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Nueva Zelanda 2010 | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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8 de noviembre, lunes
Cuando nos acercamos al mostrador de Quantas en Heathrow nos informan que aún es pronto para despachar las tarjetas de embarque pero que las podemos obtener en el terminal de facturación automática. Lo intentamos, pero la máquina dice que no puede asignar asiento. Volvemos al mostrador y el asistente investiga. Al parecer, asociado con nuestro número de reserva figura un tercero, un tal Juan Santamaría, y que si le conozco. Pues no. Le desligan de nuestra reserva y después el mandria asegura que necesitamos visado para Australia ¿pero se ha vuelto loco o qué? El tipo nos envía a un tercero que por fin nos da las tarjetas de embarque hasta Sydney, aunque las maletas las facturan hasta Auckland. ¡Vaya lío!
Cenamos en el restaurante chino Crystal Harbour: un dim sum —rebozado de vegetales, gambas y sepia—, un plato de ternera con brócoli y pollo al limón crujiente. De postre: un pastel de calabaza con leche de coco. Regresamos por el muelle donde se nota un poco más de animación. Allí, activistas de Greenpeace sostienen una pancarta en contra de Fonterra: Stop milking our planet! Según Greenpeace, Fonterra es el mayor emisor de gases de efecto invernadero de Nueva Zelanda. 9 de noviembre, martes
La camarera asiática que nos sirve el desayuno luce un tatuaje de flores de colores de lo más sofisticado en el brazo. El origen del tatuaje se desconoce aunque se sabe que la Polinesia cuenta con registros muy antiguos. Su objetivo era, sobre todo, asustar a los enemigos en la batalla. Los marineros que acompañaron al capitán James Cook en su navegación por la Polinesia reintrodujeron en Occidente el gusto por los tatuajes, ya que el emperador romano Constantino los había prohibido en el siglo IV. 8 al 16 de noviembre Disfrutando del sol, las playas y los arrecifes de coral de Rarotonga. Para ver el diario de nuestra estancia pincha aquí. 17 de noviembre, miércoles
Aterrizamos en Auckland a las seis y media procedentes de Rarotonga (Islas Cook) y tomamos el avión de las ocho y media hacia Christchurch, la ciudad más poblada de la isla sur, con trescientos cincuenta mil habitantes.
La publicidad de KEA asegura que sus autocaravanas se entregan con menos de dos años y medio. ¿Cuántos kilómetros tiene esta? En el eje de la rueda trasera izquierda, un cuentakilómetros blindado marca 37032 y el interior parece muy nuevo. Durante el viaje surgirán pequeños fallos que ya comentaré. Lo primero es llenar la despensa. M. nos introduce en el navegador la dirección del Pack' n Save más próximo. El Pack' n Save, el New World, el Countdown o el Four Square son muy similares a cualquier hipermercado español, sólo la operativa al pagar con tarjeta es algo diferente: uno mismo introduce la tarjeta en el lector, escoge si el pago lo hace a débito o a crédito, tecleas el código secreto o, si no tienes clave, firmas el recibo mientras la cajera comprueba que tu firma y la de la tarjeta coinciden. ¿Y cómo resulta lo de conducir por la izquierda? Es más fácil de lo que parece ya que, en este país, las rayas del suelo están muy bien marcadas y, por ejemplo, es imposible entrar —o salir— mal en una glorieta porque las líneas pintadas en el suelo te guían en el sentido de giro adecuado. Más complicado me parece el manejo del cambio con la mano izquierda; a las seis marchas hay que añadirle que son de un recorrido mayor y menor precisión que en un coche y más de una vez engranas la quinta en vez de la tercera. Debemos acostumbrarnos también a mirar por los retrovisores laterales más que por el espejo interior; por este último se ve poco dada la elevada altura de la luna trasera. Y tener en cuenta que el vehículo se extiende un metro sobre nuestras cabezas, así que cuidado con las ramas de los árboles y las marquesinas en las ciudades. En Nueva Zelanda se puede pasar la noche en la autocaravana en cualquier lugar a no ser que expresamente se prohíba. Nosotros hemos preferido casi siempre acampar en campins ya que te ofrecen mayor seguridad y servicios por un precio muy razonable, entre dieciocho y veinticuatro euros por noche. Después de hacer las compras, tanteamos dónde pernoctar. Christchurch cuenta con un campin urbano, el Stonehurst, casi en el mismísimo centro, así que introducimos el nombre en el navegador y allá vamos. Christchurch es una ciudad con elevada calidad de vida, se nota enseguida. Como son más las cinco de la tarde, las calles comerciales están desiertas, sin embargo, las terrazas calefactadas de los restaurantes y bares de Oxford Tce, The Strip, se muestran animadas con profesionales que pisan moqueta.
Desde la plaza Crowne, seguimos el recorrido del río Avon que serpentea por el mismo corazón de la ciudad, corre cristalino y brioso. Le echo un vistazo y enseguida diviso una trucha marrón de dos kilos apostada en su cazadero moviendo imperceptiblemente su aleta caudal. Las bateas con parejas se deslizan con suavidad sobre su superficie y el césped bien cortado invita a tumbarse a leer algún libro o darse el lote con la novia. Nos llama la atención que mucha gente viste de verano cuando el día invita a abrigarse. Desde el Puente del Recuerdo, truchas de gran tamaño y patos compiten por las migas que arrojan una pareja de turistas. Regresamos al campin para las nueve porque hace bastante frío. (Temperaturas de hoy: T mín = 12 º C; T máx = 20º C. Humedad media = 66 %). 18 de noviembre, jueves
Hoy disfrutaremos de un día magnífico, completamente diferente al de ayer: soleado, con cielo
despejado y una temperatura máxima de veintisiete grados.
El Museo de Canterbury se encuentra al otro lado de la calle y bien merece una visita, aunque sea rápida. El día de hoy es soleado, ideal para caminar por los senderos del Jardín Botánico y ver las sequoias gigantes, los bonsáis o el jardín de los rosales. Casi todas las rosas son injertos de laboratorio y huelen de maravilla. Y mira que nombres les ponen: Whisky Mac, White Ensign, Sunny Honey, Prima Ballerina, etc. Para comer, nos acercamos andando al centro de la ciudad, compramos una cajita de sushi en un japonés y ponemos rumbo a la Reserva Salvaje Willowbank, a seis kilómetros de distancia. Allí pasamos unas horas entretenidas con las anguilas, avestruces, canguros, monos capuchinos, faisanes del Himalaya, faisanes dorados, patos mandarines, lemures, cerdos kunekune, llamas, truchas y salmones, ¡un kiwi!, la paloma neozelandesa, keas, etc. Según reza un cartel de la reserva, Nueva Zelanda se ha mantenido aislada del resto de continentes mucho más tiempo que cualquier otra trozo de tierra, resultando que gran parte de su fauna y flora es endémica, sólo se encuentra aquí: así ocurre con el 100% de los murciélagos, de los anfibios y de los reptiles, el 90% de los peces de agua dulce y el 85% de las plantas. Llegamos a las diez al Rakaia River Holiday Park. Como soy pescador, la idea es escoger campins que me permitan pasar un par de horas de pesca al atardecer o al amanecer. Es sabido que Nueva Zelanda es uno de los mejores destinos del mundo para la pesca de truchas por su cantidad y su calidad y ejemplares por encima del kilo son comunes. Todo mi arsenal consiste en una caña telescópica de veinte euros, un carrete Mitchell, unas cucharillas y unos peces artificiales. Veremos si tengo suerte y soy capaz de pescar algo. Probamos el horno de la autocaravana y el pescado sale genial, lo acompañamos con unos espárragos trigueros a la plancha. 19 de noviembre, viernes
Un salmón disecado de unos quince kilos preside la pared de la recepción del Rakaia River Holiday Park. El río Rakaia es el mejor río salmonero de Nueva Zelanda y
según muestran las fotografías, hasta las abuelitas y las criaturas de doce años pescan truchas y salmones monstruosos. Con esta inmejorable perspectiva, me acerco al río para inspeccionarlo. Un cartel en el acceso al río informa que las especies permitidas
son el salmón chinook y la trucha marrón. Límite: dos truchas y dos salmones. Métodos de pesca: todos (incluido el pez vivo).
