Otros viajes

Reino de Marruecos 2012

31 de marzo, Tánger9 de abril, Todra, Mequinez
1 de abril, Tánger10 de abril, Mequinez
2 de abril, Lixus, Larache, Moulay Bouselham11 de abril, Fez
3 de abril, Merdja Zerga, Oulja, Rabat12 de abril, Fez
4 de abril, Casablanca13 de abril, Chefchauen
5 de abril, Casablanca, Marrakech14 de abril, Ceuta
6 de abril, Marrakech15 de abril,
7 de abril, Marrakech, OuarzazateDatos económicos del viaje
8 de abril, Ourarzazate, Dadrés, Tinerhir

31 de marzo, sábado

    Salimos ayer de Sopelana y pernoctamos en Granada. Ahora vamos a cruzar el estrecho en el transbordador que une Algeciras con Tánger Med. La radio informa que ayer se cancelaron algunos viajes por el temporal de Levante, pero hoy saldrán con normalidad.
    Mucho antes de llegar a Algeciras, en la autovía del Mediterráneo, ya se anuncian, con grandes carteles amarillos, las casetas que, adosadas a las gasolineras, despachan los billetes para los transbordadores que cruzan el estrecho. Aprovechando que llenamos el depósito, preguntamos, por curiosidad, los precios en una de esas casetas y continuamos hacia el puerto.
    En la avenida La Marina, justo enfrente del puerto de Algeciras, varias agencias (viajes Haytam, Arnal y dos más) también expiden los billetes. Vamos muy justos de tiempo para tomar el ferri de las cuatro pero lo podemos conseguir si nos atienden personas diligentes. Aparcamos dentro del puerto y en cuanto salgo del coche un chaval de pelo ensortijado se me acerca y me dice que él me indica dónde sacar el billete. Mira qué servicial. Me conduce a una de las agencias. Cuando me toca el turno, el precio es veinte euros superior, por persona, al de las casetas de las gasolineras. Es la comisión de gestión, me dice el dependiente; es que hay que añadir el IVA, me dice el chaval. Como veinte euros es una cantidad
Puerto de Algeciras
que a mí me cuesta varias horas de esfuerzo ganarla, intento conocer el precio de la competencia y entro en la agencia de al lado. Andan ocupados despachando a un grupo de mochileros. Pregunto el precio al que no despacha y me dice que espere, que él no sabe. El tiempo apremia, así que salgo y me acerco al encargado de otra agencia, éste medita en la calle con las manos en los bolsillos y la mirada puesta en las nubes blancas que no cesan de arrojar agua. Le pregunto por el precio de dos personas y un coche en el barco de las cuatro y el fulano se encoge de hombros. ¿Será sordo? Se lo repito. Nada, como si oyera llover. ¿No será que el chaval que, por cierto, se ha convertido en mi sombra, no trabaja para él?
    Damos por perdido el barco de las cuatro. Regresamos a la gasolinera de la autopista y, sin prisas ni aglomeraciones, el señor de Delta Tour nos despacha las tarjetas de embarque para el transbordador de las cinco y nos rellena la hoja con los datos del vehículo. Además, como nuestro coche es de alquiler, nos informa que necesitamos un permiso de la agencia propietaria del coche. Afortunadamente, lo sabíamos y lo tenemos.
    Regresamos al puerto y nos colocamos con el coche en la cola de Transmediterránea-Acciona. En realidad, no es una cola sino más bien una formación con figura de embudo. Algunos conductores andan al quite para que no se les cuele ni uno, so riesgo de golpear la trasera del vehículo que les precede. Un empleado nos coloca un papel en los limpia, ¿pero no se da cuenta que está lloviendo? Cuando llega nuestro turno en la aduana española, el policía se entretiene pasando una a una las hojas del pasaporte de mi mujer e interesándose por los países que hemos visitado o preguntando a qué país corresponde tal o cual sello. La bodega del barco va llena: varios camiones y el resto, coches de españoles y marroquíes, a partes iguales. En cuanto dejamos el coche subimos al segundo piso del buque y nos colocamos en otra cola: la que nos sella el pasaporte con un número de entrada. Dicen que es bueno apuntarlo por si se pierde el pasaporte, si eres capaz de entender el número, claro; en mi caso, el sello no iba bien cargado de tinta y resulta indescifrable.

