Los viajes de Mariano
Bandera

Sicilia 2003

Palermo, Monreale, Cáccamo, Cefalú, Petralia Soprana y Sottana, Sperlinga, Nicosia, Santo Estefano di Camastra, Patti, Tyndaris, Milazzo, Stròmboli, Giardini-Naxos, Taormina, Gola Dell'Alcàntara, Linguaglossa, Aci Trezza, Catania, Siracusa, Noto, Cava Grande del Cassìbile, Ragusa, Caltagirone, Piazza Amerina, Agrigento, Selinunte, Scopello, Segesta, Érice y Castellmare del Golfo


28 de junio, sábado

    Llegamos ayer a Madrid para asistir a un flojo concierto de los Stones y hoy nos embarcamos en el Madrid-Roma-Palermo con Alitalia. En Roma disponemos sólo de una hora para el cambio de avión y las maletas no llegan a destino. Siempre viajamos con equipaje de mano, pero esta vez, por la razón que fuera, nos han obligado a facturar.
    En el mismo aeropuerto de Punta Raisi, Falcone-Borsellino tomamos el tren de las 23:40 hasta La Estación Central de Palermo, a doscientos metros del Hotel del Centro, nuestro modesto pero céntrico alojamiento.

29 de junio, domingo

    Llegamos al Palacio de los Normandos antes de las nueve, aún no han abierto sus puertas y todo el mundo busca ya una sombra para evitar el sol directo.
   Este Palacio contiene la obra más refinada del arte árabe-normando: la Capilla Palatina. Siempre me asombra el lujo y ostentación de muchas iglesias, incluida esta, en contraste con la austeridad que predica la doctrina cristiana.
    Los normandos estuvieron en la isla sólo 134 años, pero crearon el primer Estado moderno de Europa, con Parlamento, funcionarios, burocracia, etc. El conde normando Roger conquistó la isla con apenas unos cientos de hombres, aunque tardó treinta años. Encomendó la administración a notables griegos, las finanzas a los musulmanes y a los latinos la organización feudal. Durante el reinado de su hijo, Roger II se construyó esta capilla Palatina, entre 1130 y 1140.
Cuatro Canti, Palermo
    Visitamos las Catacumbas de los Capuchinos. En la entrada nos reciben dos monjes de desaliñado aspecto aunque muy bien alimentados; no estaría de más que se limpiaran un poco las uñas. La macabra visita es un plato fuerte, no deja a nadie indiferente, sobre todo si no estás acostumbrado a ver cadáveres, que es lo habitual. Al bajar las escaleras la temperatura desciende considerablemente, lo que se agradece, de lo contrario las visitas iban a batir marcas por su brevedad. Tras pasar una desnuda galería nos encontramos con los protagonistas: los cadáveres desecados de personajes ilustres de otros tiempos, todos vestidos con sus mejores galas, separados por condición y sexo.
    Las momias aparecen situadas de pie, adosadas a las paredes de las galerías. Unas están vestidas con gabardina, otras con traje militar, otras con pantalones y chaqueta, camisa y corbata, dejando ver solamente las manos esqueléticas y la cara momificada, asomando los pies secos. Hay una galería dedicada sólo a los frailes franciscanos, otra para profesores, otra para mujeres y otra para niños. Según dicen, sus familiares les cambiaban la ropa cada cierto tiempo. Vaya ganas. Algunos todavía tienen piel sobre el hueso, estos son los peores de ver. La visita no es tan desagradable como uno imagina a priori pero desde luego, impacta, no es lo mismo que ver un arquitrabe blasonado o buscar la salamandra del ayuntamiento de Siracusa. Es una visita que queda en el recuerdo, vaya que sí.
    El aspecto general de Palermo es el de una ciudad poco próspera, desaliñada, anclada en los años sesenta, su estética me recuerda el Portugalete de mi infancia. Si se sale de las calles principales se hace más notorio. Invierten muy poco dinero en mejoras. La razón todo el mundo la conoce: la mafia impide que cualquier ayuda de Bruselas llegue al destino final. Se calcula que la mafia roba a las arcas del estado una cifra de mil setecientos millones de dólares cada año. Los pagos ilegales a políticos y funcionarios hacen que las inversiones públicas italianas sean un veinticinco por ciento más costosas que en el resto de Europa. En Italia, todos los partidos han sido relacionados con la mafia. Hace unos días, un arrepentido ha acusado directamente al primer ministro Berlusconi por el asesinato del magistrado Paolo Borsellino. Nada se ha probado. El caso es que el antiguo cantante de cruceros sigue gobernando el país y modificando las leyes a su antojo para evitar ser procesado por las innumerables acusaciones que pesan sobre él.
    Visitamos el Jardín Garibaldi, en la plaza Marina, con sus gigantescos ficus magnoloides y dragos.
   Muchos nombres de calles y plazas en Italia hacen referencia a los héroes de la unificación como Garibaldi, quien con mil voluntarios camisas rojas liberó Napolés y Sicilia de los Borbones en 1860 o Vittorio Emmanuele II, primer rey de Italia tras la unificación de 1861.
   A pesar de que dudo que todos los gelatos italianos sean artesanales, tengo que reconocer que casi todos tienen un gran nivel y la nata del Llardo, en el paseo de la vía Foro Itálico, es la mejor que haya probado nunca.
    La abundante oferta musical de Palermo incluye a Jethro Tull, en el teatro Máximo. Lástima que no andemos por aquí en esas fechas. Increíble: también Nine Below Zero tocan, los creía desaparecidos hace tiempo.
   Nuestras maletas han llegado sin más problemas, menos mal.