En el pinar, camino del río, me cruzo con un pescador que me comenta que ayer mismo pescó una trucha marrón de dos kilos y
medio a cucharilla. No lleva cesta ni sacadera, tan sólo una botella de agua de dos litros y la caña, claro. El río es de
corriente rápida, pedregoso, poco profundo y de aguas algo teñidas. Mi moral está muy alta cuando hago mis primeros lances
aunque me doy cuenta que la zona no reúne las mejores condiciones. Pesco con cucharilla, Rapala sumergido, flotante... nada,
ni un toque. Para las doce me rindo y digo adiós al Rakaia. Otra vez será.
Cuando llegamos a Moeraki, tenemos suerte que la marea está baja y podemos ver las piedras esféricas de Moeraki. A lo lejos, se divisan delfines saltando sobre la superficie del mar. A la entrada del campin de Moeraki nos saludan varios conejos y perdices. Al atardecer nos acercamos andando hasta el antiguo embarcadero para cenar en Fleur's Place, un restaurante pintoresco al lado del mar que está de bote en bote. Aceptamos cenar en el mostrador, ya que no hay mesas libres, pero pronto se desaloja una y podemos comer cómodos. De primero, compartimos media ración de mejillones verdes —¡la ración completa son veinticuatro unidades y son enormes!— y de segundo, tomamos bacalao azul en salsa de alcaparras y lima, regado con un pinot gris fantástico: Peregrine, de la zona central de Otago. Hay que reconocer la excelencia de los mejillones verdes, tienen un sabor a mar inigualable. Los probaremos más veces a lo largo del viaje, ya lo creo. 20 de noviembre, sábado
Cuando llegamos al mercado de granjeros de Dunedin aún sigue lloviendo, no mucho,
pero no para. Compramos un lenguado a buen precio y mejillones verdes y aparcamos cerca del centro para
visitar la Galería de Arte Municipal.
¿Y ahora, en noviembre, tienen polluelos? "Sí, la puesta de los huevos suele ser en septiembre, así que ahora los polluelos están en los nidos y para febrero ya serán independientes". Mientras nos cuenta todo esto, distinguimos a lo lejos un pingüino saliendo del mar, salta de roca en roca y después enfila ladera arriba hacia su madriguera. Nos sorprende la altura a la que sube, se ve que su prioridad es encontrar la mayor intimidad posible.
Justo al atardecer acudimos a la cita con los pingüinos azules de la playa Pilot. Es la especie más pequeña del mundo, apenas sobrepasan los cuarenta centímetros. Dicen que regresan a la madriguera justo al oscurecer. Al llegar a la playa nos encontramos con dos docenas de turistas que esperan detrás de la valla. Hace frío y un poco de viento y es imposible estarse quieto. En los alrededores descubrimos conejos por decenas. Como estaba previsto, justo cuando apenas se ve, media docena de pingüinos salen del agua. Tras atravesar un grupo de gaviotas enfilan ladera arriba buscando su nido, hacia nosotros. Desaparecen tras una duna y reaparecen a dos metros de nuestra posición para esfumarse otra vez tras unos matojos. Otra cuadrilla regresa al mar inmediatamente, parece que el flash de alguna cámara les ha asustado. Nos marchamos enseguida, ya no se distingue una gaviota de un pingüino. ¡Y qué frííío! Tratamos de alcanzar algún campin antes de las diez, ya que después suelen cerrar. Lo conseguimos por los pelos y pasamos la noche en el campin Portobello. 21 de noviembre, domingo
Nuestro próximo destino es el fiordo Milford Sound, así que en Balclutha tomamos la dirección oeste por la State Highway 1. El paisaje no cambia: valles inmensos con prados verdes con vacas y ovejas.
Al pasar por Gore es imposible no advertir la estatua gigante de una trucha marrón. Sus habitantes pretenden
que se conozca su pueblo como la capital mundial de la pesca de la trucha. Quizá sea exagerado, lo cierto es que el
río Mataura tiene la reputación de ser uno de los mejores del mundo para pescar por su facilidad de acceso, la cantidad
y peso de los ejemplares de trucha (ocasionalmente algún salmón también). También es sede de un festival de música campera
en junio.
Hemos visto gente descalza hasta en los aviones aunque no siempre se permite. Los defensores de andar con los pies desnudos no comprenden por qué está prohibido entrar descalzo a un avión y no con jagüayanas ¿Qué diferencia hay? ¿Es antihigiénico? En una escuela hemos visto a todos los alumnos jugar descalzos, pero, todo hay que decirlo, el césped era verde y mullido. Incluso tenían un grifo a la entrada de las aulas para lavarse los pies. Lo cierto es que, a pesar de todo, parece una moda en regresión; cada vez son más los que calzan deportivos de moda. Tomamos alojamiento en el campin Te Anau Lakeview, que es el más cercano al fiordo. A pesar del viento y del frío, volvemos atrás unos kilómetros para pescar dos horas en el río Whitestone. Siento una picada y para de contar. Las gaviotas se reúnen a centenares en una playa del centro del río para pasar la noche. Volvemos al campin y cocinamos una sopa de cebolla y el lenguado. A pesar del magnífico aislamiento de la autocaravana, hemos tenido que encender la calefacción de gas unos minutos para entrar en calor. 22 de noviembre, lunes
Somos afortunados, el día ha salido soleado y bastante despejado; no lloverá en todo el día. Y digo esto
porque el fiordo Milford Sound es una de las zonas del mundo donde más llueve: nueve metros de media al año. Compáralo con la Sierra
de Grazalema en España, tan solo dos metros.
