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Reino de Suecia 2013

15 de agosto, Estocolmo24 de agosto, Lund, Malmö
16 de agosto, Estocolmo 25 de agosto, Malmö, Ystad, Kivik
17 de agosto, Estocolmo 26 de agosto, Kivik, Kosta, Oskarsham
18 de agosto, Estocolmo 27 de agosto, Gotlandia
19 de agosto, Estocolmo, Upsala28 de agosto, Gotlandia
20 de agosto, Upsala 29 de agosto, Gotlandia
21 de agosto, Örebro 30 de agosto, Eksjö, Mjölby
22 de agosto, Tanum, Gotemburgo31 de agosto, Drottningholm, Sigtuna
23 de agosto, Gotemburgo Datos económicos del viaje

17 de agosto, sábado

    El cielo amenaza con lluvia otra vez; está visto que el paraguas es imprescindible en esta ciudad, sobre todo en agosto, cuando más llueve en todo el año. Otra vez bajamos en la parada de metro de Gamla Stan. Ya nos está empezando a resultar familiar todo esto. Regresamos al Kungliga Slottet o Palacio Real, porque nos faltaba ver el Tesoro Real y el Museo Tre Kronor (Tres Coronas).
    Cuando buscamos la pequeña puerta que da acceso al Tesoro Real, justo al norte del Palacio Real, vemos que abajo, sobre Helgeandsholmen (islote del Espíritu Santo) se celebra un mercadillo de segunda mano. Nos acercamos hasta allí mientras cae una fina lluvia. Se venden artículos de lo más variopintos: ropa y zapatos usados, regaderas de plástico, abridores de latas oxidados, porras de la policía, pistolas, machetes, bates de béisbol, sartenes, etc.
Soldado de la Guardia Real
    Hoy coincidimos con el cambio de la guardia. La banda de música se la ve allá lejos, sobre el puente Strömbron, que ya va viniendo. Los turistas aguardamos en la entrada al Palacio Real y como estamos todos amontonados sin saber bien donde colocarnos, dos soldados de la Guardia Real nos reubican donde ellos quieren a base de gritos y empujones sorprendentemente violentos; la peor, una chica pecosa que gasta un genio de mil demonios. Da hasta miedo. Sólo le ha faltado darnos un culatazo. ¡Mira que cara de mala hostia tiene en la foto!
    Por la tarde vamos a visitar el Museo Vasa, el mejor de Estocolmo. Desde Gamla Stan tomamos el autobús cuarenta y cuatro. Como era de esperar, encontramos una cola considerable. Afortunadamente, la cola corre de lo lindo y en quince minutos estamos dentro, a salvo del frio y de la lluvia. Un ambiente místico, de iluminación atenuada, nos espera dentro. En el mostrador de recepción alquilamos una audioguía para comprender mejor lo que vamos a ver.
    En Suecia se escucha el nombre "Vasa" una y otra vez. Parece natural, al menos, tener una idea de su significado: "Vasa" es el nombre de la dinastía de reyes que gobernó Suecia desde 1523 a 1654. El primero fue Gustavo I (1496-1560), un noble que fue elegido rey tras liderar la rebelión contra el rey danés Cristián II y lograr la independencia de Suecia de la Unión de Kalmar, que hasta entonces englobaba a Dinamarca, Noruega, Suecia, Finlandia, Islandia, Groenlandia y las islas Feroe.
    Otro "Vasa" importante fue Gustavo Adolfo II (1594-1632). Al comienzo de su reinado, Suecia era una país poco poblado y muy pobre. Él lo transformó en una gran potencia mundial, creó el ejército más moderno de Europa y amplió las fronteras; también se le recuerda por ser un rey despiadado que imponía su voluntad a costa del sufrimiento de los demás. La dinastía terminó con su hija Cristina, quien tras cuatro años como reina renunció al trono y a contraer matrimonio y se convirtió al catolicismo después de abandonar el país en 1654. Dicen que se entendía con su prima la condesa Ebba Sparre y que le gustaba vestir ropas de hombre. Su lesbianismo está muy bien retratado en la película The Girl King del director finés Mika Kaurismäki.
   