30 de junio, lunes

    Nos trasladamos en tren hasta la cercana estación de Notarbartolo para recoger de la agencia de alquiler Maggiore un simpático Nissan Micra.
   A ocho kilómetros de Palermo nos espera Monreale. Llegamos a eso de las doce y como en Sicilia todas las iglesias se cierran sobre esa hora, tenemos que esperar hasta las tres y media para visitar el interior del duomo.
    Comemos solos en un pequeño restaurante; probamos pasta a la sarda, plato típico siciliano. Reconozco que nunca he sido un gran aficionado a la pasta y no discuto cómo se debe cocinar, cada persona tiene su gusto, pero como en Sicilia no la he probado en ningún sitio, siempre muy caliente y al dente. Gracias a este viaje me volveré un incondicional de la pasta, cocinada cómo lo hace esta gente, claro. ¿Y cuáles son las claves para cocer la pasta dura? Para una persona: verter un litro de agua embotellada en una cacerola tan alta, o casi, como la pasta que se va a cocer junto con media cucharada sopera de sal gruesa. Calentar el agua hasta ebullición fuerte, a borbotones. Entonces echar dentro cien gramos de pasta dura. Dejar cocer la pasta sin tapar la cazuela. Según se va ablandando por el calor la empujamos para que toda la pasta se sumerja en el agua. Seguir cociendo a borbotones hasta que la pasta quede al dente, que suele ser cuando pierde su aspecto transparente, aunque siempre es mejor probarla para comprobarlo. Verter un vaso de agua fría para cortar la cocción y, con la ayuda de unas pinzas, echar la pasta sobre la salsa que espera en la sartén. Evitar colarla con una espumadera para quitar el agua, así sólo consigues que la pasta se enfríe y además se pierde todo el agua de cocción que los sicilianos siempre utilizan para mezclar (dos cucharadas soperas sólo) con la salsa y evitar que se quede seca.
En Monreale
    La Catedral de Monreale es la más importante expresión del arte normando en Sicilia, tiene elementos clásicos, nórdicos, árabes y bizantinos. Se construyó bajo mandato de Guillermo II el Bueno y su objetivo fue contrarrestar el poder del arzobispo de Palermo, líder de los señores feudales poco sumisos al poder del soberano. Se ve que Guillermo II andaba bien de liquidez porque su construcción duró sólo doce años, aunque los elementos decorativos llevaron mucho más tiempo, por ejemplo, los famosos mosaicos tardaron cerca dos siglos en completarse, estos cuentan la historia de la salvación de la humanidad a través de la vida y obra de Cristo. Los dos dedos del Cristo Pantocrátor del ábside indican su doble naturaleza: divina y humana.
   Alucinante por recargada es la capilla barroca del Crucifijo, antesala del tesoro, encargada por el arzobispo español Juan Ruano para ser su sepultura. Desde la terraza se tiene una magnífica visión del claustro, uno de los mejores del mundo por la variedad de las figuras representadas en sus capiteles.
    Dejamos Monreale y buscamos dónde pasar la noche. Nos decidimos por un pueblo del interior: Cáccamo. En Cáccamo no hay nadie por la calle, parece un pueblo fantasma, el personal anda metido en casa, pasando a la fresca los calores de las horas centrales del día. Sólo los aguerridos turistas tenemos el valor suficiente para andar de aquí para allá con este sol de justicia.
    Nos alojamos y cenamos en La Spiga D’Oro.

1 de julio, martes

    Vaya veranito, hace treinta y dos grados a las diez de la mañana.
    Visitamos el Castillo de Càccamo, del siglo XI, el mejor conservado de toda Sicilia. En el interior se exponen cuadros de algún artista local. Una mujer absolutamente histérica al teléfono sirve de fondo musical a nuestra visita. Tiene un berrinche tremendo. Aunque no sabemos qué le ocurre, sospechamos que no debe ser muy grave porque los compañeros que trabajan con ella no le prestan la mínima atención, actúan como si este arrebato fuera lo más normal del mundo.
    Seguimos hasta Cefalú, principal enclave turístico de la costa del Tirreno. El perfil de Cefalú es reconocible al instante porque está guardado por La Roca.
Cefalú
    Las hileras de hamacas se suceden en toda la playa. No hay mucha gente, quizá porque llegamos al mediodía y esta zona, como toda Sicilia, se alimenta de turismo nacional, que son más sabios que los del norte y se ponen a cubierto cuando el sol atiza más fuerte. Llegamos después de las doce y como es habitual nos encontramos con el duomo cerrado. Afortunadamente, abre por la tarde.
    El paseo por las callejuelas empedradas del pueblo se hace duro, hace mucho calor, así que buscamos un buen restaurante con aire acondicionado: la Ostería del Duomo resulta satisfactorio. Con las pilas cargadas, afrontamos la visita a la catedral.
    El duomo es de estilo normando, aquí, el Cristo Pantocrátor es rubio, como un normando, aunque los mosaicos son bizantinos, de mediados del XII.
    Dejamos por poco tiempo la costa y nos adentramos en la Sicilia más rural, nos dirigimos hacia los pueblos medievales Petralìa Soprana y Petralìa Sottana.
    Nos alojamos en el hotel Madonie de Petralìa Sottana. Una vez instalados, subimos a Petralìa Soprana. Es un pequeño pueblo medieval con casas de piedra y balcones muy característicos. En el Beldevere hablamos con un señor que tiene ganas de charla.
    El mayor atractivo del pueblo radica en las iglesias, muy pintorescas todas y ... cerradas.
    El pueblo es pequeño, cuatro mil habitantes, y no dispone de restaurante, así que bajamos a Petralia Sottana a cenar en la agradable terraza del último piso de nuestro albergo.

