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28 de marzo, domingo
Este es nuestro primer viaje a un país del lejano oriente, así que
decidimos realizarlo a través de un viaje organizado con Iberojet. Volamos
con la aerolínea Thai, cuyas azafatas son de una amabilidad poco
habitual.
Na, nuestra guía, nos da la bienvenida al lado de la oficina de cambio del aeropuerto de
Bangkok.
Por lo visto, sólo tendremos como compañeros de viaje a otra
pareja española que viaje con sus dos hijos adolescentes.
Una vez juntos, esperamos en la calle a la buseta. Hace calor y el
tráfico es denso, pero organizado. El aspecto de los coches, de las
autopistas y de los edificios es mucho mejor del esperado. Dentro del
minibús hay aire acondicionado y botellas de agua en neveras con hielo a
nuestra disposición.
El cielo está algo cubierto, hay como una calima
que lo inunda todo, con lo que los paisajes toman un ambiente de gris
claro poco atractivo.
Mientras nos dirigimos al hotel Dusit Thani, Na
nos da algunas nociones básicas sobre Tailandia: comida, moneda,
saludos, etc. Para entenderla hay que concentrarse, su dicción es monótona
y omite preposiciones y pronombres. El saludo thai es sabati (kap)
y gracias se dice kop kum (kap), nada complicado.
Nuestro hotel
en Bangkok está constreñido por las autopistas y las obras. Hoy es
domingo y el tráfico no es denso pero se ve que las carreteras no tragan
el tráfico diario y han construido autopistas aéreas, hay autopistas sobre
autopistas. Algunas pasan a dos metros de las ventanas de los edificios. El
Dusit Thani tiene un hall enorme a todo lujo, sin embargo, nuestras
habitaciones no pasan de correctas.
Nos cambiamos de ropa y a patear.
Tiramos por la Silom hacia el río, hacia el hotel Oriental. Los Tuc-tuc se
ofrecen a enseñarnos las zonas más relevantes de la ciudad por sumas
ridículas, se ve que los domingos tienen poco trabajo. Llevamos más de
catorce horas sentados y nos apetece estirar las piernas. La gente se
muestra amable con nosotros, en cuanto nos ven mirar el callejero se
acercan para ayudarnos, su inglés es muy básico pero suficiente para
señalar direcciones.
Seguimos hasta el cruce con la Maha Pluetharam y
tiramos hacia la izquierda. El calor y la humedad son sofocantes. En la
acera de enfrente vemos un templo y algunos monjes con el pelo rapado y
sus clásicas ropas de color azafrán que entran y salen. Nos parece muy llamativo y
lo visitamos. En las escaleras del templo descansamos, el sol atiza fuerte
y nos sentimos cansados por el viaje.
Los sonidos de nuestros estómagos avisan que es hora de
comer. En el restaurante del hotel Oriental no nos permiten la entrada:
llevo pantalones cortos. Hoy es domingo y no se divisa un alma en la
calle. Tardamos en dar con un restaurante abierto. Por fin, en un callejón, vemos
un restaurante indio de aspecto lúgubre. En el local hay muy poca luz y el único ser
viviente que divisamos es una camarera que duerme apoyando su cabeza sobre
una de las mesas. En la sala huele a especias a las que aún no estamos
acostumbrados. La carta es difícil de entender y muy extensa. Pedimos
consejo a la camarera y nos sirven algo que parece carne con arroz. Desconozco
el nombre de las especias que utilizan pero el aroma me gusta tanto que repito.
Con una buena cerveza fría entra de maravilla y además no llena nada. Terminamos
con un plato de papaya, mango y piña. Y más barato, imposible.
Empezamos a notar el bajón del cambio de hora, así
que subimos a un taxi y regresamos al hotel a dormir un rato.
Las calles de ambiente las tenemos a pie de hotel; a lo largo de la calle
Silom se monta todas las noches un mercadillo. La amplia acera es
tomada por los vendedores que instalan sus mercancías dejando entre medias
un espacio que se vuelve estrecho ante la avalancha de turistas que
visitan el mercadillo. Por la noche, la temperatura remite algo, sin
embargo, la humedad es tan alta que llevamos la camiseta pegada al cuerpo.
De todas formas, no hay que darle más importancia, a todo se acostumbra
uno. Pasear entre los puestos anticipa una actividad estresante, dada
la densidad humana, la escasez de espacio y el húmedo calor.
