Los viajes de Mariano

Nueva Zelanda 2010

8 de noviembre, lunes

    Cuando nos acercamos al mostrador de Quantas en Heathrow nos informan que aún es pronto para despachar las tarjetas de embarque pero que las podemos obtener en el terminal de facturación automática. Lo intentamos, pero la máquina dice que no puede asignar asiento. Volvemos al mostrador y el asistente investiga. Al parecer, asociado con nuestro número de reserva figura un tercero, un tal Juan Santamaría, y que si le conozco. Pues no. Le desligan de nuestra reserva y después el mandria asegura que necesitamos visado para Australia ¿pero se ha vuelto loco o qué? El tipo nos envía a un tercero que por fin nos da las tarjetas de embarque hasta Sydney, aunque las maletas las facturan hasta Auckland. ¡Vaya lío!
    ¿Y a dónde van todos estos árabes en jagüayanas envueltos en una toallita blanca? Tal parece que salieran de la ducha. El aeropuerto está lleno de ellos. Su puerta de embarque indica Jeddah. Ahora está claro: van en peregrinación a La Meca, la ciudad más santa del mundo musulmán.
    El viaje se las trae: veintiocho horas desde Londres a Auckland, incluyendo las paradas en Singapur —una hora— y en Sydney —tres horas—. Sin embargo, no ha sido tan duro como imaginaba; te ves unas películas, te distraes con las comiditas del avión, estiras las piernas en Singapur —hay sillones de masaje gratuitos— y después te quedas traspuesto el resto del viaje hasta Sydney. Y lo más difícil ya ha pasado.
    Antes de llegar a Auckland rellenamos un impreso donde básicamente quieren saber si introducimos algún alimento, animal o cualquier cosa que ponga en peligro su biodiversidad. Lo mejor es decir la verdad ya que si te pillan con algo que no has declarado la multa es de 400 $NZ, o kiwis, como ellos llaman al dólar neozelandés. Yo, por si acaso, declaro que llevo una caña, carrete, cucharillas y peces artificiales. El control de bioseguridad se realiza justo antes de pasar por inmigración. Al ver que voy a pescar en su país me dan un folleto sobre los cuidados que debo tener con los útiles de pesca. Están muy preocupados con el dydymo, un alga indeseable que se encontró en 2004 en la parte baja del río Waiau, en la isla del sur, que amenaza con extenderse por el resto si no se toman medidas. Su introducción intencionada está penada con un máximo de cinco años en prisión.
    Las botas de los senderistas deben estar limpias, si no, te harán cepillarlas antes de pasar por inmigración.
    Cambiamos cuatrocientos euros, demasiados, para afrontar gastos menudos ya que casi todos los pagos los efectuaremos con tarjeta de crédito, que ofrece un cambio más ventajoso que el papel moneda.
    El traslado a nuestro alojamiento en Auckland lo resolvemos tomando el Super Shuttle, una buseta colectiva que nos deja en la puerta del hotel The Quadrant, un apartotel muy céntrico.
Vista de Auckland desde The Quadrant
    Son las cinco y media de la tarde. Salimos a patear la ciudad y nos encontramos una ciudad muerta, sin apenas gente por la calle y con casi todas las tiendas cerradas. ¿La razón? En Nueva Zelanda, los comercios cierran a las cinco y a partir de esa hora sólo quedan abiertos algunos restaurantes.
    Cenamos en el restaurante chino Crystal Harbour: un dim sum —rebozado de vegetales, gambas y sepia—, un plato de ternera con brócoli y pollo al limón crujiente. De postre: un pastel de calabaza con leche de coco.
    Regresamos por el muelle donde se nota un poco más de animación. Allí, activistas de Greenpeace sostienen una pancarta en contra de Fonterra: Stop milking our planet! Según Greenpeace, Fonterra es el mayor emisor de gases de efecto invernadero de Nueva Zelanda.

9 de noviembre, martes

    La camarera asiática que nos sirve el desayuno luce un tatuaje de flores de colores de lo más sofisticado en el brazo. El origen del tatuaje se desconoce aunque se sabe que la Polinesia cuenta con registros muy antiguos. Su objetivo era, sobre todo, asustar a los enemigos en la batalla. Los marineros que acompañaron al capitán James Cook en su navegación por la Polinesia reintrodujeron en Occidente el gusto por los tatuajes, ya que el emperador romano Constantino los había prohibido en el siglo IV.
    La mañana es nubosa, con claros de un azul luminoso y nubarrones grises. Vamos a visitar el museo de Auckland, así que atravesamos el parque Domain, lleno de árboles alucinantes y olor a hierba recién cortada. El museo contiene abundantes explicaciones aunque lo encuentro algo desordenado. La sección de Ciencias Naturales resulta interesante.
    Esta tarde volamos a Rarotonga, una isla de la Polinesia donde vamos a pasar una semana de relax. Parecería más lógico visitar la isla al final del viaje, para descansar, sin embargo, tratamos de evitar la temporada de ciclones, que comienza en diciembre.

8 al 16 de noviembre

   Disfrutando del sol, las playas y los arrecifes de coral de Rarotonga. Para ver el diario de nuestra estancia pincha aquí.

17 de noviembre, miércoles

    Aterrizamos en Auckland a las seis y media procedentes de Rarotonga (Islas Cook) y tomamos el avión de las ocho y media hacia Christchurch, la ciudad más poblada de la isla sur, con trescientos cincuenta mil habitantes.
    La mañana en Christchurch es algo fría. En cuanto recogemos las maletas de la cinta llamamos a un número gratuito de KEA y en quince minutos se presenta M. en su propio automóvil. M. es una malagueña que se ha venido a Nueva Zelanda con su novio porque las perspectivas en España no eran nada prometedoras. Con sus conocimientos de inglés, español, alemán e italiano ha conseguido trabajo en KEA. Dice que en Nueva Zelanda no hay paro y si necesitan tus conocimientos y la empresa te reclama, el resto resulta muy fácil.
    Enfrente de las oficinas de KEA, dos docenas de autocaravanas alineadas esperan a los clientes del día. Los trámites son muy rápidos. M. nos entrega decenas de folletos con información sobre el país y con importantes descuentos en entradas a las atracciones, interesantes para reducir la factura final.
    En quince minutos nos enseña cómo funciona la autocaravana: dónde está el cable de red, la manguera de agua potable, la de aguas grises, la casete de aguas negras, las botellas de gas, la calefacción, cómo rellenar el depósito de la descarga de agua en la taza del baño, los interruptores interiores, el nivel de las baterías, la cámara trasera, la televisión, etc. De todas formas, todo está explicado en los manuales que nos entrega.
Nuestro hogar durante veintidós días
    Antes de arrancar, revisamos que no quede nada suelto dentro de la autocaravana porque corre el peligro de romperse o de transformarse en un proyectil en caso de frenazo brusco o accidente. Es entonces cuando nos damos cuenta de que no hay espacio suficiente en los cajones para dos maletas duras; una tendrá que viajar siempre fuera, debajo de la mesa.
   La publicidad de KEA asegura que sus autocaravanas se entregan con menos de dos años y medio. ¿Cuántos kilómetros tiene esta? En el eje de la rueda trasera izquierda, un cuentakilómetros blindado marca 37032 y el interior parece muy nuevo. Durante el viaje surgirán pequeños fallos que ya comentaré.
   Lo primero es llenar la despensa. M. nos introduce en el navegador la dirección del Pack' n Save más próximo. El Pack' n Save, el New World, el Countdown o el Four Square son muy similares a cualquier hipermercado español, sólo la operativa al pagar con tarjeta es algo diferente: uno mismo introduce la tarjeta en el lector, escoge si el pago lo hace a débito o a crédito, tecleas el código secreto o, si no tienes clave, firmas el recibo mientras la cajera comprueba que tu firma y la de la tarjeta coinciden.
   ¿Y cómo resulta lo de conducir por la izquierda? Es más fácil de lo que parece ya que, en este país, las rayas del suelo están muy bien marcadas y, por ejemplo, es imposible entrar —o salir— mal en una glorieta porque las líneas pintadas en el suelo te guían en el sentido de giro adecuado. Más complicado me parece el manejo del cambio con la mano izquierda; a las seis marchas hay que añadirle que son de un recorrido mayor y menor precisión que en un coche y más de una vez engranas la quinta en vez de la tercera. Debemos acostumbrarnos también a mirar por los retrovisores laterales más que por el espejo interior; por este último se ve poco dada la elevada altura de la luna trasera. Y tener en cuenta que el vehículo se extiende un metro sobre nuestras cabezas, así que cuidado con las ramas de los árboles y las marquesinas en las ciudades.
   En Nueva Zelanda se puede pasar la noche en la autocaravana en cualquier lugar a no ser que expresamente se prohíba. Nosotros hemos preferido casi siempre acampar en campins ya que te ofrecen mayor seguridad y servicios por un precio muy razonable, entre dieciocho y veinticuatro euros por noche.
   Después de hacer las compras, tanteamos dónde pernoctar. Christchurch cuenta con un campin urbano, el Stonehurst, casi en el mismísimo centro, así que introducimos el nombre en el navegador y allá vamos.
   Christchurch es una ciudad con elevada calidad de vida, se nota enseguida. Como son más las cinco de la tarde, las calles comerciales están desiertas, sin embargo, las terrazas calefactadas de los restaurantes y bares de Oxford Tce, The Strip, se muestran animadas con profesionales que pisan moqueta.
Río Avon a su paso por The Strip
   Los refuerzos metálicos de muros y andamios alrededor de las torres de algunas iglesias recuerdan los daños sufridos por el terremoto de septiembre. Y se siguen produciendo réplicas, sin ir más lejos, el pasado domingo tuvieron uno de grado cinco.
   Desde la plaza Crowne, seguimos el recorrido del río Avon que serpentea por el mismo corazón de la ciudad, corre cristalino y brioso. Le echo un vistazo y enseguida diviso una trucha marrón de dos kilos apostada en su cazadero moviendo imperceptiblemente su aleta caudal. Las bateas con parejas se deslizan con suavidad sobre su superficie y el césped bien cortado invita a tumbarse a leer algún libro o darse el lote con la novia. Nos llama la atención que mucha gente viste de verano cuando el día invita a abrigarse. Desde el Puente del Recuerdo, truchas de gran tamaño y patos compiten por las migas que arrojan una pareja de turistas.
   Regresamos al campin para las nueve porque hace bastante frío.
   (Temperaturas de hoy: T mín = 12 º C; T máx = 20º C. Humedad media = 66 %).