2 de julio, miércoles

    Subimos de nuevo las empinadas carreteras que conducen hasta Petralia Soprana. Las iglesias siguen cerradas. Bajamos hasta Petralia Sottana y paseamos por las callejuelas. Compramos unos higos como puños y en los caños de la fuente del pueblo rellenamos con agua nuestras botellas. Un anciano nos avisa que el agua del caño de la derecha es mejor que el de la izquierda. Le hacemos caso, por supuesto.
    Continuamos hacia Sperlinga para ver su castillo feudal. Para cuando llegamos está cerrado, parece como si todo en esta isla estuviera cerrado. Abren a las tres y media, no podemos esperar tanto, además, el pueblo es de sólo mil personas y no hay sitios donde comer.
    Este pueblo es famoso porque en 1282, cuando toda la isla se alzó contra los franceses a raíz de los sucesos de las Vísperas Sicilianas, estos encontraron en los señores de Sperlinga protección y resistieron aquí durante un año. Sus habitantes todavía conservan un dialecto con muchas palabras francesas aportadas por los franceses de hace seis siglos. Se ve que les fue bien con ellos.
    De camino hacia la costa pasamos por Nicosia y comemos en una trattoria.
    Volvemos a la carretera de la costa, hacia Castel di Tusa, a ver las esculturas sobre el río. No encontramos más que una escultura. La idea no parece mala, pero habría que buscar un lugar más sugerente, un paisaje más adecuado. La única escultura que vemos está al pie de un puente de autopista y el río ha desaparecido, sólo es un lecho seco de cantos rodados.
    Hacemos una parada en Santo Estefano di Camastra, famoso por sus cerámicas, que se ofrecen en las tiendas a ambos lados de la carretera. Parece que esta industria está propiciada por la calidad de la arcilla local.
    La autopista está llena de puentes y galerías, como aquí llaman a los túneles. Ha debido costar un riñón ( más el veinticinco por ciento del otro, para la mafia).
    Es curioso que un gran porcentaje de los coches circulen con las luces encendidas durante el día. En algunos países ya es obligatorio el uso del alumbrado permanente por cuestiones de seguridad, como en ciertos países del norte de Europa, pero me extraña que la seguridad sea el motivo en Sicilia, ¿no será que se dejan las luces encendidas después de pasar por los túneles?
    Nos alojamos en Patti, en el hotel Sagrada Familia. Su restaurante es poco recomendable.
    Nos llaman la atención las enormes esquelas pegadas en las paredes de las calles, no pasan desapercibidas, no.
    Hoy las temperaturas han oscilado entre los veintinueve y los treinta y cuatro grados.

3 de julio, jueves

    Hemos visitado las ruinas de la ciudad griega de Tyndarís, me ha gustado los mosaicos del suelo de la casa romana y la magnífica ubicación del teatro, del siglo IV a.C., mirando al mar.
    El lujo del interior de la Basílica de la Virgen Negra es espectacular, no comprendo cómo este edificio pertenece a una religión que predica aquello de que “antes entrará un camello por el agujero de una aguja que un rico en el reino de los cielos”. Afuera, un sacerdote bendice el nuevo y resplandeciente monovolumen de una familia cristiana.
    Llegamos a Milazzo para embarcar en el ferri hacia Stròmboli. Desde la oficina de compra de billetes llamamos a Casa Gelosia para confirmar que disponen de habitaciones libres para hoy.
    Poca gente viaja hacia las islas. Hacemos escala en Lipari y Panarèa. Los saltos de los delfines nos acompañan en nuestro recorrido.
    En una hora estamos rodeando el famoso volcán, el más visiblemente activo de Europa, popularizado mundialmente gracias a la película neorrealista Stròmboli de Roberto Rosellini, interpretada por su entonces compañera Ingrid Bergman.
    La última erupción importante data de 1930 y casi todos los habitantes de la isla la abandonaron. Se empezó a repoblar de nuevo veinte años más tarde, a partir de 1950.
    El cielo está completamente despejado y se aprecia de maravilla la cumbre del volcán, que constantemente echa humo. Las explosiones se suceden cada veinte minutos. Las escasas casitas de la isla manchan de puntos blancos la falda del volcán.
    Después de una ligera parada en Ginostra, atracamos en el pequeño puerto de Scari, los lugareños nos abordan para ofrecernos alojamientos. Nos trasladamos a pié hasta Casa Gelosia. El pueblo es de calles estrechas y no hay coches, la gente se desplaza en motocicletas e isocarros. Pasamos por la casa donde se alojaron Rosellini y Bergman, una sencilla casa de planta baja fuera del núcleo urbano principal.
    El señor de la casa nos invita a Malvasía casero, realmente sabroso.
    Cenamos en el restaurante aledaño a nuestro alojamiento donde nos atiende una joven camarera que conoce Sopelana, vivió algunos años en Vasconia y le gustó mucho.
    A las diez zarpamos en un pequeño yate que nos conduce hasta la zona donde se encuentran lava y mar: la Sciara del Fuoco. Desde el barco vemos las luces de las linternas de la gente que hace la ascensión a pie. La subida no parece nada sencilla. Probablemente, la visión sea más impresionante desde arriba, no digo que no; el olor del azufre, contemplar las explosiones y los fogonazos rojos a unos metros, el retumbar de la tierra bajo nuestros pies. Bueno, nosotros nos conformamos con la relativa seguridad del espectáculo que ofrece la lengua roja de lava cayendo al mar. En el silencio de la noche, impresiona el ruido de las rocas al rojo rodando por la pendiente hasta hundirse en el mar. ¡Choof!