Sorprendentemente, no lo es tanto, la gente camina relajada y
tranquila.
Por lo que vemos, este es el paraíso de las imitaciones:
relojes, bolsos, prendas deportivas, zapatos de marca. También maletas,
máscaras, juegos de té, vajillas, artesanía y mucha ropa de algodón y
seda, todo a precios escandalosamente bajos.
No faltan tampoco espectáculos picantes: ping-pong show, banana show y un sinfín de espectáculos de
contenido erótico.
Para tomar una cerveza, escogemos una calle fuera
del circuito del mercadillo callejero. Según avanzamos notamos que es una calle de ambiente gay. Instalados en una terraza
observamos la incesante actividad. Por el medio de la calle desfilan
jovencitos tailandeses de andares exageradamente femeninos con pantalones
cortos muy estrechos marcando todo lo que tienen y occidentales con los
ojos muy abiertos acechando a su presa y otros ya con
compañía. Enfrente de nuestra terraza los decibelios atruenan en un
concurrido bareto con iluminación carmesí. Una cuadrilla anda de bodorrio;
parecen muy jóvenes, aunque con los tailandeses uno nunca sabe realmente su edad. La juerga
y el alcohol rompen la resistencia de una de las chicas, está
completamente borracha, sus brazos cuelgan sin fuerza y sus compañeros
tratan de reanimarla. Esto está de lo más entretenido, oye. Paseamos
también por las calles de la prostitución. Las chicas parecen también muy
jóvenes, casi niñas. Están sentadas a la entrada de los clubs, charlando y
riendo. No visten demasiado provocativas, de hecho, cada grupo viste el
uniforme de su club. Se las ve poco atareadas, apenas hay clientes.
¿Demasiado pronto?
Para comprobar la resistencia de los precios, mi
compañera indaga el valor de un bolso, el valor de partida es 4000 baths,
lo consigue rebajar hasta 1200 y si hubiera seguido insistiendo lo hubiera bajado aún más, seguro. Regresamos al hotel. Para ser el primer día
lo damos como bien aprovechado.
29 de marzo, lunes
Día de excursión programada. Na nos recoge puntualmente y nos traslada al Gran Buda Reclinado y el Gran Palacio.
En el Gran Palacio hay
mucha gente, demasiada, y cae una fina lluvia que alivia algo el calor
pegajoso habitual. El lugar es una maravilla, de cuento de hadas, aunque el
tiempo lo desluce. De aquí nos llevan a una fábrica de jade, diamantes
y otras piedras preciosas, para ver si picamos. Por 1800 € se puede hacer
uno con un anillo muy aparente. Una vez terminada la visita, Na nos
deja en la calle Silom, donde tomamos un taxi hacia el Templo
Traimitwitthayaram, para ver la imagen del Buda Sentado Dorado, de
5 toneladas de oro puro y 4.5 m de altura. Tiene unos 700 años y fue cubierto en yeso para evitar su saqueo por
los invasores durante el tercer reinado de la dinastía Chakkri. En 1955, durante un traslado, descubrieron que era de oro. Luego
nos metemos en el barrio chino, las callejuelas son muy estrechas y
la actividad comercial es impresionante. Las tiendas están abarrotadas de
mercancías. Es un ir y venir incesante de gente, motos y carros. El
colorido de los puestos es asombroso, te encuentras una
sorpresa cada tres metros. Desconocemos muchas de las frutas de los
puestos pero me llama la atención un fruto del tamaño de una sandia
pequeña con una piel llena de protuberancias cónicas; es el Jackfruit, por
dentro la carne es blanca y contiene multitud de gajos que encierran un hueso del tamaño de una castaña. El sabor tiene un toque a
plátano. Muy bueno. Como el hambre aprieta salimos a una calle
principal y entramos en un restaurante chino de buena pinta. La carta
contiene siempre una fotografía del plato en cuestión, lo que facilita la
elección. Me decanto por la sopa de aleta de tiburón, pato y
el postre más extraño que veo: un dulce redondeado en almíbar cuyo
interior está relleno de algo parecido a ceniza negra. Cada comida es un
nuevo descubrimiento. Una gozada.
Seguimos por el barrio chino donde siempre hay una sorpresa en cada esquina.
