Otros viajes

República Socialista de Sri Lanka 2012

1 de diciembre, Negombo 9 de diciembre, Hakgala, Nuwara Eliya
2 de diciembre, Sigiriya10 de diciembre, Yala
3 de diciembre, Polonnaruwa, Minneriya11 de diciembre, Kataragama, Tangalla
4 de diciembre, Anaradhapura, Mihintale12 de diciembre, Galle
5 de diciembre, Dambulla, Kandy13 de diciembre, Galle, lago Koggala
6 de diciembre, Kandy14 de diciembre, Colombo
7 de diciembre, Hatton15 de diciembre, Colombo
8 de diciembre, Nuwara EliyaDatos económicos del viaje

2 de diciembre, domingo

    Salimos a las nueve de Negombo en dirección a Sigiriya. Son 153 Km. y tres horas y media de viaje, algo normal en Sri Lanka. ¿Tan mala es la carretera? ¡Qué va!, lo que ocurre es que atraviesa siempre por el centro
de los pueblos y Ananda conduce despacio, hace bien, no queremos atropellar a nadie, que son muchas las incidencias: escolares con sus uniformes blancos, tractores, perros —millones de perros—, motoristas, ciclistas, búfalos de agua, camiones averiados... ¿He dicho escolares? Pero... ¡si hoy es domingo! Ya, pero acuden a clase de catecismo budista, sólo un par de horas. Estas clases dominicales son herencia del norteamericano Henry Steel Olcott (1832-1907), uno de los primeros occidentales en convertirse al budismo. Él mismo escribió en 1881 el catecismo budista que aún se sigue enseñando en las escuelas. Explica la doctrina básica y la vida de Buda. Está escrito en forma de pregunta-respuesta. Un ejemplo:
    —¿Por qué la ignorancia provoca sufrimiento?
    —Porque nos hace apreciar lo que no vale la pena apreciar, afligirnos por lo que no debemos penar, considerar real lo que no es más que una ilusión y desperdiciar nuestras vidas en la búsqueda de lo inútil, soslayando lo realmente valioso.
    La educación en Sri Lanka es gratuita, incluida la universidad. Y no sólo eso, también lo son los libros y los uniformes escolares.
    El paisaje es impresionante: palmeras por todas partes y cientos de tipos de árboles, campos de arroz con garzas blancas, estanques inmensos, pagodas, templos hindúes. En fin, la diversidad natural es apabullante y gozosa. No te aburres ni un segundo.
    Ananda nos da una buena noticia: ¡Han localizado la maleta! Un empleado del aeropuerto nos la entregará mañana en nuestro hotel. Al cruzar Dambulla, paramos en el súper Cargills Food City para comprar un cepillo de dientes para mi mujer. La pobre tendrá que seguir utilizando una camiseta mía hasta mañana.
    Llegamos al Sigiriya Village a las dos. Este hotel servirá de base a nuestros desplazamientos dentro del llamado triángulo cultural: Anuradhapura, Sigiriya y Polonnaruwa. No es lujoso pero cumple de sobra nuestras necesidades. Sin duda, el mejor hotel del viaje en relación calidad-precio, pero no le recordaremos por eso, sino por su personal, terriblemente eficiente, amable y sonriente.
    Ananda nos recoge a las cuatro para visitar la inmensa roca de Sigiriya, situada muy cerca del hotel. Primero visitamos los jardines y luego, con la temperatura más baja del atardecer, es el momento adecuado para subir a la roca.
    Un cartel del jardín advierte: "Keep silence in the area; wasp attacks are likely". Y no es broma, a finales de mayo de 2009 cuarenta estudiantes y tres monjes budistas fueron hospitalizados tras un ataque de avispas en Kotagala Pirivena, Dambulla. La policía dijo que fue debido al ruido creado por los estudiantes que visitaban el área. La verdad es que los ataques de avispas son incontables cada año siendo las recolectoras de té las víctimas más habituales, pero también se ceban con los grupos de escolares, turistas y personas aisladas. El gobierno está pensando en proporcionar a los turistas que suben a la roca chaquetas de protección especiales contra las avispas.
La roca de Sigiriya
    Ante la visión de esta enorme roca es inevitable preguntarse: ¿De qué se escondían los que vivían aquí? La historia popular, la que cuentan los guías, es la siguiente: el rey Dhatusena (455-473) era muy querido por el pueblo cingalés porque reunificó el país y puso fin a veintiséis años de gobierno tamil. Además, se preocupaba por sus súbditos: construyó numerosos canales y dieciocho estanques de agua. Este rey tenía dos hijos: Moggallana, el heredero, hijo de su consorte real, y el malvado Kashyapa, hijo de una concubina, quien aliándose con Migara, general del ejército, dio un golpe de estado y se convirtió en rey. Enterró vivo a su padre pero su hermano escapó. Este acto fue censurado por el pueblo y por los monjes budistas ganándose el apodo de "el fratricida". Temiendo las represalias de Moggallana, el rey fratricida dejó Anuradhapura e instaló su palacio encima de la roca de Sigiriya. Veintidós años más tarde, Moggallana regresó con un ejército formado en el sur de la India y recobró el trono. El rey fratricida se quitó la vida con su propia espada.
    Preciosa historia, sin embargo, recientes estudios afirman que no hay ninguna evidencia de que lo anterior sea cierto; sólo se sabe que desde el siglo III la roca ya estaba habitada por monjes y que la abandonaron en el siglo XIV.
    ¿Y hay que subir hasta allí arriba? Sí, pero tranquilo; si lo he subido yo, que tengo mucho respeto a las alturas, lo puede subir cualquiera, incluida la gente mayor. No presenta ninguna dificultad. Justo al final de una escalera metálica en espiral nos encontramos con lo mejor de la visita: las pinturas de unas mujeres de dulce sonrisa, pechos voluptuosos y talle de avispa. Se creía que representaban las concubinas del rey Kashyapa o ninfas celestiales pero las nuevas teorías sostienen que son figuras de Tara, es decir, diferentes formas que adopta la virtud en el budismo tántrico. Encima de la montaña no hay gran cosa: unas ruinas de los monasterios y un estanque de agua. Aún no se sabe cómo subían el agua corriente, porque está claro que no podían beber agua estancada. Merece la pena subir para ver el paisaje, algo desdibujado y brumoso a última hora de la tarde.
    Después de la agradable cena en el hotel Sigiriya Village, muy buena y a precio inmejorable, paseamos por los senderos iluminados del jardín del hotel, asombrados por la cantidad de luciérnagas voladoras que transitan.

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