4 de julio, viernes

   
En la playa de Strómboli
Nos levantamos a las diez. Hay nubes sobre la isla, tiempo inmejorable para pasar unas horas en la playa. La playa es de arena negra y sobre la superficie del mar flotan incontables trozos de piedra pómez.
    En una tienda del paseo compro una camisa azul llena de gecos amarillos. Da un cante tremendo.
    Los gecos son como lagartijas nocturnas y se las ve caminar por las paredes y techos con una facilidad asombrosa, sus almohadillas adhesivas de las patas les permite incluso trepar por cristales verticales.
    Comemos en La Trattoria. Se toman su tiempo para hacer la comida, detrás de nosotros comen tres parejas, al final de la comida terminamos todos hablando con todos a buen volumen.
    Después de la comida, qué mejor que refugiarse en el aire acondicionado de nuestra habitación. Dormimos hasta las seis (es un decir). Regresamos a la playa. Nubes gordas y oscuras sobre el volcán, caen cuatro gotas.
    Cenamos en el Barbablue, muy bien. Salimos algo borrachitos y vamos directos a la cama.
    Desde luego, esta isla es genial para quien busque tranquilidad. No conoce la masificación, entre otras cosas porque el alojamiento escasea.

5 de julio, sábado

    Dejamos Stromboli en el ferri de las diez. Hacemos una paradita en el Porto di Levante de Vulcano, donde un fétido olor a huevos podridos nos golpea la pituitaria; las famosas piscinas de lodo caliente y burbujeante no deben estar lejos. En efecto, las rocas manchadas de amarillo de Porto Poniente delatan las emanaciones de azufre. Mucha gente viene a Vulcano a enlodarse en estos baños en azufre, se supone que alivian la artritis, psoriasis, eczemas, etc.
    Comemos en Milazzo unos espagueti y tomamos la autopista en dirección a Taormina. Dejamos atrás el estrecho de Messina.
    En un peaje de la autopista una tía se baja del coche, se acerca a mi máquina que expide el recibo y se lo lleva, sin mediar palabra. Le pido otro recibo a los cobradores del sentido contrario y arreglado.
    Nos alojamos en una localidad balnearia a cinco kilómetros de Taormina, en Giardini-Naxos, en el hotel Costa Azurra.
    Esto está lleno de gente. Algunas zonas de la playa son de pago y si sumamos la entrada y el alquiler de tumbona y sombrilla, la cosa sale por unos doce euros. ¡Toma ya!
Plaza de Taormina
    Por la noche, subimos hasta Taormina. Cuando aún no existían las hordas de turistas de alpargata, esta ciudad era punto de encuentro de intelectuales, escritores, pintores y fotógrafos: Tomas Mann, Cocteau, Capote, Poussin, etc. Ahora las cosas han cambiado, sigue habiendo hoteles exclusivos pero el turismo de masas ha tomado la ciudad. El aparcamiento es un problema, hay que dar muchas vueltas antes de encontrar un sitio libre, tienen incluso un teleférico para facilitar la subida sin el coche.
    Cenamos en una céntrica terraza desde donde se ve pasar a medio mundo. Taormina está repleta de gente. Las mujeres van muy elegantes, abundan las pieles muy bronceadas y los escotes generosos, los vestidos ceñidos sobre cuerpos estilizados y las faldas muy cortas. Afortunadamente, la zona central es peatonal y resulta agradable callejear. Los dulces de mazapán imitando frutas son muy populares aquí. Su destino es más la vista que el paladar.
    Nos acercamos hasta el Teatro Romano, hay actuaciones casi cada noche y ahora mismo está tocando la Orquesta Filarmónica de Radio Francia dirigida por Myungwhun Chung. Preguntamos a una azafata si podemos pasar y nuestra sorpresa es grande cuando nos dice que sí. Sólo vemos los últimos veinte minutos que resultan mágicos. La acústica es excepcional y este lugar de noche, hechiza. A lo lejos se ven las luces de la bahía de Giardini-Naxos.
    Dentro de unos días tocará Elton John, solo con su piano. Como era previsible, las entradas están agotadas hace mucho.

6 de julio, domingo

    El nombre de Taormina proviene de Tauromenión o ciudad del toro, que es como se llamaba ya en el siglo IV a.C., por estar ubicada sobre un rellano de las laderas del monte Tauro.
    Tras un recorrido exhaustivo por los puntos históricos de la ciudad quedamos derrotados, el calor nos agota y buscamos refugio a la sombra de los árboles de la Villa Comunale. En el estanque, los peces de colores boquean en la superficie para respirar oxígeno extra. Probablemente, con el intenso calor que sufrimos, las algas y verdines del estanque se descomponen y el agua se corrompe.
    Desde el beldevere de los jardines se contempla una magnífica vista de Giardini-Naxos y del monte Etna, nuestro próximo destino.
Garganta del Alcantara
    A las cuatro, el sol golpea con fuerza y es un buen momento para poner rumbo a Gola Dell’Alcàntara, una garganta horadada por el río Alcántara, de aguas cristalinas y gélidas, en la colada de basalto volcánico. Parece que este lugar ha servido de marco para el rodaje de varias películas. Cobran entrada incluso a los propios lugareños. La bajada se hace a través de unas escaleras de hormigón y para subir, afortunadamente, hay un ascensor. El agua es tan fría que al lado del río se alquilan botas de agua para los que quieren recorrer el cañón por completo. Realmente, te lo piensas dos veces antes de mojarte por encima de las rodillas, la impresión es de aúpa. La corriente arrastra una culebra muerta que causa sensación entre los chavales. Recorremos unos cuantos metros de la garganta hasta que el nivel del agua nos llega a la rodilla. No seguimos más.
   Al atardecer, volvemos a Giardini-Naxos y cenamos en La Cambusa, un restaurante con pretensiones que resulta caótico, los camareros están totalmente desbordados, no sabemos si este Cristo se da todas las noches, yo diría que sí. Al menos, la comida es bastante decente y nos reímos las muelas con el trasiego que se traen.
    Como todos los días, nos tomamos un helado en una gelatería. Otro follón: la gente guarda cola para hacerse con uno, hay sobre todo mucho adolescente. Por la estrecha acera del paseo casi no se puede andar.
   Como contraste, uno de los restaurantes del paseo está completamente vacío y la señora que lo regenta está dormida sobre una mesa.

