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Bandera

República Árabe Siria 2009

29 de marzo, Damasco7 de abril, Ammán, Wadi Musa
30 de marzo, Damasco 8 de abril, Petra
31 de marzo, Damasco 9 de abril, Petra
1 de abril, Maaloula, Palmira10 de abril, Wadi Rum, la Gran Falla, Al Karak, mar Muerto
2 de abril, Palmira11 de abril, mar Muerto, Madaba, Ammán
3 de abril, Homs, Crac de los Caballeros 12 de abril, Gerasa, Ammán
4 de abril, Hama, Apamea, Ciudades Muertas, Alepo13 de abril, Ammán
5 de abril, Alepo, San SimeónDatos económicos del viaje
6 de abril, Alepo

4 de abril, sábado

    Salimos hacia Hama por la autovía y nos llama mucho la atención la inclinación hacia el este que muestran todos los árboles, me imagino que la causa es el viento, aunque ahora mismo no sopla ni la más ligera brisa.
    Hama se fundó hace unos siete mil años y actualmente es conocida por sus norias de madera, que ya existían en el siglo V, pues aparecen representadas en un mosaico de esa época encontrado en Apamea.
Norias de Hama
    Hama fue también noticia en febrero de 1982 al ser arrasada por un bombardeo ordenado por Hafez al-Assad, padre del actual dictador. Murieron veinte mil personas. De esta manera terminó con los Hermanos Musulmanes, una organización radical islámica que intentó asesinarle y que tomó Hama en 1982, expulsando de la ciudad a cualquiera que perteneciera al partido Baaz del gobierno.
    Lo que no hay que perderse tampoco es el palacio Azem, que fue la residencia del gobernador otomano Assad Pasha al-Azem en el siglo XVIII. El palacio está magníficamente restaurado y durante la visita, nos acompaña un ¿cuidador? que no sabe ni cuatro palabras en inglés pero insiste en servirnos de guía. El tipo no se separa de nosotros ni un segundo.
    Después de saborear unos pasteles típicos salimos rumbo a Apamea por carreteras secundarias muy poco transitadas. Todo el campo está verde y lleno de flores amarillas. Al pasar por Qala'at Sheisar, vemos unas tiendas de fruta con los pomelos chinos que tanto me gustan, paramos a comprar alguno y obtenemos otra muestra más de la amabilidad de la gente de este país: el frutero me los regala.
    En Apamea encontramos familias paseando tranquilamente la Vía Columnada o merendando entre las ruinas. La gente joven, al cruzarse con nosotros, nos saluda con un: ¡hullo! Un padre que pasea junto con sus cuatro hijas adolescentes quiere hacerse una foto conmigo, ellas se colocan a la izquierda, después el padre y a la derecha yo. Se me ocurre que, como soy el protagonista de la foto, debería ponerme en el medio, entre el padre y las niñas. Cuando me muevo hacia el medio, todas las chicas escapan a la carrera, como un resorte automático, y se colocan a la derecha de su padre. El padre sonríe satisfecho bajo el bigote, ¡qué bien enseñadas las tengo, je, je! Entre los musulmanes, hombres y mujeres forman diferentes grupos sociales y sólo se mezclan en el hogar.

Cardo de Apamea

    Encontrar las Ciudades Muertas resulta complicado ya que las fotos aéreas sacadas de Internet sólo llegaban hasta Apamea, a partir de aquí, nos queda el mapa, poco exacto, y las señales de la carretera, inexistentes en las carreteras secundarias. Preguntando aquí y allá logramos visitar varias de las Ciudades Muertas, aunque la más famosa, Serijiya, se nos resiste hasta que un chico nos acompaña en su moto hasta dar con ella, cuando ya apenas queda luz para ver algo.
    Entramos en Alepo de noche y en hora punta: tráfico muy denso, autobuses, semáforos, oleadas de personas cruzando pasos de cebra, paradas de autobuses llenas, aceras repletas de gente regresando a casa. En estas condiciones, tengo pocas esperanzas de encontrar con facilidad el hotel Park, sin embargo, la brújula nos lleva derechos a su inconfundible silueta. Justo cuando vamos a enfilar la calle que nos lleva directos al hotel, un policía se cruza con su coche y nos cierra el camino. ¿Qué pasará? Precisamente en un café de esa calle están rodando una película. En la calle, hay varios coches de época, entre ellos un Rolls Royce, y un tranvía que mueven por control remoto, como los coches de juguete de los chavales. El recepcionista del hotel, rubio y de ojos azules, habla un inglés perfecto. Desde la altura del quinto piso se ve un enjambre de antenas parabólicas y en cuanto dejamos las maletas, bajamos a la calle para ver cómo filman la película.

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