Este tramo de ciento diecinueve kilómetros, también llamado ruta Milford, pasa por algunos de los paisajes más bellos de Nueva Zelanda. Sin embargo, también presenta una tasa de mortalidad por accidentes de vehículos del doble de la media, así que... mucho cuidado. Paramos en los lagos Mirror. Los murales informativos explican el problema que tienen con los millones de zarigüeyas y armiños que pueblan el país. Los armiños se introdujeron en 1884 para controlar a los conejos y las zarigüeyas en 1837 para hacer negocio con su piel. Pocos imaginaban que su introducción pondría a los pájaros nativos (kiwi, takahe, kakapo, weka, kea) y pingüinos al borde de la extinción. Como ejemplo, se estima que las armiños matan el sesenta por ciento de los huevos de kiwi, los hurones, perros y gatos matan un treinta y cinco y sólo un cinco por ciento sobrevive. El Departamento de Conservación les ha declarado la guerra y han dispuesto trampas y cebos envenenados por todo el país. Las carreteras de Nueva Zelanda están llenas con cadáveres de estos animales. Al detenernos en el mirador Monkey Creek advertimos que los kea han perdido el miedo a los humanos, se posan sobre los retrovisores de los coches o se acercan en cuanto ven a cualquiera con alguna cesta de comida. Y si te descuidas ¡te la roban de la mano! Pueden ser realmente pesados; ya lo advierten los carteles: "No alimentes a los keas o se convertirán en una plaga". ¡Algunos arrancan las gomas de las ventanillas con su poderoso pico! En una bajada muy pronunciada llena de curvas tengo que hacer uso de los frenos frecuentemente porque el vehículo se embala y notamos un olor a quemado y el tacto del freno cada vez más esponjoso. Me alarmo y paro en cuanto veo una playa. Esperamos veinte minutos y seguimos, afortunadamente sin ningún sobresalto más. El túnel Homer atraviesa 1270 m de montaña y es como una atracción más: poco iluminado, paredes y suelo irregulares, goteras, desnivel de 120 m. entre la entrada y la salida, uf... ¡toda una experiencia atravesarlo!
Es una lástima que nuestro barco no visite el observatorio bajo el agua —¡hay que madrugar más!— ya que este lugar ofrece la peculiaridad de que las abundantes lluvias acumulan una capa de cinco metros de agua dulce con mucha materia orgánica que no deja pasar la luz y debajo se reproducen condiciones propias de mayores profundidades, lo que permite encontrar a veinte metros bajo el mar, animales que normalmente se dan a mayor profundidad.
El río Eglinton baja fuerte y cristalino, quizá demasiado impetuoso para pescar. Lanzo en perpendicular pero en cuanto el pez artificial se orienta con la corriente casi se sale del agua por la tremenda velocidad del río. De todas formas, el agua es tan clara que no hace falta ni lanzar, ya se ve que no hay peces, al menos en el tramo que yo recorro. Regreso hacia la autocaravana por un campo repleto de altramuces morados y amarillos. Diviso una charca. Me asomo. ¿Y qué veo? Una anguila gigante de aleta larga buscando insectos acuáticos entre el limo del estanque. Ésta no es muy grande, pesará unos tres kilos. Debe estar hambrienta porque, lo normal es que cacen de noche. Así que truchas, ninguna, pero moscas (sandfly)... a millones. Son diminutas, no más de tres milímetros. El macho es vegetariano pero la hembra necesita sangre para producir los huevos. De noche no pican porque no ven. Menos mal que he sido previsor y me he llevado el repelente y una visera, aunque aún así, no me he librado de dos picaduras. La malla de las ventanas de la autocaravana es muy tupida y las moscas no pueden entrar pero basta que se abra la puerta para que se cuelen por decenas. Por fortuna llevamos insecticida y además son muy fáciles de matar digitalmente. 23 de noviembre, martes
¡Vaya rocío ha caído esta noche! Desayunamos en las mesas de pic-nic aunque las moscas ya comienzan a mostrar actividad. La mañana es fresca y de cielo despejado.
Y por fin llegamos a la renombrada Queenstown, una pequeña ciudad de 8500 habitantes muy agradable, a orilla del lago Wakatipu y rodeadas de montañas. La ciudad está tomada por la juventud. Se respira una atmósfera de placidez, de retiro vacacional, con las terrazas llenas de gente tomándose un café o saboreando un helado en Patagonia. De los picos más próximas vemos cómo descienden varios parapentes y del pequeño puerto zarpa lánguidamente el centenario TSS Earnslaw con su carga de turistas.
A veintitrés kilómetros de Queenstown nos detenemos en el puente sobre el río Kawarau, famoso por ser el primer lugar donde se comercializó el salto con cuerda desde puente. Cuando llegamos ya han cerrado y no hay actividad. Siento envidia de la gente que es capaz de vencer el miedo por saltar, dicen que es una actividad muy adictiva, que el corazón se te pone a doscientas pulsaciones antes del salto y que justo cuando te da el tirón te quedas ciego durante dos segundos. Son sólo unos instantes en el aire, pero dicen que no se olvidan en la vida, como el primer beso francés o el primer embate sexual. Saltar desnudo es todavía una opción permitida, pero ya no es gratis como antaño, se hizo demasiado popular y cancelaron la gratuidad hace muchos años. Nos alojamos al atardecer en el Lake Outlet Holiday Park, a la orilla del lago Wanaka. El río Clutha nace en el lago y durante mi paseo vespertino por su orilla compruebo que es un auténtico paraíso truchero: en las tablas, innumerables truchas boquean con la serena, ejemplares eminentes de no menos de tres cuartos de kilo. A pesar de su imponente caudal, sus aguas son tan increíblemente transparentes que los peces se divisan a decenas de metros. Mañana probaré fortuna. (Temperaturas de hoy: T mín = 2,4 º C; T máx = 18,2 º C. Humedad media = 61 %). 24 de noviembre, miércoles Los conejos y perdices corren a sus madrigueras mientras me dirijo, a las seis de la mañana, hacia el río Clutha. La luna aún no se ha ocultado detrás de las montañas. Cielo raso, buena temperatura. Avanzo hasta sobrepasar la boya amarilla que limita el tramo de pesca con látigo. A partir de aquí, el río cambia de
Salimos del campin hacia las diez y al pasar por Wanaka repostamos combustible, llenamos la despensa y, de paso, compro en una tienda de pesca dos Diablos de Tasmania y un Rapala hundido. Hacia las diez ponemos rumbo a la costa oeste por la SH6, dejando atrás los lagos Hawea y Wanaka. Circulamos paralelos al río Makarora, que desemboca en el extremo norte del lago Wanaka. Después, paramos a contemplar las cataratas Faintail que desaguan en el río Haast. Como veis, el agua sigue siendo protagonista. Tras una larga bajada paramos un rato al lado del puente sobre el río Haast, para verle saltar entre grandes piedras. Mi olfato me indica que no somos los únicos a los que los frenos les huelen a quemado. Orilla de la carretera reparamos en los carteles que anuncian la venta de whitebait, ¿qué será eso? Ya cerca del mar, nos detenemos de nuevo, esta vez, para admirar las fabulosas vistas desde el puente sobre el río Arawata. Impresionante panorámica. ¡Qué ría tan espectacular! Me dan unas ganas terribles de bajar a echar unos lances pero, en fin, si sucumbo a mis impulsos de pescador no haría otra cosa en todo el día. Los 24 Km. que nos quedan hasta llegar al final de la carretera son solitarios, apenas nos cruzamos con un coche y alguna autocaravana. La carretera se estrecha y la vegetación se ciñe a los bordes de la carretera. Abundan los helechos. Al fin llegamos a Jackson Bay; una minúscula aldea de pescadores. Parece que estuviéramos en el lugar más recóndito de la isla. El pueblo es realmente minúsculo; sólo hay un restaurante estrecho y alargado que parece un vagón de ferrocarril. Cierra a las tres y media y a pesar de su nombre, 'Cray Pot', sólo sirve el popular fish and chips. En la lonja del pescado preguntamos si les queda algo y nos dicen que hace media hora que salió el camión.
