Los viajes de Mariano

Bandera Italia

Roma 2005

25 de junio, Termas Diocleciano, Museo Nacional, Sant'Angelo
26 de junio, San Pedro, Fontana di Trevi, Panteón
27 de junio, Vaticano, Coliseo
28 de junio, San Juan de Letrán, San Pedro in Vincoli
29 de junio al 8 de julio, Croacia
9 de julio, Trastevere
10 de julio, Galleria Borghese, Museo Arte Moderno, Museo Villa Giulia, San Pablo Extramuros


26 de junio, domingo

    Nuestro objetivo de hoy son los Museos Vaticanos. Subimos al metro en Fiumicino y... ¡fíjate mira cómo vienen los vagones, cargados de grafitis! Ni los cristales se han librado. Esta tradición de dudoso gusto ya se utilizaba profusamente hace dos mil años; en Pompeya se encontraron miles de grafitis de todo tipo. Por supuesto, aún no conocían la sofisticación del aerosol y los mensajes eran mucho más directos. El clásico "Hijoputa el que lo lea" ha perdurado hasta nuestros días. También anunciaban servicios sexuales: "Félix te la chupa por un as".
Interior de la Basílica de San Pedro
Reflexiones filosóficas: "Si descuides un mal pequeño, el tiempo lo convertirá en grande". Picardías, rozando en la grosería: "Un coño peludo se folla mejor que uno depilado, retiene mejor los vahos y tira más del cipote". Grafitis dignos del mejor arte callejero se pueden ver en las fachadas de las casas del barrio romano Tor Marancia.
    Como casi todos los últimos domingos de cada mes, la entrada al museo es gratuita y sospechábamos una gran afluencia de gente, pero no tanta, caramba. La estación de metro más cercana a la puerta del museo es la Cipro, pero es que la cola empieza cerca de la estación San Pedro. Ante la perspectiva de pasarnos la mañana en la cola, cambiamos de planes; veamos si el acceso a la Basílica de San Pedro resulta más sencillo.
    En los palacios del Vaticano vive el papa, el máximo jerarca de la institución religiosa más depravada e inmoral que ha existido en la Tierra, responsable de las Cruzadas, la Inquisición, la persecución de judíos, la aceptación del sufrimiento como camino de salvación, el discurso contra la dignidad de las mujeres, la conversión forzada de indígenas en América del Sur, la legitimación y uso de la esclavitud, la venta de indulgencias, ayudar a la restauración de las monarquías absolutistas, el silencio durante la solución final de Hitler, obstaculizar y retrasar el progreso y los avances científicos (Galileo, oposición a las vacunas, Darwin, prohibición del preservativo, etc), violación, tortura y venta de niños, condena de los homosexuales, etc. Aún así, ha embaucado a millones de personas haciéndoles creer que los viejos mitos sumerios, babilonios y griegos recopilados en la Biblia fueron revelados por un ser superpoderoso que, a pesar de tener cientos de millones de galaxias para cuidar, concentra toda su atención en un tipo de primate del planeta Tierra al que vigila constantemente para ver si cumplen con una lista de diez cosas que quiere que hagan a toda costa.
"Su Santidad"
Y pobre de ti como no las cumplas, porque nos tiene reservado un lugar especial llamado infierno dirigido por un ángel rebelde y sádico llamado Satanás que nos someterá a torturas con hierros candentes, nos hará beber aceite hirviendo, nos arrancará los ojos con tenazas y sufriremos sin descanso por toda la eternidad. A pesar de la crueldad anterior, nos ama una barbaridad y lo más curioso de todo: sus superpoderes no le libran de mostrar una debilidad enfermiza por el dinero. Con este inmenso engaño, la mentira más grande jamás contada, tan simple, pueril y absurda que espanta a la razón, sus representantes en la tierra se las ingenian para ingresar miles de millones, siempre libres de impuestos, que si no, no tiene gracia. En estas reflexiones ando mientras aguardamos en la cola de acceso a la Basílica de San Pedro. Hace mucho calor y el abanico ayuda a ventilarse. Cuando sólo nos faltan unos tres metros para pasar por el control de rayos X, bloquean la puerta. ¿Qué pasa ahora? Pues que el papa va a salir al balcón a decir unas palabras y se cierra el acceso hasta que termine su discurso. A esperar tocan.
    A las doce asoma por una lejana ventana de la residencia papal, fuera del alcance de los rifles con mira telescópica, el nuevo Sumo Pontífice, el alemán Joseph Ratzinger, alias Benedicto XVI, que ha vuelto a la tradición de los nombres sencillos después que los dos anteriores, Juan Pablo I y Juan Pablo II fueran los primeros en optar por los nombres compuestos. Su Santidad expresa su preocupación por las muertes que se producen en la carretera en la temporada estival y reconviene a los italianos para que extremen la prudencia cuando circulen con el coche.
