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República Socialista de Sri Lanka 2012

1 de diciembre, Negombo 9 de diciembre, Hakgala, Nuwara Eliya
2 de diciembre, Sigiriya10 de diciembre, Yala
3 de diciembre, Polonnaruwa, Minneriya11 de diciembre, Kataragama, Tangalla
4 de diciembre, Anaradhapura, Mihintale12 de diciembre, Galle
5 de diciembre, Dambulla, Kandy13 de diciembre, Galle, lago Koggala
6 de diciembre, Kandy14 de diciembre, Colombo
7 de diciembre, Hatton15 de diciembre, Colombo
8 de diciembre, Nuwara EliyaDatos económicos del viaje

7 de diciembre, viernes

    El plan para hoy incluía el traslado desde Kandy a Hatton en tren pero debido a la huelga de empleados del ferrocarril no va a ser posible. Piden aumento de salarios. Ananda sugiere que tomemos mañana el tren en Hatton hasta Nuwara Eliya, que el paisaje de campos de té es parecido. Vale, de acuerdo.
Elefante y sus cornacas
    Aprovechando que disponemos de cierto tiempo extra, pedimos a Ananda que nos lleve hasta el museo nacional de Kandy, justo al lado del templo del diente. El edificio era la residencia de las concubinas del rey, y desde 1942 funciona como museo. Dentro vemos relicarios, colección de armas (pistolas, cañones, lanzas, cuchillos), cajas de plata para llevar el chunam —la caliza que se mastica junto con las nueces de betel— con su espátula incluida. Seguimos: objetos rituales, cascanueces para romper la nuez de areca, espadas bien afiladas para cortar cabezas, piedras lunares, y sobre una columna del patio, el texto de la convención de Kandy del dos de marzo de 1815 (año cingalés 1736) por el que Sri Lanka pasaba a la corona británica. Fue firmado por los dissawas o gobernadores de las provincias —el rey Vikrama Rajasinha, de origen malayo, estaba en paradero desconocido— y redactado por Sir John D'oyly. Por cierto... ¿qué es esto del año cingalés? Ananda examina el texto, se encoje de hombros y desaparece. Al rato regresa acompañado de una chica de la oficina con cara de lista; lo lee, lo relee y... ni idea. Nos quedamos sin saber lo del año cingalés.
    Justo al salir del museo nos topamos con un elefante y sus cornacas. Al vernos extranjeros, paran unos minutos para que le echemos unas fotos. Es la primera vez que estoy tan cerca de un elefante; me maravillan sus ojos, cómo nos escudriña de arriba abajo. ¡Y qué pestañas! Mi mujer le hace unos mimos sin ningún miedo de su enorme trompa, que lanza sobre su cabeza para olisquearla. Yo soy de natural miedoso con los animales salvajes, no puedo evitar pensar que basta un ligerísimo pero brusco movimiento de su cabeza para que me ensarte como un pincho moruno. Vete a saber lo que estará pensando al vernos tan blanquitos y vestidos tan raros.
    Llegamos a Hatton al mediodía, justo para comer en nuestro nuevo alojamiento, el Mandira Dick oya Bungalow. El hotel es un antiguo caserón de estilo inglés situado en un alto y cuenta con unas vistas fantásticas sobre los cultivos de té.
    A las tres salimos en coche a visitar una factoría de té cercana a nuestro hotel, la Watawala Plantations Ltd, del estado Dickoya. Nos ponen unas batas blancas y nos recibe el encargado, un chaval de unos treinta y cinco años, muy delgado, físicamente me recuerda al Quirce de Los santos inocentes, aunque este no para de charlar, lo que se agradece. A pesar de su inglés endiablado, de algo nos hemos enterado. A ver: la fábrica funciona siete días a la semana, en dos turnos. Cuenta con cincuenta y cinco empleados en la factoría y novecientos más recogiendo las hojas de té. Las jornaleras son tamiles,— las trajeron los ingleses porque los cingaleses se negaban a recolectar

