Otros viajes

República de Portugal 2011

28 de junio, Viana do Castelo6 de julio, Sintra
29 de junio, Braga, Barcelos 7 de julio, Sintra, Cascaes, Estoril, Lisboa
30 de junio, Bom Jesus, Guimarães, Vila do Conde, Oporto8 de julio, Lisboa
1 de julio, Oporto 9 de julio, Lisboa
2 de julio, Amarante, Peso da Régua, Tabuaço 10 de julio, Lisboa, Évora
3 de julio, Vila Nova de Foz Côa 11 de julio, Évora
4 de julio, Coímbra, Aveiro Datos económicos del viaje
5 de julio, Conimbriga, Alcobaça, Óbidos, Sintra

8 de julio, viernes

    Empezamos el día con un plato fuerte: el Monasterio de los Jerónimos. Este monasterio lo encargó el rey Manuel I El Afortunado en pleno delirio de grandeza tras el descubrimiento de la ruta por mar a la India en 1498. Vasco de Gama salió de aquí, de Belém, con ciento setenta hombres y regresó con un tercio. Alcanzó la India tras trescientos diecisiete días de viaje. El primer viaje fue poco exitoso comercialmente ya que al zamorín de Calicut no apreció sus regalos y los comerciantes árabes les miraban con recelo; eran una amenaza para sus relaciones comerciales con India. Los veinte buques de guerra que le acompañaron en su segundo viaje fueron su mejor carta de presentación, con ellos, todo el comercio del oceáno índico cayó bajo el control de Portugal. Por aquel entonces Portugal solo contaba con millón y medio de habitantes.
Claustro del Monasterio de los Jerónimos en Lisboa
    El monasterio se construyó para solaz de los frailes franciscanos, cuya principal obligacion era rezar por el rey y por los marineros que marchaban a descubrir otras tierras. ¿Qué hubiera dicho san Francisco, alias El Pobrecito de Asís, si hubiera visto a sus seguidores vivir en este monasterio a cuerpo de rey? Claro que ya habían pasado tres siglos de la fundación de esta orden mendicante y los franciscanos, como las demás órdenes y congregaciones, estaban inmersos en el vicio y la opulencia desde el siglo XIV. El dinero para su construcción salió del cinco por ciento de los impuestos que el rey cobraba de las especias traídas de India.
    Siempre me ha llamado la atención que las especias que españoles y portugueses trajimos de tierras lejanas como el cardamomo, macis, anís estrellado, jengibre, sésamo, comino, cúrcuma o cilantro fueran tan empleadas en las recetas de la Época de los Descubrimientos y sin embargo, muchos portugueses y españoles se vanaglorian ahora de no utilizarlas. ¿En qué momento nos cambió el gusto? ¿Quizá se interrumpió el suministro de especias a España y Portugal cuando holandeses, franceses e ingleses nos sustituyeron en el dominio de los mares? ¿No crecían bien en la península? ¿Algún rey cristiano las prohibió para que nuestra cocina no oliera como la de los infieles?
    Mientras paseamos por el claustro, una chica nos requiere para hacerse una foto. Es una mejicana que viaja sola. Ha dejado a su hijo en casa y está de gira vacacional por España y Portugal. Nos invita a visitar su país, que tiene cosas muy chéveres que ver. Le expresamos nuestras reticencias ante tanto reporte de violencias; ella dice que son ajustes de cuentas entre bandas, que el ciudadano de la calle no suele quedar implicado. Va a pasar por el festival de jazz de Vitoria para escuchar al pianista dominicano Michel Camilo, quizá nos veamos allí. Nos recomienda que veamos La historia de Lisboa de Wim Winders.
    En el patio del claustro encontramos una fuente decorada con un león. Las fuentes de los claustros tienen una doble función: suministrar agua y recordar el capítulo cuatro del evangelio según san Juan en el que Jesús pide de beber a una samaritana y tras un intercambio de frases un poco surrealistas —la traducción al latín es culpa precisamente de san Jerónimo, allá por el siglo IV—, Jesús termina diciendo: "Cualquiera que beba de este agua volverá á tener sed, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed porque será fuente de vida eterna" Y la samaritana le responde: "Deme entonces de ese agua para que no tenga sed, ni necesite venir hasta aquí para sacarla". El león también tiene su razón de ser; se asoció a san Jerónimo erróneamente. La leyenda cuenta que mientras Jerónimo de Estridón se encontraba leyendo a las orillas del Jordán, se le acercó un león con una espina en la pata. Jero se la quitó y el león ya no se separó de él nunca jamás. En realidad, esta leyenda corresponde a san Gerásimo, pero los nombres son tan parecidos...
    ¿Qué haces cuando te regalan algo y no sabes que hacer con ello? Se lo endosas a otra persona, ¿no? Esta parece la historia de Ganda, el rinoceronte representado en las gárgolas de la Torre de Belém que fue mandada construir por el rey Manuel I, El Afortunado, entre 1514 y 1519, para defender la entrada del Tajo. Al parecer, el sultán Muzafar II de Cambaia regaló un rinoceronte y un elefante a Alfonso de Albuquerque, segundo virrey de la India portuguesa, y este se lo envió al rey Manuel I. El rey ya tenía tres elefantes, pero el rinoceronte sí que causó sensación ya que se consideraba una criatura legendaria, solo conocida a través de los bestiarios medievales; el anterior rinoceronte vivo había llegado a Europa en el siglo tercero antes de nuestra era. El rey se lo mandó, a su vez, al papa León X. Desgraciadamente, del rinoceronte solo llegó a Italia su piel ya que el barco naufragó frente a la costa de Liguria.
Viajando en el tranvía veintiocho
    Una bonita experiencia es recorrer el barrio de Alfama en tranvía. Mi mujer y yo tomamos el veintiocho en Graça y nos bajamos en la última, la del Campo ourique. Tiene su puntito de peligro y esto lo hace emocionante. Fíjate en los turistas de barriga cervecera que circulan por las estrechas aceras: cuando pasa el tranvía pegan la espalda contra la pared por razones obvias. Y mucho cuidado con el espejo retrovisor, si no estás atento, te desnuca. Lo mismo con los coches: al aparcar hay que imaginar el recorrido del tranvía y calcular mentalmente si libra o no porque las distancias son mínimas. Tampoco se te ocurra sacar la cabeza por la ventanilla, el tranvía pasa a escasos centímetros de los andamios metálicos que sujetan las fachadas en peligro de ruina. Subidas, bajadas, curvas cerradas, calles estrechas, traqueteo... No te aburres en el tranvía veintiocho, no.
    El continuo paseo por el empedrado irregular de los cascos antiguos de las ciudades me está pasando factura; calzo suela blanda y las aristas de los adoquines se me clavan en la planta del pie y me empieza a doler. Me cambio a zapatos de senderismo, de suela más rígida, y asunto arreglado.
   

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