    Antes de entrar en la basílica hay que pasar la censura de doña Decencia y don Decoro, las escenas más graciosas se producen con los hombres: un mochilero, al que le han impedido la entrada por llevar pantalones cortos, se queda en calzoncillos mientras rebusca en su mochila algo más decente y acorde a la moral cristiana. Un señor que peina canas se ata un pareo justo donde terminan sus pantalones cortos, casi en las rodillas, lo que apenas le permite andar y provoca el desternille general. Curiosamente, los generosos escotes veraniegos de las mujeres son menos pecaminosos que las peludas piernas masculinas. Siempre me han hecho gracia estas normas que lo único que ponen de manifiesto es la calenturienta mente de los censores. Mejor harían en ocuparse de la bancarrota moral de los suyos, en vista de las innumerables condenas por casos de abusos sexuales a niños por parte de sacerdotes y obispos. Si la cara es el espejo del alma, los ojillos taimados del nuevo papa no presagian nada bueno. El mismísimo Benedicto XVI ha sido acusado de principal encubridor de los pederastas (caso Stephen Keisle, caso Lawrence Murphy, etc.) y su hermano mayor Georg Ratzinger ha sido vinculado al abuso de 547 chicos en un coro católico de la catedral de Ratisbona. Él jamás vio ni se enteró de las caricias, orgías y sádicas violaciones que se produjeron durante los treinta años que dirigió el coro. Estos curas dicen ser enemigos de los gay, excepto cuando pertenecen a sus filas; enemigos de la verdad es lo que son.
Junto a la Fontana de Trevi
    Una vez dentro de la basílica, realizamos la visita de arriba abajo. Para subir a la cúpula se toma un ascensor y después se suben trescientos veinte escalones en espiral dentro del estrecho pasillo que recorre el interior de la cúpula. Merece la pena el esfuerzo y la espera de media hora para tomar el ascensor; la vista del Vaticano y Roma desde la cúpula es magnífica.
    Visitamos también las Grutas Vaticanas donde se encuentran las tumbas de los papas, personajes de gran relevancia histórica y enorme poder en muchos casos.
    La Piedad de Miguel Ángel está segura tras un cristal antivandálico. Es una escultura muy realista, salvo que la cara de la Virgen María podría pasar por la amante adolescente de Jesús, pero no por su madre. Miguel Ángel la esculpió cuando tenía veinticinco años y tuvo que grabar su firma sobre la banda que cruza los pechos de la Virgen, ya que sus envidiosos enemigos hicieron correr el rumor de que él no era el autor.
    Tomamos el bus sesenta y dos en la plaza Pía y nos plantamos en unos minutos en la Vía del Corso, camino de la plaza de España. En Via dei Condotti se encuentran las tiendas más exclusivas de Roma: Hermes (unos pantalones de mujer, 2400 €; una bolsa de viaje, 6000 €), Gianni Versace (bolsa portadocumenti: 3810 €), Cartier, Louis Vuitton, Giorgio Armani (un sencillo sombrero: 1320 €), Cartier, Gucci, Dior, Ives Sant Laurent, Sergio Rossi (zapatos a partir de 400 €), Valentino, Bulgari, Chanel, Jean-Paul Gaultier, etc. Entre las estrechas callejuelas del barrio de Colonna se escucha un sonido inconfundible: el poderoso rugido de un Ferrari 355.
    Nos sentamos con un gelato en la vía del Corso a ver la passegiata, a observar a los hijos de la loba y buscar señas propias de identidad que definan al pueblo romano. Me temo que en su forma de vestir no se distinguen en nada de cualquier otro pueblo del Mediterráneo. La globalización acelerada en la que vivimos nos uniformiza a todos.
    Cerca queda la popular Fontana di Trevi, abarrotada. La moda de lanzar monedas al estanque comenzó en el siglo XVIII; se dice que si tiras una moneda te aseguras el retorno a Roma, si son dos, te enamorarás de un romano o romana y, si lanzas una tercera, te casarás con él, o ella.
Recogiendo la calderilla de la Fontana de Trevi
¿Y quién recoge las monedas? Cáritas, dicen, para los enfermos con SIDA. La realidad es que Roberto Cercelletta, alias D'Artagnan, junto con dos compinches, han estado sacando monedas de la fuente durante la friolera de treinta y cuatro años, un histórico, vaya. Trabajaban seis días a la semana, el séptimo para Cáritas. Tras la instalación de unas cámaras se ha visto que encima actuaba con la complicidad de la policía municipal, que le dejaban hacer. Ya han cesado a tres agentes. Una indigente que también recogió unas pocas monedas para un bocata fue llevada ante el juez y éste dictaminó que las monedas no son propiedad de nadie, por tanto, no hay delito. Ante este vacío legal, el ayuntamiento promulgó una nueva ley que multaba a los que retiraran el dinero de los monumentos públicos. Como Cercelletta estaba enviciado, protestó públicamente haciéndose unos cortes en el abdomen con una navaja; le habían privado de su fuente de ingresos y exigió al ayuntamiento que le den un empleo. Por cierto, ¿sabes cuánta pasta echa la gente a la Fontana di Trevi? Más de lo que te imaginas: un millón de euros anuales se recogen aproximadamente.
    Es curioso, apenas se ven obras en Roma; generalmente los ayuntamientos aprovechan el buen tiempo del verano para realizar obras pero en Roma no se ve ni una, exceptuando unos pocos andamios de rehabilitación de fachadas de edificios históricos.
    Si continuamos un poco más hacia el oeste nos topamos con el Panteón de Agripa, donde la animación es extraordinaria. Seguimos hacia la plaza Navona y cenamos pasta a la sarda y unas alcachofas confitadas en el restaurante siciliano La Taverna del Duca.

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