Otros viajes

Reino de Marruecos 2012

31 de marzo, Tánger9 de abril, Todra, Mequinez
1 de abril, Tánger10 de abril, Mequinez
2 de abril, Lixus, Larache, Moulay Bouselham11 de abril, Fez
3 de abril, Merdja Zerga, Oulja, Rabat12 de abril, Fez
4 de abril, Casablanca13 de abril, Chefchauen
5 de abril, Casablanca, Marrakech14 de abril, Ceuta
6 de abril, Marrakech15 de abril,
7 de abril, Marrakech, OuarzazateDatos económicos del viaje
8 de abril, Ourarzazate, Dadrés, Tinerhir

7 de abril, sábado

    Al aparcar el coche, cerca de las tumbas saadíes, nos damos cuenta que no hay guardacoches sino que debemos tratar con la quintaesencia de la civilización: ¡el parquímetro! Una leyenda dice: Para una ganancia de tiempo asegurada...¡opta por el estacionamiento inteligente! Pensábamos que sería coser y cantar, pero ya, ya. Los veinte primeros dirhams desaparecen por la ranura sin que el aparato de señales de vida. Algo hemos hecho mal. Las instrucciones llenan toda la parte posterior del parquímetro y, curiosamente, están escritas sólo en francés. Tras una atenta lectura, al segundo intento, logramos que el aparato escupa el resguardo. La tarifa es barata: una hora cuesta dos dirhams, o sea, veinte céntimos de euro, aunque a nosotros nos ha salido el doble y no te quiero contar el tiempo perdido en leer las instrucciones. No tengo dudas, el aparcamiento tutelado por los guardacoches, no sólo es más rápido y barato, además de aportar un contacto humano más directo... no te ponen multas.

Carro con alcauciles en las calles de Marrakech

    El cementerio de la dinastía marroquí de los sadíes (1554-1659) se mantuvo oculto por una tapia hasta 1917 porque al llegar al poder la siguiente dinastía, la alauí, el sultán Mulay Ismail ordenó tapiar el cementerio y de paso, saquear y derribar el lujoso palacio Badi —también construido por la dinastía saadí y del que se pueden visitar sus ruinas— antes de marcharse hacia Mequinez a instaurar la capital allí. De esta manera, trataba de borrar cualquier recuerdo de sus predecesores. Las tumbas están tan llenas de turistas que para verlas durante unos segundos hay que guardar cola.
    Nos acercamos andando hasta el palacio de la Bahía. Hace mucho calor y caminamos buscando la sombra. ¿Qué será esto en verano? El palacio Bahía fue construido por la dinastía alauíta que después de la muerte del sultán Mulay Ismail abandonaron Mequinez y gobernaron a veces desde Fez y otras desde Marrakech. Marrakech se llevó los palacios más suntuosos como este palacio Bahia, que cuenta con un jardín de lo mejorcito del país.
    Regresamos al coche sabiendo que nos hemos pasado nueve minutos del tiempo prepagado. ¿Tendremos multa? Por supuesto, ya divisamos al guardia poniendo un cepo amarillo en una de las ruedas. La tarifa de la multa está escrita en el parquímetro: son cuarenta dirhams pero te regalan el aparcamiento para el resto del día. Nos da recibo.
Paisaje al sur de Marrakech
    Después de comer, llega el momento de dejar Marrakech y enfilar hacia el Sur. Las autopistas que nos han acompañado desde Tánger hasta Marrakech han desaparecido y ahora circulamos por una carretera nacional ancha, de buen firme y poco tráfico. Nos adentramos en el valle de Ourika, verde y regado por un río de escaso caudal. Según avanzamos hacia el Sur, el verdor va desapareciendo hasta que las montañas que nos rodean toman el aspecto de un paisaje lunar, terroso, ocre.
    Subimos al Gran Atlas por el puerto de Tichka, hasta alcanzar los 2200 msnm y después empezamos a bajar hacia la Ruta de las Mil Casbas. Como está anocheciendo, preferimos la seguridad de la carretera nacional. No cabe duda de que la desviación por Telouet hubiera sido mucho más interesante, dicen se ven más casbas y más importantes, como la casba de Telouet, que fue la residencia de T'hami El Glaoui (1879-1956), el Señor del Atlas, el líder de la tribú bereber glaoua que llegó a ser pachá de Marrakech.
    Entre Marrakech y Ouarzazate (1100 msnm) apenas hay doscientos kilómetros pero hemos tardado tres horas que me han parecido una eternidad, sobre todo, los últimos cinco kilómetros, ya de noche, por una carretera de tierra sin iluminación que parecía no acabar nunca. Por fin, llegamos a las puertas del hotel Kasbah Dar Daïf de Ouarzazate. Ahora sí, es el momento de disfrutar de esta magnífica noche, el cielo estrellado, la temperatura casi veraniega y este dar, acogedor, bien decorado y laberíntico. El hotel está regentado por Jean-Pierre y Zineb, ambos cocineros, él es francés y ella, de un pueblo del Atlas. Compraron esta vieja casa para ser su hogar, sin agua, electricidad, ni teléfono. Poco a poco han anexado propiedades colindantes y ahora disponen de varios hoteles. Esta combinación de europeo casado con una marroquí llevando un dar o riad restaurado a todo lujo es muy habitual en todo el páis, como comprobaremos también en Fez.
    Nos calzamos unas babuchas de colores, cortesía de la casa y, a ver si somos capaces de encontrar el comedor. Mientras esperamos a que asome nuestra cena nos sirven unas aceitunas blancas y negras aliñadas y machacadas y unos dátiles. Le sigue la típica sopa harira y un couscous à la viande de poulet con pasas, calabacín, zanahoria y cebolla confitada. Lo mejor: el postre casero, pero no sabría decir lo que es. Para beber: zumo de naranja y agua Aïn Atlas.

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