Los viajes de Mariano

Reino de Nepal 2002

26 de marzo, Katmandú28 de marzo, Bhaktapur, Swayambhunath
27 de marzo, Patán 29 de marzo, Katmandú

29 de marzo, viernes

    Hemos pasado la mañana por la plaza Durbar de Katmandú y sus alrededores. En un edificio de la plaza reside la diosa viviente Kumari Devi. Es, ante todo, una virgen. No tiene más de cuatro o cinco años y los que entienden de dioses dicen que es la reencarnación de la diosa Durga. Por supuesto, no es una niña cualquiera, el proceso de selección es riguroso: debe pertenecer a la casta budista Newari Sakhya, no tener marcas o heridas en el cuerpo y cumplir con treinta y dos señas particulares: color de ojos, tono de voz, horóscopo apropiado, etc. Entre las exigencias está el no tener miedo cuando le hacen pasar una noche entera entre las cabezas cortadas de cabras y búfalos muertos en un ritual. Su reinado concluye con su primera menstruación. De ahí en adelante vuelve al mundo de los mortales.
Diosa Kumari
    El problema es que Nepal se moderniza y hace tan solo una generación, cientos de padres presentaban a sus hijas como candidatas a la nueva Kumari, sin embargo, el año pasado sólo cinco padres ofrecieron a su hija para el puesto. Y es natural, imagínate una niña de tres años sometida durante todo el día al estricto ritual de una diosa: la levantan pronto, la maquillan de manera exagerada, la visten con incómodos abalorios y después tiene que permanecer, a veces durante horas, sentada e impasible en un tronito mientras pasan decenas de devotos ante ella que esperan su bendición. Y así un día tras otro. Hoy en día, los padres prefieren que las niñas estudien y juegen como una niña normal. El año pasado escogieron a la niña Preeti Shakya, de tres años. Ahora vive en el palacio Kumari Ghar, del que sólo puede salir trece veces al año, en festividades. Teóricamente no puede tocar el suelo con los pies, así que siempre la llevan sobre palanquines o en brazos. Afortunadamente, a la niña la dejan jugar con su hermana mayor todos los sábados y los padres se suelen ocupar de todos los rituales, así que mantienen contacto diario con ella. Aún así, cuando dejan "el puesto", suele ser difícil para ellas hacer vida normal, sin asistentes, después de años de mimos; se les hace ardúo encontrar nuevos amigos y más aún marido, la superstición sostiene que los esposos de las ex-Kumari mueren pronto. Varios grupos de derechos humanos han pedido en varias ocasiones la abolición de esta tradición que, según ellos, roza la explotación infantil y produce daños psicológicos. Sin embargo, el tribunal ha sentenciado que setecientos años de tradición pesan mucho y la tradición debe continuar aunque ahora se reservan unas horas cada día al estudio y al juego.
    Pasamos también por la Freak Street, famosa en los setenta por la gran cantidad de jipis que vivieron por aquí, entre ellos, Bob Marley. Katmandu formaba parte de las tres kas, junto con Kabul y Kuta, aquí venían a por heroína y jachís a bajo precio. Ahora sólo es una calle comercial con pequeñas tiendas de recuerdos para turistas y algo de ropa jipi.
    Las callejuelas que rodean la zona histórica están repletas de pequeños negocios de todo tipo: ropa, carnicerías, pescaderías, fruterías, ferreterías, cacharrerías, etc, y entre todo esto, pequeños templos que son un remanso de paz. Hay mucha gente en las calles y cuando miro a mi alrededor me veo transportado al medievo. Katmandú tiene un no sé qué que me cautiva, me gustaría quedarme en esta ciudad hasta que mi encantamiento se desvanezca.
    Tenemos que dejar Katmandú con gran pena por nuestra parte, nos hubiera gustado quedarnos mucho más tiempo y por supuesto, hacer senderismo cerca de los famosos Annapurnas, pero el tiempo es un bien escaso y no se puede estirar.
    En el aeropuerto de Katmandú nos hacen esperar casi media hora para sellar nuestros pasaportes con ¡el visado de entrada! No lo hicieron cuando entramos en el país y nos lo estampan cuando salimos. Parece increíble que nos dejaran entrar sin comprobar que lo teníamos.
    Luego están los continuos y absurdos controles y cacheos, mero trámite y poca efectividad. Un funcionario me hurga en la maleta mientras habla con otro; no se percata del cuchillo que está a dos palmos de sus narices. Tampoco los rayos X lo detectan. Los pasajeros que han facturado algún equipaje lo tienen que reconocer a pie de avión. Una vez en el avión esperamos una hora por dos pasajeros que se retrasan. En vista del caos reinante, yo, por si acaso, pregunto a las azafatas si realmente este es el avión que vuela a Delhi.
    En el aeropuerto de Delhi (ver diario de viaje en India) nos espera Minostra, de Tour Masters. Mi mujer va más cargada que yo, sin embargo, Minostra agarra mi maleta en vez de la suya. Este es otro malentendido cultural: al contrario que en nuestra sociedad, ayudar a una mujer con los bultos o cederla el asiento en un autobús se considera trato vejatorio, es como rebajarla. A nosotros nos cuesta entenderlo, pero así es su cultura. También es frecuente ver a parejas de hombres de cualquier edad pasear cogidos de la mano, y esto se ve como algo normal, todo lo contrario que entre un hombre y una mujer, que se considera una actitud sexual, al igual que el beso entre sexos opuestos.

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