Interior del Museo Vasa
El barco que nos ocupa fue construido por orden del rey Gustavo Adolfo II; quería que fuera el barco de guerra más poderoso jamás construido en Europa, y ordenó, una vez empezado, incluir más cañones a bordo, cada uno de casi dos toneladas y que fueran colocados sobre la plataforma superior. Error fatal. Para contrarrestar el momento causado por el peso de los nuevos cañones cuando el barco se inclinaba por el viento, se aumentó el lastre de piedras hasta las ciento veinte toneladas. Pero más lastre significaba que el barco se hundía más y el nivel del agua estaba peligrosamente cerca de la primera hilera de troneras, lo que significaba que no se podía lastrar más. El barco era tan inseguro que el capitán quiso demostrarlo antes de zarpar, y mandó correr a treinta hombres de babor a estribor una y otra vez. Tuvieron que parar enseguida; el barco oscilaba peligrosamente. A pesar de todo, nadie se atrevió a contradecir al rey y decir lo que era evidente: que el barco era terriblemente inestable.
    Fue en la tarde del domingo, diez de agosto, cuando el Vasa zarpó desde el puerto de Estocolmo, cuatro velas se elevaron y las puertas de los cañones se abrieron para las salvas de honor. Gran parte de los diez mil habitantes de Estocolmo se apiñaban en la costa. El aire había estado tranquilo hasta ese momento, sólo soplaba una ligera brisa que sacó al Vasa del puerto. Trescientos metros fue todo lo lejos que navegó; otra ráfaga de viento hizo escorar el barco y, en pocos segundos, se precipitó al fondo del mar llevándose la vida de treinta de los doscientos tripulantes que llevaba a bordo. Se buscaron culpables, pero el rey no figuraba entre los posibles. Tras los interrogatorios del juicio, nadie fue declarado culpable.
    La vida a bordo de un buque de guerra era del siglo XVII era dura y exigente. Cuatrocientos cincuenta hombres que tenían que trabajar, comer y dormir en un espacio exiguo. Trescientos de ellos eran soldados y ciento cincuenta marineros. La comida consistía en pan, avena, carne, pescado seco, arenque y guisantes. La alimentación era bastante salada porque así se conservaban mejor los alimentos. Para beber se ofrecían tres litros de cerveza al día; la cerveza se conservaba mejor que el agua. La higiene era malísima y las enfermedades se contagiaban muy fácilmente; resfriados, disentería, tifus y dolencias estomacales eran habituales y había sólo una persona a bordo que se dedicaba a los enfermos, era el barbero, quien se encargaba desde las extracciónes de sangre y curaciones sencillas hasta de las amputaciones, además de cortar el pelo y la barba a los tripulantes.
    Los combates tuvieron que ser terribles. Imagínate los nervios cuando ves al barbero afilando el cuchillo y preparando la sierra para las posibles amputaciones. En la cubierta de batería, los soldados tomaban posiciones junto a los cañones, preparaban el abastecimiento de balas, cargadores y aparatos para afinar la puntería. La pólvora nunca estaba junto a los cañones, por el riesgo de explosión. Por eso, ante cada nuevo cañonazo debían ir a buscarla a la parte más profunda del barco. Poco antes del combate se repartían raciones extraordinarias de cerveza y aguardiente para fortalecer el coraje y hacerlos combatir más salvajemente.
    Todo esto y mucho más está bien explicado en este museo: ¿Cómo fue la maniobra de izado del Vasa del lecho del mar? ¿Qué circunstancias especiales han hecho que el barco se haya conservado tan bien a pesar de llevar trescientos treinta y tres años sumergido? ¿Qué son las bitas, las escoteras, el beque, las serviolas, las troneras, los imbornales, las cureñas, el castillo, las cofas de un barco?
Actuación de grupos de baile en Kungsträdgården
    Cuando salimos del Museo Vasa el tiempo no ha mejorado. El cielo sigue cubierto, hace fresco y mucha humedad. En Kungsträdgården nos topamos con la mayor concentración humana que veremos en todo nuestro periplo por Suecia. Se trata de un festival dirigido a los adolescentes; aquí actúan sus raperos favoritos y grupos de baile de hip-hop y street dance. Se les ve muy excitados, se nota una gran tensión en el ambiente. En la foto puedes comprobar que la población dista mucho de ser homogénea. Suecia fue un país de fuerte emigración: entre 1850 y 1930; a causa de la hambruna, más de un millón de personas —un quinto de la población— emigraron hacia Canadá, Dinamarca y Estados Unidos. Sin embargo, a partir de la Segunda Guerra Mundial la inmigración aumentó, sobre todo de alemanes, daneses, noruegos, finlandeses, judíos y los propios suecos que regresaron de Estados Unidos. Hoy en día sigue siendo un país de acogida de refugiados políticos de Hungría, Checoslovaquia, Rumania, Siria, Irán, Irak, Afganistán, Somalia, Turquía... El problema es que la integración de estos inmigrantes no se ha producido. La educación no ha conseguido extender el uso del sueco entre ellos y el idioma es crucial para conseguir un empleo. Además, el veinte por ciento de los hijos de inmigrantes, entre dieciséis y diecinueve años ni estudia ni trabaja. El resultado es un paro cercano al nueve por ciento entre los jóvenes inmigrantes mientras que entre los suecos es del tres por ciento.
    El pasado mayo, la policia intentó detener en Husby a un hombre de sesenta y nueve años, éste les amenazó con un machete y acabó tiroteado. Fue la mecha que hizo estallar una ola de violencia en los suburbios de Estocolmo similar a la que se produjo en París en 2005. Grupos de jóvenes salieron a la calle de madrugada en los barrios marginales y pegaron fuego a contenedores, quemaron cientos de coches y destrozaron escaparates, luego se enfrentaron a pedradas con la policía. Y es que Suecia no es lo que era: el crecimiento económico se ha desplomado desde el seis por ciento de hace tres años hasta el uno por ciento de 2012. El país ha retrocedido de la lista de países con mayor igualdad desde el pelotón de cabeza hasta el puesto catorce y el partido de ultraderecha Demócratas de Suecia se ha convertido en el tercer partido por intención de voto para las próximas elecciones.
    El hambre aprieta, así que probamos la comida del Café Milano, un italiano decente de la Kungsträdgårdsgatan. Tomamos para los dos: pan al ajo, dos espagueti al frutti di mare, dos vasos de vino y de postre, panacotta y tiramisú. Todo por ochenta y cinco euros.

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