18 de noviembre, jueves

   Hoy disfrutaremos de un día magnífico, completamente diferente al de ayer: soleado, con cielo despejado y una temperatura máxima de veintisiete grados.
Centro de Arte de Christchurch
   Aparcamos la autocaravana justo enfrente del Centro de Arte de Christchurch. Dentro, hay decenas de tiendas de sofisticada artesanía de cerámica, cuero y madera, pinturas (dibujos de Rhonda Campbell), fotografías de Kevin Clarke (su famoso 'Autobús rojo'), joyas, tallas maoríes, etc. Todo con mucho estilo y sentido artístico, y siempre con la etiqueta 'Hecho en Nueva Zelanda', por supuesto. La señora maorí que atiende la tienda de prendas de lanas luce un tatuaje muy tribal en la barbilla y en la boca. Los quesos y chorizos de la charcutería también llaman nuestra atención.
    El Museo de Canterbury se encuentra al otro lado de la calle y bien merece una visita, aunque sea rápida.
    El día de hoy es soleado, ideal para caminar por los senderos del Jardín Botánico y ver las sequoias gigantes, los bonsáis o el jardín de los rosales. Casi todas las rosas son injertos de laboratorio y huelen de maravilla. Y mira que nombres les ponen: Whisky Mac, White Ensign, Sunny Honey, Prima Ballerina, etc.
    Para comer, nos acercamos andando al centro de la ciudad, compramos una cajita de sushi en un japonés y ponemos rumbo a la Reserva Salvaje Willowbank, a seis kilómetros de distancia. Allí pasamos unas horas entretenidas con las anguilas, avestruces, canguros, monos capuchinos, faisanes del Himalaya, faisanes dorados, patos mandarines, lemures, cerdos kunekune, llamas, truchas y salmones, ¡un kiwi!, la paloma neozelandesa, keas, etc. Según reza un cartel de la reserva, Nueva Zelanda se ha mantenido aislada del resto de continentes mucho más tiempo que cualquier otra trozo de tierra, resultando que gran parte de su fauna y flora es endémica, sólo se encuentra aquí: así ocurre con el 100% de los murciélagos, de los anfibios y de los reptiles, el 90% de los peces de agua dulce y el 85% de las plantas.
    Llegamos a las diez al Rakaia River Holiday Park. Como soy pescador, la idea es escoger campins que me permitan pasar un par de horas de pesca al atardecer o al amanecer. Es sabido que Nueva Zelanda es uno de los mejores destinos del mundo para la pesca de truchas por su cantidad y su calidad y ejemplares por encima del kilo son comunes. Todo mi arsenal consiste en una caña telescópica de veinte euros, un carrete Mitchell, unas cucharillas y unos peces artificiales. Veremos si tengo suerte y soy capaz de pescar algo.
     Probamos el horno de la autocaravana y el pescado sale genial, lo acompañamos con unos espárragos trigueros a la plancha.

19 de noviembre, viernes

   Un salmón disecado de unos quince kilos preside la pared de la recepción del Rakaia River Holiday Park. El río Rakaia es el mejor río salmonero de Nueva Zelanda y según muestran las fotografías, hasta las abuelitas y las criaturas de doce años pescan truchas y salmones monstruosos. Con esta inmejorable perspectiva, me acerco al río para inspeccionarlo. Un cartel en el acceso al río informa que las especies permitidas son el salmón chinook y la trucha marrón. Límite: dos truchas y dos salmones. Métodos de pesca: todos (incluido el pez vivo). En el pinar, camino del río, me cruzo con un pescador que me comenta que ayer mismo pescó una trucha marrón de dos kilos y medio a cucharilla. No lleva cesta ni sacadera, tan sólo una botella de agua de dos litros y la caña, claro. El río es de corriente rápida, pedregoso, poco profundo y de aguas algo teñidas. Mi moral está muy alta cuando hago mis primeros lances aunque me doy cuenta que la zona no reúne las mejores condiciones. Pesco con cucharilla, Rapala sumergido, flotante... nada, ni un toque. Para las doce me rindo y digo adiós al Rakaia. Otra vez será.
Piedras esféricas en la playa de Moeraki
   En el Centro de Visitantes de Oamaru nos informan que para observar los pingüinos azules o los de ojo amarillo hay que esperar hasta el anochecer, que es cuando regresan a sus madrigueras. Como aún es pronto, decidimos seguir adelante, ya habrá más oportunidades de verlos en la Península de Otago.
    Cuando llegamos a Moeraki, tenemos suerte que la marea está baja y podemos ver las piedras esféricas de Moeraki. A lo lejos, se divisan delfines saltando sobre la superficie del mar.
    A la entrada del campin de Moeraki nos saludan varios conejos y perdices.
   Al atardecer nos acercamos andando hasta el antiguo embarcadero para cenar en Fleur's Place, un restaurante pintoresco al lado del mar que está de bote en bote. Aceptamos cenar en el mostrador, ya que no hay mesas libres, pero pronto se desaloja una y podemos comer cómodos. De primero, compartimos media ración de mejillones verdes —¡la ración completa son veinticuatro unidades y son enormes!— y de segundo, tomamos bacalao azul en salsa de alcaparras y lima, regado con un pinot gris fantástico: Peregrine, de la zona central de Otago. Hay que reconocer la excelencia de los mejillones verdes, tienen un sabor a mar inigualable. Los probaremos más veces a lo largo del viaje, ya lo creo.

20 de noviembre, sábado

   Cuando llegamos al mercado de granjeros de Dunedin aún sigue lloviendo, no mucho, pero no para. Compramos un lenguado a buen precio y mejillones verdes y aparcamos cerca del centro para visitar la Galería de Arte Municipal.
    Para no perder tiempo cocinando, nos mercamos unos kebap de pollo en el Turkish Cafe y ponemos rumbo a la calle Baldwin, anunciada como la calle asfaltada de mayor pendiente del mundo. Mucha gente sube con el coche hasta arriba; nosotros no nos atrevemos ya que es una calle sin salida y puede que no haya sitio para que la autocaravana de la vuelta. Preferimos subir andando.
    Ahora salimos hacia la playa Sandfly, en la Península de Otago, a ver los pingüinos de ojo amarillo. El paisaje es espectacular: una sucesión de suaves lomas redondeadas de un verde intenso salpicadas de puntos blancos, las ovejas, con un fondo de mar y neblina.
Paisaje de la Península de Otago
   Para llegar al mirador de los pingüinos hay que recorrer toda la playa y sortear los enormes machos de lobos marinos que descansan sobre la arena. En la cabaña, una cuidadora voluntaria del Departamento de Conservación (DOC) nos instruye sobre estos pingüinos: "Salen de madrugada y se alimentan a unos veinte kilómetros de la costa. Regresan al atardecer o por la noche si tienen crías en el nido, sino, pueden pasar dos o tres días en el mar. Se alimentan de peces y calamares a profundidades de unos treinta metros. Los machos pueden vivir hasta los veinticuatro años, las hembras, la mitad. Este pingüino está en peligro de extinción debido a las zarigüeyas, que se comen sus huevos, y a la destrucción de su hábitat. Ya no quedan más de cuatro mil ejemplares. Se considera uno de los pingüinos más raros y el más antiguo de todos los que aún viven. Siempre orientan su nido para que quede oculto a la vista de los demás. En 2004, su población sufrió una debacle, el 60 % de las crías murieron por una infección causada por un patógeno desconocido".
     ¿Y ahora, en noviembre, tienen polluelos? "Sí, la puesta de los huevos suele ser en septiembre, así que ahora los polluelos están en los nidos y para febrero ya serán independientes".
     Mientras nos cuenta todo esto, distinguimos a lo lejos un pingüino saliendo del mar, salta de roca en roca y después enfila ladera arriba hacia su madriguera. Nos sorprende la altura a la que sube, se ve que su prioridad es encontrar la mayor intimidad posible.
Pingüino de ojos amarillos
Cuando ya nos marchamos aparece otro en medio de la playa pero vuelve al agua al ver demasiados turistas. Uno más asoma cerca de las rocas. Cuando un turista se acerca demasiado con su cámara que, por cierto, monta un zoom impresionante, una cuidadora le llama la atención sobre su actitud. Las normas que hemos leído a la entrada de la playa dicen que debemos mantener una distancia de al menos cien metros con los pingüinos.
    Justo al atardecer acudimos a la cita con los pingüinos azules de la playa Pilot. Es la especie más pequeña del mundo, apenas sobrepasan los cuarenta centímetros. Dicen que regresan a la madriguera justo al oscurecer. Al llegar a la playa nos encontramos con dos docenas de turistas que esperan detrás de la valla. Hace frío y un poco de viento y es imposible estarse quieto. En los alrededores descubrimos conejos por decenas. Como estaba previsto, justo cuando apenas se ve, media docena de pingüinos salen del agua. Tras atravesar un grupo de gaviotas enfilan ladera arriba buscando su nido, hacia nosotros. Desaparecen tras una duna y reaparecen a dos metros de nuestra posición para esfumarse otra vez tras unos matojos. Otra cuadrilla regresa al mar inmediatamente, parece que el flash de alguna cámara les ha asustado. Nos marchamos enseguida, ya no se distingue una gaviota de un pingüino. ¡Y qué frííío!
     Tratamos de alcanzar algún campin antes de las diez, ya que después suelen cerrar. Lo conseguimos por los pelos y pasamos la noche en el campin Portobello.

21 de noviembre, domingo

   Nuestro próximo destino es el fiordo Milford Sound, así que en Balclutha tomamos la dirección oeste por la State Highway 1. El paisaje no cambia: valles inmensos con prados verdes con vacas y ovejas. Al pasar por Gore es imposible no advertir la estatua gigante de una trucha marrón. Sus habitantes pretenden que se conozca su pueblo como la capital mundial de la pesca de la trucha. Quizá sea exagerado, lo cierto es que el río Mataura tiene la reputación de ser uno de los mejores del mundo para pescar por su facilidad de acceso, la cantidad y peso de los ejemplares de trucha (ocasionalmente algún salmón también). También es sede de un festival de música campera en junio.
     Está muy nublado y el viento mueve la autocaravana. Continuamos por la Carretera Presidencial y paramos en el parque de Clinton para comer. Por cierto, los nombres de estos dos pueblos no tienen nada que ver con los personajes que todos imaginamos, ambos nombres pertenecen a políticos del siglo XIX.
     A pesar del mal tiempo, una pareja juega con sus hijos descalzos en la zona de juegos infantiles del parque. Una cosa que llama mucho la atención en Nueva Zelanda es la cantidad de gente que anda sin zapatos. Ya lo habíamos notado en Rarotonga, donde los nativos, a menudo, caminan y corren descalzos. Si has visto la película 'El Jinete de Ballenas', te habrás dado cuenta que la chica maorí protagonista Pai siempre va descalza. En el club de los descalzos hay de todo: los que limitan esta actividad a los confines de su casa o jardín y los que opinan que el uso de los zapatos da más problemas al pie y al tobillo que los que evitan y abogan por andar descalzos siempre. Lo cierto es que no es infrecuente toparse con niños y adolescentes que caminan de esta guisa en los hipermercados y otras tiendas, aunque a veces se prohíbe explícitamente mediante carteles; argumentan que el cliente podría cortarse con algún cristal y demandar a la cadena.
     Hemos visto gente descalza hasta en los aviones aunque no siempre se permite. Los defensores de andar con los pies desnudos no comprenden por qué está prohibido entrar descalzo a un avión y no con jagüayanas ¿Qué diferencia hay? ¿Es antihigiénico? En una escuela hemos visto a todos los alumnos jugar descalzos, pero, todo hay que decirlo, el césped era verde y mullido. Incluso tenían un grifo a la entrada de las aulas para lavarse los pies. Lo cierto es que, a pesar de todo, parece una moda en regresión; cada vez son más los que calzan deportivos de moda.
     Tomamos alojamiento en el campin Te Anau Lakeview, que es el más cercano al fiordo. A pesar del viento y del frío, volvemos atrás unos kilómetros para pescar dos horas en el río Whitestone. Siento una picada y para de contar. Las gaviotas se reúnen a centenares en una playa del centro del río para pasar la noche.
     Volvemos al campin y cocinamos una sopa de cebolla y el lenguado.
     A pesar del magnífico aislamiento de la autocaravana, hemos tenido que encender la calefacción de gas unos minutos para entrar en calor.

