Otros viajes

República de Sudáfrica 2005

19 de marzo, Johannesburgo, Sabie27 de marzo, Port Elizabeth, Knysna
20 de marzo, Graskop, Pilgrim´s Rest, Kruger 28 de marzo, Swellendam
21 de marzo, Kruger 29 de marzo, Ciudad del Cabo
22 de marzo, Kruger, Barberton 30 de marzo, Ciudad del Cabo
23 de marzo, Mbabane, Mlilwane 31 de marzo, Ciudad del Cabo
24 de marzo, Swazi Mantenga, Santa Lucía Wetlands1 de abril, Hout Bay, Simon, Ciudad del Cabo
25 de marzo, Cabo Vidal, Shakaland 2 de abril, Ciudad del Cabo
26 de marzo, Shakaland, Durban

20 de marzo, domingo

    Dejamos Sabie pronto, a las ocho y media. Vale la pena explorar esta zona, es magnífica para hacer senderismo, lástima que nuestro tiempo sea tan limitado. El día ha salido nublado y algo fresco.
Cataratas Mec Mec
    A trece kilómetros al norte de Sabie se encuentran las cataratas Mac-Mac, el nombre homenajea a los escoceses que murieron buscando oro. Un aparcamiento vigilado facilita la visita. Al lado, puestos de artesanías, ya sabes, tallas en madera de elefantes, jirafas, hipopótamos, máscaras, etc. Se puede pasear tranquilamente entre los puestos; los vendedores te dejan hacer hasta que muestras interés por alguna de sus mercancías, entonces se levantan y porfían por venderla, aunque no con mucha convicción, la verdad.
    Treinta kilómetros al noroeste de Sabie se encuentra Graskop, 1430 m sobre el nivel del mar, cuatro mil habitantes. Paramos unos minutos en una ferretería a comprar un enchufe adaptador para mi máquina de afeitar. Unos metros más adelante veo una tienda de pesca bien surtida. Por lo visto, en esta provincia de Mpumalanga es muy popular la pesca de truchas con pez artificial tipo Rapala, lo que me sorprende es el tamaño de muchos de los señuelos, ¿cuántos kilos pesan las truchas de aquí? Un panfleto promocional dice lo siguiente: "La trucha común o marrón se importó de Escocia a principios del siglo veinte y se aclimataron muy bien a los ríos sudafricanos de aguas frías y oxigenadas. Una década después trajeron las arco iris, que se mantienen en las zonas más bajas de los ríos y rara vez se mezclan con las truchas comunes. Es un paraíso para los pescadores, por abundancia y tamaño. Ejemplares en torno a los dos kilos son frecuentes y ocasionalmente se pescan hasta de cinco. En las cabeceras de los ríos las truchas son tan abundantes que su número empieza a ser excesivo". Desconocía esta faceta piscícola del país, me hubiera gustado probar fortuna con mis Rapalas. La trucha se incluye en todos los menús de los restaurantes como algo típico.
    El pueblecito Pilgrim´s Rest es poca más que una calle llena de tiendas para los turistas, nos parece algo desangelada y demasiado orientado a la venta de las típicas artesanías para los turistas.
    Para mí, lo mejor de esta zona es la naturaleza que rodea al cañón del río Blyde. A lo largo de la carretera que discurre paralela al cañón se suceden los miradores, el más famoso es La ventana de Dios o God´s Window. Hoy la vista no es todo lo buena que quisiéramos, hay bastante niebla. Esta zona es realmente interesante y merecería la pena pasar al menos un día más, pero Kruger nos espera.
    Para las once ponemos rumbo a la Kruger Gate. En realidad, buscamos la Shaws Gate y nos la pasamos. Al dar la vuelta, al lado de la carretera, al otro lado de la valla, divisamos dos elefantes casi negros arrancando ramas de los árboles.
Parque Kruger
    Dejamos la carretera asfaltada y entramos al Kruger por la Shaws Gate. A partir de aquí circulamos por caminos de tierra, ya dentro del parque, a nuestro propio riesgo, como advierten los carteles. El parque Kruger es uno de los pasos de inmigrantes de Mozambique a Sudáfrica. Los inmigrantes, para evitar ser descubiertos por los helicópteros y las patrullas de la Policía, tienden a cruzar por la noche, precisamente cuando los leones se muestran más activos y agresivos. Y en Kruger no faltan leones, se calculan unos dos mil. En una noche, es normal tener cuatro encuentros con leones. Los guías turísticos de vez en cuando encuentran restos humanos o personas solitarias vagando como fantasmas, conmocionados por la muerte de sus familiares. Los expertos dicen que, frente a un león, jamás escapar corriendo ni asustarles con movimientos extraños. No sirve. El secreto es permanecer en grupo y mostrar un aire arrogante frente a ellos, no mostrar debilidad; los leones perciben enseguida a los más débiles, como niños o enfermos. Si se actúa así, rara vez atacan.
