Otros viajes

República de Sudáfrica 2005

19 de marzo, Johannesburgo, Sabie27 de marzo, Port Elizabeth, Knysna
20 de marzo, Graskop, Pilgrim´s Rest, Kruger 28 de marzo, Swellendam
21 de marzo, Kruger 29 de marzo, Ciudad del Cabo
22 de marzo, Kruger, Barberton 30 de marzo, Ciudad del Cabo
23 de marzo, Mbabane, MIlwane 31 de marzo, Ciudad del Cabo
24 de marzo, Swazi Mantenga, Santa Lucía Wetlands1 de abril, Hout Bay, Simon, Ciudad del Cabo
25 de marzo, Cabo Vidal, Shakaland 2 de abril, Ciudad del Cabo
26 de marzo, Shakaland, Durban

21 de marzo, lunes

    El despertador suena a las cinco y media. Media hora más tarde estamos sentados de nuevo en el todo terreno. Todavía es de noche, esta vez solo somos cuatro. La mañana es algo fresca, es mejor ir un poco abrigado, llevo una camiseta y un chubasquero ligero que me abriga de la brisa.
León descansando
    El primer animal de la mañana es un kudú, animal bastante grande. Los impalas, antílopes, kudús y alces son frecuentes y Dries no se detiene por ellos. Más tarde, nuestro guía recibe la noticia de que han divisado un león. Allá vamos. Después de quince minutos de conducir por el laberinto de caminos damos con él. Como el leopardo de ayer, no está al borde del camino, sino dentro de la vegetación. El león está tumbado y tiene aspecto de cansado, ni se inmuta ante la presencia de dos jeeps a su alrededor, a menos de dos metros.
    Dentro del parque, cerca de nuestro alojamiento, hay una zona despejada que aprovechan las avionetas de turistas para aterrizar. Hacia allí nos conduce Dries; le han dado el chivatazo por la radio de que por allí hay un animal de peso. Cuando llegamos los divisamos desde lejos: son dos rinocerontes blancos que pastan tranquilamente y disfrutan de los primeros rayos de sol de la mañana. Estos bichos impresionan bastante, pueden llegar hasta las dos toneladas. Dries nos alerta: "Nunca ha pasado nada pero si se ven en dificultades, hay que aprovecharse de su mala visión y colocarse detrás de algo, un árbol, arbustos, rocas, lo que sea." Este encuentro con los rinos me recuerda un compañero de trabajo que escogió Kruger como luna de miel y justo cuando estaban frente a un rinoceronte le entró un apretón inmparable, se tuvo que bajar del jeep y hacerlo orilla del vehiculo. Siempre lo cuenta como si hubiera estado al borde de la muerte.

