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Bandera

República Árabe Siria 2009

29 de marzo, Damasco7 de abril, Ammán, Wadi Musa
30 de marzo, Damasco 8 de abril, Petra
31 de marzo, Damasco 9 de abril, Petra
1 de abril, Maaloula, Palmira10 de abril, Wadi Rum, la Gran Falla, Al Karak, mar Muerto
2 de abril, Palmira11 de abril, mar Muerto, Madaba, Ammán
3 de abril, Homs, Crac de los Caballeros 12 de abril, Gerasa, Ammán
4 de abril, Hama, Apamea, Ciudades Muertas, Alepo13 de abril, Ammán
5 de abril, Alepo, San SimeónDatos económicos del viaje
6 de abril, Alepo

5 de abril, domingo

    No sé si por la insonorización de la habitación o por el cansancio, pero por fin duermo toda la noche de un tirón, a pesar de la llamada nocturna del almuédano. Ya era hora.
   A las nueve menos cuarto miro por la ventana y me asombro de no ver apenas tráfico, como una mañana de domingo en España, lo curioso es que para los musulmanes, los domingos son laborables. El caso es que los sirios son poco madrugadores, sólo hay que esperar una hora más y veremos las carreteras tan atestadas como ayer en hora punta.
   Al salir hacia la basílica de San Simeón por el oeste de Alepo, cruzamos entre casas espléndidas, majestuosas, cientos de ellas aún en construcción. Nos detenemos para fijarnos en los detalles de los edificios porque algunas cuentan con fachadas realmente asombrosas por recargadas.
   