    El parque lleva el nombre del primer presidente de Sudáfrica, Paul Kruger (1825-1904), buen aficionado a la caza y también creyente incondicional de la Biblia, el tipo sostenía, a pesar de todas las evidencias científicas, que la tierra era plana, porque así lo deducía él de las palabras de la Biblia, como cuando se habla de las cuatro esquinas de la tierra, etc.
    La verdad es que el parque no tiene aspecto salvaje, la vegetación está compuesta de arbustos que no superan los cuatro metros de altura, la sábana arbolada, como ellos le llaman, la bushveld. Nada parece anunciar la presencia de animales salvajes, sin embargo, las apariencias engañan, en las horas centrales del día es difícil encontrarse con animal alguno, pero haberlos, haylos, os lo aseguro. Si os tenéis que bajar del coche por alguna razón no os separéis demasiado de él, y por supuesto, ni se os ocurra dar un paseo entre la vegetación, puede ser realmente peligroso, aquí hay de todo.
    Después de recorrer unos treinta kilómetros por un camino de tierra, llegamos al Exeter Dulini Lodge, algo cansados por los continuos baches del camino. Enseguida salen a recibirnos, nos ofrecen un cóctel y unas toallitas húmedas para refrescarnos. El lugar se compone de un edificio con techo de paja que hace de recepción y una amplia zona de césped bien cortado a la sombra de unos altos árboles, hay una piscina pequeña que no invita al baño, el agua es cristalina pero el lecho contiene muchos sedimentos naturales.
Interior del Exeter Dulini Lodge
    Nos conducen a nuestro alojamiento que, por cierto, nunca se cierra con llave. Es una cabaña de piedra que da al río, ahora seco. Resulta muy amplia y cómoda: cama con dosel, yacusi en la terraza, ducha en el exterior, etc. Sin tele.
    La reserva la realizamos por internet, donde también se puede regatear. Al final, lo conseguimos por 2450 rands (294 euros) por cabeza y noche. Este precio incluye dos safaris al día.
    El Dulini está lleno, hay once personas. Tomamos los restos de un bufé, bastante corriente, y nos retiramos a descansar un rato.
    A las cuatro y media comienza el primer safari. Los vehículos son unos magníficos todo terreno sin techo. Nos acompañan dos guías: un nativo que se hace llamar Remember, que va en una silla en el frontal izquierdo del vehículo para advertir de las irregularidades del terreno, y un joven rubio, Dries, quien conduce y maneja la radio. Sobre el salpicadero, un rifle de grueso calibre. Las instrucciones son breves: no salir del vehículo y no romper su perfil para no mostrar nuestra apariencia humana. No moverse demasiado. No hacer ruidos, ni tan siquiera hablar, para que los animales no se asusten y se marchen. Si se actúa así, los animales generalmente nos ignoran y no habrá problemas.
    El parque Kruger no es una sábana amplia y despejada con escasos árboles como Serengueti o Masai-Mara donde los animales se divisan con facilidad, es un parque densamente poblado de arbustos donde siempre tienes enfrente una muralla vegetal de unos cuatro metros de altura. Además, los depredadores apenas se mueven durante el día. Entonces, ¿cómo encontrar a los animales en este territorio tan grande como la provincia de Cáceres? Nada más fácil si se dispone de un sistema de GPS. En Kruger, el CyberTracker se introdujo en el verano del 2004, así que nada de encontrar a los animales por casualidad, desde la central echan un vistazo a su pantalla e informan a Dries de los animales más cercanos a nuestro recorrido y de su situación exacta.
Leopardo devorando un impala