7 de julio, lunes

       Salimos hacia el Etna, uno de los volcanes más grandes del mundo y aún sin jubilarse. Hemos decidido abordarlo por el lado nordeste. En la oficina de turismo de Linguaglossa preguntamos por los itinerarios en torno al volcán, ya que la última erupción es reciente y puede haber afectado la carretera.
Monte Etna
    Dejamos el coche en un refugio y subimos en un autobús todo terreno hasta la lava más reciente del lado nordeste, la del 2002 (en el lado sur, las erupciones siguieron hasta enero del 2003). Efectivamente, la lengua de lava cruza la serpenteante carretera varias veces. La última erupción en esta zona fue durante octubre y noviembre del 2002 (en la foto) y arrasó el antiguo refugio y las pistas de esquí de Piano Provenzana.
    El guía nos conduce hasta el mismo borde de conos aún humeantes. El suelo todavía está caliente y huele intensamente a azufre.
    El cráter principal del Etna queda a cinco kilómetros, a una altura de 3350 m. Parece que no es conveniente acercarse más. Los alrededores del volcán están devastados, la lava y los terremotos se ha llevado toda la vida a su paso y tan solo quedan algunos árboles en pie completamente quemados.
    Estas visitas a volcanes en activo le dejan a uno un poco frustrado puesto que, por seguridad, nunca te puedes acercar lo suficiente como para ver algo que merezca la pena. Por otra parte, saber que está vivo te mete cierto respeto e intranquilidad en el cuerpo.
    A la vuelta paramos de nuevo en Linguaglossa para comer algo. En un bar tomamos unas bolas de arancine y después salimos hacia Aci Trezza, un pueblo de veraneo, donde a falta de playa han construido unas plataformas de madera sobre las rocas, donde la gente toma el sol. Nos hacemos unas fotos con los farallones de los Cíclopes de fondo y tomamos el sol del atardecer en las plataformas de madera.
    El paseo del puerto está repleto de restaurantes de pescado, se hace difícil la elección. Cenamos muy bien en I Malavoglia (mala gana). El helado de cassata resulta genial.
    Nos alojamos en el Crystal Riviera.

8 de julio, martes

    Llegamos a la dinámica e industrial Catania y aparcamos en el centro, cerca del parque Bellini. Visitamos los monumentos más importantes bajo un sol de justicia. Recorremos la ciudad deprisa, hace mucho calor y tenemos ganas de terminar para dirigirnos a la costa. Catania tiene edificios llamativos como todos los de la plaza del duomo. El Mercado de la Pescheria es todo un espectáculo y resulta un lugar lleno de tipos humanos muy singulares.
    El músico Bellini figura entre los más ilustres hijos de la ciudad, a él debemos las óperas I Puritani o Norma.
    Comemos en La Tratoria Tipica Catanesa y nos tomamos un helado en la gelateria Al Caprice.
Tienda de cerámica en Ortygia
    Después de recorrer el parque Bellini salimos hacia Siracusa, ciudad natal de Arquímedes. El termómetro del coche marca treinta y nueve grados. Queremos alojarnos en Fontane Blanche, zona de playa a pocos kilómetros de Siracusa. Después de visitar varios hoteles comprobamos que los precios aquí son desorbitados para los servicios que ofrecen. Casi mejor, porque esto nos obliga a alojarnos en el cogollito de la zona histórica de Ortygia, en el B&B Artemide, un amplio apartamento con todas las facilidades a sesenta euros la noche.
    Los trabajos en cerámica que exponen algunas tiendas de Ortygia son de lo mejor de la isla. Es buen sitio para comprar calidad.
    Por la tarde nos metemos en un súper y compramos una sandia de ¡once kilos! Y era de las medianas. Cenamos en el apartamento.

9 de julio, miércoles

    Desayunamos en la terraza del Grand Café, enfrente del duomo. Seguidamente lo visitamos. Pocas veces he disfrutado tanto en una catedral, en esta se dan una superposición de estilos fascinante. El duomo está construido sobre un antiguo templo griego de Atenea, del siglo V a. C. y ha sufrido múltiples añadidos y retoques a través del tiempo que lo han convertido en un conglomerado de estilos que resume diecinueve siglos de historia del arte.
    En el Palacio Senatorial, ahora ayuntamiento, buscamos la firma del arquitecto de origen español Giovanni Vermexio, apodado Lucertone o salamandra. Estampó su firma en forma de salamandra en un ángulo de la cornisa.
    Pasamos por la fuente Aretusa, un curioso manantial de agua dulce que forma un estanque lleno de patos y peces de colores.
Oreja de Dionisio
    En el teatro griego Después de comer (pasta, por supuesto) en el Pescomare, subimos al coche para llegar hasta el Parque Arqueológico. están preparando alguna actuación de danza o balé para la noche. Vemos también el Anfiteatro Romano, Jardín del Paraíso, la espectacular Oreja de Dionisio y la Gruta de los Cordeleros.
    Al atardecer nos acercamos hasta las playas de arena de Fontana Blanche. Me entretengo observando el ligoteo de dos casados, el lenguaje gestual lo dice todo, se gustan y además hacen buena pareja, pero seguirán fieles a sus respectivos, tienen niños y eso y esto es Sicilia.
    Cenamos en el apartamento y después paseamos por el muelle de Ortygia. En un velero atracado en el muelle celebran una fiesta. Los invitados, muy puestos, causan admiración al desfilar por el muelle, camino hacia el barco. Algunas mujeres lucen espectaculares.
    En el paseo hay vendedores ambulantes africanos con el top manta y artículos de cuero, cinturones, bolsos, etc. Ahora que, los que se están forrando son dos chavales asiáticos que venden coches teledirigidos en miniatura, causan sensación entre niños y adultos y se los quitan de las manos.