30 de marzo, martes
Na nos lleva en esta ocasión a la Tumba de Buda. Después al
Mercado Flotante, que está algo alejado de Bangkok. En el trayecto
nos paran en una fábrica de muebles de teca. Nos quedamos maravillados con
una tumbona de madera, preguntamos el precio: 1200 €. Ya puede ser buena,
ya. Los muebles son artesanales, están labrados a mano y pedir 3000 € por
una mesa de dos metros y medio no parece caro visto el trabajo que
conlleva. Para visitar el Mercado Flotante montamos en una lancha a
motor. Es vistoso y colorido aunque poco auténtico, exclusivamente dirigido a los turistas, apenas hay cuatro canoas con
mercancías y el resto son puestos con fruslerías para turistas, ya sabes: bálsamo de tigre y cosas así. A la hora de almorzar nos llevan a un restaurante lleno de
turistas. La sala es enorme. Comemos en una mesa redonda muy bien
preparada con la familia española que nos acompaña en Bangkok. Otra comida
genial, me voy a volver un enamorado de la comida tailandesa. De vuelta al
hotel dormimos un poco y una vez repuestos pisamos la calle de nuevo.
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Las casas de masaje
abundan, están anunciadas por todas partes. Algunos lugares están
especializados en masajes de pies. Nosotros nos decidimos por un masaje
integral, de cuerpo entero. Escogemos un establecimiento de buena pinta y
subimos. Llaman a dos jovencitas y nos hacen pasar a una habitación que
está separada del pasillo por unas cortinas. En el suelo hay dos
colchonetas y poca luz. Las chicas nos traen una especie de pijama:
pantalones y camiseta. Nos desnudamos y nos ponemos el pijama, dos horas
de placer nos esperan. Cierro los ojos y me relajo, procurando
concentrarme en cada manipulación de mis músculos. El masaje resulta mejor
de lo esperado, muy placentero y nada incómodo, aunque cuando la masajista
se ha puesto de pies sobre mi espalda me he preocupado ligeramente. Falsa
alarma, saben lo que hacen. Magnífico. Repetiremos. Cenamos en el Silom
Village, un pequeño centro comercial donde abundan los restaurantes. Tomo
un pato con salsa dulce que resulta magnífico. Al caer la noche
volvemos al mercadilo de la calle Silom. Intentamos ver algún espectáculo
sexual, un gancho nos guía hasta varios tugurios pero no hay ninguna
actuación, quizá es aún pronto para ese tipo de shows.
31 de marzo, miércoles
Na nos recoge a las nueve y media con la buseta. Pasamos también a por nuestros
compañeros de viaje, que se alojan en el hotel Sangrila. El
Sangrila fue uno de los más lujosos del mundo cuando se inaguró y
hoy en día todavía resulta llamativo. El hall es enorme, revestido en madera
de teca y tiene grandes ventanales que dan al río. Nos subimos a una
embarcación a motor allí mismo, en el embarcadero del Sangrila. El viaje
por los canales resulta muy interesante. Curiosa forma de vida la de la
gente de las casas flotantes. Finalizada la excursión nos dejan en el
embarcadero del Oriental, desde aquí un tachán nos conduce hasta el museo
nacional. El sol golpea muy fuerte y las horas centrales del día son
duras. Buscamos algún sitio para comer y terminamos en un bareto al lado del embarcadero. Al menos, el
espectáculo humano está garantizado, pasa mucha gente a tomar el tachán.
Pedimos noodles y una vez más nos sirven sopa con cintas aplastadas
de pasta de arroz, a nosotros nos gustan más los del tipo spagheti y
parece que los dos tipos atienden por el mismo nombre, habrá que
aprenderse también el apellido. Seguimos andando por la ciudad sin
rumbo definido. En el parque aledaño al Gran Palacio nos encontramos con
mucha gente volando cometas.
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Vagabundeando por el
barrio chino, nos topamos con una representación de opereta china, es
además un pequeño templo. Desde dentro nos hacen señas para que entremos.
Tomamos asiento y vemos la obra. Los vestidos son realmente espectaculares
de color y lo tienen bien ensayado. Por supuesto, no entiendo ni jota de
opereta china y me parece digna de estudio, parece que aquí sobran los
graves y medios, es todo agudos, como voces de mujeres. Es muy tarde y
no tenemos mucha idea de donde estamos. Volvemos al Dusit Thani en
taxi. Cenamos en la terraza del hotel. Bajamos al Night Club y no vemos
ambiente, así que de nuevo bajamos a la Silom. Hoy la actividad es febril,
hay muchas niñas uniformadas a las puertas de los clubes y cuesta andar
por la calle, demasiada gente. En estos mercadillos se vende mucha
mercancía de imitación: bolsos, relojes, maletas, ropa deportiva, etc.
