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República de Portugal 2011

28 de junio, Viana do Castelo6 de julio, Sintra
29 de junio, Braga, Barcelos 7 de julio, Sintra, Cascaes, Estoril, Lisboa
30 de junio, Bom Jesus, Guimarães, Vila do Conde, Oporto8 de julio, Lisboa
1 de julio, Oporto 9 de julio, Lisboa
2 de julio, Amarante, Peso da Régua, Tabuaço 10 de julio, Lisboa, Évora
3 de julio, Vila Nova de Foz Côa 11 de julio, Évora
4 de julio, Coímbra, Aveiro Datos económicos del viaje
5 de julio, Conimbriga, Alcobaça, Óbidos, Sintra

9 de julio, sábado

    ¿Y a quién representa esa escultura de la plaza del Marqués de Pombal? Pues precisamente a él, al Marqués de Pombal, todo un héroe nacional. Su historia es interesante: a mediados del siglo XVIII, Portugal todavía era el país más religioso de Europa, las ideas de la Ilustración, es decir, la creencia de que el hombre alcanzaría la perfección moral a través de la ciencia y la educación, al margen de la religión, eran desconocidas aquí. Dios, el rey y la Iglesia formaban una simbiosis perfecta. El rey hacía creer que su poder emanaba de Dios; la Iglesia mantenía ignorante y sumiso al pueblo llano con la idea de un Dios imaginario que imponía castigos terribles a los pecadores al morir mientras el tribunal religioso de la Inquisición condenaba a los disidentes al garrote, la decapitación o la hoguera. Nada parecía que podría cambiar esto hasta el uno de noviembre de 1755, día de Todos los Santos. Ese día, a las diez de la mañana, gran parte de los doscientos cincuenta mil habitantes de Lisboa había acudido a misa. De repente, se oyó un ruido estremecedor y la gente vio como los muros de las iglesias y todos los edificios se les echaban encima. Un terremoto de nueve grados en la escala de Richter sacudió la ciudad. Se sintió hasta en Suecia y en el Caribe. Luego, un gigantesco maremoto con olas de más de veinte metros y un incendio salvaje completaron la masacre. Murieron más de ochenta mil. La iglesia aconsejó resignación y rezar a Dios, el mismo Dios que había abierto la tierra y mandado fuego y agua para castigarles por sus pecados. El mismo Dios que les había mandado la peste negra en 1569 y que mató más de sesenta mil personas. Era demasiado, la fe de la gente se resquebrajó.
El barrio de Alfama y la iglesia de San Vicente de Fora
    Sebastião de Melo, más conocido como Marqués de Pombal había sido embajador en Viena y en Londres y ahora era la mano derecha del rey José I. Aprovechó el terremoto para reinventar la ciudad y, de paso, modernizar la sociedad llevando las ideas de la Ilustración al pueblo llano y reduciendo los privilegios de la Iglesia y la aristocracia. Los monjes vivían en monasterios que rivalizaban en lujo con los del rey, almorzaban en mesas de maderas exóticas, talladas por esclavos y caminaban sobre suelos de mármol. Mientras la Iglesia católica, la aristocracia y el rey vivían en la opulencia, el pueblo no tenía techo y se moría de hambre. Pombal necesitaba dinero para ofrecerles alimento y cobijo. Convenció al rey de que financiar la reconstrucción de Lisboa le procuraría el favor absoluto de su pueblo. Sustituyó el caos de la antigua ciudad por una distribución geométrica acorde con las normas de la arquitectura clásica y utilizó las tecnologías más novedosas Creó un nuevo sistema de alcantarillado y canalizó los residuos que antes se deslizaban sin más, calle abajo. Se construyeron las primeras estructuras antisísmicas. Se simuló un terremoto con grandes masas de soldados marchando al trote alrededor de los edificios. Se construyeron los primeros bloques de pisos normalizados con marcos y balcones siempre idénticos para que pudieran fabricarse en grandes cantidades. En definitiva, entregó a los lisboetas una ciudad moderna, un bello lugar público que les pertenecía a ellos, no a los sacerdotes ni a los nobles. El éxito de Pombal debilitó el poder de la Iglesia sobre el pueblo. Además había sustituido las antiguas iglesias por estructuras semejantes a los demás edificios. Fue absolutamente odiado por los aristócratas y por la Iglesia, a pesar de seguír