Rinocerontes blancos en el campo de aterrizaje

    Esta vez Dries se va aproximando muy despacio y detiene el vehículo a unos quince metros de la pareja. Y que nos movamos lo menos posible. Pasamos unos segundos angustiosos cuando uno de los rinos nos enfila, agacha la cabeza y nervioso, golpea con sus patas traseras en el suelo. Por suerte para nosotros, la carga no se produce.
    ¿Por qué se les llama blancos cuando el color de los rinocerontes blancos y negros es tan parecido? Nadie lo sabe, solo hay conjeturas: que si el blanco es realmente más claro que el negro, que si los ejemplares albinos son muy frecuentes, que si parecen blancos cuando el barro en el que rebozan se seca, que si cuando les da le sol de lleno se ven blancos, que si las deposiciones de las garcetas sobre su espalda les hacen parecer blancos desde lejos, que si su caracter es tímido como el hombre blanco y no fiero y salvaje como el hombre negro... Una de las suposiciones más populares es que los holandeses les llamaban wijde, que significa "ancho" ya que su boca es más ancha que la del negro. Cuando los ingleses llegaron dos siglos más tarde creyeron que los holandeses decían white y por esa razón se les llamó blancos. Esta suposición es la más extendida de todas pero no hay evidencia alguna de que sea mejor que las demás. Además la pronunciación de wijde es "veide" y white se dice "uait".
    Pasamos unos quince minutos observándolos y Dries se pone en camino hacia el próximo destino, un leopardo comiendo restos de un impala en un árbol con una hiena a sus pies. A lo lejos, varios bisontes, cerca del río.
Leopardo zampándose un impala
    En el recorrido de vuelta hacia el Dulini, Remember hace una seña y Dries detiene el coche, regresamos unos metros y Remember nos muestra el objeto de su atención: una tortuga leopardo. Asombrosa la vista de este hombre, porque el caparazón de la tortuga se mimetiza con el terreno de manera perfecta.
    A las nueve nos preparan un desayuno bastante corriente y nos retiramos a descansar.
    A la una y media, nos preparan un almuerzo al aire libre. Solo queda una pareja más que se marcha después de comer.
    A las cuatro y media empezamos otro safari junto con tres personas que no se alojan en el Dulini, han venido expresamente a realizar el safari.
    El safari de la tarde resulta inolvidable. Para empezar, sorprendemos a un leopardo comiéndose un impala sobre un árbol mientras, otra vez, una hiena espera los restos abajo. La cría del leopardo no anda muy lejos, a pocos metros.
   Más tarde, Dries nos pregunta que qué queremos ver, le contestamos que aún no hemos visto ninguna jirafa, habla por el parlante y en unos minutos nos plantamos enfrente de una hembra y su cachorro.
    Sobre unas pequeñas colinas divisamos los alojamientos propiedad del millonario inglés Charles Bronson, parecen algo tétricos desde la distancia.
    Más tarde aparecen varios kudús con una cornamenta impresionante, también búfalos en la lejanía y una colonia de babuinos, todo esto con un sol de justicia, cosa rara. Regresamos a la zona del río y nos topamos con un león que anda tranquilamente por el sendero. No, no es casualidad, la emisora le ha dictado a Dries el lugar exacto donde encontrarlo. Dos todo terrenos le seguimos, el león ni se inmuta, como si fuéramos invisibles.
    Sigue por el sendero, atraviesa el río por un vado y aquí nos quedamos nosotros. La otra parte del río es privada. es una zona con el césped bien cortado y una magnífica casa aparentemente cerrada. Nos olvidamos del león y seguimos recorriendo los caminos del parque.
    Vemos unos animales parecidos a burros y muchos ungulados, sobre todo, impalas
Impalas sobre el camino
    El cielo se está cargando de nubes y Dries nos propone olvidarnos de la parada habitual para tomar unas pastas y refrescos y concentrarnos en el safari, porque la cosa se va a poner interesante, las nubes oscurecen el atardecer y la sábana de arbustos hierve de actividad. Y efectivamente está en lo cierto, estamos ente dos luces y vemos manadas de impalas como ningún día. En pocos minutos oscurece y es necesario utilizar el potente foco que maneja Remember.
    En principio, de noche parece más difícil encontrar los animales, sin embargo, Remember es capaz de descubrir hasta una pequeña liebre que se queda inmóvil ante la luz del foco a dos metros del vehículo. De repente, dejamos el campo de aterrizaje y Dries acelera el coche, le avisan por la radio de que hay un animal interesante cerca. Quinientos metros adelante, otros todo terrenos dirigen sus focos sobre un leopardo. Dries lo conoce, se trata de un viejo leopardo que vuelve a su antiguo territorio y lo está marcando de nuevo. ¿Y en qué consiste eso de marcar el territorio? Pues en echar un buen chorro de orina sobre ramas y tocones y sobre todo, en la secreción de sus dos glándulas anales, y ¡hay que olerlo para creerlo! Ahora entiendo el significado de la frase "oler a tigre", el caso es que el aire se vuelve irrespirable, huele a rayos, es como si hubiera explotado una inmensa bomba fétida. Con esta oscuridad y a pesar de los focos, uno piensa que perderemos al leopardo a las primeras de cambio, pues nada de eso, los dos todo terreno le siguen haya donde vaya, derribando todos los arbustos que se encuentran a su paso.
Persecución del leopardo por la noche
    Una gruesa rama se ensarta en la barra antivuelco de nuestro todo terreno. Dries nos ordena tirarnos al suelo del vehículo y sigue adelante, la rama cruje, rompe y cae sobre nosotros. Con este follón que armamos parece mentira que el leopardo siga a lo suyo, tan terne, de vez en cuando se entretiene más de la cuenta con algunas ramas para dejar su "huella" y sigue, aparentemente ajeno a los focos y a los dos jeeps. En un momento dado, cruza por una estrecha franja entre un talud y un árbol.
    —Ya está, lo perdemos—, pienso para mí.
    Nos quedamos blancos cuando nuestro guía, en su afán por seguir al leopardo, engrana la primera marcha y enfila hacia el estrecho espacio entre el talud, casi vertical, y el árbol. Lo veo y no lo creo. Avanzamos unos pocos metros con las dos ruedas del lado derecho sobre el talud y poco a poco el ángulo de inclinación del vehículo va aumentando peligrosamente. Por un momento, pienso que volcamos. Remember, que va en el asiento del morro, salta del coche y nosotros, instintivamente, nos echamos sobre el lado derecho del vehículo para equilibrar. El Jeep parece oscilar unos segundos, a punto de volcar. Dries frena justo a tiempo y nos detenemos. Realmente lo hemos pasado mal. Un coche de estos no debe andar lejos de las dos toneladas y no me gustaría que me cayera encima.
    Después de este incidente, nuestro guía se da cuenta de que estamos algo asustados y da por perdido al bicho. Regresamos al Dulini satisfechos: el safari de hoy ha sido divertido y emocionante.
    A las ocho nos han preparado una cena romántica en la terraza de nuestro alojamiento. La sopa de tomate estaba lograda pero la carne del segundo plato era dura como suela de zapato y el postre simple nocilla en una copa. Hasta ahora, poco podemos alabar la cocina sudafricana, ¿o es británica?.

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