22 de noviembre, lunes

   Somos afortunados, el día ha salido soleado y bastante despejado; no lloverá en todo el día. Y digo esto porque el fiordo Milford Sound es una de las zonas del mundo donde más llueve: nueve metros de media al año. Compáralo con la Sierra de Grazalema en España, tan solo dos metros.
     Después de comprar algunas provisiones en el Four Square de Te Anau y llenar el depósito de combustible, ponemos rumbo a nuestro objetivo de hoy: el fiordo Milford Sound.
    Por la carretera, muy poco tráfico, como siempre, eso sí, bastantes grupos de motoristas que se lo pasan en grande paseando las barbas y chupas de cuero sobre sus Harley-Davidson.
Keas
     En los ciento diecinueve kilómetros que separan Te Anau del fiordo Milford Sound hay algunas paradas interesantes: miradores, caminos para hacer senderismo, cataratas, el túnel Homer, etc. Todo está bien señalizado y con aparcamiento suficiente para coches, autocaravanas y autobuses.
     Este tramo de ciento diecinueve kilómetros, también llamado ruta Milford, pasa por algunos de los paisajes más bellos de Nueva Zelanda. Sin embargo, también presenta una tasa de mortalidad por accidentes de vehículos del doble de la media, así que... mucho cuidado.
    Paramos en los lagos Mirror. Los murales informativos explican el problema que tienen con los millones de zarigüeyas y armiños que pueblan el país. Los armiños se introdujeron en 1884 para controlar a los conejos y las zarigüeyas en 1837 para hacer negocio con su piel. Pocos imaginaban que su introducción pondría a los pájaros nativos (kiwi, takahe, kakapo, weka, kea) y pingüinos al borde de la extinción. Como ejemplo, se estima que las armiños matan el sesenta por ciento de los huevos de kiwi, los hurones, perros y gatos matan un treinta y cinco y sólo un cinco por ciento sobrevive.
     El Departamento de Conservación les ha declarado la guerra y han dispuesto trampas y cebos envenenados por todo el país. Las carreteras de Nueva Zelanda están llenas con cadáveres de estos animales.
    Al detenernos en el mirador Monkey Creek advertimos que los kea han perdido el miedo a los humanos, se posan sobre los retrovisores de los coches o se acercan en cuanto ven a cualquiera con alguna cesta de comida. Y si te descuidas ¡te la roban de la mano! Pueden ser realmente pesados; ya lo advierten los carteles: "No alimentes a los keas o se convertirán en una plaga". ¡Algunos arrancan las gomas de las ventanillas con su poderoso pico!
     En una bajada muy pronunciada llena de curvas tengo que hacer uso de los frenos frecuentemente porque el vehículo se embala y notamos un olor a quemado y el tacto del freno cada vez más esponjoso. Me alarmo y paro en cuanto veo una playa. Esperamos veinte minutos y seguimos, afortunadamente sin ningún sobresalto más.
     El túnel Homer atraviesa 1270 m de montaña y es como una atracción más: poco iluminado, paredes y suelo irregulares, goteras, desnivel de 120 m. entre la entrada y la salida, uf... ¡toda una experiencia atravesarlo!
En el fiordo Milford Sound algunas montañas se elevan hasta los 2014 m (Mt. Pembroke)
     Para visitar el fiordo Milford Sound, hay varias opciones en cuanto a tiempo y recorrido. Nosotros escogemos el barco Lady Brown de las cuatro menos cuarto que hace un recorrido de dos horas y cuarto, pasa por las cataratas lady Bowen (161 m.), Stirling (151 m.) y Fairy. Ojeamos focas soleándose en una gran roca y algún pingüino pero en esta ocasión, ningún delfín.
     Es una lástima que nuestro barco no visite el observatorio bajo el agua —¡hay que madrugar más!— ya que este lugar ofrece la peculiaridad de que las abundantes lluvias acumulan una capa de cinco metros de agua dulce con mucha materia orgánica que no deja pasar la luz y debajo se reproducen condiciones propias de mayores profundidades, lo que permite encontrar a veinte metros bajo el mar, animales que normalmente se dan a mayor profundidad.
Acampada libre en el área de Smithy Creek
   Regresamos a puerto a las seis y media y acampamos en Smithy Creek, un área habilitada para acampar por el DOC. Como el río corre próximo, me acercó hasta él con mi cañita. Mientras me alejo veo que una furgoneta del DOC se aproxima a nuestra autocaravana. Mi mujer me comenta más tarde que recaudaba la tarifa por acampar, en este caso, 5 $NZ por persona.
     El río Eglinton baja fuerte y cristalino, quizá demasiado impetuoso para pescar. Lanzo en perpendicular pero en cuanto el pez artificial se orienta con la corriente casi se sale del agua por la tremenda velocidad del río. De todas formas, el agua es tan clara que no hace falta ni lanzar, ya se ve que no hay peces, al menos en el tramo que yo recorro.
     Regreso hacia la autocaravana por un campo repleto de altramuces morados y amarillos. Diviso una charca. Me asomo. ¿Y qué veo? Una anguila gigante de aleta larga buscando insectos acuáticos entre el limo del estanque. Ésta no es muy grande, pesará unos tres kilos. Debe estar hambrienta porque, lo normal es que cacen de noche.
     Así que truchas, ninguna, pero moscas (sandfly)... a millones. Son diminutas, no más de tres milímetros. El macho es vegetariano pero la hembra necesita sangre para producir los huevos. De noche no pican porque no ven. Menos mal que he sido previsor y me he llevado el repelente y una visera, aunque aún así, no me he librado de dos picaduras. La malla de las ventanas de la autocaravana es muy tupida y las moscas no pueden entrar pero basta que se abra la puerta para que se cuelen por decenas. Por fortuna llevamos insecticida y además son muy fáciles de matar digitalmente.

23 de noviembre, martes

    ¡Vaya rocío ha caído esta noche! Desayunamos en las mesas de pic-nic aunque las moscas ya comienzan a mostrar actividad. La mañana es fresca y de cielo despejado.
    Regresamos hasta Te Anau y desde allí seguimos por la SH 94 hasta Castlerock —curiosas formaciones rocosas—, cruzamos el río Oreti y tomamos la SH6 justo en el tramo conocido como 'Ruta de los Cinco Ríos'. Continuamos paralelos al río Mataura y después por la margen derecha del lago Wakatipu, otro de los escenarios escogidos para la saga 'El Señor de los Anillos'.
    La carretera cruza cientos de arroyos, riachuelos y ríos y no importa que los más pequeños no superen el metro de anchura, todos muestran un cartel con su nombre.
Playa de Queenstown, capital mundial de los deportes de riesgo
   El paisaje es fabuloso: las montañas nevadas a lo lejos y sobre el verde paisaje destacan unas flores amarillas que encontraremos por todo el país, sobre todo en la isla de sur, son las retamas, aulagas y altramuces o lupinos, de estos últimos, además de amarillos, los hay de color azul, blanco y lila. Curiosamente, mientras los turistas relacionamos estas pinceladas de color con una imagen de belleza, los neozelandeses las consideran una mala hierba.
    Y por fin llegamos a la renombrada Queenstown, una pequeña ciudad de 8500 habitantes muy agradable, a orilla del lago Wakatipu y rodeadas de montañas. La ciudad está tomada por la juventud. Se respira una atmósfera de placidez, de retiro vacacional, con las terrazas llenas de gente tomándose un café o saboreando un helado en Patagonia. De los picos más próximas vemos cómo descienden varios parapentes y del pequeño puerto zarpa lánguidamente el centenario TSS Earnslaw con su carga de turistas.
Puente sobre el río Kawaru
   Deambulamos un poco por las calles y fisgamos en un par de tiendas de ropa deportiva, que hay muchas. Después de comer pasta en un tailandés y degustar un estupendo helado de chocolate con macadamias en Patagonia, seguimos nuestro camino hacia los glaciares.
    A veintitrés kilómetros de Queenstown nos detenemos en el puente sobre el río Kawarau, famoso por ser el primer lugar donde se comercializó el salto con cuerda desde puente. Cuando llegamos ya han cerrado y no hay actividad. Siento envidia de la gente que es capaz de vencer el miedo por saltar, dicen que es una actividad muy adictiva, que el corazón se te pone a doscientas pulsaciones antes del salto y que justo cuando te da el tirón te quedas ciego durante dos segundos. Son sólo unos instantes en el aire, pero dicen que no se olvidan en la vida, como el primer beso francés o el primer embate sexual. Saltar desnudo es todavía una opción permitida, pero ya no es gratis como antaño, se hizo demasiado popular y cancelaron la gratuidad hace muchos años.
    Nos alojamos al atardecer en el Lake Outlet Holiday Park, a la orilla del lago Wanaka. El río Clutha nace en el lago y durante mi paseo vespertino por su orilla compruebo que es un auténtico paraíso truchero: en las tablas, innumerables truchas boquean con la serena, ejemplares eminentes de no menos de tres cuartos de kilo. A pesar de su imponente caudal, sus aguas son tan increíblemente transparentes que los peces se divisan a decenas de metros. Mañana probaré fortuna.
   (Temperaturas de hoy: T mín = 2,4 º C; T máx = 18,2 º C. Humedad media = 61 %).

24 de noviembre, miércoles

    Los conejos y perdices corren a sus madrigueras mientras me dirijo, a las seis de la mañana, hacia el río Clutha. La luna aún no se ha ocultado detrás de las montañas. Cielo raso, buena temperatura. Avanzo hasta sobrepasar la boya amarilla que limita el tramo de pesca con látigo. A partir de aquí, el río cambia de
Río Clutha
aspecto y las tablas dejan paso a las aguas rizadas más profundas. Cuando lanzo sobre una gran masa de agua con lecho de grandes piedras, una trucha grande, a poco de dos kilos, sube con parsimonia, como a inspeccionar mi pez artificial y... lo desdeña. Continuo pescando con intensidad pero tan solo consigo algunos seguimientos de truchas medianas. Cuando regreso al campin paso de nuevo por la zona de pesca a mosca y observo de nuevo gran cantidad de truchas, algunas apenas a un metro de la orilla, casi inmóviles. Cuando me aproximo, optan por largarse tranquilamente hacia aguas más profundas. A pesar del bolo, he disfrutado de lo lindo del paseo matutino por la orilla de este fantástico río.
    Salimos del campin hacia las diez y al pasar por Wanaka repostamos combustible, llenamos la despensa y, de paso, compro en una tienda de pesca dos Diablos de Tasmania y un Rapala hundido.
    Hacia las diez ponemos rumbo a la costa oeste por la SH6, dejando atrás los lagos Hawea y Wanaka. Circulamos paralelos al río Makarora, que desemboca en el extremo norte del lago Wanaka. Después, paramos a contemplar las cataratas Faintail que desaguan en el río Haast. Como veis, el agua sigue siendo protagonista.
   Tras una larga bajada paramos un rato al lado del puente sobre el río Haast, para verle saltar entre grandes piedras. Mi olfato me indica que no somos los únicos a los que los frenos les huelen a quemado.
    Orilla de la carretera reparamos en los carteles que anuncian la venta de whitebait, ¿qué será eso?
    Ya cerca del mar, nos detenemos de nuevo, esta vez, para admirar las fabulosas vistas desde el puente sobre el río Arawata. Impresionante panorámica. ¡Qué ría tan espectacular! Me dan unas ganas terribles de bajar a echar unos lances pero, en fin, si sucumbo a mis impulsos de pescador no haría otra cosa en todo el día.
    Los 24 Km. que nos quedan hasta llegar al final de la carretera son solitarios, apenas nos cruzamos con un coche y alguna autocaravana. La carretera se estrecha y la vegetación se ciñe a los bordes de la carretera. Abundan los helechos. Al fin llegamos a Jackson Bay; una minúscula aldea de pescadores. Parece que estuviéramos en el lugar más recóndito de la isla.
   El pueblo es realmente minúsculo; sólo hay un restaurante estrecho y alargado que parece un vagón de ferrocarril. Cierra a las tres y media y a pesar de su nombre, 'Cray Pot', sólo sirve el popular fish and chips. En la lonja del pescado preguntamos si les queda algo y nos dicen que hace media hora que salió el camión.
Recién sacada de su cueva en la playa Ocean
    Después de aparcar cruzamos un bosque de helechos y nos acercamos hasta la playa Océano. Una pareja nos adelanta por el camino ¿A dónde irán con tanta prisa? Cuando llegamos a la playa, que más que playa es un roquedal intermareal, el hombre se pone un traje de neopreno, gafas, tubo y armado con una bolsa, avanza hacia el mar, aunque el imponente oleaje no invita al baño precisamente. Su mujer se queda en tierra con cara preocupada. Le prestamos nuestros prismáticos para que pueda vigilar a su marido. ¿Y qué pesca? Pues langostas. Se encuentran a tres o cuatro metros de profundidad y las atrapa metiendo las manos desnudas en las cuevas. En invierno las venden pero las de hoy son para su propio gozo. Nos enseña también las paua, palabra maorí para los abalones, que son parecidas a nuestras lapas pero en tamaño gigante. Hurga entre las piedras de un estanque de la bajamar y nos muestra una paua, aunque nos advierte que esta no es legal; la talla mínima es 120 mm. Las grandes viven en la zona submareal. Todo se aprovecha de este molusco: la carne para comer y la concha en abalorios. Se cotizan muy bien. Nos sorprende que las rocas estén repletas de bígaros de buen tamaño; nos aclara que aquí no tienen costumbre de comerlos.
    Tras media hora en el agua, su marido regresa con cuatro langostas, la mayor de un kilo. Le preguntamos si nos venden una y… ¡sorpresa!, ¡nos la regala! Volvemos tan contentos a nuestra casa rodante y la preparamos en infusión, acompañada con un Mount Vernon, sauvignon blanc de la zona de Marlborough. Bonísima.

