Otros viajes

Martinica 2009

28 de noviembre, L’Anse à l’Âne7 de diciembre, Museo de la Banana, Sainte-Marie
29 de noviembre, L’Anse à l’Âne, Rivière Salèe8 de diciembre, Grand Rivière
30 de noviembre, Fort-de-France 9 de diciembre, Saint-Pierre
1 de diciembre, La Maison de la Canne 10 de diciembre, Saint-Pierre
2 de diciembre, Sainte-Anne, Les Salines 11 de diciembre, Habitation Anse-Latouche
3 de diciembre, Anse Michel 12 de diciembre, Jardín de Balata, Sainte-Anne
4 de diciembre, Le François 13 de diciembre, Sainte-Anne, Les Salines
5 de diciembre, Habitation Clément14 de diciembre, Les Salines, Lamentin
6 de diciembre, La Caravelle Datos económicos del viaje


29 de noviembre, domingo

    Lo primero que veo al descorrer las cortinas es un colibrí libando una heliconia del seto de la terraza. Enseguida asoma sobre el barandal el gorrión de garganta roja, que no duda en acercarse al hombre o entrar en tu casa si se puede llevar un buen botín.

Vista de l’Anse à l’Âne desde el hotel

    Nuestra idea es comer en restaurantes al mediodía pero desayunar y cenar en nuestro apartamento, de esta forma, evitamos el exceso de calorías que implica comer fuera de casa y además, podemos degustar frutas tropicales que rara vez aparecen en la carta de los restos. Con esta idea nos acercamos hasta el supermercado Champion de Rivière Salèe para aprovisionarnos con algunos productos de la isla, sobre todo, frutas tropicales y... ejemm, algo de ron. Enseguida te das cuenta que llenar el carro de la compra sale más caro aquí que en el Hexágono, y sólo los productos de la isla se benefician de precios más asequibles. La mayor parte de los artículos se importan de Francia y la gente se pregunta por qué no se comercia con Venezuela o Ecuador, que saldría más barato. Y no es hablar por hablar; algunos estudios ya lo han cuantificado: llenar la cesta de la compra con los mismos productos sale un treinta y cuatro por ciento más caro en Martinica que en Francia. Como ejemplo, las galletas Petit Écolier cuestan el doble que en un hipermercado de España y unas hermosas langostas de Venezuela, vivas, no sobrepasan los veintiocho euros el kilo.
    El coste de la vida es tan elevado que en febrero de este año se llevó a cabo una huelga de treinta y ocho días contra la carestía de la vida, el alto nivel de desempleo y la desigualdad de la riqueza. Los responsables políticos de Martinica pidieron al presidente Sarkozy un referéndum para dotar de mayor autonomía y competencias a la isla. Todos los partidos: de derechas, de izquierdas e independentistas estaban a favor del SÍ, sin embargo, el pueblo ha rechazado la propuesta y un setenta y nueve por ciento ha votado NO, temerosos de que más autonomía redujera las ayudas que reciben de la Comunidad Europea.
    Otro dato: un trabajador recogiendo plátanos en La Martinica cobra sesenta euros al día mientras que en Ecuador cobra cuatro euros. Encima, la productividad de los martiniqueños es baja y la consecuencia es que no se implantan nuevas empresas. Con esta falta de perspectivas no es extraño que unos quince mil isleños emigren a la Francia continental cada año. ¿Y quién tiene la culpa de esto? Los negros culpan a los békés, o sea, a los descendientes de los colonos franceses; constituyen sólo el uno por ciento de los cuatrocientos mil habitantes de esta isla y controlan el noventa por ciento de la economía, casi igual que hace ciento sesenta años, cuando se abolió la esclavitud. ¿Y de dónde viene lo de llamarles békés? Pues viene de blanc du quai, blanco de muelle, porque se les encontraba, sobre todo, en los muelles a donde acudían para recepcionar las mercancías.
    Los békés fueron listos: mientras en el Hexágono, muchos aristócratas perdían la cabeza bajo la guillotina durante la Revolución Francesa, en Martinica nunca se llegó a instalar, ¿la razón? Un acuerdo militar con los ingleses hizo que tomaran la isla justo el tiempo que duró la Revolución. Cuando terminó, la restituyeron a los franceses. De esta manera, los aristócratas y terratenientes instalados en la isla salvaron su cabeza.
Playa de l'Anse à l’Âne
    Después de dejar nuestras compras en la nevera del apartamento, nos instalamos en la playa de l'Anse à l’Âne a descansar. Un señor mayor, alto, delgado y con barba blanca nos enseña en el fondo de su bolsa dos hermosas rayas que acaba de pescar con la pistola, allí cerca, a unos cuarenta metros de la orilla se ha topado con una veintena de ellas.
   Otra señora, metida en el agua, hurga con sus manos en la arena para recoger almejas y nos enseña una tartera llena de almejas de buen tamaño. Más allá, una chica limpia dos docenas de salmonetes en la playa. Se ve que aquí no pierde nadie el tiempo.
    Mi incursión con las gafas ha sido decepcionante porque la visibilidad es casi nula, el agua en la zona donde me he bañado estaba muy turbia. Sin embargo, cuando me acerco al extremo del pantalán observo cardúmenes de peces grandes moviéndose con rapidez.
    Para comer, ojeamos los chiringuitos playeros y constatamos que los precios corresponden al centro de París pero el servicio es caribeño. Mejor relajarse y disfrutar de la espera. En Chez Jojo degustamos un plato criollo de pescado con leche de coco y vegetales (banana).

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