Trabajadoras tamiles de las plantaciones de té en Dickoya, Kandy

los campos de té—. Trabajan en jornadas de ocho horas, cinco días a la semana y ganan 600 rupias (3,75 €) al día. A las siete de la mañana empiezan a recoger las hojas —solo las más tiernas y blandas— y para las once llegan a la factoría con quince o veinte kilos de té a sus espaldas. Al día entran unas quince toneladas de hojas de té. El primer paso es extender las hojas sobre unas bandejas perforadas, de una tonelada de capacidad, a las que se aplica unos ventiladores desde abajo. Aquí se dejan unas doce a quince horas, el objetivo es extraer un sesenta por ciento de humedad para dejar las hojas suaves y flexibles. Dentro de la factoría se mantiene la humedad con ventiladores acuosos. Las hojas pasan por sucesivas máquinas que las van cortando en trozos cada vez más pequeños. El té se criba y lo que no pasa el tamiz se incorpora de nuevo al proceso. Después se secan de nuevo a 260° F
    —¿Ya se plantaba té en Sri Lanka antes de la llegada de los británicos?
    —¡Que va! En Sri Lanka jamás habíamos visto una hoja de té hasta la invasión británica de 1802. Bueno, en realidad hasta mucho más tarde, porque los primeros colonos llegaron en la década de 1830 y primero plantaron café y caucho, que les fue muy bien hasta 1869, cuando un hongo diezmó en cinco años todas las plantaciones de café de la isla. Los colonos, al borde de la ruina, probaron con el té y fue todo un éxito. Ya véis, hasta hoy.
    Los cingaleses no están muy contentos con esto del té, desde el principio no aceptaron trabajar en los campos de té y los británicos tuvieron que contratar trabajadores tamiles del sur de India, sembrando la semilla del odio entre comunidades. Las empresas siguen en manos extranjeras y además, los campos de té han robado dos mil kilómetros cuadrados al bosque lluvioso.
    Desde el comienzo del viaje, nos ha parecido observar cierto menosprecio de Ananda hacia los tamiles. Ambos, tamiles y cingaleses tiene su origen en India, se cree que los cingaleses llegaron a Sri Lanka desde orissa y los tamiles desde Tamil Nadu. Aunque los cingaleses son budistas y los tamiles hindúes, sus costumbres son muy parecidas, eso sí, sus idiomas son completamente diferentes, tanto a nivel hablado como escrito. Para nosotros es imposible diferenciarlos físicamente. Ananda tampoco lo tiene tan claro:
   —¿Eres capaz de distinguir un tamil de un cingalés?
   —Sí, yo creo que sí. Bueno... con los hombres no estoy tan seguro, pero sí con las mujeres, el sari de las tamiles es muy diferente al que llevan las cingalesas, además están los adornos, el pelo, el bindi en la frente... y sobre todo la piel, mucho más oscura.
El pico de Adán
    Ananda nos da un recorrido en coche por los alrededores del lago hasta tener una perspectiva del pico de Adán, nombre dado por los ingleses a la montaña más sagrada de Sri Lanka. Y verás por qué: los cingaleses veneran una huella que hay en una roca, cerca de la cumbre. Ellos están convencidos que pertenece al pie izquierdo de Buda. A esta montaña no le llaman Adán, claro, sino Sri Pada, que significa "huella sagrada". Los tamiles, por su parte, la conocen como Trikuta y aseguran que esa huella no es la de Buda sino la de su Señor Shiva ya que el Ramayana cuenta que gobernó Lanka desde esta montaña. Los cristianos y musulmanes de Sri Lanka, para no ser menos, la relacionan con el profeta Adán, pues hay leyendas locales que sitúan el paraíso terrenal en esta montaña, de ahí el nombre de pico de Adán. El caso es que a partir de diciembre, con la mejora del tiempo, budistas, hindús, cristianos y musulmanes suben en masa a honrar la sagrada huella. Como es costumbre en toda Asia, se suele salir a las doce de la noche para llegar a la cima al amanecer.
    Al ver el lago, hago un comentario sobre pesca y Ananda me advierte que en Sri Lanka no está permitida la caza ni la pesca deportiva. Ni conejos, ni peces, ni nada... aunque él sabe que hay furtivos.
    Regresamos al hotel. Para cenar nos sirven una triste y escasa cena de estilo occidental, bueno, más bien al estilo inglés: un poco de pollo acompañado por vegetales hervidos. Muy sano, eso sí.

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