25 de noviembre, jueves

    Cuando echamos un vistazo por la ventana divisamos al vecino de la autocaravana pescando desde el embarcadero de Jackson Bay. Espero que se haya rociado bien con repelente porque esta mañana los mosquitos se muestran muy activos.
    Paramos en el súper On the Spot Express de Haast, bien surtido y además con baño, internet, correo electrónico, programas telefónicos, librería, cafetería, etc.
    La vegetación de la costa oeste es fantástica; los árboles forman agrupaciones de denso ramaje que parecen como repollos de brócoli. Paramos en el Knights Point, un punto de vista sobre el acantilado que mira al salvaje mar de Tasmania. Se ve bien poco, hay mucha niebla.
    Paramos en el Salmon Farm Café & Shop, donde además de tomarte un tentempié y un café puedes ver desde la terraza miles de salmones nadando en redes circulares alimentados por las cristalinas y oxigenadas aguas del río Waituna. Lo más espectacular son unos pocos salmones enormes y robustos, como de diez kilos, que nadan en el exterior de las redes.
   Entramos en el Parque Nacional Westland Tai Poutini, una zona con ciento cuarenta glaciares en un área de 200 Km². Nuestro objetivo son los glaciares Fox y Franz Josef; son de lejos los mayores y lo mejor de todo: son accesibles tras un corto paseo andando.
    Para la una llegamos al glaciar Fox y una enorme explanada, por donde antiguamente corría el glaciar, nos sirve de aparcamiento. Antes de la caminata, comemos en la autocaravana y nos informamos un poco sobre los glaciares.
    ¿Y qué es un glaciar? Un glaciar es una enorme masa de hielo que se mueve valle abajo muy despacio. La cabecera o circo glaciar recoge la nieve que permanece a temperaturas bajo cero. El glaciar Fox recorre trece kilómetros y salva un desnivel de dos mil seiscientos metros. Según desciende a cotas más bajas la temperatura aumenta y el hielo se derrite. ¿Cuánto avanza un glaciar? Cuando la cantidad de nieve acumulada arriba es superior a la que se derrite en el extremo inferior, el glaciar avanza. Desde el fin de la Pequeña Edad de Hielo, alrededor de 1850, los glaciares de todo el mundo han retrocedido, y mucho. El Fox y el Franz Josef no son una excepción: en cien años se han acortado dos kilómetros y medio, aunque desde 1985 avanzan a razón de un metro diario debido al aumento de precipitaciones de nieve y al efecto del Niño de 2002.
Glaciar Fox
    Tras una fácil caminata de unos treinta minutos llegamos hasta el límite de seguridad, que nos deja a doscientos metros de la zona de ablación. El límite está bien señalizado con cuerdas y carteles. A pesar de esto, el año pasado murieron dos hermanos australianos sepultados por cien toneladas de hielo. Se acercaron demasiado para hacer fotos.
    Mucha gente camina sobre el glaciar pero para eso hay que contratar un guía experimentado, alquilar botas adecuadas y estar en buena forma física.
    La lluvia desbarata nuestros planes de visitar esta tarde el otro glaciar, el Franz Josef, así que nos instalamos en el campin Rain Forest Retreat, algo laberíntico y de calles estrechas, inmerso en la atmósfera húmeda de un bosque lluvioso, con helechos por todas partes y nubes blancas muy bajas. El campin cuenta con sauna escandinava, espá privado y piscina climatizada. Como la piscina está llena de gente, reservamos para el privado y en cuanto aparcamos la autocaravana nos sumergirnos en pelotas en las burbujeantes y calentitas aguas del espá.
    Luego damos una vuelta por el pueblo, donde hay poco que ver: una gasolinera, varios restaurantes, un súper, tiendas de recuerdos, agencias de viajes y hoteles, ¡ah! y un edificio dedicado a los kiwis rowi, uno de los más raros, sólo quedan trescientos setenta ejemplares y se encuentran a unos veinte minutos de aquí, libres en la naturaleza.
    En campin ha colgado el letrero de "lleno", sin embargo, sólo se oye el canto de los pájaros.

26 de noviembre, viernes

    El tiempo en este país es muy variable. Ayer el día era nublado y tristón, hoy no se ve una nube en el cielo. Mejor.
    Todas los grifos de agua potable de las parcelas de este campin contienen un accesorio roscado adicional que no es compatible con la manguera de la autocaravana. Por regla general, se desenrosca y asunto solucionado. Pero éste no, está tan apretado que parece soldado. Pregunto a dos de mis vecinos, que resultan ser franceses, y veo que tienen el mismo problema. Las chicas de la recepción son de escasa ayuda porque me dan la alternativa de tomar agua de un grifo que no es de agua potable. Cuando regreso hacia mi parcela con la manguera en la mano, un empleado de mantenimiento me aborda y me da la solución: desmontar el accesorio de toma de agua de mi manguera e instalarlo en otra manguera de agua potable cercana a los baños. Asunto solucionado.
Glaciar Franz Josef
    La distancia entre el pueblo Franz Josef y el glaciar es de tan sólo cinco kilómetros, así que enseguida estamos aparcando en los lugares habilitados para las autocaravanas. Un corto paseo nos acerca a doscientos metros de la lengua del glaciar. Se puede caminar sobre el hielo, pero sólo con guías, aún así, en junio de este año murió un turista australiano que participaba en una excursión guiada.
    Después, ponemos rumbo a Punakaiki y al cruzar Hokitika nos detenemos en el súper New World donde compramos unos lomos de un pescado llamado groper.
   Pesco durante hora y media en la ría de Hokitita, al lado del monumento al aviador, en el cruce de la ría con la carretera. Las aguas están casi muertas ya que en marea baja, apenas se produce contacto entre la ría y el mar. En uno de mis lances, un pez como de tres kilos, de laterales anaranjados, sale de un pozo de aguas oscuras y me sigue el señuelo hasta aguas más someras, justo entonces da media vuelta y regresa al pozo. Mi pulso se acelera. Sigo lanzando, por supuesto, pero no obtengo ninguna respuesta. De vuelta, observo en el agua una gran red armada con anillos longitudinales dispuesta sobre el lecho de la ría. ¿Qué pescan? Whitebait.
    Seguimos carretera adelante y al atardecer llegamos a Punakaiki para ver las formaciones rocosas llamadas Pancakes. Hace mucha niebla y el mar de Tasmania está muy furioso. Es todo un espectáculo ver como chocan las olas contra las rocas.
    Regresamos a Greymouth y acampamos en el Top Ten Holiday Park.

27 de noviembre, sábado

   Dos wekas merodean entre los arbustos del campin. Enseguida salimos de la autocaravana para verlos más de cerca. El weka es un pájaro endémico, no volador. Los lugareños no les hacen ni caso, acostumbrados a ellos, les deben parecer meras gallinas.
Río Waiau
    La mañana se ha levantado muy nublada. Es momento de dejar la salvaje costa oeste y el mar de Tasmania y pasar a la costa este. Kaikoura nos espera. Salimos de Greymouth para las diez, cruzamos el río Grey y continuamos por la SH7 río arriba hasta Reefton. Vamos solos, cruzando pueblos minúsculos: Taylorville, Stillwater, Ngahere, Ahaura, Ikamatua...
    A la hora de comer aparcamos en una amplia playa de la carretera al lado del río Waiau, poco antes de Hammer Springs. Mientras mi mujer disfruta cocinando yo aprovecho para pescar en el río. Al segundo lance me pica una trucha pequeña que salta fuera del agua y se desanzuela. Sigo vareando cien metros de río y a pesar del sugerente aspecto del Waiau me voy con un nuevo bolo. Para rematar, dejo el Rapala imitación trucha comprado en Queenstown enganchado en el lecho. Eso sí, aunque no pesque, basta levantar los ojos para disfrutar de un paisaje que a mí me cautiva.
    En Kaikoura nos alojamos en el Top Ten Holyday Park, justo al lado de la playa.
    Aunque son las ocho y todo estará cerrado nos damos un paseo hasta el centro del pueblo caminando por la playa de guijarros. En la desembocadura de un pequeño regato encontramos a dos mujeres ataviadas con vadeadoras y un cedazo, ¿Qué pescarán? Pescan whitebait, los alevines del inanga; un pez de agua dulce muy extendido en el hemisferio sur. Es un bocado exquisito que se cotiza a precios elevados en las pescaderías. Los inanga ponen sus huevos en las orillas de los ríos y durante las crecidas de la primavera son arrastrados al mar donde después de pasar seis meses regresan al río, momento en que los depredadores, incluido el hombre, están bien atentos para hincarles el diente.
Whitebait
    Esta pesca parece poco productiva; a cada golpe de ola orientan el cedazo a la corriente y lo levantan sacando apenas dos o tres alevines, aunque nos comentan que según suba la marea entrarán más. Nos aseguran que lo típico es comerlos en tortilla hecha sólo con la clara del huevo para no interferir demasiado con el sabor del whitebait. Debajo de un puente que atraviesa el regato observo varias truchas casi inmóviles; seguramente esperan que suba la marea y con ella los alevines, bocado suculento también para ellas.
    El campin tiene una gran cama elástica, que por cierto, parece el pasatiempo nacional. En los jardines de las casas se ven con mucha frecuencia.
    Hoy nos cenamos el blue groper al horno. Está riquísimo, parece mero, de hecho son parientes. Para los amantes del pescado, Nueva Zelanda es un lugar magnífico ya que los locales no lo valoran y su precio está muy contenido. Este magnífico mero nos salió a veintiocho euros el kilo. Date cuenta.

