Los viajes de Mariano

Bandera Italia

Roma 2005

25 de junio, Termas Diocleciano, Museo Nacional, Sant'Angelo
26 de junio, San Pedro, Fontana di Trevi, Panteón
27 de junio, Vaticano, Coliseo
28 de junio, San Juan de Letrán, San Pedro in Vincoli
29 de junio al 8 de julio, Croacia
9 de julio, Trastevere
10 de julio, Galleria Borghese, Museo Arte Moderno, Museo Villa Giulia, San Pablo Extramuros


27 de junio, lunes

    Nos deberíamos haber levantado antes para llegar temprano a los museos del Vaticano, pero nuestros habituales juegos sexuales matutinos nos han retrasado. Así y todo, llegamos a las diez y no puedo creer lo que veo: ¡la cola de hoy es aún mayor que la de ayer! Nos marchamos. Tomamos el sesenta y uno para ver la antigua boca de alcantarilla reconvertida en detector de mentiras: la Bocca della Verità en Santa María de Cosmedín, donde de nuevo nos encontramos una fila esperando para hacerse la típica foto con la mano metida en la boca...o en el ojo.
    Con este calor no nos parece recomendable andar mucho, así que tomamos otro autobús al Coliseo. También aquí la cola es impresionante. Abandonamos. Regresamos en metro a la cola de los museos del Vaticano. Esta vez hay menos gente y tras media hora de espera nos adentramos en la mejor colección de obras de arte de la antigüedad, a pesar de los innumerables saqueos que ha sufrido durante su historia.
Museo del vaticano
    La visita resulta un empacho artístico inabarcable. La estrella del museo es, sin duda alguna, la obra titánica de Miguel Ángel Buonarroti (1475-1564): los frescos de la Capilla Sixtina, que realizó en cuatro años, solo, sin ayudantes. Me llama la atención que la musculatura de las figuras femeninas pintadas por Miguel Ángel y por otros pintores de la época sean comparables a la masculina, desconozco la explicación. Curiosamente, esto no pasa en las esculturas, más realistas con el cuerpo femenino. Veré qué dice Gombrich al respecto.
    Tomamos el metro hasta Termini para ver la basílica más antigua dedicada a la Virgen: Santa María La Mayor, también conocida por Santa María de las Nieves, por lo del milagrito: o sea, que la Virgen estaba caprichosa y se le antojó una iglesia consagrada a su nombre en el monte Esquilino, para conseguirlo asustó un poco al personal haciendo caer una buena nevada en plena canícula de agosto. Pura leyenda, como tantas otras, pero suena tan poético.
    Otro metro nos lleva hasta el Coliseo y esta vez sí, apenas hay cola, está visto que los grupos organizados son tempraneros, es mejor hacer las visitas más tarde. En la taquilla del Coliseo no pone ni el precio de la entrada, ni la hora de cierre, ni te dan un triste folleto explicativo.
    Nos acercamos andando hasta la plaza Navona donde cenamos en Il Cantuccio, demasiado caro para lo que ofrecen. Regresamos a nuestro hotel en autobús. Hay que reconocer que la red de transporte público romana es eficiente, los autobuses circulan con mucha frecuencia y el recorrido y los horarios se muestran en los carteles de las paradas. En las oficinas de turismo expiden un mapa estupendo: "Roma Centro", donde figuran todas las líneas de autobús, metro y tranvía y además, la situación de las atracciones turísticas principales. Ahí está todo.
    Me sigue asombrando el movimiento nocturno de gente por las calles, son más de las doce y nuestra parada de autobús está abarrotada. Apenas cabemos en el autobús; yo me quedo empotrado contra la puerta de atrás. Cuando la puerta plegable se abre hacia dentro en cada parada, nos empuja en su desplazamiento y la presión aumenta. Hacía tiempo que no me divertía tanto en un autobús.

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