Por unos 18 € se puedes mercar un Rolex falso de hombre y por 6 €, los más sencillos de chica. No
faltan los puestos callejeros con comida exótica, por ejemplo, cucarachas
y saltamontes. Te los sirven en un cucurucho de papel con un poco de sal,
como si fueran churros.
1 de abril, jueves
Volamos hasta Chiang Rai sin novedad. Felipe y Sidmun nos
esperan con otra buseta en el aeropuerto. Nos conducen directos a la zona
del Triángulo de Oro, fronteriza con tres países: Tahilandia,
Myammar y Laos. Felipe es poco hablador y la razón es que su español deja
bastante que desear, procura estar siempre algo alejado de nosotros para
evitar que le hagamos demasiadas preguntas. Ante algunas de nuestras
preguntas muchas veces obtenemos simples asentimientos con la cabeza.
Llegamos hasta la frontera con Birmania, al lado del puente, donde por
cierto, están vendiendo unas fresas de aspecto estupendo.
2 de abril, viernes
Salimos en canoa para ver las tribus, el recorrido por el río Mae Kok
dura casi dos horas y me encanta por los paisajes que se observan en ambas
orillas.
Llegamos al poblado de la tribu de los Karen, etnia de origen tibeto-birmano. En el pueblo, a
ambos lados de la calle pricipal, hay puestos con artesanías para
turistas. Lo que más nos llama la atención es una inmensa boa de 16 Kg de
peso enroscada en un capazo de mimbre. A mi compañera le fascinan las
serpientes y se la pone sobre los hombros a modo de fular. Yo me mantengo prudentemente
alejado mientras la inmortalizo, el bicho me da respeto.
Como en muchos pueblos de España, aquí también
existe la figura del vendedor ambulante que vende comestibles de pueblo en
pueblo con su furgoneta. Las mujeres guardan fila para comprar.
Me llama la atención un enorme plástico repleto de guindillas rojas.
También aquí hay elefantes para que monten los turistas.
Bajamos el río
en la canoa y después nos llevan en trishaw - bicitaxi - un par de
kilómetros hasta el hotel a recoger nuestras cosas. Regresamos a Chiang
Mai por carretera, son cuatro horas de recorrido en la buseta. Paramos
para comer en el restaurante de un hotel de la cadena Félix. Precioso
hotel, todo construido en madera de teca, y el enclave es también
maravilloso. La comida consiste en sopa con trozos de soja, carne y
vegetales, arroz, tortilla de vegetales, vegetales en tempura y pollo
guisado con cacahuetes y gengibre. Nos encanta el sabor de las salsas
tailandesas. Por algo la cocina tailandesa está considerada una de las mejores del mundo. Una
vez en Chiang Mai nos conducen hasta la fábrica de Jade y la de
seda.
Al llegar al hotel nos damos un chapuzón en la piscina. Casi nos
dormimos en las hamacas, estamos algo cansados. Después de la cena
paseamos entre los innumerables puestos callejeros y compramos algunos
caprichos. Nos han dicho que aquí, en Chiang Mai, es donde más artesania y
productos se puede encontrar y también los mejores precios.
Tomamos unos refrescos en una zona con mucho ambiente, en una terraza. La camarera
nos trae un juego de tablillas que no entendemos muy bien, ella nos lo
explica y pasamos un rato entretenido con el jueguecito.
La verdad es que saben divertirse, hay mucha animación por las noches; las terrazas de
los bares y restaurantes están llenas y también hay espectáculos musicales
programados, no demasiado sofisticados, es decir, casi siempre acústicos,
pero se dejan ver.
3 de abril, sábado
Felipe y Sidmun nos trasladan al aeropuerto para tomar un pequeño avión
de hélices que nos lleva a Mae Hong Son. El Hotel de Mae Hong Son
es espacioso, predomina la madera y tiene piscina. Esta bastante aislado,
como a 2 km del pueblo. La vegetación de los alrededores es exuberante. La
piscina está situada en un balcón desde donde se ve al fondo un pequeño
río, algo sucio, por cierto.
