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Bandera

Reino de Tailandia 1999

28 de marzo, Bangkok 4 de abril, Mae Hong Son
29 de marzo, Bangkok 5 de abril, Phuket, Patong
30 de marzo, Bangkok 6 de abril, Phuket
31 de marzo, Bangkok 7 de abril, Phuket
1 de abril, Chiang Rai 8 de abril, Phuket
2 de abril, Tribu Karen,Chiang Rai 9 de abril, Phi-Phi
3 de abril, Mae Hong Son 10 de abril, Bangkok

4 de abril, domingo

Elefantes
    Salimos del Tara Mae Hong Son rumbo a lo de los elefantes. Yo estaba algo reticente, la altura al suelo es considerable y la barquilla no ofrece mucha seguridad. Mi compañera no tiene miedo, así que yo no me quedo atrás. A los primeros pasos del elefante se nota su seguridad, donde echa el pie es como si echase un ancla, se agarra mejor que un tractor. Atravesamos el río, subimos por cuestas pronunciadas, da sensación de seguridad y me tranquilizo. A pesar de que el cielo está cubierto, el sol atiza en la cabeza con fuerza.
    El viaje discurre por la falda de un pequeño monte quemado por algún incendio. El elefante mueve sus orejas para refrigerarse. El cornaca se baja de su cuello y le engancha un gancho metálico a su oreja, a partir de ahí, el paso se aviva, el balanceo es mayor, el gancho mantiene inmovilizada su oreja derecha y por tanto, no puede refrigerarse con su movimiento, no importa, recoge unas ramas del suelo con la trompa y cada dos pasos las agita en su flanco derecho, después emplea la trompa para lanzar chorros de aire fresco hacia ese lado.
    Luego, paso unos minutos de cierta intranquilidad cuando el cornaca ata el elefante a unos débiles arbustos y se distancia unos 20 m para mear, el tipo nos deja allí subidos al paquidermo sin tener ni la más mínima idea de como conducir el bicho en el caso de que le dé por darse un garbeo sin el guía.
    Para finalizar, atravesamos de nuevo el río para llegar a nuestra parada final, donde nos espera Felipe con la buseta. De buena gana hubiera seguido a lomos del elefante media hora más. Ha sido sensacional, muy divertido.
   Camino polvoriento de vuelta hasta el alto de Mae Hong Son, donde está situado el Templo de Doi Suthep. Campanas por doquier.
    El templo también es visitado por una cuadrilla de futuros jóvenes bonzos. Guardan fila para conseguir un vaso de agua. Muchos van bien marcados, con piqueros y tiritas en la cabeza. Se ve que aquí la disciplina se impone a base de palo.
    Con Felipe entramos en un pequeño templo a orar, nos arrodillamos frente al buda de pan de oro y repetimos mecánicamente las palabras que Felipe nos susurra. Ya me gustaría saber lo que hemos dicho. El tailandés es un idioma tonal, como el chino. Tiene nada menos que cinco tonos para cada palabra, casi nada. Muy complejo.
    Pasamos mucho calor en el vuelo de vuelta a Chiang Mai.
    Por la noche, asistimos a una cena típica Khantoke, como siempre, todo perfectamente programado. Felipe y el conductor nos esperan en el minibús a la hora prevista en la entrada del hotel. Nos conducen hasta la entrada del evento; él se preocupa de todo, nosotros ni tan siquiera vemos las entradas, solo nos fija la hora a la que nos espera después del show. Desde que bajamos del minibús hasta que estamos sentados en nuestra mesa reservada no pasan ni siete minutos. Dentro, una legión de camareros trabajan con diligencia para que no nos falte de nada. Todos estamos descalzos y sentados sobre el suelo, pero nuestra posición está algo más elevada y justo enfrente del escenario.
   La cena se sirve en una pequeña mesa redonda, en multitud de cuencos, todo está exquisito, repito varios platos.
   En el lado derecho del escenario están situados los músicos, todos con instrumentos autóctonos. Las danzas son siempre muy lentas y en grupo, las bailarinas están descalzas, visten ropas de vistosos colores y siempre son jovencísimas, o lo parecen. La sonrisa en la boca que no falte, por supuesto.
    Al volver al hotel, nos apetece otro masaje, se lo comentamos a Felipe e inmediatamente se acerca a un telefóno del salón del hotel, hace una llamada y nos asegura que en media hora tendremos en nuestra habitación a dos masajistas. Exactamente a la hora convenida llaman a nuestra puerta: son dos chicas de una casa de masaje cercana, la más fuerte se ocupa de mí. No hay sitio para los cuatro encima de la cama, así que me instalo en el suelo, con una almohada debajo de mi cabeza, esta vez no hay pijama, solo llevo un calzoncillo de seda morado con elefantitos dorados, con la trompa hacia arriba, símbolo de la buena suerte. Ahora, a relajarse y a gozar. El momento más delicado son las incursiones de su mano caliente sobre mi ingle rozando mis testículos. Esta vez no hay erección y si la hubiera, tampoco me preocupa demasiado; la naturaleza es así, ya se sabe. Las dos chicas no paran de hablar y de reírse. Nosotros como muertos, dejándonos hacer. El masaje es placentero aunque de inferior calidad al que nos dieron en Bangkok. Es increíble lo rápido que pasan dos horas de masaje cuando cada manipulación es un auténtico placer.

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