Tras media hora en el agua, su marido regresa con cuatro langostas, la mayor de un kilo. Le preguntamos si nos venden una y… ¡sorpresa!, ¡nos la regala! Volvemos tan contentos a nuestra casa rodante y la preparamos en infusión, acompañada con un Mount Vernon, sauvignon blanc de la zona de Marlborough. Bonísima. 25 de noviembre, jueves
Cuando echamos un vistazo por la ventana divisamos al vecino de la autocaravana pescando desde el embarcadero de Jackson Bay. Espero que se haya rociado bien con repelente porque esta mañana los mosquitos se muestran muy activos.
Para la una llegamos al glaciar Fox y una enorme explanada, por donde antiguamente corría el glaciar, nos sirve de aparcamiento. Antes de la caminata, comemos en la autocaravana y nos informamos un poco sobre los glaciares. ¿Y qué es un glaciar? Un glaciar es una enorme masa de hielo que se mueve valle abajo muy despacio. La cabecera o circo glaciar recoge la nieve que permanece a temperaturas bajo cero. El glaciar Fox recorre trece kilómetros y salva un desnivel de dos mil seiscientos metros. Según desciende a cotas más bajas la temperatura aumenta y el hielo se derrite. ¿Cuánto avanza un glaciar? Cuando la cantidad de nieve acumulada arriba es superior a la que se derrite en el extremo inferior, el glaciar avanza. Desde el fin de la Pequeña Edad de Hielo, alrededor de 1850, los glaciares de todo el mundo han retrocedido, y mucho. El Fox y el Franz Josef no son una excepción: en cien años se han acortado dos kilómetros y medio, aunque desde 1985 avanzan a razón de un metro diario debido al aumento de precipitaciones de nieve y al efecto del Niño de 2002.
Mucha gente camina sobre el glaciar pero para eso hay que contratar un guía experimentado, alquilar botas adecuadas y estar en buena forma física. La lluvia desbarata nuestros planes de visitar esta tarde el otro glaciar, el Franz Josef, así que nos instalamos en el campin Rain Forest Retreat, algo laberíntico y de calles estrechas, inmerso en la atmósfera húmeda de un bosque lluvioso, con helechos por todas partes y nubes blancas muy bajas. El campin cuenta con sauna escandinava, espá privado y piscina climatizada. Como la piscina está llena de gente, reservamos para el privado y en cuanto aparcamos la autocaravana nos sumergirnos en pelotas en las burbujeantes y calentitas aguas del espá. Luego damos una vuelta por el pueblo, donde hay poco que ver: una gasolinera, varios restaurantes, un súper, tiendas de recuerdos, agencias de viajes y hoteles, ¡ah! y un edificio dedicado a los kiwis rowi, uno de los más raros, sólo quedan trescientos setenta ejemplares y se encuentran a unos veinte minutos de aquí, libres en la naturaleza. En campin ha colgado el letrero de "lleno", sin embargo, sólo se oye el canto de los pájaros. 26 de noviembre, viernes
El tiempo en este país es muy variable. Ayer el día era nublado y tristón, hoy no se ve una nube en el cielo. Mejor.
Después, ponemos rumbo a Punakaiki y al cruzar Hokitika nos detenemos en el súper New World donde compramos unos lomos de un pescado llamado groper. Pesco durante hora y media en la ría de Hokitita, al lado del monumento al aviador, en el cruce de la ría con la carretera. Las aguas están casi muertas ya que en marea baja, apenas se produce contacto entre la ría y el mar. En uno de mis lances, un pez como de tres kilos, de laterales anaranjados, sale de un pozo de aguas oscuras y me sigue el señuelo hasta aguas más someras, justo entonces da media vuelta y regresa al pozo. Mi pulso se acelera. Sigo lanzando, por supuesto, pero no obtengo ninguna respuesta. De vuelta, observo en el agua una gran red armada con anillos longitudinales dispuesta sobre el lecho de la ría. ¿Qué pescan? Whitebait. Seguimos carretera adelante y al atardecer llegamos a Punakaiki para ver las formaciones rocosas llamadas Pancakes. Hace mucha niebla y el mar de Tasmania está muy furioso. Es todo un espectáculo ver como chocan las olas contra las rocas. Regresamos a Greymouth y acampamos en el Top Ten Holiday Park. 27 de noviembre, sábado
Dos wekas merodean entre los arbustos del campin. Enseguida salimos de la autocaravana para
verlos más de cerca. El weka es un pájaro endémico, no volador. Los lugareños no les hacen ni caso, acostumbrados a ellos, les deben parecer meras gallinas.
A la hora de comer aparcamos en una amplia playa de la carretera al lado del río Waiau, poco antes de Hammer Springs. Mientras mi mujer disfruta cocinando yo aprovecho para pescar en el río. Al segundo lance me pica una trucha pequeña que salta fuera del agua y se desanzuela. Sigo vareando cien metros de río y a pesar del sugerente aspecto del Waiau me voy con un nuevo bolo. Para rematar, dejo el Rapala imitación trucha comprado en Queenstown enganchado en el lecho. Eso sí, aunque no pesque, basta levantar los ojos para disfrutar de un paisaje que a mí me cautiva. En Kaikoura nos alojamos en el Top Ten Holyday Park, justo al lado de la playa. Aunque son las ocho y todo estará cerrado nos damos un paseo hasta el centro del pueblo caminando por la playa de guijarros. En la desembocadura de un pequeño regato encontramos a dos mujeres ataviadas con vadeadoras y un cedazo, ¿Qué pescarán? Pescan whitebait, los alevines del inanga; un pez de agua dulce muy extendido en el hemisferio sur. Es un bocado exquisito que se cotiza a precios elevados en las pescaderías. Los inanga ponen sus huevos en las orillas de los ríos y durante las crecidas de la primavera son arrastrados al mar donde después de pasar seis meses regresan al río, momento en que los depredadores, incluido el hombre, están bien atentos para hincarles el diente.
El campin tiene una gran cama elástica, que por cierto, parece el pasatiempo nacional. En los jardines de las casas se ven con mucha frecuencia. Hoy nos cenamos el blue groper al horno. Está riquísimo, parece mero, de hecho son parientes. Para los amantes del pescado, Nueva Zelanda es un lugar magnífico ya que los locales no lo valoran y su precio está muy contenido. Este magnífico mero nos salió a veintiocho euros el kilo. Date cuenta. 28 de noviembre, domingo
Ni una nube en el cielo, qué suerte.
Después de avisar en la recepción del campin que nos quedamos un día más, salimos hacia la península de Kaikoura y aparcamos en Point Kean, al final de la Fyffe Quay. Desde aquí sube el camino que bordea el
acantilado. La península es una sucesión de pequeñas bahías a cual más espectacular y la vida bulle en ellas:
las focas descansan sobre el roquedo, los cormoranes vigilan el horizonte desde las sierras más altas de los
peñascos y las gaviotas se reúnen en grandes bandos sobre la arena. Mientras, las olas forman grandes extensiones
de espuma al golpear contra las rocas emergentes y mueven con violencia unas algas de consistencia gelatinosa.
