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Reino de Marruecos 2012

31 de marzo, Tánger9 de abril, Todra, Mequinez
1 de abril, Tánger10 de abril, Mequinez
2 de abril, Lixus, Larache, Moulay Bouselham11 de abril, Fez
3 de abril, Merdja Zerga, oulja, Rabat12 de abril, Fez
4 de abril, Casablanca13 de abril, Chefchauen
5 de abril, Casablanca, Marrakech14 de abril, Ceuta
6 de abril, Marrakech15 de abril,
7 de abril, Marrakech, OuarzazateDatos económicos del viaje
8 de abril, Ouarzazate, Dadrés, Tinerhir

5 de abril, jueves

    La Gran Mezquita de Casablanca dispone de un aparcamiento subterráneo inmenso pero seguramente por razones de seguridad no está accesible al público, así que aparcamos en los alrededores. ¿Dónde está la puerta de entrada?, ¿dónde las taquillas? La ausencia de letreros con indicaciones es total. Se diría que los marroquíes tienen aversión a dar explicaciones. Nos apuntamos en la visita guiada de las diez, en español. Nos dan una bolsa de plástico para guardar nuestros zapatos y seguimos a la guía, que destaca las excelencias del edificio:
Interior de la Gran Mezquita de Casablanca
"Esta mezquita es el templo más alto del mundo y el segundo más grande (el primero es la Mezquita Grande de La Meca). Está a la última en tecnologías antisísmicas, el techo se abre automáticamente y pesa mil cien toneladas —¡qué barbaridad!—, el suelo incorpora calefacción, las puertas son de latón y titanio y se abren hidráulicamente. Fue diseñada por el arquitecto francés Michel Pinseau. Su construcción empezó en 1985 e involucró a miles de artesanos que trabajaron la madera, mármol de Carrara, granito, estuco, cristal de Murano, azulejos, lámparas venecianas... Por la noche, un rayo láser indica la quiba —dirección a La Meca—". Una señora de acento andaluz le pregunta si el minarete es más alto que la Giralda de Sevilla. La guía responde sin dudar: "La Giralda mide noventa y siete metros y el alminar de esta mezquita alcanza los doscientos diez". Lo que no dice es lo que costó: quinientos millones de dólares, pagados sin rechistar por el pueblo marroquí para honrar el nombre del rey Hasan II, padre del actual monarca. Se inauguró en agosto de 1993, en una desmayada ceremonia huérfana de figuras internacionales del mundo árabe ya que a Hasan II no se le ocurrió mejor fecha para la inauguración que el aniversario del nacimiento del profeta Mahoma, y como el Corán exige la presencia de los dirigentes en sus respectivos países en tan señalada ocasión, pocos acudieron a la cita.
    Seguimos nuestro camino hacia Marrakech. El cielo está encapotado y caen unas gotas. A la salida de Casablanca, por la autopista, dos Mercedes, con lunas tintadas y repletos de antenas, nos adelantan a velocidad endiablada. El despliegue de seguridad a lo largo de decenas de kilómetros en la autopista es asombroso: cada cincuenta metros, a ambos lados, un guardia; en los puentes, hasta tres. Visten impecablemente y no llevan armas, todos muy jóvenes, impasibles bajo la lluvia. ¿Quién iba en el Mercedes? ¿Alguien de la familia real?
    Cien kilómetros antes de Marrakech el suelo ya toma color rojizo y las aldeas son de adobe del mismo color. El inmenso palmeral que nos recibe justo antes de entrar en la ciudad está bien aprovechado: en él construyen pisos de lujo, hoteles y campos de golf. De las palmeras se obtiene dátiles y madera y al lado de la carretera vemos los dromedarios que descansan a la espera de los turistas que deseen visitar el palmeral.
    Nuestro GPS ha encontrado el alojamiento de hoy, que se encuentra dentro de la medina. Como no hay ninguna señal que nos prohíba la circulación, seguimos. Pero las calles se estrechan cada vez más... hasta que es evidente que el coche no cabe ni con los retrovisores recogidos. Hay que dar marcha atrás y encontrar un lugar para dar la vuelta. Imagínatelo: detrás nuestro, diez motos atascadas y varios carritos de reparto que no pueden adelantarnos porque ya no hay suficiente espacio entre el coche y la pared. Encima estamos justo en la salida de una escuela, rodeados de chiquillos gritando y de varios tipos que no cesan de golpear con los nudillos en los cristales del coche para que les hagamos caso. Unos nos preguntan que adónde vamos y otros quieren indicarnos cómo hacer la maniobra aunque seguro que no tienen ni el carné. Y todos hablando a la vez. Una locura, te lo juro. Armándose con una buena dosis de paciencia y nervios de acero, mi mujer logra dar la vuelta y salir de allí mientras nos repetimos que nunca más en la medina con el coche, nunca más.
Motocicletas por las calles de Marrakech
    Optamos por una medida más sabia: mirar el mapa y acercarnos lo más posible con el coche hasta el alojamiento, dejar el coche fuera de la medina y buscar el hotel a pie. Tampoco creas que es fácil, los riads y rads siempre están en los callejones más intrincados, donde el GPS no sirve de nada, y aunque te parezca increíble, poca gente los conoce. Tras mucho preguntar, lo encontramos, por fin. Regresamos al coche y lo aparcamos lo más cerca posible del hotel. Ahora rodamos nuestras maletas por el empedrado de la medina unos doscientos metros y ya está. ¡Prueba conseguida!
    Las dos señoritas que nos atienden en el Dar Ftouma son la viva expresión de la vagancia. ¡Qué manera de arrastrar las chancletas bajo el caftán! Que esperemos, que nos van a servir un té. Y desaparecen. Y los minutos pasan... ¿Dónde han ido? ¿Cuándo viene ese té y, sobre todo, cuándo nos van a dar las llaves de la habitación? Vamos a buscarlas y, al fin, nos instalamos. Por cierto, el chicle añoso pegado en el suelo de nuestra habitación y las pelusas de los rincones revelan que la limpieza no es el fuerte de este establecimiento.
    Enseguida encaminamos nuestros pasos hacia la célebre plaza Jamaa el-Fna. El nombre se presta a múltiples interpretaciones. Se dice que Ahmed Almanzor (1578-1603) ordenó construir en esta plaza la mezquita de la Felicidad "el Hna" que más tarde colapsó matando a cientos de personas; tras la tragedia, la gente le puso el mote de mezquita de la Matanza o "el-Fna". Sin embargo, la versión más extendida, aunque no por ello deba ser la verdadera, es que quiere decir "reunión de muertos" porque, antiguamente, en esta plaza se exponían las cabezas de los ejecutados. La pena de muerte está muy arraigada en los países árabes, quizá porque las citas a la muerte y la crueldad son constantes en el Corán. Por ejemplo, la sura V, versículo treinta y siete, dice: "El castigo para aquellos que luchan contra Dios y Su Mensajero o causen desordenes es que se los mate o crucifique, o que se les amputen manos y pies alternos, o que se les exilie". En Marruecos se sigue condenando a muerte a terroristas y asesinos aunque todavía no se ha ejecutado a nadie desde 1993. Desde 2007 se viene hablando de que Marruecos podría ser el primer país árabe en abolir este castigo pero todo se ha quedado en nada. La calle tampoco muestra un rechazo claro contra la pena de muerte.
    Entro en la legendaria plaza Jamaa el-Fna con desconfianza y prudencia; he leído que algunos encantadores de serpientes te hacen "la gracia" de ponerte al cuello de repente una serpiente gorda como un salchichón de Zamora. Dicha experiencia no sería de mi agrado, así que ando con mil ojos y por supuesto a kilómetros de los encantadores de serpientes, que se han repartido estratégicamente y me los encuentro por todas partes.