El grado de humedad es altísimo.
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| Mujeres jirafa |
Después de almorzar nos
llevan en un vehículo todo terreno hasta el pueblo de Nai Soi y
continuamos hacia el pueblo de la tribu Karen Kaya y finalmente hacia el
lugar donde habita la etnia Padang célebre por sus mujeres jirafa.
El origen de este adorno se desconoce. El caso es que a los 6 o 7 años
empiezan a ponerse estas espirales de latón. En realidad el cuello no se
alarga sino que se atrofian los músculos de los hombros y produce un
efecto óptico como si tuvieran el cuello más largo de lo normal.
El pueblo es muy pobre, son unas pocas casas de madera y no está asfaltado.
Ellas son la atracción pero son otros los que se benefician del turismo,
está claro.
Seguro que ellas se encuentran guapísimas con los aros al
cuello, a mí, esta visita me ha dejado un amargo sabor, parecen animales
de feria y llevar esos anillos al cuello me parece tan vejatorio como
llevar cadenas en los pies.
Después de cenar nos dirigimos a pie hasta
el pueblo, apenas llevamos recorridos medio kilómetro y una furgoneta para
turistas se para y se ofrece para llevarnos. El pueblo no tiene mucho que
ver; en un restaurante, un grupo toca clásicos del rock´n´roll. Entramos.
Al oírlos más de cerca se evidencia su amateurismo y les dejamos que sigan
destrozando las canciones.
Seguimos andando por la carretera. Más
adelante nos encontramos con un cine al aire libre. La película es de tema
fantástico y abundan los golpes con sonido a pandereta. No obstante tiene
buen ritmo y no le falta comicidad. La gente no se pierde detalle.
Regresamos al hotel caminando por la carretera. No hay
tráfico. El silencio sólo se rompe por algunos perros que ladran cuando
pasamos al lado de los caserios que guardan.
4 de abril, domingo
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| Elefantes |
Salimos del Tara Mae Hong
Son rumbo a los elefantes. Yo estaba algo reticente, la altura al
suelo es considerable y la barquilla no ofrece mucha seguridad. Mi
compañera no tiene miedo, así que yo no me quedo atrás. A los primeros
pasos del elefante se nota su seguridad, donde echa el pie es como si
echase un ancla, se agarra mejor que un tractor. Atravesamos el río,
subimos por cuestas pronunciadas, da sensación de seguridad y me
tranquilizo. A pesar de que el cielo está cubierto, el sol atiza en la
cabeza con fuerza.
El viaje discurre por la falda de un pequeño monte
quemado por algún incendio. El elefante mueve sus orejas para
refrigerarse. El conductor se baja de su cuello y le engancha un gancho
metálico a su oreja, a partir de ahí, el paso se aviva, el balanceo es
mayor, el gancho mantiene inmovilizada su oreja derecha y por tanto, no
puede refrigerarse con su movimiento, no importa, recoge unas ramas del
suelo con la trompa y cada dos pasos las agita en su flanco derecho,
después emplea la trompa para lanzar chorros de aire fresco hacia ese
lado.
Luego, paso unos minutos de cierta intranquilidad cuando el
mandria ata el elefante a unos débiles arbustos y se distancia unos 20 m
para mear, el tipo nos deja allí subidos al paquidermo sin tener ni la más
mínima idea de como conducir el bicho en el caso de que le dé por darse un
garbeo sin el guía.
Para finalizar,
atravesamos de nuevo el río para llegar a nuestra parada final, donde nos
espera Felipe con la buseta. De buena gana hubiera seguido a lomos del
elefante media hora más. Ha sido sensacional, muy divertido. Camino
polvoriento de vuelta hasta el alto de Mae Hong Son, donde está situado el
Templo de Doi Suthep. Campanas por doquier.
El templo también es visitado por una cuadrilla de futuros
jóvenes monjes. Guardan fila para conseguir un vaso de agua. Muchos van
bien marcados, con piqueros y tiritas en la cabeza. Se ve que aquí la
disciplina se impone a base de palo.
Con Felipe entramos en un pequeño templo a orar, nos arrodillamos
frente al buda de pan de oro y repetimos mecánicamente las palabras que
Felipe nos susurra. Ya me gustaría saber lo que hemos dicho. El tailandés es un
idioma tonal, como el chino. Tiene nada menos que cinco tonos para cada
palabra, casi nada. Muy complejo.
