Los viajes de Mariano

República de las Seychelles 2011

27 de noviembre, La Digue 5 de diciembre, Praslin
28 de noviembre, La Digue 6 de diciembre, Praslin
29 de noviembre, La Digue 7 de diciembre, Mahé
30 de noviembre, La Digue 8 de diciembre, Mahé
1 de diciembre, La Digue 9 de diciembre, Mahé
2 de diciembre, Praslin 10 de diciembre, Mahé
3 de diciembre, Praslin 11 de diciembre, Mahé
4 de diciembre, Praslin Datos económicos del viaje

27 de noviembre, domingo

    El avión aterriza con puntualidad a las ocho de la mañana en Mahé. Los trámites al pasar por inmigración son muy rápidos. El visado no es necesario, basta con enseñar la reserva del vuelo de vuelta. Nuestras dos maletas de mano ya giran en la cinta transportadora cuando llegamos a ella. Cambiamos unos euros a rupias y preguntamos por la buseta gratuita que lleva al embarcadero, que aparece al de pocos minutos. Meten nuestras maletas dentro y esperamos a que se completen las quince plazas. Los ocho quilómetros desde el aeropuerto hasta el embarcadero discurren por la única autovía de doble carril que existe en las Seychelles.
Jetty de Mahé a Praslin
    Nuestro plan es visitar las tres islas principales. Empezaremos por la más alejada, La Digue. Después Praslin y finalmente, Mahé, así evitamos la posibilidad de que los jettys no zarpen por el mal estado del mar y perdamos el avión de vuelta.
    Por recomendación de una chica española que trabaja en una agencia de viajes de Mahé hemos distribuido los catorce días de vacaciones así: cinco en La Digue, otros cinco en Praslin y cuatro en Mahé. Mahé, a pesar de su mayor extensión y sus sesenta y ocho playas, no puede rivalizar en atractivos con las otras dos.
    A las nueve y cinco ya estamos frente al jetty. La página de Cat Cocos recomienda reservar las plazas por correo electrónico. Cuando presento a la chica de la ventanilla la confirmación que ellos me enviaron me asegura que no figura ninguna reserva a mi nombre. Afortunadamente, eso no representa ningún problema, quedan asientos libres de sobra.
    El jetty zarpa de Mahé unos minutos antes de las diez. La duración de la travesía hasta Praslin depende del estado del mar y hoy, con marejadilla, hemos tardado unos cincuenta minutos. El jetty a La Digue sale de Praslin a las once y media y ya espera en el puerto. Casi todo el pasaje está compuesto por locales y el ambiente es muy distendido, la música reggae suena por el hilo musical y nadie para quieto. Como ves, las conexiones están bien afinadas. Todo son facilidades para el turista. Quince minutos más y ya estamos pisando el puerto de La Digue, nuestro destino.
    La mayor parte de los turistas que desembarcan en La Digue vienen con un paquete turístico y su representante ya les espera con una buseta para llevarles a su hotel. Un taxi muy popular y ecológico es una carreta tirada por un buey; su parada está en la glorieta, en el arranque del muelle. Como esto no lo sabíamos, nos acercamos a un taxi —hay cinco en toda la isla— que nos informa que ya está ocupado con otros clientes que se alojan hacia el norte, pero que esperemos en el malecón y en diez minutos volverá a por nosotros. En efecto, no han pasado esos diez minutos y ya está de vuelta. Nuestro alojamiento se encuentra a poco más de un kilómetro del muelle, a dos minutos en coche.
El centro de La Passe, en La Digue
    Jennita, la propietaria de la pensión Hibiscus, nos da la bienvenida con un refrescante jugo natural de maracuyá. Cambiamos nuestras ropas de invierno por las de verano y salimos inmediatamente a inspeccionar La Passe. Nada más cruzar la cancela, la primera sorpresa: ¡qué tamaño de arañas! Sus telarañas cuelgan del tendido eléctrico y bajan hasta los arbustos del camino. Es la araña de las palmeras; las hembras miden hasta doce centímetros, incluyendo las patas. Tranquilos, son inofensivas para el hombre.
    Continuamos por el camino de tierra, flanqueado por arbustos con hibiscos y franchipanes, hasta desembocar en la calle principal de La Passe, empedrada. Repartidos en doscientos metros se encuentran bancos, tiendas de alimentación, de ropa playera, alquiler de bicicletas, artesanía, restaurantes, agencias de viaje, etc. El mayor supermercado del pueblo es Gregoire´s. Cuenta con aparcamiento para bicicletas. Pensábamos que nos íbamos a poner morados a mangos, papayas, lichis, corosoles y maracuyás pero nos decepciona comprobar que la fruta escasea en las baldas del súper: sólo unas naranjas, pequeñas sandías y melones a precios astronómicos: ¡seis euros el kilo! Resulta curioso que no vendan ni papayas cuando los papayeros crecen por todas partes y lucen rebosantes de fruta.
    La gastronomía de estas islas no es para tirar cohetes, a no ser que te instales en un hotel de postín. Lo habitual en las cartas de los restaurantes son las ensaladas, pescados (bonito, carange, tiburón, pez loro), pollo, vaca, calamares y pulpo, generalmente acompañados con arroz y alguna salsa criolla. Para comer, nos pasamos por La Digue Island Lodge; lo mejor de su restaurante es la terraza, desde aquí, a la sombra de un almendro indio, la vista sobre la laguna es fantástica y la bendita brisa que sopla alivia el calor y la humedad y, coño... ¡qué se lleva nuestro cestillo del pan! Mi mujer pide un pollo al curry con salsa de tamarindo y yo, un pescado al curry con salsa de coco.
    Desde la terraza donde comemos, se divisa a lo lejos el crucero más lujoso y exclusivo del mundo: The World. Los camarotes son propiedad de los viajeros y los precios oscilan entre el millón de euros para un apartamento de veinticinco metros cuadrados hasta los seis millones de euros. Los propios pasajeros fijan el itinerario por votación.
Camino hacia la playa Source D'Argent en La Digue
    Paseamos por la reserva especial La Veuve, un santuario de pájaros que alberga el endémico papamoscas negro del paraíso, en peligro de extinción. Descubrimos muchas arañas de las palmeras, el cardenal de Madagascar, un colibrí, mynas indios, palomas cebra, gecos diurnos y sobre todo, los enormes murciélagos de la fruta, siempre presentes en el cielo seychellense al atardecer. Al papamoscas no lo divisamos en esta ocasión pero los próximos días no será rara la visión del inconfundible macho en otros puntos de la isla.
    El atardecer es delicioso, la temperatura baja, la brisa también cede; los perros ya pueden hacer vida normal, pobres. A las nueve cenamos en Le Pécheur: sopa de crema de coco con jengibre, marlín marinado en jugo de lima, sorbete de mango, ternera en salsa de vino y pastel de chocolate.
    Las calles de La Passe apenas están iluminadas, esto tiene el obvio inconveniente de que tienes que aguzar la mirada para ver dónde pisas y, sobre todo, ¡cuidado con los ciclistas! que todos los lugareños son muy morenos de piel y ni se les ve venir. La ventaja de esta pobre iluminación es que la bóveda celeste se ve con una claridad fuera de lo común. Jamás he visto tantas estrellas. Entiendo poco de astronomía pero seguro que se puede llegar a ver hasta planetas. La luna está en fase creciente pero la ce parece tumbada, no en vertical como se ve desde España. Habrá que moverse con linternas los próximos días, sobre todo al circular en bici.
    ¡Qué silencio se disfruta por la noche! Sólo se oye el canto de algún insecto y el ocasional ladrido de los perros.

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