28 de noviembre, domingo

    Ni una nube en el cielo, qué suerte. Después de avisar en la recepción del campin que nos quedamos un día más, salimos hacia la península de Kaikoura y aparcamos en Point Kean, al final de la Fyffe Quay. Desde aquí sube el camino que bordea el acantilado. La península es una sucesión de pequeñas bahías a cual más espectacular y la vida bulle en ellas: las focas descansan sobre el roquedo, los cormoranes vigilan el horizonte desde las sierras más altas de los peñascos y las gaviotas se reúnen en grandes bandos sobre la arena. Mientras, las olas forman grandes extensiones de espuma al golpear contra las rocas emergentes y mueven con violencia unas algas de consistencia gelatinosa.
Península de Kaikoura
    Cuando regresamos al aparcamiento de Point Kean advertimos que la marea baja ha dejado al descubierto más de cien metros de roca intermareal. Exploramos la plataforma rocosa sorteando las grandes focas, brillantes anémonas en las charcas y gran cantidad de bígaros de buen tamaño. Una grulla busca alimento en el roquedal intermareal.
    Visitamos la pescadería Fresh Fish, cercana al campin. Hoy compramos pez limón, whitebait a 125 $NZ/Kg y los mejillones verdes que tanto nos gustan.
    El producto turístico más vendido en Kaikoura es el avistamiento de ballenas. Por 140 $NZ por persona, tienes derecho a dos horas y media de travesía marítima con posibilidad de ojear ballenas (azules, jorobadas, pilotos, cachalotes), orcas asesinas, delfines Héctor — que son los más pequeños del mundo—, focas y albatros errantes. Te devuelven el ochenta por ciento del importe del billete si no se avista ninguna ballena.
    El edificio donde se reserva los billetes está justo al lado del camping, al otro lado de las vías del tren. Llegamos para las tres y media y nos hacen pasar a una sala donde se proyecta la película Ballenas, delfines y focas de Big Fish Productions. ¿Sabías que todos los cachalotes (Physeter macrocephalus) juntos comen más pescado en un año que todos los seres humanos del mundo? ¿Que pueden vivir hasta los setenta años y son capaces de alcanzar los tres kilómetros de profundidad en busca de sus presas? Se alimentan de pulpos, sepias y calamares —incluidos los calamares gigantes, sí, esos que llegan a pesar quinientos kilos— y otros peces, como el enigmático tiburón de boca ancha de las profundidades. Y cosa curiosa: aunque tienen dientes, los utilizan para defenderse de las orcas asesinas o de otros machos, no para alimentarse.
    Nos conducen en una buseta hasta el muelle y embarcamos en el Kaitea, un catamarán moderno y cómodo. Zarpamos a las cuatro y veinte. Al de media hora de travesía, el capitán nos avisa que salgamos fuera. Allá, a lo lejos, como a doscientos metros, se distinguen dos manchas grises en un visto y no visto porque el oleaje es fuerte y las crestas y los valles de las olas se suceden constantemente. El guía asegura que son los lomos de dos cachalotes. Vemos la cola completa de uno de ellos al tomar impulso para sumergirse en vertical. Cuando los cachalotes desaparecen, el capitán nos ordena que regresemos a nuestros asientos. Más tarde, otro avistamiento, y que salgamos otra vez. Éste resulta fallido: el capitán sale con su hidrófono, lo introduce en el agua y dice que cada vez se aleja más. Menos mal que a la vuelta, decenas de delfines nos acompañan saltando acrobáticamente alrededor del barco y dan un poco de alegría al viaje, porque el avistamiento de las ballenas a esa distancia me ha parecido decepcionante. Para las seis y veinte estamos de vuelta. El tiempo ha cambiado por completo, el cielo está cubierto y hace fresco.
    Regresamos a Point Kean y por allí anda dormida aún la foca de esta mañana. Recolectamos un puñado de bígaros, que aquí no los aprecian, y cocinados en infusión junto con los whitebait y un vino blanco riesling Drylands van a ser nuestra cena.
   (Temperaturas de hoy: T mín = 13 º C; T máx = 18º C. Humedad media = 94 %).

29 de noviembre, lunes

   Amanece nublado, muy cubierto, pero poco a poco, se abrirán claros y lucirá un día radiante.
    Salimos de Kaikoura hacia el norte, siguiendo la costa, llena de leones marinos. Nos detenemos a verlos. Al acercarse hay que andarse con mucho cuidado, porque no todos descansan sobre el roquedo; los más grandes se tumban entre la hierba, cerca de la carretera y te pueden dar un buen susto.
   En diciembre, en Ohau Point, veinticinco focas serán desnucadas a golpes.
Leones marinos al lado de la carretera
Semana y media más tarde, en la remota playa de Needle Point, otras quince serán asesinadas a golpes y disparos. ¿Qué tienen contra ellas? Nadie lo sabe. El amor de los neozelandeses por los animales es tal que algunos granjeros ofrecerán entre 1000 y 10000 $NZ por pistas que conduzcan a los asesinos. La Sea Shepherd Conservation Society ofrecerá 11500 $NZ y la People for the Ethical Treatment of Animals, 2500 $NZ. Ya ves que todavía quedan ciudadanos por civilizar también aquí.
    Cruzamos extensiones enormes de viñedos fantásticamente ordenados; es la región de Marlborough, conocida por su clima seco y por su fantástico vino blanco sauvignon. Es increíble la variedad de vinos que se cultivan en este país que sólo produce el uno por ciento de la producción mundial: cabernet, merlot, syrah, pinot noir, chardonnay, sauvignon blanc, riesling, pinot gris... La clave está en la variedad de climas que permiten cultivar con éxito desde los vinos de estilo Bordeaux y syrah, en el clima cálido del norte, a los riesling de los climas más fríos del sur. Al igual que en Estados Unidos, aquí tampoco se utilizan tapones de corcho sino roscados. Los partidarios del tapón roscado argumentan una mayor facilidad de apertura y menos sulfuros, al no tener contacto con el oxígeno y también la eliminación del 'olor a corcho', que suele afectar a un tres por ciento de la producción en Europa.
    En la amplia área de descanso de Pelorus Bridge paramos a comer. Pelorus Bridge es una zona de acampada y senderismo muy popular, a medio camino entre Blenheim y Nelson. El río forma unos pozos de aguas de tonos verdosos donde se zambullen los más aguerridos. Mientras comemos, observamos a los escolares que rodean nuestra autocaravana: es un colegio entero de excursión, los profesores visten una camiseta con su nombre en la espalda, como los futbolistas. Si te fijas bien, enseguida empiezas a distinguir al pelota, el gordo acomplejado, la listilla, el hiperactivo, la dispersa, el matón, la líder, etc. La diversidad genética es manifiesta: pelirrojos, ojos almendrados, morenos, etc.
    En las curvas que descienden hacia el Rai Valley nos encontramos con un fila de coches detenidos. Pasa la policía, los bomberos y un helicóptero. Esperamos casi una hora, Cuando por fin avanzamos pasamos por delante de dos coches accidentados, a uno le han cortado el techo con una sierra. A los heridos los han evacuado en helicóptero.
    Seguimos adelante y, por fin, llegamos a Nelson. Aparcamos en el centro y visitamos el Jardín de la Reina y caminamos por el paseo del río. Se dice que Nelson goza del mejor clima del país, con 2400 horas de sol anuales.
    Las tiendas cierran a las cinco y sólo los restaurantes e hipermercados quedan abiertos. A las seis, el centro parece una ciudad fantasma. Sin embargo, el paseo del río se llena con gente corriendo, andando en bicicleta, jugando al badminton, paseando a los perros, etc. ¡Qué calidad de vida disfruta esta gente! La verdad es que no se ven grandes coches ni casas espectaculares pero sí una amplia clase media muy igualitaria que disfruta su ocio al aire libre, para ello cuenta con una naturaleza prodigiosa que miman como en ningún otro sitio del mundo.
    Acampamos en el Top Ten Holiday Park de Motueka. Cenamos un pescado con un vino blanco y los bígaros que sobraron de ayer.

30 de noviembre, martes

    Mañana cruzaremos el estrecho de Cook en el ferry Picton-Wellington. El billete lo reservamos por internet desde los ordenadores del campin. Introduciendo el código de un vale de descuento que viene en los folletos que nos dieron en las oficinas de KEA, se obtiene un diez por ciento de descuento. No es necesario ni apuntar el número de reserva, ya que lo único que nos pedirán para entrar al ferry es el apellido.
    Hoy hemos decidido visitar el parque nacional Abel Tasman, así que subimos a la caravana y tecleamos en el navegador Kaiteriteri; de su playa salen las lanchas hacia el parque. Contratamos un viaje de ida y vuelta en el kiosco de la empresa Kayaking Abel Tasman. Nos dejarán en Bark Bay y nos recogerán en Torrent Bay.
Kayaks en el parque nacional Abel Tasman
    Salimos de la playa en una lancha junto con tres argentinas y una pareja de suizos. El capitán se detiene en algunos puntos turísticos, como la piedra esférica rota por los dioses maoríes o la pequeña colonia de focas. Por fin, nos dejan en la playa de Bark Bay donde hacemos un desembarco mojado.
    La distancia hasta Torrent Bay es de seis kilómetros y medio de camino fácil y accesible. En el mar se ven muchos grupos que se desplazan en kayak y aprovechan las incontables calas para descansar. A juzgar por sus caras, el viento que sopla les está dejando extenuados. Devoran el bocadillo con auténticas ganas.
    Tras dos horas y media de recorrido llegamos a Torrent Bay a las dos y media. Nos sobra aún hora y media para pasear por los senderos y para ojear las viviendas de unos pocos afortunados que debido a sus privilegios históricos pueden alojarse aquí. Los inmuebles existentes se pueden comprar pero las nuevas edificaciones están prohibidas.
    Pocos minutos antes de las cuatro ya están gritando nuestros nombres para volver a la lancha. A las cuatro y media llegamos a Kaiteriteri, comemos en el aparcamiento y salimos en dirección a Picton.
    Al pasar por Motueka visitamos el New World para comprar provisiones y comprobamos que la mitad de los clientes del supermercado van descalzos.
    El camino hasta Havelock lo hacemos casi en solitario; nadie por delante, nadie por detrás. Pernoctamos en el campin de Havelock, de 490 habitantes, la capital mundial de los mejillones verdes.

1 de diciembre, miércoles

    A las siete menos cuarto ya estoy a la orilla del río Wakamarina. Los accesos son difíciles, el agua cristalina, el lecho de cantos rodados. Echo un vistazo al río e inmediatamente veo una en la orilla opuesta, quilera. Dada la transparencia del agua ella también me divisa a mí y se desplaza tranquilamente hacia mi orilla, de aguas más profundas. La pierdo de vista. Imposible lanzar, el acceso a las orillas es muy complicado, necesitaría un machete. Logro acercarme al río en el puente de la carretera pero es una zona poco sugerente, muy despejada y poco profunda. Abandono. Pruebo más adelante, en la ría del Pelorus, pero más de lo mismo, no hay senderos en las orillas de la ría. Al final logro echar unos lances cerca de un puente. Algo muerde repetidas veces mi cucharilla con poca convicción. ¿qué será? Atrapo una. ¡Son loinas! Igualitas a las que hace dos décadas recorrían los ríos de la meseta castellana. Pero... no puede ser... si es un pez pasto...¿se han vuelto carnívoras en Nueva Zelanda?
Mejillones verdes de Havelock
    No nos marchamos de Havelock sin comprar sus famosos mejillones verdes. A mi me encantan, tienen un sabor a mar incomparable. En los supermercados los encontrarás en una vitrina de cristal con duchas de agua que los mantienen vivos. Oprimes el mando que corta el flujo de agua y te sirves tú mismo con una cazoleta.
    En nuestro camino hacia Picton paramos en la degustación de la bodega No. 1 Family Estate, que resulta ser de champán. La familia Le Brun, originaria de Francia elabora vinos al estilo tradicional de Champagne. Nos ofrecen catas de sus Nº 1 y Nº 8 Cuvée, Nº 1 Rosé y Cuvé Virginie. Virginie es la hija, actriz y presentadora de televisión. Nos quedamos con una botella del Nº 1 Rosé.
    Uno pensaría que Picton es una gran ciudad al albergar el puerto que conecta los ferrys con Wellington. Pues nada de eso, tan sólo tienen cuatro mil habitantes. Entrar al ferry es sencillo: introduces en el navegador el nombre de la calle de embarque: 'Lagoon street', cuando alcanzas la caseta de control das tu apellido y comprueban tu reserva, te dan un papel minúsculo que debes colocar en el parabrisas por el interior para que, en caso de incidencias, te puedan localizar por megafonía dentro del ferry. Las autocaravanas se colocan entre las filas siete y nueve. Nos ponemos en la nueve y mira qué bien, somos de los primeros en entrar. Aparcamos donde nos indican y entramos a la zona de pasajeros por la quinta planta. El ascensor indica que el ferry tiene once pisos. El ferry Kaitaki (Retador) zarpa con cuatro minutos de retraso.
    Nos intentamos situar frente al ventanal principal pero la primera fila de butacas ya está ocupada; todos son jubilados que pasan de los setenta y ninguno mira por los ventanales.
    Afortunadamente, el día es soleado y el mar está en calma a pesar del viento helado que sopla cuando sales a cubierta. El Estrecho de Cook es una de las aguas más peligrosas e impredecibles del mundo, sobre todo, con tormenta. En el estrecho apenas hay diferencia de altura entre la bajamar y la pleamar ya que las mareas del mar de Tasmania son opuestas en periodo a las del océano Atlántico, lo que sí hay es cambio de sentido de las corrientes, seis horas en un sentido y seis en otro, y muy veloces, hasta diez kilómetros por hora; un lugar ideal para instalar turbinas que aprovechen las corrientes marinas.
Funicular al Jardín Botánico de Wellington
    Hacemos amistad con G., un chileno que lleva viviendo en Nueva Zelanda cuarenta años; está jubilado y viene de pasar unos días pescando blue cods en el mar de Tasmania. ¿Y no pesca usted truchas? Un río pasa justo detrás de su casa a las afueras de Wellington y lleva truchas señeras pero le parece un pez demasiado bonito para sacrificarlo. Luego hablamos del retiro: para tener derecho a una pensión de jubilación (superannuation) después de los sesenta y cinco años hay que ser residente legal y haber vivido diez años aquí desde los veinte años, cinco de ellos después de cumplir los cincuenta años. La pensión no depende de la cantidad cotizada sino de tus condiciones particulares en el momento del retiro: si eres soltero, casado, cargas familiares, estado de salud, ingresos adicionales, etc.
    Visitamos el Jardín Botánico de Wellington, que al estar situado sobre una colina tiene unas vistas magníficas sobre la ciudad.
    Un atasco de tráfico tremendo cerca del Jardín Botánico hace que tardemos una eternidad en llegar a nuestro alojamiento de hoy, el Top Ten Holiday Park, situado en una zona industrial a las afueras de la ciudad.
    Cenamos el monkfish (rape) con el Nº 1 Rosé y a la cama.