Pasamos mucho calor en el vuelo de vuelta a Chiang Mai.
Por la noche, asistimos a una cena típica Khantoke, como siempre, todo perfectamente programado.
Felipe y el conductor nos esperan en el minibús a la hora prevista en la
entrada del hotel. Nos conducen hasta la entrada del evento; él se
preocupa de todo, nosotros ni tan siquiera vemos las entradas, sólo nos
fija la hora a la que nos espera después del show. Desde que bajamos del
minibús hasta que estamos sentados en nuestra mesa reservada no pasan ni
siete minutos. Dentro, una legión de camareros trabajan con diligencia
para que no nos falte de nada. Todos estamos descalzos y sentados sobre el
suelo, pero nuestra posición está algo más elevada y justo enfrente del
escenario. La cena se sirve en una pequeña mesa redonda, en multitud de
cuencos, todo está exquisito, repito varios platos. En el lado derecho
del escenario están situados los músicos, todos con instrumentos
autóctonos. Las danzas son siempre muy lentas y en grupo, las bailarinas
están descalzas, visten ropas de vistosos colores y siempre son
jovencísimas, o lo parecen. La sonrisa en la boca que no falte, por
supuesto.
Al volver al hotel, nos apetece otro masaje, se lo comentamos
a Felipe e inmediatamente se acerca a un telefóno del salón del hotel,
hace una llamada y nos asegura que en media hora tendremos en nuestra
habitación a dos masajistas. Exactamente a la hora convenida llaman a
nuestra puerta: son dos chicas de una casa de masaje cercana, la más fuerte se
ocupa de mí. No hay sitio para los cuatro encima de la cama, así que me
instalo en el suelo, con una almohada debajo de mi cabeza, esta vez no hay
pijama, sólo llevo un calzoncillo de seda morado con elefantitos dorados,
con la trompa hacia arriba, símbolo de la buena suerte. Ahora, a relajarse
y a gozar. El momento más delicado son las incursiones de su mano en mi
ingle rozando ligeramente mis testículos. Las dos chicas no paran de
hablar y de reírse. Nosotros como muertos, dejándonos hacer. El masaje es
placentero aunque de inferior calidad al que nos dieron en Bangkok. Es
increíble lo rápido que pasan dos horas de masaje cuando cada manipulación
es un auténtico placer.
5 de abril, lunes
Nuevo destino: Phuket. Llegamos a la isla de noche y llueve a
jarros. Jennifer, nuestra nueva guía, habla muy bien español. Nos sugiere
algunas actividades para los próximos días, ¿y para hoy, qué? Si nos damos
prisa aún podemos asistir a un cabaré. Pues allá vamos.
Dejamos el equipaje en el hotel, el Karon Royal Wing, y en diez minutos
nos recogen para asistir al espectáculo. Sigue lloviendo. Algún travesti se deja ver en la
calle con ropa de trabajo, tienen por lo menos dos capas de maquillaje en la
cara.
El espectáculo es de poco nivel, la música es enlatada y los
bailarines se limitan a mover los labios y a la coreografía. La sala está
llena de turistas y el espectáculo deja que desear, ganaría mucho si
cantaran de verdad en vez de limitarse a bailar y gesticular. Algunos son
realmente guapos, aunque los quilos de maquillaje que llevan ayudan un
horror. Me divierte sus miradas, inmensamente más provocadoras y
desvergonzadas que las de una mujer.
A la salida, los travestis nos
esperan para sacarse fotografías con los turistas y ganarse unos baths
más.
Al volver, nos dejan en Patong, donde se desarrolla la
movida nocturna. Las calles están repletas de turistas y de anuncios de
neón, a veces no es fácil andar por las aceras. Abundan los bares de
alterne. Se ven muchas chicas esperando a clientes. Hay una zona donde se
da el mayor embotellamiento de gente, coincide con un conjunto de bares
donde bailan y exhiben sus cuerpos unos travestis. Hay que verlos para
creerlo, algunos tienen mejor cuerpo y son más guapas que algunas mises.
Otros están hinchados, supermusculados; son todo un espectáculo.
Así está esto, de bote en bote.