libres de impuestos. Aún tuvieron que pasar cuatro siglos para que Portugal se librará por completo de los reyes; Manuel II fue el último rey que vivió como un ídem a costa del pueblo. Lamentablemente, la Iglesia católica portuguesa sigue detentando un poder inusitado. Tutela decenas de radios y cientos de periódicos mientras recibe subvenciones del Estado, privilegio insultante y competencia desleal frente a otros medios de comunicación que no tienen la suerte de contar en su haber con un Dios Todopoderoso. Y el imperio eclesiástico no acaba aquí, la enseñanza y las residencias son otro de sus grandes dominios, sin contar Fátima, una de las primeras empresas del país.
    Comemos en un restaurante centenario, la cervejeria Trinidade, que lleva funcionando desde 1836, ubicada en un antiguo convento. Los mosaicos de sus paredes le dan un aire muy peculiar. Comida sencilla y algo cara para su calidad.
    Ahora nos vamos hasta el Museo del Azulejo. La palabra azulejo viene del árabe al zulaycha o zuléija que significa "pequeña piedra pulida". Evidentemente,
Museo del azulejo
fueron los árabes quienes lo introdujeron y, como fue del gusto de los reyes portugueses, una vez que aquellos fueron expulsados, lo siguieron utilizando como ornamentación tanto en fachadas interiores como exteriores, sobre todo, en palacios reales y también, en casas de nobles, monasterios e iglesias. Como es uno de los signos distintivos de Portugal, hogaño se sigue empleando: el metro de Lisboa o el oceanário son ejemplos actuales.
    Los ingleses tienen "pubs", los franceses panaderías, los sicilianos heladerías y los portugueses... pastelerías. Areias, crepinetes, suspiros, chilas, traveseiros, barrigas de freira, ovos moles de Aveiro, de Tentúgal, quesadillas, jesuitas, foguetes, pingos de Tocha, lacinhos, tecolamecos, fidalgos, fatias de Resende, rochas, papos de anjo, docinhos de amor... son nombres de dulces que me han llamado la atención a través de las vitrinas de las pastelerías. En ningún viaje he comido tantos pasteles como en Portugal, y en Lisboa no vamos a dejar de probar los famosos pasteles de nata de Belém, así que nos llegamos hasta la rua de Belem y nos quedamos asombrados de la cola, más que para el cine. Dicen que la receta se guarda como un tesoro. Lo que nos ha quedado claro es que la repostería de Portugal es de una calidad y estética de muy alto nivel.
    Por la noche, andando por las callejuelas del barrio alto, escogemos para cenar el restaurante Farta Brutos, que será el peor recuerdo de toda nuestra estancia en Portugal y no por su comida, sencilla y sin pretensiones, sino por el abuso descarado de sus precios. El restaurante se vanagloria de que fue frecuentado por José Saramago en la década de los ochenta y tiene alguna foto suya y una placa que recuerda su rincón favorito. Quizá por esto aprovechan a sacar rédito de aquellas visitas cobrando unos precios que no se corresponden en absoluto ni con la cantidad ni con la calidad de los platos. Y no solo eso: la presión para que consumas más es patética. Como no nos gusta implarnos antes de dormir, pedimos solo dourada a la portuguesa, panaché (clara) y agua. La señora pone mala cara, le parece poco; que si no queremos más. Pues no, tenemos por costumbre comer lo que nos apetece y no lo que quiere el dueño del restaurante, pienso para mis adentros. Después de comer la dorada, de piscifactoría, más tiesa que un palo y en cantidad que recuerda un restaurante de "nueva cocina", nos planta delante el carrito de los postres. Como el primer plato ha sido francamente mejorable, pasamos de postre y pedimos la cuenta. De nuevo, nos mira con gesto de desprecio. Cuando llega la cuenta nos quedamos asombrados de los precios, —y de que nos quiera cobrar un panaché más que no hemos consumido —. Llevamos quince días comiendo en todo tipo de restaurantes y sabemos que cobrar tres euros por un botellín de agua de 33 cl. es el doble de lo habitual. Y lo mismo con el panaché y el cubierto. El abuso es la norma en este restaurante. Estáis avisados.

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