Visitamos la pescadería Fresh Fish, cercana al campin. Hoy compramos pez limón, whitebait a 125 $NZ/Kg y los mejillones verdes que tanto nos gustan. El producto turístico más vendido en Kaikoura es el avistamiento de ballenas. Por 140 $NZ por persona, tienes derecho a dos horas y media de travesía marítima con posibilidad de ojear ballenas (azules, jorobadas, pilotos, cachalotes), orcas asesinas, delfines Héctor — que son los más pequeños del mundo—, focas y albatros errantes. Te devuelven el ochenta por ciento del importe del billete si no se avista ninguna ballena. El edificio donde se reserva los billetes está justo al lado del camping, al otro lado de las vías del tren. Llegamos para las tres y media y nos hacen pasar a una sala donde se proyecta la película Ballenas, delfines y focas de Big Fish Productions. ¿Sabías que todos los cachalotes (Physeter macrocephalus) juntos comen más pescado en un año que todos los seres humanos del mundo? ¿Que pueden vivir hasta los setenta años y son capaces de alcanzar los tres kilómetros de profundidad en busca de sus presas? Se alimentan de pulpos, sepias y calamares —incluidos los calamares gigantes, sí, esos que llegan a pesar quinientos kilos— y otros peces, como el enigmático tiburón de boca ancha de las profundidades. Y cosa curiosa: aunque tienen dientes, los utilizan para defenderse de las orcas asesinas o de otros machos, no para alimentarse.
Regresamos a Point Kean y por allí anda dormida aún la foca de esta mañana. Recolectamos un puñado de bígaros, que aquí no los aprecian, y cocinados en infusión junto con los whitebait y un vino blanco riesling Drylands van a ser nuestra cena. (Temperaturas de hoy: T mín = 13 º C; T máx = 18º C. Humedad media = 94 %). 29 de noviembre, lunes
Amanece nublado, muy cubierto, pero poco a poco, se abrirán claros y lucirá un día radiante.
Cruzamos extensiones enormes de viñedos fantásticamente ordenados; es la región de Marlborough, conocida por su clima seco y por su fantástico vino blanco sauvignon. Es increíble la variedad de vinos que se cultivan en este país que sólo produce el uno por ciento de la producción mundial: cabernet, merlot, syrah, pinot noir, chardonnay, sauvignon blanc, riesling, pinot gris... La clave está en la variedad de climas que permiten cultivar con éxito desde los vinos de estilo Bordeaux y syrah, en el clima cálido del norte, a los riesling de los climas más fríos del sur. Al igual que en Estados Unidos, aquí tampoco se utilizan tapones de corcho sino roscados. Los partidarios del tapón roscado argumentan una mayor facilidad de apertura y menos sulfuros, al no tener contacto con el oxígeno y también la eliminación del 'olor a corcho', que suele afectar a un tres por ciento de la producción en Europa. En la amplia área de descanso de Pelorus Bridge paramos a comer. Pelorus Bridge es una zona de acampada y senderismo muy popular, a medio camino entre Blenheim y Nelson. El río forma unos pozos de aguas de tonos verdosos donde se zambullen los más aguerridos. Mientras comemos, observamos a los escolares que rodean nuestra autocaravana: es un colegio entero de excursión, los profesores visten una camiseta con su nombre en la espalda, como los futbolistas. Si te fijas bien, enseguida empiezas a distinguir al pelota, el gordo acomplejado, la listilla, el hiperactivo, la dispersa, el matón, la líder, etc. La diversidad genética es manifiesta: pelirrojos, ojos almendrados, morenos, etc. En las curvas que descienden hacia el Rai Valley nos encontramos con un fila de coches detenidos. Pasa la policía, los bomberos y un helicóptero. Esperamos casi una hora, Cuando por fin avanzamos pasamos por delante de dos coches accidentados, a uno le han cortado el techo con una sierra. A los heridos los han evacuado en helicóptero. Seguimos adelante y, por fin, llegamos a Nelson. Aparcamos en el centro y visitamos el Jardín de la Reina y caminamos por el paseo del río. Se dice que Nelson goza del mejor clima del país, con 2400 horas de sol anuales. Las tiendas cierran a las cinco y sólo los restaurantes e hipermercados quedan abiertos. A las seis, el centro parece una ciudad fantasma. Sin embargo, el paseo del río se llena con gente corriendo, andando en bicicleta, jugando al badminton, paseando a los perros, etc. ¡Qué calidad de vida disfruta esta gente! La verdad es que no se ven grandes coches ni casas espectaculares pero sí una amplia clase media muy igualitaria que disfruta su ocio al aire libre, para ello cuenta con una naturaleza prodigiosa que miman como en ningún otro sitio del mundo. Acampamos en el Top Ten Holiday Park de Motueka. Cenamos un pescado con un vino blanco y los bígaros que sobraron de ayer. 30 de noviembre, martes
Mañana cruzaremos el estrecho de Cook en el ferry Picton-Wellington. El billete lo reservamos por internet
desde los ordenadores del campin. Introduciendo el código de un vale de descuento que viene en los folletos
que nos dieron en las oficinas de KEA, se obtiene un diez por ciento de descuento. No es necesario ni apuntar el número de reserva, ya que lo único que nos pedirán para entrar al ferry es el apellido.
La distancia hasta Torrent Bay es de seis kilómetros y medio de camino fácil y accesible. En el mar se ven muchos grupos que se desplazan en kayak y aprovechan las incontables calas para descansar. A juzgar por sus caras, el viento que sopla les está dejando extenuados. Devoran el bocadillo con auténticas ganas. Tras dos horas y media de recorrido llegamos a Torrent Bay a las dos y media. Nos sobra aún hora y media para pasear por los senderos y para ojear las viviendas de unos pocos afortunados que debido a sus privilegios históricos pueden alojarse aquí. Los inmuebles existentes se pueden comprar pero las nuevas edificaciones están prohibidas. Pocos minutos antes de las cuatro ya están gritando nuestros nombres para volver a la lancha. A las cuatro y media llegamos a Kaiteriteri, comemos en el aparcamiento y salimos en dirección a Picton. Al pasar por Motueka visitamos el New World para comprar provisiones y comprobamos que la mitad de los clientes del supermercado van descalzos. El camino hasta Havelock lo hacemos casi en solitario; nadie por delante, nadie por detrás. Pernoctamos en el campin de Havelock, de 490 habitantes, la capital mundial de los mejillones verdes. 1 de diciembre, miércoles
A las siete menos cuarto ya estoy a la orilla del río Wakamarina. Los accesos son difíciles, el agua cristalina,
el lecho de cantos rodados. Echo un vistazo al río e inmediatamente veo una en la orilla opuesta, quilera. Dada
la transparencia del agua ella también me divisa a mí y se desplaza tranquilamente hacia mi orilla, de aguas más
profundas. La pierdo de vista. Imposible lanzar, el acceso a las orillas es muy complicado, necesitaría un machete.
Logro acercarme al río en el puente de la carretera pero es una zona poco sugerente, muy despejada y poco profunda.
Abandono. Pruebo más adelante, en la ría del Pelorus, pero más de lo mismo, no hay senderos en las orillas de la ría. Al
final logro echar unos lances cerca de un puente. Algo muerde repetidas veces mi cucharilla con poca convicción.
¿qué será? Atrapo una. ¡Son loinas! Igualitas a las que hace dos décadas recorrían los ríos de la meseta castellana.
Pero... no puede ser... si es un pez pasto...¿se han vuelto carnívoras en Nueva Zelanda?