El marisco es una de las especialidades
de los restaurantes de Patong, siempre vivito y coleando, a la vista del
cliente y a precios asequibles. Todos los restaurantes tienen la cocina al
aire libre y algunos cocineros parecen malabaristas con las sartenes. Hoy
nos decidimos por unos langostinos tamaño rey. El marisco entra de
maravilla, lástima que no tengan un buen chacolí bien fresquito.
6 de abril, martes
Pasamos la mañana en la playa, recorriéndola de arriba abajo. Me baño
con precaución porque el oleaje es muy fuerte y aquí no hay socorristas a
la vista. Descansamos en las hamacas. Por supuesto, en esta playa, al
igual que en la piscina del hotel, hay masajista.
Por la noche
asistimos a otro espectáculo: el Fantasea; muy a lo Walt Disney, el
edificio y los alrededores van en plan cuento de hadas, elefantes
gigantescos de piedra nos reciben a la entrada. Fuentes de agua por
doquier. Todo intenta recrear un mundo sorprendente y mágico.
La sala
del teatro es probablemente la más grande, moderna y espectacular que haya
visto nunca. La función, sin embargo, a pesar de que no repara en medios,
se le nota falto de contenido, de algo que decir. Mucho elefante,
bailarines y efectos especiales, pero poca sustancia argumental.
Nos
acercamos a cenar de nuevo a Patong. Esta vez pedimos langosta, nos traen
una cuantas vivas a nuestra mesa y elegimos una de un kilo. Nos la cocinan
a la parrilla, poco hecha y con dos salsas diferentes. Exquisita.
Llegamos algo cocidos al hotel. El Karon Royal Wing tiene
dos entradas y el taxista nos deja en la más cercana a la playa.
Intentamos llegar a la entrada principal y nos metemos entre los caminos
de las villas. Es un laberinto, no damos con el camino correcto. Volvemos
a la entrada y preguntamos al guarda de seguridad. Amablemente nos indica
el camino hacia la entrada principal y por fin llegamos. Me he aprendido
los números de nuestra habitación en tailandés y no los debo pronunciar
demasiado mal porque sonríen y nos dan la llave de inmediato.
Esta isla es el paraíso, nos encanta.
8 de abril, jueves
Alquilamos un coche para recorrer la isla. Nos dan un estupendo Toyota
por treinta euros al día. Es la primera vez que conduzco por la izquierda y la
verdad es que el cambio automático ayuda. Tampoco hay demasiado tráfico.
9 de abril, viernes
A las siete y media ya estamos en el minibús que nos conduce hasta el puerto,
nuestro destino es las playas de las islas Phi-Phi, auténticamente
paradisíacas, invitan a pasar al menos una semana en ellas, o un mes.
Magnífico lugar para evadirse del mundo.
Durante la comida, mientras
charlamos con dos chicas españolas, un estallido se produce: es un coco
que ha caído sobre las tejabanas del comedor. El ruido ha sido
tremendo.
Después, visitamos las Cuevas de los nidos de
golondrina. Las concesiones sobre su explotación las concede el
gobierno en subasta pública a empresas privadas. Los andamios para
alcanzar los nidos son realmente arcaicos, unas simple cañas de bambú
entrelazadas.
El bambú es muy utilizado en toda Asía para la
construcción de andamios, incluso en obras de edificación importantes,
aunque tiene limitaciones de altura, para elevadas alturas emplean los
clásicos entramados de tubos de acero huecos.
Más tarde, unas canoas de
madera nos llevan quinientos metros mar adentro para ver los escasos peces que
merodean por aquí. Veinte minutos de buceo superficial y vuelta al
barco.
Para cenar nos acercamos de nuevo a Patong, repetimos langosta
en el mismo sitio, no siempre se puede uno comer una langosta de un kilo
por treinta euros, hay que aprovechar.
10 de abril, sábado
He dormido algo entre Bangkok y Roma y el viaje se ha hecho corto. Los
problemas han empezado al contacto con España. El avión Madrid-Bilbao ha
salido con dos horas y media de retraso.
Tailandia nos ha encantado, su
amabilidad y el gusto por el detalle es algo que les caracteriza. Otro
descubrimietno ha sido la comida, me habían hablado de las excelencias de
la comida tailandesa pero ha sobrepasado todas mis expectativas, vuelvo
enamorado de sus salsas dulces, me ha abierto todo un mundo de sabores que
desconocía. No hay como viajar para ampliar conocimientos.
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