con el bufé de otro de sus restaurantes. La comida resulta bien pero... cuidado con el Norfolk: el precio final de nuestra comida se ve incrementado en un treinta y tres por ciento por un sinfín de impuestos... ¿qué demonios es el training tax?
    Pasamos la tarde leyendo relajados en la piscina del Stanley.

19 de julio, jumatano

    Salimos del Stanley a las seis y media de la mañana. El avión pasa por Zanzíbar antes de poner rumbo a Madrid. Desde la ventanilla se divisa infinidad de playas de arena blanquísima y aguas transparentes. Nos hacen bajar para limpiar el avión y podemos comprobar la fuerza del sol de Zanzíbar, mejor buscar la sombra rápido porque pega fuerte. Me maravillan los palmerales que se ven por todas partes, de buena gana nos pasaríamos aquí unos días, sin embargo, los españoles que van a tomar el avión, nos comentan que se ha pasado toda la semana lloviendo y apenas han visto el sol.
    Un viaje por Kenia y Tanzania no es ningún paseo, gran parte de los desplazamientos por carretera son incómodos, tragas polvo y los socavones te castigan el cuerpo. Llegará el día en que una autopista llegue hasta la puerta del Serengueti y entonces estos lugares perderán gran parte de su encanto.
Vista del cráter del Ngorongoro en un día despejado

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