Los viajes de Mariano
Bandera

Reino de Tailandia 1999

28 de marzo, Bangkok 4 de abril, Mae Hong Son
29 de marzo, Bangkok 5 de abril, Phuket, Patong
30 de marzo, Bangkok 6 de abril, Phuket
31 de marzo, Bangkok 7 de abril, Phuket
1 de abril, Chiang Rai 8 de abril, Phuket
2 de abril, Tribu Karen,Chiang Rai 9 de abril, Phi-Phi
3 de abril, Mae Hong Son 10 de abril, Bangkok

28 de marzo, domingo

    Este es nuestro primer viaje a un país del lejano oriente y hemos decidido realizarlo a través de un viaje organizado con Iberojet. Volamos con la aerolínea Thai, cuyas aeromozas son de una amabilidad y simpatía poco común.
    Nuestra oronda guía se llama Na y nos da la bienvenida al lado de la oficina de cambio del aeropuerto de Bangkok. Nos informa que sólo tendremos como compañeros de viaje a otra pareja española y sus dos hijos adolescentes. En cuanto aparecen nos subimos a una buseta y ponemos rumbo al hotel. El tráfico es denso pero organizado. El aspecto de los coches, de las autopistas y de los edificios es mucho mejor del esperado. Dentro del minibús disfrutamos de aire acondicionado y botellas de agua en neveras con hielo. Fuera hace un calor húmedo y pegajoso tremendo.
    El cielo está algo cubierto, hay como una calima que lo inunda todo, con lo que los paisajes toman un ambiente de gris claro poco atractivo.
    Mientras nos dirigimos al hotel Dusit Thani, Na nos da algunas nociones básicas sobre Tailandia: comida, moneda, saludos, etc. Para entenderla hay que concentrarse, su dicción es monótona y omite preposiciones y pronombres. El saludo thai es sabati (kap) y gracias se dice kop kum (kap), nada complicado.
    Nuestro hotel en Bangkok está constreñido por las autopistas y las obras. Hoy es domingo y el tráfico no es denso pero se ve que las carreteras no tragan el tráfico diario y han construido autopistas aéreas, hay autopistas sobre autopistas. Algunas pasan a dos metros de las ventanas de los edificios.
El Dusit Thani tiene un hall enorme a todo lujo, sin embargo, nuestras habitaciones no pasan de correctas.
    Nos cambiamos de ropa y a patear. Tiramos por la Silom hacia el río, hacia el hotel Oriental. Los Tuc-tuc se ofrecen a enseñarnos las zonas más relevantes de la ciudad por sumas ridículas, se ve que los domingos tienen poco trabajo. Llevamos más de catorce horas sentados y nos apetece estirar las piernas. La gente se muestra amable con nosotros, en cuanto nos ven mirar el callejero se acercan para ayudarnos, su inglés es muy básico pero suficiente para señalar direcciones.
    Seguimos hasta el cruce con la Maha Pluetharam y tiramos hacia la izquierda. El calor y la humedad son sofocantes. En la acera de enfrente vemos un templo y algunos bonzos con el pelo rapado y sus clásicas ropas de color azafrán que entran y salen. Nos parece muy llamativo y lo visitamos. En las escaleras del templo descansamos, el sol atiza fuerte y nos sentimos cansados por el viaje.
    Los sonidos de nuestros estómagos avisan que es hora de comer. En el restaurante del hotel Oriental no nos permiten la entrada: llevo pantalones cortos. Hoy es domingo y no se divisa un alma en la calle. Tardamos en dar con un restaurante abierto. Por fin, en un callejón, vemos un restaurante indio de aspecto lúgubre. En el local hay muy poca luz y el único ser viviente que divisamos es una camarera que duerme apoyando su cabeza sobre una de las mesas. En la sala huele a especias a las que aún no estamos acostumbrados. La carta es difícil de entender y muy extensa. Pedimos consejo a la camarera y nos sirven algo que parece carne con arroz. Desconozco el nombre de las especias que utilizan pero el aroma me gusta tanto que repito. Con una buena cerveza fría entra de maravilla y además no llena nada. Terminamos con un plato de papaya, mango y piña. Y más barato, imposible.
    Empezamos a notar el bajón del cambio de hora, así que subimos a un taxi y regresamos al hotel a dormir un rato.
    Las calles de ambiente las tenemos a pie de hotel; a lo largo de la calle Silom se monta todas las noches un mercadillo. La amplia acera es tomada por los vendedores que instalan sus mercancías dejando entre medias un espacio que se vuelve estrecho ante la avalancha de turistas que visitan el mercadillo.
   Por la noche, la temperatura remite algo, sin embargo, la humedad es tan alta que llevamos la camiseta pegada al cuerpo. De todas formas, no hay que darle más importancia, a todo se acostumbra uno.
   Pasear entre los puestos anticipa una actividad estresante, dada la densidad humana, la escasez de espacio y el húmedo calor. Sorprendentemente, no lo es tanto, la gente camina relajada y tranquila.
    Por lo que vemos, este es el paraíso de las imitaciones: relojes, bolsos, prendas deportivas, zapatos de marca. También maletas, máscaras, juegos de té, vajillas, artesanía y mucha ropa de algodón y seda, todo a precios escandalosamente bajos.
    No faltan tampoco espectáculos picantes: ping-pong show, banana show y un sinfín de espectáculos de contenido erótico.
    Para tomar una cerveza, escogemos una calle fuera del circuito del mercadillo callejero. Según avanzamos notamos que es una calle de ambiente gay. Instalados en una terraza observamos la incesante actividad. Por el medio de la calle desfilan jovencitos tailandeses de andares exageradamente femeninos con pantalones cortos muy estrechos marcando todo lo que tienen y occidentales con los ojos muy abiertos acechando a su presa y otros ya con compañía.
   Enfrente de nuestra terraza los decibelios atruenan en un concurrido bareto con iluminación carmesí. Una cuadrilla anda de bodorrio; parecen muy jóvenes, aunque con los tailandeses uno nunca sabe realmente su edad. La juerga y el alcohol rompen la resistencia de una de las chicas, está completamente borracha, sus brazos cuelgan sin fuerza y sus compañeros tratan de reanimarla. Esto está de lo más entretenido, oye.
   Paseamos también por las calles de la prostitución. Las chicas parecen también muy jóvenes, casi niñas. Están sentadas a la entrada de los clubs, charlando y riendo. No visten demasiado provocativas, de hecho, cada grupo viste el uniforme de su club. Se las ve poco atareadas, apenas hay clientes. ¿Demasiado pronto?
    Para comprobar la resistencia de los precios, mi compañera indaga el valor de un bolso, el valor de partida es 4000 baths, lo consigue rebajar hasta 1200 y si hubiera seguido insistiendo lo hubiera bajado aún más, seguro. Regresamos al hotel. Para ser el primer día lo damos como bien aprovechado.

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