Escolares cristianos visitando las ruinas de la basílica
de San Simeón
Visitar la basílica de San Simeón es una delicia en esta temporada del año, está en un alto de bonitas vistas sobre los campos de olivos y las propias ruinas descansan sobre un campo de amapolas, no..., de anémonas, me corrige mi mujer.
    ¿Y qué hizo el tal Simeón para que construyeran una basílica en su memoria? Pues, de alguna manera, fue un tipo innovador y hombre resistente a las penalidades como pocos. Simeón nació en el año trescientos noventa y a la edad de quince años dejó su oficio de pastor e ingresó en un monasterio. Durante una Cuaresma, rezó catorce días de pie, después catorce sentado y los últimos días acostado debido a la debilidad. El domingo de Resurrección, el abad del monasterio lo encontró desmayado en el suelo: no había probado bocado en muchos días. Encima, al reanimarlo descubrieron que llevaba un cilicio en su cintura. El Abad, que no quería personajes tan radicales, lo expulsó del monasterio. La siguiente extravagancia fue encerrarse en una cueva atado con una cadena, para evitar la tentación de salir. Como se había hecho famoso gracias a sus excentricidades, recibía muchas visitas, así que, harto de todo, tuvo la genial idea de subirse a una columna, la primera, de tres metros, la segunda de siete metros, y como todavía no le dejaban en paz, se instaló en lo alto de una de diecisiete metros de la que no bajó hasta su muerte, ¡treinta y siete años después! El caso es que esta peculiaridad le hizo ser la persona más famosa de su tiempo y verdaderas multitudes acudían para verlo. ¡Hasta los reyes se acercaban para pedirle consejo! Tras su muerte, la moda de subirse a una columna se extendió y duró hasta el siglo XI. Cada pueblo quería contar con un estilita, algunos tenían hasta dos.
    Visitando las ruinas, nos llama la atención un alegre grupo mixto de escolares, lleno de colorido. Al hablar con su profesora de matemáticas nos dice que son de un colegio cristiano de una población cercana a Hama.
    Regresamos a la Ciudad Vieja de Alepo y comemos en el restaurante Beroea, al norte de la ciudadela. Una ensalada kurda y un kebap alepino y para beber, un menta-limón o polo o mint-mananá. Aquí hay mucho cristiano de postín, a juzgar por los modelitos y elegancia de las señoras. A pesar de no servir bebidas alcohólicas, es un restaurante muy bueno. No te lo pierdas.
    El zoco de Alepo me gusta; huele a pastel de pistacho. Encontramos algunas tiendas de buena calidad, con vestidos que llegan a los mil quinientos euros (eso dice el propietario). Los vendedores te esperan en la calle principal del zoco y te acompañan a su tienda sin que te des cuenta, como hipnotizado. La verdad es que son vendedores muy hábiles y si te dejas llevar, acabas siempre por comprarles algo.
Zoco de Alepo
    Al entrar en una tienda de alfombras, el propietario, un chaval de unos treinta años que habla perfecto español, nos cuenta que sus padres montaron una tienda de alfombras en Marbella, pero a pesar de los catorce años que pasaron en España, decidieron volver, no se adaptaron a nuestra forma individualista de ver la vida. ¿Y cómo la ven ellos?, te preguntarás. Completamente diferente. Atento: lo más importante en la vida de un sirio musulmán —el ochenta por ciento de la población— es su familia, piedra fundamental de la sociedad, después viene la pertenencia a la comunidad musulmana (internacional) y por último el estado. Muy importante: la reputación de toda la familia depende del comportamiento de cada miembro individual y en especial de sus mujeres. ¿Y por qué es tan importante que ellas se comporten bien? Porque se trata de una sociedad patriarcal, y las mujeres son propiedad de los varones, están a su servicio, son sus esclavas. Las hijas obedecen al padre, las esposas a sus maridos, las viudas a sus hijos mayores. ¿Y qué acciones pueden llevar a cabo una mujer que cause la deshonra familiar? Como en cualquier relación amo-esclavo, la desobediencia a la autoridad, en este caso la del varón. Veamos casos: rechazar un matrimonio arreglado, echarse un novio que el padre no aprueba, tramitar el divorcio sin permiso del esposo, tener relaciones prematrimoniales, el adulterio, ser violada o incluso vestirse como le da la gana. Pensar por su cuenta se paga con un ojo morado, unos vergazos y en casos demasiado frecuentes, con el asesinato o el suicidio forzado —aunque últimamente, se está poniendo de moda el destierro a otra ciudad—. Se estima que cada año mueren en Siria unas doscientas mujeres consecuencia de lo que ellos llaman "ofensas al honor" de la familia. La individualidad y libertad que tanto valoramos en Occidente es vista por los musulmanes como un horror, una amenaza a la cohesión familiar. Para un musulmán, la armonía familiar es más importante que la libertad individual.
    Así que ser mujer o hombre condiciona por completo la vida porque los roles sociales son completamente diferentes: los hombres se dedican al trabajo y las mujeres a la crianza de los hijos pequeños y las tareas domésticas. El contacto entre los sexos se limita a cuando las mujeres van de compras y en el hogar, con su familia, por supuesto. Los sirios no confían en las instituciones, si necesitan dinero acuden a la familia, no al banco. No sienten apego ni lealtad hacia a la empresa, el empleador, los compañeros de trabajo o su pandilla de amiguetes; las únicas personas de fiar son los parientes, así que cualquier propietario de un negocio tiende a seleccionar a sus parientes como empleados y quien ejerza un cargo en la Administración procurará colocar a los suyos porque confía y se debe a ellos. Incluso la cooperación entre empresas suele estar determinada por el parentesco entre los directores. Es raro que se establezcan relaciones sólidas fuera de los lazos familiares. Las raras veces que dos hombres se convierten en amigos de verdad, suelen referirse al otro como "hermano".
    Como lo más importante es la familia, no se permiten jueguecitos románticos entre jovenzuelos; los padres se encargan de arreglar el matrimonio de sus hijos y qué mejor lugar para buscar proporción que dentro de la familia, ya sea cercana o lejana. Los primos son los cónyuges preferidos. De hecho, en algunas comunidades rurales existe el derecho implícito del primo a casarse con su prima hermana y si otro pretendiente quiere casarse con ella debe pagar para liberarla de esta obligación. Así que el matrimonio entre primos es lo habitual, ya sean pobres o ricos, está costumbre solamente retrocede entre la clase media y alta más ilustrada. Un hombre viviendo sólo es rarísimo, y una mujer, impensable, la peor de las desgracias.
    En un hogar típico suelen convivir tres generaciones: una pareja mayor con sus hijos casados e hijas e hijos solteros, las nueras y los nietos. Cuando muere el jefe de la familia, para evitar la competencia, el hijo mayor se queda con su madre pero el resto de varones casados establecen sus propios hogares y cada uno repite el patrón.
    En cuanto a la religión, no nos engañemos, a la mayoría de los musulmanes les importan poco los detalles escritos en el Corán, de los que sólo conocen unos detalles básicos que les enseñan sus padres y la escuela; lo fundamental es hacer lo que hacen los demás para que no te miren como a un bicho raro. Visten como los demás, van a la mezquita como los demás, etc., y así evitan problemas. Pensar por si mismo, ejercer la crítica o destacar sólo acarrea disgustos. La disidencia se paga con la exclusión social. Unos pocos son más detallistas y les traen de cabeza las nuevas tecnologías: ¿Puedo leer el Corán en el móvil mientras estoy sentado en la taza del váter? ¿Es impropio rezar por alguien al que sólo conoces online? Otros quieren profundizar: ¿Cuál de las diez versiones del Corán es la correcta? Y si pierdo la concentración durante el rezo, ¿debo empezar de nuevo? Nos dicen que debemos seguir el ejemplo del Profeta, ¿entonces por qué sólo podemos tomar cuatro esposas si Mahoma tuvo trece? ¿Que Mahoma comprara esclavas sexuales significa que me puedo ir de putas?
    El chaval de la tienda de alfombras nos cuenta que en los años ochenta era raro ver una mujer joven con velo, sobre todo en las ciudades, sin embargo, han vuelto a la ropa tradicional musulmana según se han sentido amenazados por Occidente y también, en protesta contra su propio gobierno, el partido Baaz, que desalienta el uso de las prendas islámicas. Contrariamente a lo que se piensa en Occidente, el uso del chador o el hijab es más un símbolo de afirmación islámica que una imposición familiar. Eso dice el chaval.
    En ningún zoco árabe faltan los puestos de frutos secos y los hay que sólo venden trufas, aún llenas de tierra. Un cordero espera su hora fatídica en la trastienda de una carnicería.
    Visitamos la mezquita Omeya, menos espectacular que la de Damasco. Aquí está enterrado algún órgano de Zacarías, el padre de san Juan, el Bautista.
    Volvemos en plena hora punta al hotel. Hoy no cenamos, la comida fue copiosa.

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