En nuestro camino hacia Picton paramos en la degustación de la bodega No. 1 Family Estate, que resulta ser de champán. La familia Le Brun, originaria de Francia elabora vinos al estilo tradicional de Champagne. Nos ofrecen catas de sus Nº 1 y Nº 8 Cuvée, Nº 1 Rosé y Cuvé Virginie. Virginie es la hija, actriz y presentadora de televisión. Nos quedamos con una botella del Nº 1 Rosé. Uno pensaría que Picton es una gran ciudad al albergar el puerto que conecta los ferrys con Wellington. Pues nada de eso, tan sólo tienen cuatro mil habitantes. Entrar al ferry es sencillo: introduces en el navegador el nombre de la calle de embarque: 'Lagoon street', cuando alcanzas la caseta de control das tu apellido y comprueban tu reserva, te dan un papel minúsculo que debes colocar en el parabrisas por el interior para que, en caso de incidencias, te puedan localizar por megafonía dentro del ferry. Las autocaravanas se colocan entre las filas siete y nueve. Nos ponemos en la nueve y mira qué bien, somos de los primeros en entrar. Aparcamos donde nos indican y entramos a la zona de pasajeros por la quinta planta. El ascensor indica que el ferry tiene once pisos. El ferry Kaitaki (Retador) zarpa con cuatro minutos de retraso. Nos intentamos situar frente al ventanal principal pero la primera fila de butacas ya está ocupada; todos son jubilados que pasan de los setenta y ninguno mira por los ventanales. Afortunadamente, el día es soleado y el mar está en calma a pesar del viento helado que sopla cuando sales a cubierta. El Estrecho de Cook es una de las aguas más peligrosas e impredecibles del mundo, sobre todo, con tormenta. En el estrecho apenas hay diferencia de altura entre la bajamar y la pleamar ya que las mareas del mar de Tasmania son opuestas en periodo a las del océano Atlántico, lo que sí hay es cambio de sentido de las corrientes, seis horas en un sentido y seis en otro, y muy veloces, hasta diez kilómetros por hora; un lugar ideal para instalar turbinas que aprovechen las corrientes marinas.
Visitamos el Jardín Botánico de Wellington, que al estar situado sobre una colina tiene unas vistas magníficas sobre la ciudad. Un atasco de tráfico tremendo cerca del Jardín Botánico hace que tardemos una eternidad en llegar a nuestro alojamiento de hoy, el Top Ten Holiday Park, situado en una zona industrial a las afueras de la ciudad. Cenamos el monkfish (rape) con el Nº 1 Rosé y a la cama. 2 de diciembre, jueves
Las guías advierten que aparcar en el centro de Wellington es complicado. Es cierto; hay pocas plazas de estacionamiento. Tampoco apetece mucho circular
por una ciudad construida parcialmente sobre una colina; la autocaravana se mueve mejor en espacios abiertos planos. Dejamos el vehículo en la calle Terrace, ponemos boleto para el límite máximo de dos horas y hacemos la visita andando.
Las calles comerciales peatonales están abarrotadas de gente, seguramente el día veraniego ayuda mucho. El aspecto de prosperidad de la gente es evidente ¿Cuánto ganan? Los rangos salariales son casi idénticos a los españoles, aunque abogados y telecos están mejor pagados que en nuestro país, el resto: parigual. Entonces, ¿qué ganas con emigrar a Nueva Zelanda? Calidad de vida: casas a menos de la mitad de precio que en España (en Wellington, los precios medios de las casas unifamiliares en 2010 han oscilado entre los 345.000 $NZ (196.650 €) del norte y los 525.000 $NZ (299.250 €) del este. ¡Y qué casas! ), vida más tranquila, sociedad más organizada, racional y democrática y, sobre todo, una naturaleza que cuenta con paisajes espectaculares y variados. Y si te gusta pescar, ¡un paraíso! Lo principal es un buen nivel de inglés, lo demás es ponerle voluntad y aguantar al largo papeleo que conlleva el trámite.
A destacar también el ammonites gigante de hace ciento cuarenta millones de años o el calamar colosal instalado en el 2008 que fue atrapado por las redes del barco San Aspiring cuando pescaba toohfish en el mar Ross. Nada menos que diez metros de largo y quinientos kilos de peso y lo más curioso: garras giratorias. Salimos a las cinco hacia el lago Taupo pero no llegamos; nos quedamos en el campin de Bulls, que está a tiro de piedra del río Rangitikei, truchero a más no poder. Después de cenar paseamos por sus orillas. Es un río de aluvión, de fácil acceso. Casi al instante veo una trucha de unos dos kilos en una zona poco profunda, cerca de la orilla. Para cuando me acerco a la orilla ya ha desaparecido. Lanzo unos minutos pero enseguida anochece. Regresamos a la autocaravana; mañana será otro día. 3 de diciembre, viernes Me levanto al alba para probar fortuna en el río Rangitikei. Cruzo la carretera y un gran cartel me anuncia el acceso número viente. Empato mi Rapala imitación a trucha con grandes esperanzas. La corriente cercana al puente de la carretera promete, es ancha y profunda. Comienzo lanzando aguas arriba, pero la velocidad de la corriente aplasta el señuelo.
Sigo pescando aguas arriba en pozos que prometen, de aguas transparentes. Sólo obtengo algunos seguimientos de truchas ‘pequeñas’ (medio kilo). Una señora que pasea con su perro abandona el camino para acercarse a mí y advertirme que ayer vieron una muy grande debajo del puente de la carretera. Le doy las gracias por la información pero le anticipo que voy servido. En realidad, el cupo es un tanto extraño: dos ejemplares y el segundo no puede superar los 520 mm. Es curioso que establezcan límites superiores y ninguno por abajo. Me hubiera encantado seguir pescando en este espléndido río pero a las nueve me encuentro a mi mujer en el sendero y me recuerda que debemos abandonar el campin antes de las diez. Entre desayunar, afeitarme, ducharme, fregar los platos y limpiar la trucha se me pasa el tiempo y no creas que el tipo desabrido de la recepción perdona; para las diez menos cinco ya nos está advirtiendo que si no salimos antes de las diez tendremos que pagar otro día. No se andan con tonterías estos neozelandeses. Las reglas son para cumplirlas.
En Waiouru tomamos la SH49 hacia Ohakune, la capital mundial de las zanahorias, según ellos. Nos adentramos en el volcán Tongariro y subimos hasta el área de esquí de Turoa. ¡Cuidado con los patos y los kiwis, no los atropelles! La última vez que el Tongariro (1967 m.) entró en erupción fue en 1926. El Ngauruhoe (2287 m.) es el más parecido a un volcán clásico, sin embargo es sólo un cono secundario del Tongariro. Se formó hace dos mil quinientos años y ya ha entrado en erupción cuarenta y cinco veces, la última en 1977. Desde la carretera, las vistas de ambos volcanes son fantásticas. Pernoctamos en el Oasis Motel & Caravan Park de Tokaanu y gozamos de sus piscinas de aguas termales a cuarenta grados. ¡Qué calentito se está dentro! 4 de diciembre, sábado
Salimos los últimos del campin, algo pasadas las diez y continuamos hasta Turangi, capital mundial de la pesca de la trucha.
En el e-site de Turangi nos informan que para pescar en el lago Taupo y el río Tongariro, además de la licencia nacional se necesita
otra licencia local. Y sólo se puede pescar a mosca en el lago y en los primeros trescientos metros de los ríos que nacen en el lago.
