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República de las Seychelles 2011

27 de noviembre, La Digue 5 de diciembre, Praslin
28 de noviembre, La Digue 6 de diciembre, Praslin
29 de noviembre, La Digue 7 de diciembre, Mahé
30 de noviembre, La Digue 8 de diciembre, Mahé
1 de diciembre, La Digue 9 de diciembre, Mahé
2 de diciembre, Praslin 10 de diciembre, Mahé
3 de diciembre, Praslin 11 de diciembre, Mahé
4 de diciembre, Praslin Datos económicos del viaje

10 de diciembre, sábado. Mahé.

    Todas las mañanas desayunamos en la mesa de la terraza y desde el primer día el cocinero nos obsequia con cuatro crepes recién cocinados. Untados con la mermelada de papaya que compramos en el bazar Labrín están bonísimos.
    Ayer una inesperada lluvia nos truncó la visita al extremo oeste de la isla, así que lo intentamos hoy. Cruzamos Mahé por la carretera Sans Soucis. Esta carretera parte de Victoria y atraviesa el parque nacional Morne Seychellois. A lo largo de este camino hay buenas oportunidades para los senderistas que aguanten bien el calor. Por ejemplo, el sendero que lleva al pico Trois Frères, de setecientos metros de altitud donde, si estás atento, puedes ver la planta carnívora endémica (Nepenthes pervillei) y con un poco de suerte hasta te topas con la también endémica serpiente lobo (Lycognathopis seychellensis), inofensiva para el Homo sapiens pero mortífera para gecos y lagartijas. Toda la carretera discurre entre tanta vegetación que no sabes si luce el sol o está nublado.
    Muy cerca de aquí, en Mare aux Cochons, se ha visto un supuesto hombre lobo. Los seychellenses son tan supersticiosos que la noticia ha sido titular en los periódicos de estos días. En Seychelles todo el mundo cree en la magia negra o gris-gris. Se dice que incluso la gente distinguida y con estudios consulta con los bonnomns de bois o bonnfamns de bois en busca de consejos para sus negocios o para echar el mal de ojo o hacer vudú sobre un competidor. Hasta la juventud emplea pócimas de amor para facilitar sus conquistas. También creen en los zombis; será por eso que siempre avivan la marcha al pasar cerca de un cementerio.
Parque nacional Port Launay, Mahé
    Llegamos a Port Glaud y seguimos hacia el oeste por una calzada muy estrecha. A la altura de Anse Souillac la carretera desaparece tras una cancela desvencijada y una cadena nos impide el paso. Un aburrido guardia está sentado a la sombra, sobre una roca. ¿Qué secreto se oculta tras esa cadena? Ninguno, tan solo los barracones en ruinas del Seychelles Youth Village, donde chicos y chicas de quince años fueron obligados a participar en un experimento educativo del gobierno: después de completar los seis grados de primaria y tres de secundaria, los estudiantes se trasladaban a vivir aquí, a Cap Ternay, durante dos años. Había nueve barracones para chicos y otros nueve para chicas. La educación era mixta. Además de las asignaturas normales, realizaban prácticas de jardinería, cocina, tareas domésticas, cría de ganado, entrenamiento paramilitar y adoctrinamiento político. También practicaban el autogobierno por medio de sesiones de grupo y comités. La idea inicial era que se autoabastecieran, que cultivaran sus verduras, criaran ganado, cocinaran... Fue imposible y se terminó por abandonar la idea. Después de estos dos años, cursaban estudios preuniversitarios o profesionales en el politécnico de Victoria.
    Este programa escolar se instauró en 1981 y desde el principio fue muy impopular. En 1991 se redujo su duración a un año. En 1993 se elimino la obligatoriedad por la presión popular y finalmente, se canceló en noviembre de 1998.
    Si está todo en ruinas, ¿qué pinta el guardia? Es que dos de los barracones se adecentaron para albergar a veintinueve voluntarios del GVI Seychelles, un proyecto de conservación marina cuyo objetivo es analizar los corales de Mahé que fueron afectados por el Niño de 1998 y ver su grado de recuperación. Hace un mes también han estado por aquí marcando con etiquetas acústicas a las crías de los tiburones limón que suelen dar a luz en las aguas poco profundas de los manglares. Marcaron a tres: dos hembras y un macho.
    Regresamos. Toda esta zona de Anse Souillac es muy salvaje y el agua tiene un color de postal, la pena es que cubre muy poco. La playa de Port Launay parece perfecta desde lejos. Pasamos unas horas en ella. Comemos en el restaurante Seselwa del Constance Ephelia Resort, justo al lado de la playa. Hoy se celebra una fiesta de Navidad para los hijos de los ochocientos empleados del hotel. Más adelante será temporada alta y el número de turistas será muy superior.

Fiesta para los empleados del hotel Ephelia Resort

    A pesar de que llueven cuatro gotas nos acercamos hasta Anse Royale para nuestro último esnórquel en esta Isla de la Abundancia. En realidad, las condiciones no son propicias: está subiendo la marea y la corriente es fuerte, la visibilidad tampoco es buena, demasiada arena en suspensión. A medio camino hacia el islote Souris, lo pensamos mejor y damos media vuelta. Desde el agua observamos una persona que salta de roca en roca y se acerca a nuestra bolsa que reposa sobre la arena de la playa. Como no le vemos buena intención, nos incorporamos en el agua y le saludamos desde lejos. Al percibir nuestra presencia cambia de dirección.
    Regresamos al hotel y nos acomodamos en las tumbonas de la piscina. Al ver al propietario de los apartamentos venir hacia nosotros con dos copitas, me digo: Mira qué atento, como es nuestra última noche, seguro que nos trae un Pedro Ximénez o un moscatel fino. ¡Qué va! el tío nos regala una botella de agua. ¡Vaya chasco!

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