Otros viajes

Reino de Marruecos 2012

31 de marzo, Tánger9 de abril, Todra, Mequinez
1 de abril, Tánger10 de abril, Mequinez
2 de abril, Lixus, Larache, Moulay Bouselham11 de abril, Fez
3 de abril, Merdja Zerga, Oulja, Rabat12 de abril, Fez
4 de abril, Casablanca13 de abril, Chefchauen
5 de abril, Casablanca, Marrakech14 de abril, Ceuta
6 de abril, Marrakech15 de abril,
7 de abril, Marrakech, OuarzazateDatos económicos del viaje
8 de abril, Ouarzazate, Dadrés, Tinerhir

1 de abril, domingo

    El día nace soleado. Subimos a la azotea del hotel para contemplar la medina de Tánger desde otra perspectiva. A lo lejos, se ven los esbeltos minaretes de las mezquitas y las blancas terrazas escalonadas en aglomeración caótica, las sábanas y toallas de otros hoteles secándose con la brisa y el sol y un mar de antenas parabólicas apuntando a los satélites Eutelsat y Astra; está claro que no se conforman con las cadenas estatales. El uso de los descodificadoras piratas es corriente y les permite acceder a los canales españoles y árabes que emiten en abierto. De todas formas, la dieta televisiva habitual es parecida en todas partes: fútbol, telenovelas, concursos, telepredicadores. Al menos, los informativos de Al-Jazeera les permiten eludir los noticieros locales, siempre serviles con la realeza.
    Nos sirven el desayuno en el patio. Abundante. Toma nota: zumo de naranja natural; msemen, que es un pan plano hecho con mantequilla y aceite; beghir, una tortillas esponjosas, me chifla su textura; una torta de sémola que le llaman harcha y pan marroquí con salvado. Para untar, unos pocillos con mermelada de fresa, miel, queso de cabra y una cucharada de aceite de argán. Y té o café, claro. ¡Huf, casi acabamos con todo! ¡Qué triperos somos!

Plaza Nueve de Abril de 1947. Tánger

    A la entrada del mercado, un cartelito, anuncia, en árabe y español: "Enfermería - Circuncisor". En esta parte del mundo, la tradición establece que el glande se ve mejor desnudo que cubierto, así que todos los padres someten a sus hijos, entre los dos y los ocho años, a tan sanguinaria ceremonia. Y menos mal que ahora pasan por enfermería, que hace apenas veinte años, era el barbero quién se encargaba del ancestral rito. ¡Qué dolor! Y yo me pregunto: ¿Hay alguna razón de fundamento para semejante carnicería? Los incondicionales enumeran unas cuantas: que es parte de la alianza de Dios con un tal Abraham, que reduce el riesgo de contraer enfermedades sexuales, que se consigue mayor higiene al no producirse tanta acumulación de esmegma, que las relaciones sexuales son más largas porque el glande pierde parte de su sensibilidad, que el glande se ve más atractivo así, y la más contundente para la mayoría: ¡la fuerza de la tradición! Si se lleva practicando durante miles de años por millones de personas, ¿cómo vamos a estar equivocados? Los racionalistas explican la circuncisión como una práctica vinculada a la falta de higiene y la escasez de agua que, más tarde, se incorporó a la religión. Según ellos, desde la invención del hamman, carece de sentido. Afortunadamente, al clítoris le dejan en paz, que eso ya son palabras mayores.
    En las paredes del mercado municipal cuelgan saquitos de redes con miles de caracoles esperando el holocausto final. En la calle también los sirven ya cocinados. Su preparación no es nada fácil: se dejan dos o tres días con un poco de menta y salvado para que se lo coman y vacíen el estómago de lo que tenían antes. Luego se lavan al menos siete veces con agua fría y se echan de golpe en agua hirviendo; seguido, el resto de los ingredientes: alcaravea, café de anís, guindillas, tomillo, menta, absenta, canela, laurel, salvia, jengibre y sal. ¿Qué si los he probado? Bueno... este cóctel suena explosivo. Reconozco que me gustan mucho las especias, pero dentro de un consumo moderado, y no lo digo por el sabor sino por las consecuencias escatológicas.
Mercado de pescado de la medina de Tánger
    Los puestos del mercado lucen relimpios y son muchos los que nos llaman la atención: los de encurtidos, con esos focos halógenos que hacen brillar las aceitunas como el ombligo de un culturista, limones, pepinillos y cebolletas; las carnicerías de casquería, con esas enormes cabezas de dromedario colgando de los ganchos; el atlético cuerpo que lucen los desplumados pollos de corral en comparación de los de granja, más rechonchos. ¡Y qué tamaños de alcauciles y de judías Bobby! Lo que más nos ha gustado es el mercado de pescado; jamás he visto nada comparable en variedad, cantidad y calidad a los peces y mariscos aquí exhibidos. Los bogavantes, con esos gusanillos blancos tan característicos adheridos a la concha, ¿sabes a cuánto? A treinta euros el kilo. Precio contenido pero ninguna ganga. Luego están las mujeres campesinas, ataviadas con un traje y un sombrero muy peculiar. Venden queso fresco y leche.
    El hambre aprieta, es hora de pensar en comer. La oferta gastronómica en la medina de Tánger es enorme. Nuestro olfato nos conduce a la marisquería Populaire Saveur de Poisson, que resulta un fiasco: larga cola para entrar y encima, tampoco admiten reservas para cenar. Ayer por la noche nos llamó la atención un diminuto restaurante aledaño a nuestro hotel, de tan solo cuatro mesas. Allí vamos. Sus dos trabajadores, cocinero y camarero, despachan con una eficacia que revela una práctica habitual, sin permitirse un momento de respiro y con la sonrisa siempre en los labios. Pedimos una ensalada de tomate y cebolla, un tajín de pescado y unas anchoas fritas, muy crujientes, de esas que no dejan ni rastro de aceite en el plato. Para distraer la espera, nos sirven unas aceitunas negras y blancas con pimentón y comino y un pequeño cuenco de sopa de habas. De postre: té con hierbabuena y los briwat, típicos dulces con forma triangular rellenos de almendra y miel. ¿Y cuánto dirás que nos ha costado? Seis euros por cabeza. ¿Increíble, no? El resto de los comensales, todos locales, comen sin cubiertos, doblan el pan de pita entre tres dedos de su mano derecha y lo utilizan a modo de cuchara.
    ¿Cuántas veces nos han parado por la calle para llevarnos a la tienda de su primo? La verdad es que no muchas, no nos hemos sentido agobiados. Además, la aproximación la hacen con mucha educación y siempre entran con un tema secundario, como cuando estábamos sentados en un banco de la plaza Nueve de Abril de 1947, un señor muy mayor se acerca a nosotros y nos empieza a contar su vida: los años que ha vivido en España, en Suiza, cuando navegó en un barco mercante por todo el mundo... Diez minutos hablando y al final... ¿qué es lo que quería? Llevarnos a la perfumería de su primo, por supuesto.

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