2 de diciembre, jueves

   Las guías advierten que aparcar en el centro de Wellington es complicado. Es cierto; hay pocas plazas de estacionamiento. Tampoco apetece mucho circular por una ciudad construida parcialmente sobre una colina; la autocaravana se mueve mejor en espacios abiertos planos. Dejamos el vehículo en la calle Terrace, ponemos boleto para el límite máximo de dos horas y hacemos la visita andando.
    Wellington es una ciudad limpia, colorida, moderna, llena de cafés y buenos restaurantes, librerías y tiendas, agradable para vivir, con buen transporte público. A los transeúntes se les ve contentos, sonrientes, amables y satisfechos. Recorremos el centro y los puntos más sobresalientes, como La colmena, sede ejecutiva del Parlamento, los almacenes Kirkcaldie & Stains, la Plaza Cívica, el Paseo de los Escritores o la calle Cuba. Sorpresa: El hijo del acordeonista de Bernardo Atxaga en el escaparate de una librería. ¡En las antípodas!
Cuba, la calle de la moda. Wellington
   En Nueva Zelanda no existe un número de horas de trabajo establecido, pero lo habitual es la jornada de 8:30 a 17:00 con media hora para tomar un tentempié. A partir de las doce se forman largas colas frente a los diminutos restaurantes asiáticos de sushi, muy populares. Nosotros hacemos lo mismo, compramos dos cajitas de sushi y regresamos a la autocaravana, que ya nos hemos pasado media hora del tiempo límite. ¿Nos libraremos de la multa? Ni hablar: 12 $NZ. La pagaremos por internet desde España.
    Las calles comerciales peatonales están abarrotadas de gente, seguramente el día veraniego ayuda mucho. El aspecto de prosperidad de la gente es evidente ¿Cuánto ganan? Los rangos salariales son casi idénticos a los españoles, aunque abogados y telecos están mejor pagados que en nuestro país, el resto: parigual. Entonces, ¿qué ganas con emigrar a Nueva Zelanda? Calidad de vida: casas a menos de la mitad de precio que en España (en Wellington, los precios medios de las casas unifamiliares en 2010 han oscilado entre los 345.000 $NZ (196.650 €) del norte y los 525.000 $NZ (299.250 €) del este. ¡Y qué casas! ), vida más tranquila, sociedad más organizada, racional y democrática y, sobre todo, una naturaleza que cuenta con paisajes espectaculares y variados. Y si te gusta pescar, ¡un paraíso! Lo principal es un buen nivel de inglés, lo demás es ponerle voluntad y aguantar al largo papeleo que conlleva el trámite.
Vista de un barrio de Wellington desde el museo Te Papa
   Ahora nos trasladamos al museo Te Papa, justo al lado del supermercado New World. ¡Qué realismo el de los retratos de maoríes ilustres de Charles F. Goldie (1870-1947)! ; aunque te acerques a dos centímetros al cuadro sigue pareciendo una fotografía. Fantásticas también las fotografías de Brian Brake en su serie 'Monsoon', sobre los efectos del monzón indio. Parece mentira que estas fantásticas fotos, perfectas de luz y enfoque hayan sido realizadas con las Leicas M2 (1957-1968) y M3 (1954-1966) que aún no disponían de medidores internos de luz. Claro que algunas fotos que parecen naturales, en realidad eran casi fotos de laboratorio, vertiendo el agua con una regadera sobre el modelo. ¡Así es más fácil!
    A destacar también el ammonites gigante de hace ciento cuarenta millones de años o el calamar colosal instalado en el 2008 que fue atrapado por las redes del barco San Aspiring cuando pescaba toohfish en el mar Ross. Nada menos que diez metros de largo y quinientos kilos de peso y lo más curioso: garras giratorias.
    Salimos a las cinco hacia el lago Taupo pero no llegamos; nos quedamos en el campin de Bulls, que está a tiro de piedra del río Rangitikei, truchero a más no poder. Después de cenar paseamos por sus orillas. Es un río de aluvión, de fácil acceso. Casi al instante veo una trucha de unos dos kilos en una zona poco profunda, cerca de la orilla. Para cuando me acerco a la orilla ya ha desaparecido. Lanzo unos minutos pero enseguida anochece. Regresamos a la autocaravana; mañana será otro día.

3 de diciembre, viernes

    Me levanto al alba para probar fortuna en el río Rangitikei. Cruzo la carretera y un gran cartel me anuncia el acceso número viente. Empato mi Rapala imitación a trucha con grandes esperanzas. La corriente cercana al puente de la carretera promete, es ancha y profunda. Comienzo lanzando aguas arriba, pero la velocidad de la corriente aplasta el señuelo.
Trucha marrón de dos kilos del Rangitikei
El pez artificial nada mejor lanzando perpendicular a la orilla y describiendo un cuarto de elipse. Tres lances y dos pasos aguas arriba, y así sucesivamente. Me sorprende no percibir un solo toque. Sigo avanzando. Cuando alcanzo la cabecera de la corriente veo pasar, aguas arriba, cerca del lecho, una trucha grande que se muestra indiferente a mi cebo. Sigo tentando cada hueco de las grandes piedras. Nada. Contrariado, abandono la corriente. Diez metros más arriba, en las aguas someras, a medio metro de la orilla, diviso un magnífico ejemplar. Las aguas cristalinas y un arbusto que se interpone me ofrecen pocas esperanzas de éxito pero, ¡qué demonios!, lo intento. Lanzo el pececillo de madera de balsa a medio metro de su cola. Para mi asombro, la trucha se vuelve y sin vacilar, toma el señuelo con auténtica codicia justo antes de que llegue a la orilla. No lo puedo creer. Tiro con todas mis fuerzas y se queda con la cabeza fuera del agua, apoyada sobre la cascajera de la orilla mientras observo con desesperación el hilo enredado entre los arbustos. Pesa demasiado para seguir tirando con un hilo del dieciséis. Abandono la caña arriba, bajo deprisa el talud y la agarro con fuerza: una mano en la cola, la otra en la cabeza. Ya casi es mía pero todavía tengo el hilo enmarañado en un arbusto. Apoyo mi pecho contra ella para liberar la mano que sujeta su cabeza y desanzuelo el Rapala; ya puedo subir el ribazo que me lleva a la seguridad del camino vecinal. No puedo pesarla pero sí medirla: 560 mm. La curva longitud-peso le otorga dos kilos. Para los patrones de Nueva Zelanda está trucha es de tamaño medio. Aquí, hablar de ‘una de las grandes’ es hablar de cuatro kilos y medio para arriba, pero para mí es, sencillamente, la pintona más grande que he capturado en mi vida. Soy feliz.
    Sigo pescando aguas arriba en pozos que prometen, de aguas transparentes. Sólo obtengo algunos seguimientos de truchas ‘pequeñas’ (medio kilo). Una señora que pasea con su perro abandona el camino para acercarse a mí y advertirme que ayer vieron una muy grande debajo del puente de la carretera. Le doy las gracias por la información pero le anticipo que voy servido. En realidad, el cupo es un tanto extraño: dos ejemplares y el segundo no puede superar los 520 mm. Es curioso que establezcan límites superiores y ninguno por abajo.
   Me hubiera encantado seguir pescando en este espléndido río pero a las nueve me encuentro a mi mujer en el sendero y me recuerda que debemos abandonar el campin antes de las diez. Entre desayunar, afeitarme, ducharme, fregar los platos y limpiar la trucha se me pasa el tiempo y no creas que el tipo desabrido de la recepción perdona; para las diez menos cinco ya nos está advirtiendo que si no salimos antes de las diez tendremos que pagar otro día. No se andan con tonterías estos neozelandeses. Las reglas son para cumplirlas.
Cono Ngauruhoe (monte Doom en El señor de los anillos)
    Salimos hacia el lago Taupo por la SH1. Cruzamos Taihape (1800 habitantes), la capital mundial de las katiuskas. ¿Qué pasa, que las fabrican? ¡Qué va! Para promocionar la ciudad, se les ocurrió organizar un concurso de lanzamiento de katiuskas. Sí, como lo lees. A ver quién lanza una katiuska más lejos. El premio para el 2011 es de 2500 $NZ, y es una gran celebración: actuaciones musicales, teatro, actividades para los niños, etc.
     En Waiouru tomamos la SH49 hacia Ohakune, la capital mundial de las zanahorias, según ellos. Nos adentramos en el volcán Tongariro y subimos hasta el área de esquí de Turoa. ¡Cuidado con los patos y los kiwis, no los atropelles!
     La última vez que el Tongariro (1967 m.) entró en erupción fue en 1926. El Ngauruhoe (2287 m.) es el más parecido a un volcán clásico, sin embargo es sólo un cono secundario del Tongariro. Se formó hace dos mil quinientos años y ya ha entrado en erupción cuarenta y cinco veces, la última en 1977. Desde la carretera, las vistas de ambos volcanes son fantásticas.
     Pernoctamos en el Oasis Motel & Caravan Park de Tokaanu y gozamos de sus piscinas de aguas termales a cuarenta grados. ¡Qué calentito se está dentro!