    El safari resulta fructífero. El primer animal que vemos es un leopardo devorando los restos de un impala. Nos quedamos alucinados al ver como nuestro vehículo abandona el sendero de tierra y se introduce entre la espesura de la vegetación, no hay nada que lo detenga, arbustos enormes de grueso tronco ceden ante el paso del todo terreno como si fueran flexibles hierbecillas. Vamos directos al animal. Otra sorpresa: el jeep se acerca a menos de dos metros del leopardo y el animal tan terne, como si fuéramos invisibles, ni se inmuta. Dries apaga el motor, el único ruido que escuchamos ahora es el crujir de los huesos de la presa bajo las fauces del depredador. Observamos al leopardo durante quince minutos y cuando ya nos marchamos divisamos un cachorro a pocos metros, estaba a menos de seis metros y nadie lo había visto.
    Abandonamos a los leopardos y regresamos al camino. Dries sigue en constante contacto por radio. Al de poco tiempo acelera y comunica a Remember el próximo destino. Remember es quien realmente indica el camino. En cada cruce de este laberinto de senderos, con un discreto movimiento de su mano, señala a Dries la dirección a tomar.
    Inesperadamente, nos topamos con un animal sin GPS: una pequeña pitón de dos metros que cruza tranquilamente el sendero. Dries frena bruscamente, se detiene en el lado izquierdo del camino y rápidamente saca su cámara. Su excitación nos indica que una pitón no es un animal habitual en los safaris. En menos de quince segundos desaparece entre las hierbas del camino, cerca de la rueda derecha de nuestro vehículo. Parece mentira que un bicho así se oculte con tanta facilidad. A partir de ahora tendré mucho cuidado por dónde piso, sobre todo, porque las hay mucho más grandes.
Pitón cruzando el camino en Kruger
    Lo próximo en la lista es una familia de estilizados guepardos, una hembra y dos cachorros ya creciditos. Van de caza. Les seguimos allá donde van. Esta zona es mucho más despejada de lo habitual. Así y todo, el parque Kruger no tiene nada que ver con los habituales reportajes de animales que dan por televisión, donde siempre se presentan enormes espacios abiertos con manadas de cebras, antílopes o ñus. Esto es la bushveld o sábana de arbustos y los animales no forman grupos tan numerosos, serían presa fácil ya que los arbustos y el resto de la manada les dificultarían los movimientos en caso de un ataque.
    Los guepardos aprovechan nuestro vehículo para ocultarse. Tenemos la suerte de ver un intento de caza de los tres guepardos sobre unos impalas. Los quiebros de los impalas en su huida frustran el ataque. Magnífica estampa la de estos felinos. Se distinguen fácilmente de los leopardos por una línea oscura que baja desde el ojo a la mandíbula. Son muy veloces, pero se cansan pronto.
    La fauna avícola es también espectacular y abundante aunque Dries no hace mucho hincapié en ella. Aquí venimos a ver a los cinco grandes y los pajarillos no parecen importar mucho.
    Ya de vuelta, es noche cerrada. Los focos del coche alumbran una gruesa figura que abandona una charca, es un hipopótamo, ¡a menos de cien metros de la entrada al Dulini!. El guía nos asegura que los hipos siempre procuran remojarse en masas de agua que les cubran por completo y es raro verlos en una simple charca.
    Al bajar del todo terreno echo un vistazo a la chapa de los laterales: ni un rasguño, ¿de qué material se fabrican estos vehículos?, ¿acero cementado?
    Cenamos todos juntos en una larga mesa al aire libre. Dries está a mi izquierda y nos da algunos consejos para el resto de nuestro viaje por Sudáfrica: debemos evitar las ciudades como Durban o Port Elizabeth, por seguridad. Nos advierte que el lago de Santa Lucía tiene menos de la mitad de agua de lo que es habitual, aún así, la visita vale la pena. Cuando ve la pastilla contra la malaria que nos echamos al gaznate lo echa a barato, no cree que corramos ningún peligro. La verdad es que los mosquitos brillan por su ausencia, sin embargo, las guías de viaje califican a Kruger como uno de los lugares de mayor riesgo, así que a pesar de la lata que es tomar las pastillas, seguiremos con la medicación, por si acaso.
    Después de cenar, Dries nos escolta los cuarenta metros que nos separan de nuestro alojamiento. Leemos un rato en la terraza aunque no dejo de mirar a mi alrededor de vez en cuando, por si acaso una pitón se acerca silenciosamente a darnos un susto.
    Tras bañarnos desnudos en el yacusi nos disponemos a descansar para estar frescos para los safaris de mañana.

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