10 de julio, jueves

    A las diez dejamos Ortygia y visitamos el Museo Arqueológico de Siracusa, frente al moderno y horrendo santuario de la Madonna de las Lágrimas. El museo es uno de los más importantes de Europa y está bien surtido. Después de la paliza que supone recorrer el museo, reponemos fuerzas y nos acercamos hasta Noto Marina a gozar de sus poco concurridas playas y sus cristalinas aguas. Buen lugar para un chapuzón.
   Al atardecer, buscamos alojamiento en Noto, a ocho kilómetros hacia el interior. Nos alojamos en el Ambra, hotel familiar muy nuevo aunque su decoración es de dudoso gusto.
   Cenamos en Neas, muy bien, la sarde a becafico y el Bianco di Passomaggio del 2001 nos ponen muy contentos. Pasear por el centro de Noto por la noche es muy agradable, es peatonal y casi todos los edificios históricos están en la calle central e iluminados muy acertadamente. A la noche casi no quedan turistas.

11 de julio, viernes

    Dejamos el Ambra a las diez y media y visitamos Noto. Este pequeño pueblo de 20000 habitantes alberga más de treinta iglesias y fantásticos balcones y canecillos. En 1996 la cúpula del duomo cedió y desde entonces han prestado más atención a sus edificios, muchos están ya restaurados. Frente a la iglesia San Domenico nos encontramos con una pareja de Leioa.
Cava Grande del Cassìbile
Charlamos un rato sobre nuestras andanzas por la isla, ellos vienen desde España en una autocaravana y su niña, de quince añitos, está hasta las narices de ver piedras, ella quiere disfrutar del mar y las playas.
    Desde Noto marchamos al desfiladero de la reserva natural Cava Grande del Cassìbile. El descenso resulta agotador, mucho más duro de lo esperado, y menos mal que hemos tenido la prudencia de comer antes de bajar. Nada menos que una hora tardamos en llegar al fondo de la garganta. Después de recuperarnos del esfuerzo a la orilla de un estanque y darnos un chapuzón emprendemos la subida que también resulta difícil. Hasta unos veinteañeros decían “nunca más, nunca más” cuando, por fin, llegaban arriba.
    Llegamos a Ragusa de noche y nos alojamos en el hotel Rafael, la zona parece muy deprimida, probablemente debido a la pobre iluminación y a la ausencia casi total de gente por la calle. Es curioso que en un viernes por la noche el único movimiento que se observe por la calle es el de los gatos que merodean por los jardines.
   Cerca de las escaleras que conducen a la zona monumental encontramos una banda de jazz tocando en un rellano, no hay más de veinte personas escuchando y pocos son jóvenes.
   Cenamos en lo que encontramos abierto, una tienda de comida rápida. Nos calientan unos trozos de pizza y hala, servidos.

12 de julio, sábado

    Abandonamos la triste habitación del hotel Rafael y visitamos Ragusa Ibla.
En las escalinata que conducen a Santa María del Monte
Nos gusta mucho la iglesia barroca de San Giorgio, por dentro y por fuera, dicen que es de las más bonitas de Sicilia.
    Seguimos hasta Caltagirone, conocida por la calidad de su cerámica y por los ciento cuarenta y dos escalones decorados con azulejos que conducen a la iglesia de Santa María del Monte.
   Comemos de cine en el restaurante L’Escala, justo en el arranque de la escalinata. Visitamos multitud de tiendas de cerámica y también el jardín público, de estilo inglés, donde ultiman los preparativos de un concierto para esta noche.
   Y bodas y más bodas, parece que media Sicilia se casa con la otra media.
   Salimos hacia Piazza Amerina, donde nos alojamos a las afueras del pueblo, en la hacienda agroturista Savoca, un lugar realmente agradable y pintoresco, lleno de pavos reales. Nos aseguran que el aire acondicionado no es necesario y es cierto.
    Cenamos en el pueblo, en el único restaurante que parece estar abierto en la ciudad, El Teatro.

13 de julio, domingo

    Después de un buen desayuno comunal con frutas de la hacienda, visitamos, a eso de las 9:30, la villa Romana de Casale, patrimonio de la humanidad, del siglo III. Los frescos del suelo están bien conservados gracias a que la villa quedó sumergida en lodo en un corrimiento de tierras en el siglo XII. Quizá el mosaico más famoso sea el de las chicas en biquini, que en realidad es una vestimenta utilizada por las mujeres para hacer deporte. Gran parte de la Villa está todavía enterrada y en proceso de excavación.
   A las doce regresamos para disfrutar de la piscina, que aún se está llenando.
    Al atardecer volvemos al pueblo para ver la passagiata nocturna. Hay mucha animación, como si todo el pueblo estuviera en la calle. Las heladerías y pastelerías están pegadas unas a otras, como en España los bares. Subimos hasta el duomo y cenamos de nuevo en la trattoria Teatro, no hay otra.
    Después del obligado helado nos retiramos pronto, a las once. Todos los pavos reales se suben a un gran árbol durante la noche, he contado más de doce.

14 de julio, lunes

   
Templo de la Concordia
Bajamos hasta Gela para coger la autopista que circula paralela a la costa y llegamos a Agrigento. Nos alojamos en la zona vieja, llena de callejuelas empinadas y asfixiada por el tráfico, en las agradables habitaciones del hotel Bella Napoli, decadente por fuera y restaurado con mucho gusto por dentro.
    El Valle de los Templos está a las afueras de la ciudad. En total son cinco: el de Hércules, Cástor y Pólux, Juno, de la Concordia y Júpiter Olímpico, algunos muy bien conservados y con todos los refinamientos arquitectónicos de los mejores templos griego.
    Tenemos suerte: hoy es el primer día que amplían el horario del Museo Arqueológico, así que tenemos tiempo para verlo, además, casi en solitario. A destacar las figuras de los atlantes y la enorme colección de vasijas.
    Volvemos al centro de Agrigento para cenar. A las diez hay muy poca actividad en la calle Atenea. Cenamos donde podemos y al regresar, nos perdemos entre las callejuelas cercanas al hotel y doy a parar a una estrecho paso del que creía que me tendrían que sacar con helicóptero. Al final lo paso sin un rasguño, pero, ¡las ruedas del coche rozaban con las paredes!