4 de diciembre, sábado

   Salimos los últimos del campin, algo pasadas las diez y continuamos hasta Turangi, capital mundial de la pesca de la trucha. En el e-site de Turangi nos informan que para pescar en el lago Taupo y el río Tongariro, además de la licencia nacional se necesita otra licencia local. Y sólo se puede pescar a mosca en el lago y en los primeros trescientos metros de los ríos que nacen en el lago.
     Visitamos el Tongariro National Trout Centre, visita prescindible a no ser que seas pescador. El lugar contiene una pequeña piscifactoría de truchas arco iris. En la orilla de un riachuelo han abierto una ventana de observación que permite ver las truchas que en ese momento encaran la corriente. Lo mejor es el paseo por la orilla del Tongariro, un río perfecto, de aguas azuladas, repleto de truchas. Las estadísticas dicen que aproximadamente cada dos horas de pesca se produce una picada. Sólo veo un pescador metido en el río aunque otros tres ya se calzan las vadeadoras al lado del coche.
     Al conducir por el centro de Taupo me coloco en el carril derecho para girar pero pasan los minutos y el semáforo no cambia de color. ¿Estará averiado? Al de poco tiempo, otro coche se coloca en paralelo al nuestro, baja la ventanilla y nos dice que nos acerquemos más a la línea blanca del suelo para activar el sensor de presencia del semáforo. ¡Qué cara de paleto se te queda! Y la gente detrás mío, ¡qué tranquilos!, ni un pitido, oye.
    Comemos en un mirador cercano a la carretera, con excelentes vistas sobre el lago Taupo.
     En Taupo, la gente aprovecha el buen tiempo tomando el sol en la playa del lago mientras se celebra un campeonato de parapente. Los participantes son arrastrados por una lancha desde la orilla y van tomando altura. Una vez que sueltan la cuerda comienzan a descender haciendo todo tipo de piruetas hasta que se posan sobre una plataforma inchable como de cinco por cinco metros.
Taupo
   Al norte del lago paramos para visitar la catarata Huka. Esta espectacular torrentera se produce al estrecharse el río Waikato; pasa de cien a quince metros al cruzar una zona de lava dura. La caida es de tan sólo once metros pero la masa de agua es impresionante: 220000 litros por segundo. El aparcamiento del centro de visitantes tiene su horario de cierre y se cumple a rajatabla. Hoy, el coche de un turista se ha quedado dentro. Sobre la propia barrera se lee lo que hay que hacer en estos casos: llamar a un número de teléfono gratuito y esperar diez minutos. Enseguida aparece el guarda. Eso sí, el servicio se cobra: 30 $NZ.
    A partir de Reporoa empezamos a ver salir humo de la tierra. ¿Será un incendio?
     Pernoctamos en el Waiteti Trout Stream Holiday Park de Ngongotaha. En recepción no hay nadie. Tocamos la campanilla y enseguida asoma el encargado con unas mejillas sospechosamente sonrosadas. Que nos coloquemos donde queramos, que ya nos registra mañana, que ahora celebra una fiesta en la trastienda.
    Se nos acaba una de las botellas de gas y la cambio en un periquete, la conexión no presenta ningún problema.
     La publicidad de este campin utiliza como reclamo la pesca de la trucha y ciertamente no exageran. El pequeño terreno donde se ubica el campin está limitado por el río Waiteti que nace en el lago, a menos de cien metros del campin. Nos instalamos en la parcela número dos, a cuatro metros del río. La impresión inicial es desalentadora ya que es un río profundo de aguas lentas y algo oscuras, de fondo arenoso. Después de aparcar la autocaravana, conectar el cable a la red y rociar con repelente mis manos y cara, agarro la caña y el pez artificial y me pongo a lanzar allí mismo, al lado de nuestra autocaravana. En el tramo de río que discurre al lado del terreno de la casa del vecino boquean tres truchas y a juzgar por el sonido más grave de los boqueos, una es de buen tamaño. No veo manera de alcanzar su puesto de caza ya que entre ellas y yo media un arbusto que cae sobre el agua... y la valla del vecino. Abandono enseguida ya que casi es de noche y apenas veo el cebo.
    Nos cenamos la mitad de la trucha marrón que pesqué ayer. El pinot gris resulta un excelente acompañante.

5 de diciembre, domingo

    Aunque me levanto a las seis, hace media hora que ha amanecido. Las aguas tranquilas del río conectan con el lago y discurren muy tranquilas. Casi no se percibe la corriente. El Waiteti lleva truchas, ya lo creo, y bien grandes. En un pozo muy aparente me muerde una que no se clava. Más adelante, otra, a poco de dos kilos, sigue muy decidida el Rapala a escasos centímetros de los anzuelos, cuando llega a aguas menos profundas y, por tanto, más claras, da media vuelta. Llego hasta el lago sin percibir ningún toque más. Hay infinidad de patos que arman un follón tremendo, seguro que están en celo. Por el camino me cruzo con dos pescadores maoríes con cañas que parecen de juguete, una de ellas de color verde fosforescente y una trucha grande en la mano. En el lago aún duermen los patos, los cisnes negros y cientos de gaviotas. De regreso al campin me sigue el señuelo otra gorda, pero tampoco se decide a morder. Termino pescando en el terreno del campin, rodeado de patos. En un pozo no muy profundo muerde una arco iris quilera que al sentir el anzuelo salta un metro por encima del agua. En cuanto cae, tiro sin contemplaciones y la llevo a la orilla. Ya es mía. Este río me ha dejado una magnífica impresión, el Waiteti lleva truchas señeras y parece inmejorable para registrarlo con pez vivo. Lástima no poder dedicarle más tiempo.
    Llegamos a Rotorua y aparcamos en el parque Kuirau que contiene numerosos puntos de actividad geotérmica: fumarolas, ollas de barro y fuentes termales. Hay que andarse con ojo porque a veces se producen lanzamientos de barro y rocas sin previo aviso.
Antigua Casa de Baños, ahora Museo de Arte e Historia
    Nos acercamos también a los Goverment Gardens donde se encuentra un bonito edificio cuya historia es la siguiente: A finales de 1800, los maoríes regalaron cincuenta acres a la corona inglesa. El terreno estaba cubierto de malas hierbas y contaba con varios estanques de origen geotérmico. En 1908, el gobierno de Nueva Zelanda abrió una casa de baños de estilo Tudor. Se construyó un segundo edificio, los Baños Azules, de estilo mediterráneo. Estos baños fueron de los primeros en el mundo en permitir a hombres y mujeres compartir las instalaciones. En realidad, el propósito de los Baños Azules, más que medicinal, era hacer vida social al estilo de las estrellas de Hollywood. Hoy se han convertido en el Museo de Arte e Historia y se muestra las instalaciones y bañeras donde la gente tomaba las aguas. La galería noroeste rinde honor a la compañía B del 28 batallón que luchó en Grecia, Creta, norte de África e Italia entre 1940 y 1945. Sufrieron el mayor número de bajas de todos los batallones de Nueva Zelanda, de 3578 soldados, murieron 640.
    Comemos dentro de la autocaravana, en el estacionamiento del Centro Cultural y Termal Te Puia donde entramos después para ver los géiseres. Salimos desencantados ya que los géiseres son escasos y nada del otro mundo y el precio algo elevado para lo que ofrecen. Claramente, una trampa para turistas. Mucho grupo organizado en autobuses. Japoneses a mansalva.
    Después paseamos por el muelle de Rotorua y salimos hacia Reporoa donde acampamos en las calles de este minúsculo y solitario pueblo, ya que no encontramos ningún campin cerca.

6 de diciembre, lunes

    Son las seis menos veinte. Los cristales están empañados. Hace fresco, casi frío. Cielo despejado. Procuro no despertar a mi mujer, me abrigo bien y alcanzo andando el punto donde la carretera cruza el río Waiotapu. A ambos lados del puente hay cercas de ganado que impiden el paso. Las cruzo, aunque no debería. El rocío de la mañana moja los bajos de mi pantalón. Como no hay camino abierto entre las tupidas hierbas de las orillas no lo voy a abrir yo, me calaría hasta las ingles, así que opto por quedarme en el ojo del puente, que parece buen sitio. Lanzo y lanzo y nada, ni un triste mordisco, ni un seguimiento. El agua corre turbia, el fondo es de limo, quizá este río no sea apropiado para truchas, ya sabemos que ellas prefieren la piedra. Pero hay que intentarlo, nunca se sabe dónde surgirá la sorpresa.
Puente sobre el Waiotapu
    Es muy frecuente que al intentar pescar en un río en Nueva Zelanda te encuentres con que las vallas de las propiedades privadas te impiden el acceso a las orillas. ¿Y si voy en kayak? Pues tampoco, porque el lecho del río también es propiedad privada y, a veces, la alambrada, como en el río Haka, llega ¡hasta el centro del río! Algunos propietarios de tierras se ganan un buen dinero permitiendo el acceso a los guías de las agencias de viajes que venden paquetes de pesca. En Nueva Zelanda hay un gran debate sobre este asunto, ya que los pescadores se quejan de la creciente dificultad para llegar a las orillas de los ríos.
    Mientras ando vareando, en la orilla opuesta, un hato de vacas pasa por el ojo del puente. La líder pasa la primera y después espera a las demás. Todas y cada una se paran durante un segundo para mirarme. Cuando ha pasado el primer grupo, la líder muge como llamando a las rezagadas, ¡y es respondida! Los grupos restantes se van acercando avivando el paso. Parece un colegio de excursión con la profesora pendiente de no perder a los alumnos.
    Cuando me agacho para cruzar la cerca de madera al regresar a la carretera, mi mochila pega con una de las tablas y escucho el mugido de una vaca. ¡Qué susto! ¿Y dónde está la vaca? El sonido ha salido desde dentro de una diminuta caseta de madera. ¡Pero si ahí no cabe! ¿Será una grabación para mantener alejadas a las vacas de la carretera? ¿Un centinela de ganado?
    Desayunamos y salimos hacia Wai-O-Tapu Thermal Wonderland. Una vez que sacamos el boleto en el centro de visitantes, salimos rápido en la autocaravana hacia el géiser Lady Knox, que hace erupción justo a las diez y cuarto. Este centro geotermal sí que es interesante, no como el de ayer.
Piscina de Champán de Wai-O-Tapu
    Volvemos a Rotorua, comemos en un tailandés y seguimos hasta el Pueblo Sepultado de Te Wairoa. Somos los únicos visitantes. El lugar es bonito pero carece de interés. Todo se reduce a un agradable paseo en un entorno idílico, lleno de verdor, entre fantásticos árboles llenos de musgo a la orilla del pequeño río Wairoa, cristalino y cantarín, paisaje muy diferente al que dejó la explosión del volcán Tarawera en 1886. Ha llovido mucho y poco queda de entonces: algunos muros llenos de vegetación y poco más. También hay un pequeño museo y, al final del camino, una cascada.
    Continuamos hasta Whakatane (pronúnciese Fakatane en maorí) donde acampamos en el Holiday Park, magníficamente situado al lado del paseo de la ría.
    Damos un paseo hasta el embarcadero bajo el lánguido sol del atardecer. Esto es vida.

