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República de las Seychelles 2011

27 de noviembre, La Digue 5 de diciembre, Praslin
28 de noviembre, La Digue 6 de diciembre, Praslin
29 de noviembre, La Digue 7 de diciembre, Mahé
30 de noviembre, La Digue 8 de diciembre, Mahé
1 de diciembre, La Digue 9 de diciembre, Mahé
2 de diciembre, Praslin 10 de diciembre, Mahé
3 de diciembre, Praslin 11 de diciembre, Mahé
4 de diciembre, Praslin Datos económicos del viaje

3 de diciembre, sábado. Praslin.

    Vamos a dedicar la jornada a conocer Praslin, así que, a las ocho me presento en la recepción de Acquario Villa para pedir un coche de alquiler. Desayunamos y para las nueve ya tenemos un Kia Picanto automático en la puerta. El señor de la agencia me advierte que el depósito de gasolina está casi vacío y recomienda que no eche más de doce litros. Pensemos: este coche consume una media de seis litros cada cien kilómetros, con doce litros tendría para doscientos kilómetros y el perímetro de Praslin no supera los treinta y cinco, así que, como mucho, haremos setenta. Está claro: con seis litros basta y sobra. Cuando llegamos a la gasolinera nos damos cuenta que no sabemos si el coche gasta gasolina o diesel. Lo que me imaginaba: el empleado lo sabe, se conoce todos los coches de la isla.
    Algunos quizá os preguntéis: ¿Por qué no recorrer la isla en bicicleta? Yo solo recomendaría la bicicleta para aquellos que no les importe sufrir un poco sobre ella. La cota máxima de Praslin es de ciento veinticinco metros, por tanto, quedan muchos kilómetros para disfrutar sobre terreno llano pero, ¡cuidado! si quieres pasar de la costa norte a la sur o viceversa, trata de evitar las cuestas entre el puerto de Baie Ste. Anne y Anse Marie Louise, ¡impresionan hasta yendo en coche! Lo mejor es cruzar por el parque nacional Valle de Mayo, que también tiene cuestas, pero más suaves. Atención también a los últimos kilómetros antes de llegar a Anse Lazio: sus subidas son solo aptas para personas en muy buena forma física, no para el ciclista ocasional.
Puesto de pescado en Anse Volbert: siete caranges, un job fish y un bonito
    Aprovechamos que disponemos de coche para hacer compras y llenar la refrigeradora. La calle comercial corre paralela a la playa Anse Volbert y a lo largo de un kilómetro se concentran tiendas y hoteles. Aquí no existen los hipermercados, solo cuatro colmados de estrechos pasillos regentados por indios. Los condensadores de las neveras que enfrían los congelados, helados y bebidas refrescantes suben la temperatura de la tienda varios grados y a pesar de los ventiladores, hace más calor dentro que en la calle. Los robos son una preocupación para el colmado de Kot Kanan: en apenas cuarenta metros cuadrados se concentran más de doce cámaras de vigilancia que controlan a los clientes a través de una gran televisión que cuelga del techo.
    Justo enfrente del colmado Kot Kanan se planta el puesto de pescado fresco. Nos mercamos una carange o palometón, en español.
    Después de dejar las viandas en Acquario Villa recorremos la isla. En la bahía Santa Ana pasamos frente a la central, que suministra electricidad también a La Digue, Ronde y Chauve-Souris. Ya se planea la ampliación del suministro en 2,5 MW con un nuevo generador diesel.
    Nos gusta Anse Marie Louise y nos quedamos un rato en esta playa, leyendo y haciendo buceo superficial. Las aguas son profundas y los corales, como grandes rocas aisladas donde se refugian los peces.
    Grande Anse nos decepciona mucho porque los hoteles han tomado cada centímetro de la costa y encontrar un lugar para aparcar o simplemente acceder a la playa resulta complicado. De todas formas, al comer en el restaurante del Indian ocean Lodge comprobamos que la playa es muy estrecha, llena de algas y encima el agua no llega ni a la rodilla.
    Regresamos por el interior, cruzando el parque nacional Valle de Mayo, así nos ahorramos las temibles subidas y bajadas cercanas al puerto donde atraca el jetty. Pasamos de largo Anse Volbert y seguimos hacia Anse Lazio. Las cuestas y bajadas justo antes de llegar a esta playa son espectaculares. Parece que la tierra desapareciera de debajo del coche.
Redes antitiburones en Anse Lazio, Praslin
    En Anse Lazio no cuento ni veinte turistas. A pesar del fortísimo oleaje, unas pocas personas se bañan y juegan con las olas, eso sí, dentro de dos enormes redes colocadas en los extremos de la playa. ¿Se trata de evitar que la resaca se los lleve? Nada de eso. Una policía turística nos lo aclara: "En agosto de este año dos personas murieron en esta playa por ataques de tiburones toro: un turista inglés de treinta años en viaje de novios y un profesor francés de treinta y seis. Ambos fueron atacados a pocas decenas de metros de la orilla, mientras nadaban. Inmediatamente se prohibió el baño por encima de las rodillas y los vertidos al mar desde yates y lanchas de pesca. Después de los ataques de agosto también se ha prohibido el buceo superficial alrededor de St. Pierre, un islote enfrente de Anse Volbert". La versión oficial del gobierno de Seychelles es que desde 1963 no se producía una muerte por ataque de tiburones. Entonces, se trató de un tiburón tigre que atacó a un pescador local que cazaba tortugas en aguas más profundas. Sin embargo, un artículo del Dailymail online asegura que se han producido más ataques: otro pescador murió mientras examinaba sus redes y un chico sudafricano perdió un brazo en 2005 mientras practicaba buceo superficial.
    Estéticamente, la playa es una maravilla, ya se ve en la foto. Además cuenta con abundante sombra, así que nos quedamos hasta que el sol desaparece tras las montañas. Las fotos de las huellas de mi mujer y mías que sirven de fondo a este diario están hechas sobre la arena de Anse Lazio.

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