15 de julio, martes

    Nos despierta las bocinas de un gran atasco. Cuando voy a pagar con la visa el importe del hotel, el recepcionista me dice que no tienen línea. Lo que tienen es mucha cara.
   En la zona, la estética de las tiendas de barrio como las de hace treinta años en España. Pasamos ante la puerta de un señor que parece que realiza las maquetas de los templos para el museo arqueológico. La habitación parece que no ha recibido una mano de pintura en dos siglos.
Selinunte
    Paramos en Sciacca y recorremos algunas tiendas de cerámica.
    Llegamos a Selinunte a las tres. Estoy algo cansado por calor, así que buscamos alojamiento en primer lugar. El hotel Garzia no está mal, en la recepción hay un pequeño jaleo. Al parecer, se aloja el equipo de rodaje de una película. Según el recepcionista, los actores principales son de los más famosos de Italia. Como es natural, a nosotros no nos suenan sus nombres. Parece que sólo hay una habitación libre y la actriz principal está decidiendo si dejar la actual o no. Esperamos un poco y por fin nos dan una habitación. Descansamos unas horas.
    A las siete bajamos a la playa y luego regresamos para cenar. El restaurante de nuestro hotel está tomado por el equipo de rodaje, probablemente filmando escenas, así que nos recomiendan el de enfrente. Cruzamos entre el personal de la película y tomamos mesa. Mientras esperamos la cena se nos acerca un miembro del rodaje y nos ofrece trabajar como actores de relleno en la filmación de la cena de mañana. Lástima, no tenemos previsto quedarnos, seguro que hubiera sido divertido.
    Durante la passegiata por el muelle vemos que están rodando en el malecón del puerto. La expectación es enorme, medio pueblo está pendiente del rodaje. Es difícil contener a los chavales, algunos pasan hasta la zona de rodaje por la playa y asoman sus cabezitas entre las piedras del malecón. A todos los barcos del puerto les han puesto banderas nuevas.

16 de julio, miércoles

    Procuramos visitar las ruinas de Selinunte temprano para evitar la chicharra de las horas centrales del día. A las nueve ya estamos en la puerta de acceso, la temperatura es agradable para caminar.
    Selinunte fue durante tres siglos la más fastuosa y grande de las ciudades helenísticas. No se llevaba nada bien con Segesta, así que éstos se aliaron con los cartaginenses y en el 409 a.C., un ejército de cien mil soldados masacró a sus habitantes.
    El templo de Hera (siglo V a.C.) se derrumbó en un terremoto y se volvió a reconstruir por anastilosis. El templo G está en ruinas y es una lástima porque es enorme, de los más grandes de la antigüedad, las columnas tenían 16 m de altura.
    Desde los templos orientales hasta la acrópolis hay una buena tirada, la hacemos a pie. Lo que más me gusta de la acrópolis es su situación, en una elevación entre dos playas. No eran tontos los griegos, no.
    A las once y media salimos hacia Scopello, pequeñísimo y encantador pueblo a las puertas de la Reserva Natural Lo Zingaro. El agua de la fuente de la plaza debe ser como mínimo milagrosa ya que hay que hacer cola para conseguir unos litros. Nos alojamos en una casa particular situada a las afueras.
Teatro romano de Segesta
    A las seis de la tarde marchamos hacia Segesta. Cuando llegamos nos encontramos con que ya está cerrado a las visitas turísticas, sin embargo, hay mucha gente, la razón es que se representa en el teatro griego una tragedia, Didone. Nos apuntamos. Nos suben en autobús por una serpenteante carretera hasta el teatro. Tomamos asiento y observamos que por todo escenario hay una tarima de madera y nada más, ni luces ni equipo de sonido, esto vendría a toda prisa media hora más tarde. Total, que se monta un rifirrafe verbal entre el público y el responsable del evento. La cosa no va a mayores. En el fondo, les encanta estos follones, creo que no podrían vivir sin ellos. En tiempo récord tienen listo el escenario: luces, sillas, partituras (sujetadas con pinzas de la ropa), instrumentos, altavoces, micrófonos, mesa de mezcla, todo. ¡Ah!, y todas y cada una de las cuerdas del arpa son afinadas. Disfrutamos de la representación, a pesar de que no sabemos italiano, lo que dificulta mucho nuestra comprensión de la obra.
    Cenamos en Scopello, en Il Baglio.