Puesto de comida en la plaza Jamaa el-Fna de Marrakech

    Los espíritus románticos aseguran que el tiempo se ha detenido en esta plaza. Suena muy poético pero yo diría que se han adaptado bien a los tiempos: el estilo occidental de vestir está muy extendido entre los hombres, los puestos de comida —el producto más solicitado— están numerados y bien alineados, cuentan con agua corriente y el personal atiende con batas blancas inmaculadas y gorrito; me recuerdan los restaurantes de comida rápida de los parques temáticos. La competencia por atraer la atención —y con ella, los dirhams— de los turistas y locales es feroz. Marrakech es el destino turístico principal del país y muchas de las actividades comerciales de esta plaza se orientan hacia nosotros, los turistas, como los tatuajes de henna o los innumerables puestos de productos de marroquinería y de farolillos. Otros gremios basan sus ingresos en las propinas por posar para la foto, como los aguadores y los encantadores de serpientes. Estos últimos cuentan con ojeadores, tan concentrados en buscar las cámaras furtivas de los turistas para exigirles el diezmo, que no advierten que una serpiente negra y grande abandona sigilosamente el cesto en busca de la libertad y transita entre las piernas de la gente creando la lógica alarma. Afortunadamente, alguien les avisa y con un rápido manotazo la devuelven a su cautiverio.
    No todas las actividades están dirigidas a los turistas, los corrillos de locales se concentran sobre los narradores de historias, adivinadores, curanderos o en funciones teatrales donde comprender el idioma es fundamental. Y no creas que por ser del país lo entienden, algunos narradores hablan el dialecto de las montañas, poco comprensible para la mayoría. Pescar botellas de refrescos mediante una vara, un cordel y en el extremo, una pieza toroidal, o sea, en forma de donut, es otra atracción de lo más popular y mucho más difícil de lo que parece.
    Nuestra elección para cenar resulta acertada: Villa-Flore es un rincón tranquilo, de decoración exquisita y mejor gastronomía. Degustamos un cordero confitado al romero y un carpacho a la naranja en suero de canela. Y nada caro: los platos principales oscilan entre los cien y ciento ochenta dirhams. Para repetir.

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