A partir de Reporoa empezamos a ver salir humo de la tierra. ¿Será un incendio? Pernoctamos en el Waiteti Trout Stream Holiday Park de Ngongotaha. En recepción no hay nadie. Tocamos la campanilla y enseguida asoma el encargado con unas mejillas sospechosamente sonrosadas. Que nos coloquemos donde queramos, que ya nos registra mañana, que ahora celebra una fiesta en la trastienda. Se nos acaba una de las botellas de gas y la cambio en un periquete, la conexión no presenta ningún problema. La publicidad de este campin utiliza como reclamo la pesca de la trucha y ciertamente no exageran. El pequeño terreno donde se ubica el campin está limitado por el río Waiteti que nace en el lago, a menos de cien metros del campin. Nos instalamos en la parcela número dos, a cuatro metros del río. La impresión inicial es desalentadora ya que es un río profundo de aguas lentas y algo oscuras, de fondo arenoso. Después de aparcar la autocaravana, conectar el cable a la red y rociar con repelente mis manos y cara, agarro la caña y el pez artificial y me pongo a lanzar allí mismo, al lado de nuestra autocaravana. En el tramo de río que discurre al lado del terreno de la casa del vecino boquean tres truchas y a juzgar por el sonido más grave de los boqueos, una es de buen tamaño. No veo manera de alcanzar su puesto de caza ya que entre ellas y yo media un arbusto que cae sobre el agua... y la valla del vecino. Abandono enseguida ya que casi es de noche y apenas veo el cebo. Nos cenamos la mitad de la trucha marrón que pesqué ayer. El pinot gris resulta un excelente acompañante. 5 de diciembre, domingo
Aunque me levanto a las seis, hace media hora que ha amanecido. Las aguas tranquilas del río conectan con el lago y discurren muy tranquilas. Casi no se percibe la corriente.
El Waiteti lleva truchas, ya lo creo, y bien grandes. En un pozo muy aparente me muerde una que no se clava. Más adelante, otra, a poco de dos kilos, sigue muy decidida el Rapala a escasos centímetros de los anzuelos, cuando llega a aguas menos profundas y, por tanto, más claras, da media vuelta. Llego hasta el lago sin percibir ningún toque más. Hay infinidad de patos que arman un follón tremendo, seguro que están en celo. Por el camino me cruzo con dos pescadores maoríes con cañas que parecen de juguete, una de ellas de color verde fosforescente y una trucha grande en la mano. En el lago aún duermen los patos, los cisnes negros y cientos de gaviotas. De regreso al campin me sigue el señuelo otra gorda, pero tampoco se decide a morder. Termino pescando en el terreno del campin, rodeado de patos. En un pozo no muy
profundo muerde una arco iris quilera que al sentir el anzuelo salta un metro por encima del agua.
En cuanto cae, tiro sin contemplaciones y la llevo a la orilla. Ya es mía.
Este río me ha dejado una magnífica impresión, el Waiteti lleva truchas señeras y parece inmejorable para registrarlo con pez vivo.
Lástima no poder dedicarle más tiempo.
Comemos dentro de la autocaravana, en el estacionamiento del Centro Cultural y Termal Te Puia donde entramos después para ver los géiseres. Salimos desencantados ya que los géiseres son escasos y nada del otro mundo y el precio algo elevado para lo que ofrecen. Claramente, una trampa para turistas. Mucho grupo organizado en autobuses. Japoneses a mansalva. Después paseamos por el muelle de Rotorua y salimos hacia Reporoa donde acampamos en las calles de este minúsculo y solitario pueblo, ya que no encontramos ningún campin cerca. 6 de diciembre, lunes
Son las seis menos veinte. Los cristales están empañados. Hace fresco, casi frío. Cielo despejado. Procuro no despertar
a mi mujer, me abrigo bien y alcanzo andando el punto donde la carretera cruza el río Waiotapu. A ambos lados del
puente hay cercas de ganado que impiden el paso. Las cruzo, aunque no debería. El rocío de la mañana moja los bajos de mi
pantalón. Como no hay camino abierto entre las tupidas hierbas de las orillas no lo voy a abrir yo, me calaría hasta las ingles,
así que opto por quedarme en el ojo del puente, que parece buen sitio. Lanzo y lanzo y nada, ni un triste mordisco, ni un
seguimiento. El agua corre turbia, el fondo es de limo, quizá este río no sea apropiado para truchas, ya sabemos que ellas
prefieren la piedra. Pero hay que intentarlo, nunca se sabe dónde surgirá la sorpresa.
Mientras ando vareando, en la orilla opuesta, un hato de vacas pasa por el ojo del puente. La líder pasa la primera y después espera a las demás. Todas y cada una se paran durante un segundo para mirarme. Cuando ha pasado el primer grupo, la líder muge como llamando a las rezagadas, ¡y es respondida! Los grupos restantes se van acercando avivando el paso. Parece un colegio de excursión con la profesora pendiente de no perder a los alumnos. Cuando me agacho para cruzar la cerca de madera al regresar a la carretera, mi mochila pega con una de las tablas y escucho el mugido de una vaca. ¡Qué susto! ¿Y dónde está la vaca? El sonido ha salido desde dentro de una diminuta caseta de madera. ¡Pero si ahí no cabe! ¿Será una grabación para mantener alejadas a las vacas de la carretera? ¿Un centinela de ganado? Desayunamos y salimos hacia Wai-O-Tapu Thermal Wonderland. Una vez que sacamos el boleto en el centro de visitantes, salimos rápido en la autocaravana hacia el géiser Lady Knox, que hace erupción justo a las diez y cuarto. Este centro geotermal sí que es interesante, no como el de ayer.
Continuamos hasta Whakatane (pronúnciese Fakatane en maorí) donde acampamos en el Holiday Park, magníficamente situado al lado del paseo de la ría. Damos un paseo hasta el embarcadero bajo el lánguido sol del atardecer. Esto es vida. 7 de diciembre, martes
A las siete ya estoy a orillas de la ría del Whakatane. Es por mantener la afición porque
la esperanza de pescar algún pez al lanzado ligero en una ría de corriente imperceptible es bien poca. Me basta con respirar el aire fresco matutino y sentir en la piel los primeros rayos de sol, esta luminosidad me cautiva. Celebro estar vivo y saber disfrutar estos momentos.
Recorro la margen derecha hasta el puente con seguimientos de peces minúsculos. Bajo los ojos del puente hay cardúmenes con miles de peces, similares a las anchoas. Dejamos el campin. Al cruzar Whakatane pasamos por la calle comercial The Strand y nos asombra la cantidad de tiendas e hipermercados que tiene esta ciudad de tan solo dieciocho mil habitantes. Con el cielo azul y el sol resplandeciente parece una ciudad idílica, encantadora, no me importaría vivir aquí, pero en julio de 2004 fue un infierno: cayeron doscientos cincuenta milímetros de lluvia en dos días que hicieron que el río se desbordase inundando la ciudad mientras la tierra se movía debido a pequeños terremotos. Murieron dos personas y les pareció el fin del mundo. Poco antes de llegar a Te Puke avistamos una enorme rodaja de kiwi en la carretera que anuncia el Kiwi360. Entramos, algo aprenderemos. Mientras nos conducen a los cultivos en un KiwiKart, una grabación nos explica: "En 1904, un maestro de escuela plantó las primeras semillas traídas del valle Yangtzee de China. La vid se dio de maravilla y enseguida se convirtió en un próspero negocio. De las ciento cincuenta variedades de kiwis conocidas, Nueva Zelanda sólo comercializa tres: la Hayward Green o kiwi verde, mejorado en laboratorio y que es una patente neozelandesa, la Zespri Gold o kiwi dorado, que es natural, y la Kiwiberry, tan pequeño como una uva. Los kiwis tiene el doble de vitamina C de una naranja y el doble de vitamina E que un aguacate. Y van genial para evacuar por su alto contenido en fibra. Su gran ventaja comercial es que, los verdes, refrigerados entre cero y cinco grados, se mantienen hasta nueve meses en perfectas condiciones. El dorado es más delicado. La polinización la realizan las abejas y ante la actual escasez de abejas se ha pensado en utilizar ventiladores".