17 de julio, jueves

    Otro día de treinta y nueve grados. Estamos derrotados. Llegamos a Érice después de dar muchas vueltas; la policía nos ha desviado por un incendio. Sicilia cuenta nada menos que con veintiseismil guardas forestales, más que el resto de Italia. Sin embargo, tanto guarda no evita que cada verano sea la zona más castigada de Italia por los incendios, muchos intencionados. Otra prueba del despilfarro de dinero del Gobierno siciliano, más preocupado por crear empleo clientelar que servicios productivos. Más datos: el Gobierno siciliano cuenta con mil ochocientos altos cargos, más que el Gobierno británico, y emplea más de cien mil personas, en una población de cinco millones. Los funcionarios pueden jubilarse tras veinticinco años de servicio, percibiendo hasta el ciento ocho por ciento de su último sueldo. ¿Sabes cuántos profesores de formación profesional hay en Sicilia? Diez mil, la mitad de todos los que existen en Italia y si miras sus estudios te encuentras que sólo uno de cada tres acabó la carrera, muchos se quedaron en primaria. Antes o después, este sistema acabará en la bancarrota. Atentos.
    Érice es un pueblo medieval muy pintoresco, lleno de tiendas con tentaciones para los turistas: vinos y licores, pastas, turrones, muñecas y un sinfín de fruslerías. Atención a los precios de los licores y demás delicias: el mismo vino dulce comprado en Érice costaba la mitad en un supermercado de Trapani. En Erice hay que andar con mucho cuidado: el suelo es de piedra y además está muy desgastado, resbala.
   Por sus calles se ven algunos estudiantes de intercambio científico, no en vano el prestigioso centro Científico Internacional Ettore Majorana tiene una de sus sedes aquí.
   Me gusta mucho el duomo, sobre todo el artesonado.
    Regresamos a Scopelo por la autopista y nos echamos una siesta; no hay quien ande por la calle en las horas centrales del día.
    Al atardecer nos vamos a la playa. Visitamos una cercana a nuestro apartamento. Bajamos por una polvorienta carretera donde sólo cabe un coche y después te cobran por aparcar sobre un terreno irregular. Encima la playa es de guijarros y de los gordos, y está llena, ¿pero son masoquistas o qué? Visitamos otra, de guijarros también, antes del pueblo. Está precintada por la Policía y vacía, claro. Hay aviso de bomba. Sólo un barquito de los carabinieri fondea en la playa, mecido por las olas. Hoy nos quedamos sin sesión de playa. Compramos en La Grotta una pizza para llevar y nos la comemos en nuestra habitación.

18 de julio, viernes

    Dejamos nuestro agradable apartamento en Scopello y nos acercamos a tomar el sol hasta la playa de arena de Castellmare del Golfo. Mientras descansamos, a poco más de un kilómetro de donde estamos, se inicia un incendio, en una ladera llena de chalés. Afortunadamente, la gente reacciona rápido y en veinte minutos lo tienen controlado, aún así, las últimas llamas apagadas se han quedado a pocos metros de las casas.
   Para las dos de la tarde abandonamos la playa. Comemos en La Cambusa (galera) y seguimos por la autopista hasta Palermo. Hay mucha circulación. Dejamos nuestras cosas en la habitación del "Hotel del Centro" y nos acercamos hasta la estación Notarbartolo a devolver el coche.
   Seguimos pateando la ciudad. Pasamos por Príncipe Discordia, un barrio en fiestas. El jaleo de la calle es de ver. Las calles están llenas de bombillas como si fuera Navidad. No se puede andar por las aceras, están ocupadas por puestos de vendedores de sandias, de pescado, paisanos jugando a las cartas, mil cosas. Por la carretera también es complicado moverse por el tráfico incesante de coches, motos e isocarros. Allá donde se mire hay movimiento y vida.
   Seguimos recorriendo la ciudad hasta que nuestro cuerpo empieza a dar signos claros de cansancio. Cenamos en la Casa del Brodo, cerca de Cuatro Canti, muy recomendable.

19 de julio, sábado

    Visitamos la iglesia de La Martorana, en la Piazza Bellini. En el interior, ¡cómo no!, otra boda. Todos los hombres visten de negro y también en las mujeres predomina los colores oscuros. Se ve que lo típico es alquilar un coche lujoso, un Jaguar o un Mercedes, también negros. La Martorana es una pequeña iglesia normanda levantada en 1143, lo más notable son los mosaicos que cubren los muros, hechos por los bizantinos.
Mosaico de San Cataldo
    San Cataldo está al lado, son característicos de esta iglesia sus tres cúpulas árabes. Su interior está prácticamente desnudo. El mosaico del pavimento es el original.
    En Via Maqueda hay bastante presencia policial, no entendemos bien porqué. Carteles pegados en las paredes anuncian una manifestación en memoria de los jueces Falcone y Borselino, asesinados por la mafia en 1992.
   El soso exterior de la iglesia del Gesù no da pistas sobre su interior, definido como el paroxismo del barroco siciliano. No cabe ni un angelote más. Está visto que los jesuitas tenían tela.
    Atravesamos el bullicioso mercado Ballaró, el más antiguo de Palermo. A la sombra de la iglesia del Cármine ya vendían sus productos los campesinos de la edad media, no sé si en aquella época se vendían también morenas. Entramos en la iglesia del Cármine, que tiene una cúpula sostenida por atlantes.
   Aunque para estas horas estoy destrozado por la caminata y el calor, gasto las pocas energías que me quedan en la visita al Palacio Abatellis, ahora convertido en el Museo Regional de Sicilia. Es un museo normando con pocas pero notables obras, a destacar, el gran fresco “Triunfo de la muerte”, donde parece que el autor ha querido consolar a los más pobres haciéndoles ver que la muerte también visitará a los poderosos.
    Comemos en La Cambusa -¿cuántos restaurantes hay en Sicilia con este nombre?-, y echamos una corta siesta debajo de un árbol. Regresamos al hotel, este calor no hay quien lo aguante.
   A las seis y media cogemos la Via Vittorio Emmanuele y visitamos otra vez el duomo. Y luego, hala, hasta el puerto, a comer un gelato con panna. Hay que reconocer que tenemos resistencia.
    Regresamos derrotados al hotel, a las nueve y media no queda gente por la calle.

20 de julio, domingo

Teatro Máximo de Palermo
    Nos quedan pocas horas para dedicar a Palermo. Compramos algunos dulces para regalar a la familia en la renombrada pastelería Casa Mazzara, donde escribía Lampedusa, quién sabe si el Gatopardo. Echamos una ojeada al Teatro Máximo, un edificio neoclásico que es uno de los mayores teatros líricos de toda Europa. En sus escalinatas de entrada se rodó las escenas finales del Padrino III, cuando matan a la hija de Corleone.
   Con mucha tristeza, dejamos Palermo y nos marchamos como vinimos, en el tren, que nos deja en el mismo corazón del aeropuerto. Regresamos vía Milán y desde el avión contemplamos una magnífica vista de Roma.

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