7 de diciembre, martes

    A las siete ya estoy a orillas de la ría del Whakatane. Es por mantener la afición porque la esperanza de pescar algún pez al lanzado ligero en una ría de corriente imperceptible es bien poca. Me basta con respirar el aire fresco matutino y sentir en la piel los primeros rayos de sol, esta luminosidad me cautiva. Celebro estar vivo y saber disfrutar estos momentos.
Ría de Whakatane
    A estas horas ya hay bastante gente en el paseo: con el perro, corriendo, en bicicleta, a paso ligero... Las piragüistas entrenan en la ría. Todo el mundo se saluda, cuando llegas a su altura, te miran a los ojos, sonríen y: Morning!, good morning! Si hago esto en España me tomarían por loco.
    Recorro la margen derecha hasta el puente con seguimientos de peces minúsculos. Bajo los ojos del puente hay cardúmenes con miles de peces, similares a las anchoas.
    Dejamos el campin. Al cruzar Whakatane pasamos por la calle comercial The Strand y nos asombra la cantidad de tiendas e hipermercados que tiene esta ciudad de tan solo dieciocho mil habitantes. Con el cielo azul y el sol resplandeciente parece una ciudad idílica, encantadora, no me importaría vivir aquí, pero en julio de 2004 fue un infierno: cayeron doscientos cincuenta milímetros de lluvia en dos días que hicieron que el río se desbordase inundando la ciudad mientras la tierra se movía debido a pequeños terremotos. Murieron dos personas y les pareció el fin del mundo.
    Poco antes de llegar a Te Puke avistamos una enorme rodaja de kiwi en la carretera que anuncia el Kiwi360. Entramos, algo aprenderemos.
    Mientras nos conducen a los cultivos en un KiwiKart, una grabación nos explica: "En 1904, un maestro de escuela plantó las primeras semillas traídas del valle Yangtzee de China. La vid se dio de maravilla y enseguida se convirtió en un próspero negocio. De las ciento cincuenta variedades de kiwis conocidas, Nueva Zelanda sólo comercializa tres: la Hayward Green o kiwi verde, mejorado en laboratorio y que es una patente neozelandesa, la Zespri Gold o kiwi dorado, que es natural, y la Kiwiberry, tan pequeño como una uva. Los kiwis tiene el doble de vitamina C de una naranja y el doble de vitamina E que un aguacate. Y van genial para evacuar por su alto contenido en fibra. Su gran ventaja comercial es que, los verdes, refrigerados entre cero y cinco grados, se mantienen hasta nueve meses en perfectas condiciones. El dorado es más delicado. La polinización la realizan las abejas y ante la actual escasez de abejas se ha pensado en utilizar ventiladores".
Kiwis dorados
    Los productores de kiwi de Nueva Zelanda nunca se habían preocupado de las enfermedades aunque plantaciones en Japón, Corea, Chile, Italia y Francia ya habían sido atacadas por bacterias. Pero hace tres semanas, la enfermedad apareció precisamente aquí, en Te Puke, y una semana más tarde en Motueka y en Bahía Dorada. Por ahora no hay cura posible, hay que arrancar la parra y quemarla en una zona especial con una incineradora. Australia y Estados Unidos ya han prohibido la importación por miedo al contagio de sus cultivos. El problema es serio porque Nueva Zelanda exporta anualmente dos mil cuatrocientos millones de kiwis, un tercio de la producción mundial.
    Al final del recorrido nos dejan en la zona de los árboles frutales: hay mandarinos, melocotoneros, nísperos, nogales, árbol de las macadamias, aguacates, limoneros, limas, toronjas, naranjos, pomelos, etc. Es conveniente llevar una mochila porque te dejan recoger toda la fruta que quieras, nadie retira las frutas de los árboles, quedan a merced de los pájaros. Mis favoritos son los nísperos, que además están dulcísimos.
    También cultivan un kiwi diminuto para fabricar vino que, por cierto, lo hemos probado en la degustación y está muy bien, nunca imaginarías que es vino de kiwi, parece un chacolí fino.
    Seguimos adelante y a la hora de comer paramos en una playa de la carretera, orilla del río Kaituna. No parece que lleva truchas en este tramo ya que es muy caudaloso y el lecho es arenoso. Yo pruebo unos lances durante diez minutos, por si acaso.
    Continuamos por Katikati y cruzamos la garganta Karangahake donde paramos un rato a contemplar la naturaleza, cruzar el puente sobre el río, etc.
    Pernoctamos en el Dickson Holiday Park situado en un enclave rodeado de pinos y montañas, a tres kilómetros de Thames. Un lugar precioso.

8 de diciembre, miércoles

   La autocaravana dispone de ducha, lavabo y taza, pero resulta más cómodo utilizar las instalaciones de los campins, así, las operaciones se reducen a la toma de agua potable y de electricidad y, con menos frecuencia, la evacuación de aguas grises y negras. Nuestras aguas negras consisten casi exclusivamente en orina y vaciamos la casete cuando está llena o hace calor, que huele. Las aguas grises son las que provienen del fregadero, del lavabo y de la ducha. Un panel de control situado encima del microondas nos informa de todos los niveles: aguas grises, negras, potable y baterías.
Graphium agamemnon
    Los neozelandeses reciclan: en este campin hay depósitos para vidrios marrones, verdes, transparentes, latas, plásticos, cartones de leche, cartones y papeles, basura orgánica y basura vegetal (para alimentar gusanos). Y seguro que me dejo alguno.
    Mientras desayunamos un pan tostado con aceite, tomate y pizca de sal, observamos sobre un grueso tronco cortado, entre nuestra caravana y la del vecino, un papagayo blanco de ojos verdes; vigilante, a ver lo que pilla. Después, la familia Cuac-cuac al completo hace una ronda entre las caravanas pidiendo comida. Ya lo siento, somos obedientes con los carteles que aconsejan no alimentarlos, de otra manera, dejarían de ser un animal salvaje y se convertirían en una peste y habría que matarlos. Es por vuestro bien, majos.
    Antes de marcharnos, visitamos el mariposario tropical del campin. El termómetro interior del mariposario marca veintiocho grados y los cristales de mis gafas y de la máquina de fotos se empañan. No importa, todo está previsto: un ventilador con aire caliente sirve para evitar la condensación en la lente de la cámara. En cuestión de tres minutos la cámara está lista. El mariposario es como un trocito de la Amazonía. Vale la pena la visita.
   A mi mujer le encantan las flores y las plantas, así que paramos en el centro de jardinería de Thames a ver que novedades descubrimos.
   Seguimos hasta Auckland. Dos kilómetros antes del depósito de autocaravanas de KEA, llenamos el tanque de combustible y en la propia gasolinera aprovechamos para comer y hacer las maletas. A las cinco y media cierran, así que la entregamos a las cinco. No requieren condiciones especiales de limpieza exterior ni interior. Les informamos de algunas incidencias: una bombilla halógena fundida desde el principio; un cajón que se abría en las curvas porque el carril guía había cedido y el mecanismo de cierre de la puerta del gas, que falló hace tres días y teníamos que cerrarla con la ayuda de un taco de papel. La empleada que nos atiende tuerce el morro ante mis críticas pero son necesarias para que los siguientes clientes no las sufran.
    Una buseta de KEA nos conduce hasta nuestro alojamiento en el Quadrant, en el centro de Auckland. Un carril especial para taxis y transportes colectivos hace más rápido el trayecto.
   Salimos a pasear por el parque Domain y descubrimos una rosella, un pájaro de colores increíbles. Más arriba, a la sombra de un ficus descomunal, graban con cámaras de televisión a un cuarteto de música interpretando una pieza de la ópera Carmen. En la gran explanada al oeste del museo se advierte una actividad deportiva tremenda: celebran una competición de fútbol de la universidad y ahora mismo juegan ocho equipos mixtos en cuatro campos. Más allá, juegan al cricket. En el extremo del campo están montando un gran escenario para celebrar un festival musical. En el Auckland Bowling también se ve actividad.
   Por la noche visitamos la zona de bares y restaurantes del paseo marítimo para ver si hay buen ambiente. Ya lo creo: en un local se celebra una fiesta de disfraces; por encima de la música se escuchan las risotadas. Se ven algunos supercoches, como el Bentley GT, Maserati Quattroporte, Bugati Veyron... En un yate también andan de fiesta.

9 de diciembre, jueves

    No se nos ocurre otra cosa mejor que visitar el acuario público, así que nos acercamos hasta la calle Quay y tomamos el autobús; no hay pérdida, se parece más un tiburón que a un autobús.
    Los veinticinco años de funcionamiento del acuario pesan, se le ve pasado de moda; aún así tiene puntos de interés: el paseo en el Snowcat
Langostas packhorse
para ver a los pingüinos emperadores, una recreación de la cabaña de Robert F. Scott en su expedición al Polo Sur en 1912, el pasillo con techo de cristal de los tiburones, la piscina de las manta rayas, la sección de acuarios de peces tropicales...
    Lo que más me ha gustado es la piscina de las langostas packhorse, y eso que no las he hincado el diente. ¡Qué tamaño de langostas! ¡Qué cola! ¿Dónde las venden? Son las más grandes del mundo, pueden llegar a los quince kilos y dicen que son muy sabrosas ya que al criarse en aguas frías su carne contiene más grasa. Se encuentran en todo el norte de la isla norte, desde el cabo Reinga hasta el sur de la península Mahia. Son nocturnas y en invierno migran a aguas profundas, a veces recorren más de quinientos kilómetros.
    Por la tarde damos una vuelta hasta los Rose Garden donde sorprendemos a un grupo de japoneses haciéndose una foto ¡subidos a las ramas de los árboles!
    Desde el mirador de la calle Gladstone se ve el puerto de contenedores. Ninguna de las ocho grúas está parada.

10 de diciembre, viernes

    Dejamos Nueva Zelanda con la sensación de abandonar el paraíso. Muchas cosas nos han gustado de este país, la que más, que no se perciben grandes diferencias de clase, todas las casas son de madera y muy similares, la mayor parte de los coches son de cilindrada media, no es un elemento de ostentación. La gente es simpática y educada, no hemos visto ni una sola cara crispada en todo el viaje, transmiten la sensación de vivir sin problemas, agobios ni prisas. Disfrutan de una naturaleza casi intacta, a la que miman y respetan. Si te gusta las actividades al aire libre como nadar, el senderismo, la bicicleta, pesca en mar, en ríos o en lagos, esquiar, canoa y los deportes de riesgo, no tendrás tiempo de aburrirte en este país.
    Muchos neozelandeses consideran que su país no permite desarrollar una carrera profesional brillante. De hecho, hay una emigración importante hacia Australia y Estados Unidos, donde los salarios son mayores y las expectativas profesionales mejores. Algunos piensan también que se encuentra en una posición geográfica muy aislada. Otras personas, después de pasar unos días de vacaciones en Nueva Zelanda, les ha gustado tanto esta forma de vida que han abandonado su país y se han trasladado aquí, a pesar de lo tedioso que es la burocracia para obtener el permiso. Como siempre, hay opiniones para todos los gustos.

Fotos realizadas con una cámara compacta Panasonic Lumix TZ10.

DATOS ECONÓMICOS DEL VIAJE:

Cambio medio en los 22 días: 1 $NZ = 0,57 €

Vuelos (precios por persona):

Ida:
    Bilbao - Londres (BIO-LHR) IB5744 [6 Nov 15:25 -16:10] Duración: 01:45.
    Londres - Sydney (LHR-SYD) QF320 - [6 Nov 21:45 - 8 Nov 06:50] Duración: 22:05. Una parada en Singapur.
    Sydney - Auckland (SYD-AKL) QF321 - [8 Nov 09:55 - 8 Nov 15:10] Duración: 03:15.
    Auckland - Christchurch (AKL-CHC) JQ247 - [17 Nov 08:35 - 17 Nov 09:55] con JetStar. Duración: 01:20.
Vuelta:
    Auckland - Sydney (AKL-SYD) QF56 - [10 Dic 15:40 - 10 Dic 17:05] Duración: 03:25.
    Sydney - Londres (SYD-LHR) QF1 - [10 Dic 18:05 - 11 Dic 06:25] Duración: 23:20. Una parada en Bangkock.
    Londres - Bilbao (LHR-BIO) IB5745 [11 Dic 17:35 -20:30] Duración: 01:55.
    Precios: Bilbao-Londres-Bilbao 145,94 €
Londres - Auckland - Londres : 1381,50 €
Auckland - Christchurch: 40,5 €

Transporte y estacionamiento (dos personas):

Alquiler de la autocaravana KEA 4ST-4-Berth Deluxe durante 22 días, con seguro a todo riesgo. Trayecto Christchurch-Auckland: 3506,64 €. O sea: 159,4 €/día.
El carné internacional de conducir no es necesario; con el carné español basta.
Cruzar el ferry Picton-Wellington con Interislander: 204,2 € (dos personas y una autocaravana de 6.8 m).
Número de kilómetros realizados: 4085 Km.
Gasto total en combustible diesel: 371 €. Sale aproximadamente a 9,08 €/100 Km.
Gasto en aparcamiento: 18 €

Alimentación (dos personas):

Gasto en supermercados: 516,5 $NZ

Gasto total por persona:

Gasto total aproximado: 4250 €
   

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