Al final del recorrido nos dejan en la zona de los árboles frutales: hay mandarinos, melocotoneros, nísperos, nogales, árbol de las macadamias, aguacates, limoneros, limas, toronjas, naranjos, pomelos, etc. Es conveniente llevar una mochila porque te dejan recoger toda la fruta que quieras, nadie retira las frutas de los árboles, quedan a merced de los pájaros. Mis favoritos son los nísperos, que además están dulcísimos. También cultivan un kiwi diminuto para fabricar vino que, por cierto, lo hemos probado en la degustación y está muy bien, nunca imaginarías que es vino de kiwi, parece un chacolí fino. Seguimos adelante y a la hora de comer paramos en una playa de la carretera, orilla del río Kaituna. No parece que lleva truchas en este tramo ya que es muy caudaloso y el lecho es arenoso. Yo pruebo unos lances durante diez minutos, por si acaso. Continuamos por Katikati y cruzamos la garganta Karangahake donde paramos un rato a contemplar la naturaleza, cruzar el puente sobre el río, etc. Pernoctamos en el Dickson Holiday Park situado en un enclave rodeado de pinos y montañas, a tres kilómetros de Thames. Un lugar precioso. 8 de diciembre, miércoles
La autocaravana dispone de ducha, lavabo y taza, pero resulta más cómodo utilizar las instalaciones de los campins, así, las operaciones se reducen a la toma de agua potable y de electricidad y, con menos frecuencia, la evacuación de aguas grises y negras.
Nuestras aguas negras consisten casi exclusivamente en orina y vaciamos la casete cuando está llena o hace calor, que huele. Las aguas grises son las que provienen del fregadero, del lavabo y de la ducha. Un panel de control situado encima del microondas nos informa de todos los niveles: aguas grises, negras, potable y baterías.
Mientras desayunamos un pan tostado con aceite, tomate y pizca de sal, observamos sobre un grueso tronco cortado, entre nuestra caravana y la del vecino, un papagayo blanco de ojos verdes; vigilante, a ver lo que pilla. Después, la familia Cuac-cuac al completo hace una ronda entre las caravanas pidiendo comida. Ya lo siento, somos obedientes con los carteles que aconsejan no alimentarlos, de otra manera, dejarían de ser un animal salvaje y se convertirían en una peste y habría que matarlos. Es por vuestro bien, majos. Antes de marcharnos, visitamos el mariposario tropical del campin. El termómetro interior del mariposario marca veintiocho grados y los cristales de mis gafas y de la máquina de fotos se empañan. No importa, todo está previsto: un ventilador con aire caliente sirve para evitar la condensación en la lente de la cámara. En cuestión de tres minutos la cámara está lista. El mariposario es como un trocito de la Amazonía. Vale la pena la visita. A mi mujer le encantan las flores y las plantas, así que paramos en el centro de jardinería de Thames a ver que novedades descubrimos. Seguimos hasta Auckland. Dos kilómetros antes del depósito de autocaravanas de KEA, llenamos el tanque de combustible y en la propia gasolinera aprovechamos para comer y hacer las maletas. A las cinco y media cierran, así que la entregamos a las cinco. No requieren condiciones especiales de limpieza exterior ni interior. Les informamos de algunas incidencias: una bombilla halógena fundida desde el principio; un cajón que se abría en las curvas porque el carril guía había cedido y el mecanismo de cierre de la puerta del gas, que falló hace tres días y teníamos que cerrarla con la ayuda de un taco de papel. La empleada que nos atiende tuerce el morro ante mis críticas pero son necesarias para que los siguientes clientes no las sufran. Una buseta de KEA nos conduce hasta nuestro alojamiento en el Quadrant, en el centro de Auckland. Un carril especial para taxis y transportes colectivos hace más rápido el trayecto.
Por la noche visitamos la zona de bares y restaurantes del paseo marítimo para ver si hay buen ambiente. Ya lo creo: en un local se celebra una fiesta de disfraces; por encima de la música se escuchan las risotadas. Se ven algunos supercoches, como el Bentley GT, Maserati Quattroporte, Bugati Veyron... En un yate también andan de fiesta. 9 de diciembre, jueves
No se nos ocurre otra cosa mejor que visitar el acuario público, así que nos acercamos hasta la calle Quay y tomamos el autobús; no hay pérdida, se parece más un tiburón que a un autobús.
Lo que más me ha gustado es la piscina de las langostas packhorse, y eso que no las he hincado el diente. ¡Qué tamaño de langostas! ¡Qué cola! ¿Dónde las venden? Son las más grandes del mundo, pueden llegar a los quince kilos y dicen que son muy sabrosas ya que al criarse en aguas frías su carne contiene más grasa. Se encuentran en todo el norte de la isla norte, desde el cabo Reinga hasta el sur de la península Mahia. Son nocturnas y en invierno migran a aguas profundas, a veces recorren más de quinientos kilómetros. Por la tarde damos una vuelta hasta los Rose Garden donde sorprendemos a un grupo de japoneses haciéndose una foto ¡subidos a las ramas de los árboles! Desde el mirador de la calle Gladstone se ve el puerto de contenedores. Ninguna de las ocho grúas está parada. 10 de diciembre, viernes
Dejamos Nueva Zelanda con la sensación de abandonar el paraíso. Muchas cosas nos han gustado de este
país, la que más, que no se perciben grandes diferencias de clase, todas las casas son de madera y muy similares,
la mayor parte de los coches son de cilindrada media, no es un elemento de ostentación. La gente es simpática
y educada, no hemos visto ni una sola cara crispada en todo el viaje, transmiten la sensación de vivir
sin problemas, agobios ni prisas. Disfrutan de una naturaleza casi intacta, a la que miman y respetan.
Si te gusta las actividades al aire libre como nadar, el senderismo, la bicicleta, pesca en mar, en ríos o en lagos,
esquiar, canoa y los deportes de riesgo, no tendrás tiempo de aburrirte en este país.
Fotos realizadas con una cámara compacta Panasonic Lumix TZ10.
DATOS ECONÓMICOS DEL VIAJE:
Cambio medio en los 22 días: 1 $NZ = 0,57 €
Vuelos (precios por persona):
Ida: Transporte y estacionamiento (dos personas):
Alquiler de la autocaravana KEA 4ST-4-Berth Deluxe durante 22 días, con seguro a todo riesgo. Trayecto Christchurch-Auckland: 3506,64 €. O sea: 159,4 €/día. Alimentación (dos personas):
Gasto en supermercados: 516,5 $NZ
Gasto total por persona:
Gasto total aproximado: 4250 € |