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República de Portugal 2011

28 de junio, Viana do Castelo6 de julio, Sintra
29 de junio, Braga, Barcelos 7 de julio, Sintra, Cascaes, Estoril, Lisboa
30 de junio, Bom Jesus, Guimarães, Vila do Conde, Oporto8 de julio, Lisboa
1 de julio, Oporto 9 de julio, Lisboa
2 de julio, Amarante, Peso da Régua, Tabuaço 10 de julio, Lisboa, Évora
3 de julio, Vila Nova de Foz Côa 11 de julio, Évora
4 de julio, Coímbra, Aveiro Datos económicos del viaje
5 de julio, Conimbriga, Alcobaça, Óbidos, Sintra

5 de julio, martes

    A media mañana llegamos a las ruinas de Conimbriga, quince kilómetros al sur de Coímbra, bajo un cielo con muchas nubes y una temperatura de veinte grados, ideal para pasear entre las ruinas.
Mosaico de la Casa de los Surtidores, Conimbriga
    Este lugar ya estaba poblado hace tres mil años. Las excavaciones han descubierto solo un quince por ciento de la ciudad y las ruinas que podemos recorrer ahora mismo corresponden a la ciudad romana: el foro dedicado al culto imperial, viviendas, el acueducto de tres kilómetros, una hospedería, termas, un anfiteatro, las murallas de defensa de la ciudad. El edificio en mejor estado es la Casa de los surtidores, descubierto en 1939, es una gran residencia aristocrática de la primera mitad del siglo II. Sus mosaicos son fabulosos, con temas como la cacería, el ciclo de Dionisios y otros como Perseu y la Górgona o Belerofonte y la Quimera. Terminó demolida por la construcción de una muralla que la atravesó.
    A esta ciudad romana no le faltaba el agua, la tomaba de una resurgencia natural, que aún hoy existe en Alcabideque, a tres kilómetros de aquí. Los residuos que flotaban en la superficie o los sedimentos del fondo se evitaban con una torre de decantación que tomaba el agua del pozo a profundidad intermedia. Luego, el agua se conducía hasta las termas, fuentes públicas y casas privadas de Conimbriga por un acueducto cubierto a ras de suelo cuyos restos todavía podemos ver. En el Museo Monográfico de Conimbriga comprobamos que los romanos ya utilizaban en sus villas tuberías de plomo y bronce de tamaños normalizados: la fistula senaria o tubería del seis (sección de 6,05 cm²), la fistula septenaria o tubería del siete (sección 8,23 cm²), etc., hasta la fistula vicenum o tubería del veinte (sección 410,51 cm²). El agua sabía mejor si la tubería era de cerámica pero su fragilidad era una desventaja, así que casi todas se fabricaban en plomo.
    Durante las invasiones bárbaras, en el 468, los suevos destruyeron muchas casas y parte de las murallas. Sus ciudadanos abandonaran la ciudad y escaparan hacia Braga, que estaba mejor protegida, con murallas más altas. El final definitivo llegó con los musulmanes el año 711.
Cocina del monasterio de Alcobaça
    Noventa y cinco kilómetros hacia el sur se encuentra el monasterio de santa María de Alcobaça, fundado en 1153 por Afonso Henriques, primer rey de Portugal, así cumplió su parte en el trato que hizo con san Bernardo: si el santo le ayudaba a derrotar a los moros en Santarém, él financiaba un monasterio. Y como el santo cumplió su parte, el rey fundó este monasterio para disfrute de los frailes de la orden del Císter. La austeridad ornamental de la nave principal es total: ni un cuadro, ni un aplique para la megafonía, es la 'borrachera de sobriedad' que exigía san Bernardo. Esta austeridad no la aplicaron con la pitanza: los frailes que vivieron aquí en el siglo XVIII eran conocidos por su glotonería, hasta un canal atravesaba el monasterio y llevaba los peces a la cocina. Se obligaba a ayunar a los monjes que no pasaban por la puerta que llevaba al refectorio. No hay más que ver las colosales dimensiones de la cocina, si parece la de un gigante: ¡qué tamaño de mesa, de chimenea, de grifos... de todo!. Así estaban ellos de hermosos.
    El austero interior contrasta con la fachada barroca y, sobre todo, con los sepulcros del rey Pedro y de Inés, noble de origen gallego, protagonistas de una siniestra historia de amor en la que ella acabó asesinada por razones políticas. Hay dudas de si llegaron o no a casarse pero aquí están, con los sepulcros enfrentados por orden del rey Pedro.
    Aparcamos a la entrada de Óbidos, monumento nacional desde 1951. Óbidos es un coqueto pueblo medieval cuidado al detalle: flores en los balcones, fachadas coloridas, buganvillas, árboles frutales en los pequeños huertos y tentaciones para el viajero en forma de licor de cereza, pasteles moriscos, cerámica, camisetas con logotipos locales, ya sabes, incitaciones constantes para despertar los deseos dormidos del viajero y que deje el parné, que todos tenemos que vivir. Lo que más se promociona es el licor de cereza en su copita de chocolate ¡Beba a ginja e coma o copo!
    Llegamos a Sintra al anochecer y nos alojamos en Quinta Das Murtas, un hotelito familiar que quizá guste a los amantes de la naturaleza, sobre todo, si viajan con niños. En el patio de entrada, una pila de piedra alberga una pareja de carpas chinas (koi kawarimono) que se esconden bajo las plantas flotantes. Nuestra habitación se sitúa fuera del edificio principal, muy próxima al estanque de las carpas doradas y los patos. La vegetación la cubre por completo, techo incluido, solo la puerta permanece despejada. Por el jardín del hotel, que está pegado al comedor, campan a sus anchas diferentes tipos de loros. Si tienes el sueño ligero quizá te moleste el croar de las ranas.
    Aunque mi mujer y yo somos poco aficionados a la carne, tengo que reconocer que hacía mucho tiempo que no comía un solomillo de buey tan sabroso y tierno como el que hemos cenado en el Restaurante Regional de Sintra, justo al lado del ayuntamiento. ¡Qué bueno!

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