Los viajes de Mariano

República de Sudáfrica 2005

19 de marzo, Johannesburgo, Sabie27 de marzo, Port Elizabeth, Knysna
20 de marzo, Graskop, Pilgrim´s Rest, Kruger 28 de marzo, Swellendam
21 de marzo, Kruger 29 de marzo, Ciudad del Cabo
22 de marzo, Kruger, Barberton 30 de marzo, Ciudad del Cabo
23 de marzo, Mbabane, Mlilwane 31 de marzo, Ciudad del Cabo
24 de marzo, Swazi Mantenga, Santa Lucía Wetlands1 de abril, Hout Bay, Simon, Ciudad del Cabo
25 de marzo, Cabo Vidal, Shakaland 2 de abril, Ciudad del Cabo
26 de marzo, Shakaland, Durban

19 de marzo, sábado

    Desde el aire, Pretoria y Johannesburgo parecen ciudades residenciales, muy al estilo americano, completamente planas y cuadriculadas, plagadas de magnificas casas unifamiliares con piscina y rodeadas de vegetación. Pero también se ven las manchas grises de los campamentos de los inmigrantes ilegales, con chabolas apelotonadas que desde el avión asemejan cementerios. Son ciudades llenas de contrastes, donde la riqueza y la pobreza se dan la mano.
    A eso del mediodía nuestro avión aterriza puntualmente en el aeropuerto Jan Smuts de Johannesburgo. Tardamos una barbaridad en pasar el control de inmigración. Cambiamos unos euros por randes en Master Currency (dos por ciento de comisión) y recogemos un Nissan Almera en National-Alamo, previamente reservado a través de internet. Desde que hemos aterrizado hasta que arrancamos el coche han pasado tres largas horas.
    Viajamos sin navegador, así que en el mostrador de National-Alamo preguntamos por la salida a la autopista y un cubano de Miami que nos escucha se ofrece a guiarnos hasta la N-12, que sigamos a su coche. Le seguimos y ya estamos rumbo a nuestro principal objetivo del viaje: el parque Kruger. Por delante nos esperan casi cinco horas de camino hasta llegar al pueblo de Sabie, nuestra meta para pernoctar.
Carretera hacia Kruger
    Una alternativa al viaje en coche hubiera sido volar desde Jo´burg hasta Nelspruit o Hoedspruit, en los aledaños del parque Kruger, sin embargo, los horarios de los vuelos nos obligaban a esperar a mañana para tomarlos.
    Conducir en Sudáfrica no es nada complicado: apenas hay tráfico, las carreteras son amplias, bien señalizadas y el firme es impecable.
    A mitad del recorrido nos detenemos a estirar las piernas en Milly's Trout Stall, una cadena de tiendas del mayor suministrador de productos de trucha arco iris del país, sobre todo trucha fresca, ahumada y congelada. En un pequeño lago aledaño se pueden pescar y después te las cocinan en el restaurante si has tenido la suerte de capturar alguna. En sus tiendas venden las típicas delicatessen: miel, frutos secos, quesos, encurtidos, salchichas, patés, etc. Compramos unos trozos de mango secos y unas tiras de plátano secado y salado, así entretenemos al estómago durante el viaje. En 2011 sufrirán un incendio en su restaurante que destruirá este complejo comercial por completo.
    Imaginaba Sudáfrica con una vegetación salvaje y poco civilizada y he encontrado todo lo contrario: los bosques de esta zona de Mpumalanga han sido reforestados, así que a ambos lados de la carretera se suceden interminables masas verdes de pinos y eucaliptos, todos de la misma altura y guardando la misma separación. Demasiado civilizado para los ojos del turista aventurero. Más parece que estuviéramos en Canadá que en África.
    Tras recorrer trescientos sesenta kilómetros, antes de que el sol se oculte, llegamos a Sabie, un tranquilo pueblecito situado a tan solo sesenta kilómetros del parque nacional Kruger. Es un pueblo que vive del turismo durante todo el año. En los alrededores se pueden visitar cataratas, hacer caminatas por las montañas, pescar a mosca en el río, paseos a caballo, rutas en bicicleta, etc. La mayor parte de las casas son de piedra, estilo inglés, con céspedes bien cuidados.
    El primer alojamiento que visitamos está completo, por suerte, la mujer que nos recibe hace una llamada telefónica y ella misma nos conduce hasta el bed and breakfast Azalea, en la calle Cycad, apenas a cien metros del suyo. Aquí, ocupamos la única habitación libre que queda. Al parecer, es un fin de semana largo y los alojamientos de los alrededores están completos.
    Esta zona es muy tranquila, llena de casas unifamiliares con amplias zonas de césped con sus vallas pintadas de blanco. Es zona de blancos, por supuesto. De hecho, durante todo el viaje tendremos muy poco contacto con personas de piel oscura, son los blancos los que dirigen el país y cualquier actividad económica, ya sea un bar o un kiosco de periódicos, está controlada por ellos. Los africanos autóctonos trabajan siempre en los puestos de menor cualificación.

Copyright © 2005 - MRB

La propiedad intelectual de los textos me pertenece, por lo que está prohibida su reproducción total o parcial sin mi expresa autorización.