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Reino de Marruecos 2012

31 de marzo, Tánger9 de abril, Todra, Mequinez
1 de abril, Tánger10 de abril, Mequinez
2 de abril, Lixus, Larache, Moulay Bouselham11 de abril, Fez
3 de abril, Merdja Zerga, Oulja, Rabat12 de abril, Fez
4 de abril, Casablanca13 de abril, Chefchauen
5 de abril, Casablanca, Marrakech14 de abril, Ceuta
6 de abril, Marrakech15 de abril,
7 de abril, Marrakech, OuarzazateDatos económicos del viaje
8 de abril, Ourarzazate, Dadrés, Tinerhir

2 de abril, lunes

    Una algarabía callejera interrumpe nuestro descanso poscoital. ¿Qué pasará? Justo enfrente de nuestro hotel se produce el cambio de turno en una escuela; unos entran, otros salen y en la puerta se encuentran chicos y chicas que charlan animadamente. Son quinceañeros. Más de la mitad de las chicas
A la salida de la escuela. Tánger.
visten el pañuelo o hiyab, una costumbre que sufre un auge brutal en todo el mundo islámico en respuesta a las noticias de intolerancia del mundo cristiano frente a lo musulmán. Lo paradójico es que, según su Constitución, Marruecos es un estado islámico y, sin embargo, nadie obliga a una cristiana a llevar el pañuelo en la escuela mientras que en ciertos países laicos europeos, a muchas musulmanas se les prohíbe su uso. ¿No será que muchos hombres no aceptan que las mujeres piensen por si mismas?
    Cuando bajamos a desayunar, la recepcionista del hotel se disculpa porque ayer no hicieron la cama: "Hubo un malentendido entre los empleados". En compensación, el desayuno de hoy será gratis. Se agradece el detalle.
    Abandonamos el hotel bajo una lluvia torrencial. Tomamos la autovía. En las afueras de Tánger, presenciamos una escena surrealista: un señor cruzando la autovía cargado con una maleta en dirección al aeropuerto, que todavía queda algo lejos, campo a través. El tráfico es tan escaso que un chico se permite circular en bicicleta por la vía contraria, por el mismísimo centro. Muchos rebaños de ovejas pastan al borde del arcén y en cualquier momento pueden cambiar de dirección y entrar en la calzada. Hay que estar atento.
    Poco antes de llegar a Larache, nos desviamos a la derecha para ver las ruinas romanas de Lixus que encontramos sin dificultad, hay carteles que lo indican. Además de no cobrar la entrada es todo un detalle la existencia de tres guardas que se preocupan de seguirte allá donde vayas, eso sí, discretamente y a distancia. Sospechamos que además de preservar la integridad del yacimiento cuidan de la nuestra también y de nuestro coche, ya que las ruinas se encuentran a desmano, sobre una colina, lejos de la ciudad. Subimos hacia la ciudadela y a la altura de la muralla sur, mi mujer, que va delante mío, me avisa: ¡Mira, un culebrón de metro! Corro para verla, pero es tarde, ya ha desaparecido entre las hierbas. Lixus está poco excavado pero lo que se ve merece la pena. Subimos hasta el Gran Templo, un poco más allá visitamos los edificios civiles y regresamos por el anfiteatro y las antiguas fábricas de garum o garo, que era una salsa hecha con vísceras fermentadas de pescado, vino, vinagre, sangre, pimienta y aceite. Un auténtico manjar reservado sólo para los ricachones de aquella época.
    Aparcamos en el paseo marítimo de Larache, en la rue de Casablanca. Enseguida se nos aproxima un señor con pechera verde fosforescente extendiendo la mano. Son los cobradores oficiales del ayuntamiento.
Puerto de Larache
Yo siempre les digo que les pagaré al marchar; me parece más lógico ya que cobran según el tiempo de aparcamiento. De todas formas, es barato, aproximadamente un dirham por hora. Una ganga. Damos un paseo por el centro de Larache: la plaza de la Liberación, el paseo marítimo, el zoco, la mezquita. Las calles se ven casi desiertas a estas horas, natural, es hora de comer, así que nos acercamos hasta el puerto a saborear una zarzuela de pescado y una ensalada en el restaurante Jaouad. Sin alcohol. La costumbre es echar todas las raspas y cáscaras sobre el mantel de papel, el camarero al recogerlo hace un hatillo y hala, a la basura. Siete euros por barba. Después, paseamos por el puerto a ver cómo cosen las redes. Cuatro pescadores venden la pesca del día; en las cajas todavía colean los peces. Sin consideración alguna por el sufrimiento ajeno, a una raya la despellejan mientras aún está viva. Charlamos con un pescador que domina el castellano. Dice que podíamos haber comprado el pescado aquí y después nos lo hubieran cocinado en los restaurantes a nuestro gusto. Es una idea estupenda porque venden un crustáceo alargado de punzante caparazón que es todo cola, lo llaman galera, y tiene una pinta estupenda. Es desconocido para nosotros, aunque sé que es común en el levante español.
    En la carretera hacia Moulay Bouselham vemos muchos invernaderos. El tiempo ha mejorado y alcanzamos los veinte grados y luce el sol. Poco tráfico. Circulamos por la autopista a setenta y seis kilómetros por hora justo cuando dos policías, medio escondidos tras unos matojos, enfocan un radar de trípode hacia nosotros. El límite es ciento veinte, así que tranquilos.
    A las cinco llegamos a La Maison des Oiseaux, una finca particular a la entrada de Moulay Bouselham. Nos recibe una chica de ojos verdes, blanquísima de piel, que cuida de sus hijos pequeños. Dejamos nuestras cosas en la habitación y salimos caminando hacia la marisma, que queda muy cerca. Es una zona con casas de pescadores, muy humildes, con las calles sin asfaltar y altos muros de bloques que preservan su intimidad. El camino de tierra discurre paralelo a la marisma. Las campas están llenas de basura que el viento ha esparcido en metros a la redonda ofreciendo un lamentable espectáculo. Antes de que alcancemos la orilla ya tenemos dos ‘guías’ pegados a nuestra vera. Quieren enseñarnos los pájaros de la marisma, pero paseando por la orilla porque no tienen barca. Uno de ellos dice que se conoce el nombre de todas las aves y saca un libro de ornitología bastante manoseado del bolsillo. Se lo quito de la mano y, a ver: ¿Cómo se llama este pájaro? ¿Y este otro? Nada, que no da una. Dos pescadores, metidos en el agua y en pantalón corto, faenan con las redes cerca de la orilla. Más lejos, se divisan grullas y flamencos rosas. La cantidad de aves no parece nada espectacular, ya veremos mañana.
    Salimos hacia el pueblo y aparcamos en una enorme explanada con estupendas vistas al mar y a la marisma. Aquí se han instalado también cuatro flamantes autocaravanas que parecen recién estrenadas. ¡Qué bien se viaja en estos vehículos! En el bar Milano nos sirven un zumo de naranja y el camarero llama por teléfono al guía. Quedamos para mañana a las ocho con Hassán Dalil.

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