Demostración de paciencia protagonizado por los sufridos turistas en Tánger-Med

    Zarpamos de Algeciras con cuarenta y cinco minutos de retraso. Sigue lloviendo. Al llegar a Tánger Med adelantamos el reloj dos horas. Salimos de la panza del buque Sta. Cruz de Tenerife de los primeros y conducimos raudos al control de inmigración donde nos espera una sorpresa: los guardas de aduanas ni nos miran, ninguno nos atiende, hablan entre ellos, gastan bromas, pero actúan como si no existiéramos. ¿A qué esperan para hacer su trabajo? Los minutos pasan. Todos los coches van llegando y se instalan al lado de las casetas, como veis en la foto. Charlamos con una señora marroquí del coche de al lado. Conoce bien España porque ha vivido en Andalucía y en el País Vasco. Le preguntamos que qué pasa. Interpela a uno de los aduaneros y por fin se desvela el misterio: ¡esperan el cambio de turno! Cuando por fin llega el relevo todo son sonrisas, golpecitos en la espalda y abrazos, parece que se estuvieran contando lo bien que lo han pasado el fin de semana. Nuestro coche es el más cercano a la caseta, sin embargo, el guarda empieza la inspección por donde le da la gana, que para eso es la autoridad. Paciencia. Los aduaneros registran, sobre todo, los coches de los marroquíes en busca de contrabando, ya que los aranceles de muchos productos son elevados. Hasta ahora, con una buena propina se puede evitar la inspección. Lo que no saben es que el próximo agosto, en plena operación Paso del Estrecho, más de cincuenta gendarmes, policías y aduaneros serán detenidos tras una investigación ordenada por el propio rey Mohamed VI en su lucha contra la corrupción.
    Cuando por fin nos toca, nos advierten que, como es la primera vez que nuestro coche entra en Marruecos, la policía debe registrar nuestra matrícula junto con el número impreso en nuestro pasaporte. ¿Y dónde está la Policía? ¡Pásmate!: el edificio de la Policía se halla a casi un kilómetro de la aduana, fuera del puerto. Total, que salimos de Tánger Med de noche, eso sí, sin sufrir ningún percance porque no todos pueden decir lo mismo: en el trasiego de coches en la aduana dos vehículos se han chocado y un todoterreno ha estado a punto de atropellar a una señora. No te digo más.
    En la carretera hasta Tánger encontramos poco tráfico y tres controles policiales, todos a la entrada de las glorietas. Los policías no muestran interés por los vehículos con matrículas extranjeras. Nosotros, para evitar problemas, estamos decididos a cumplir escrupulosamente los límites de velocidad. En el peaje de la autopista nos aceptan un billete de cinco euros porque no llevamos dirhams. Mañana cambiaremos unos euros en Tánger.
    Localizar el alojamiento en las medinas de Marruecos nunca es tarea fácil y llegando de noche, menos. El hotel Dar El Kasbah se encuentra en la rue de la Casbah (calle de la Alcazaba), pero esta calle, así escrita, no figura en nuestro GPS. Al parecer, no hay normas para transcribir la fonética árabe a nuestra lengua y la palabra kasbah también la veremos escrita como casba, qasba, kasba y kasbah. Un lío. El sentido de circulación de las calles tampoco está actualizado en nuestro GPS y encima nadie parece conocer el hotel. La búsqueda se convierte en una pesadilla. Decidimos contratar un taxi para que nos lleve al hotel. El tipo enseguida dice que le sigamos, pero en realidad no tiene ni idea de su paradero. Ésta es una actitud común en Marruecos: todos responden a tus preguntas aunque no tengan la más mínima idea de la respuesta. Se diría que sienten vergüenza al decir "no sé". Seguimos al taxista por las laberínticas y estrechas calles de la medina creyendo que sabe adónde va. Nos mete por una calle donde se celebra un mercado (precisamente ésta es la calle de nuestro hotel, pero todavía no lo sabíamos).
Músicos del restaurante Hamadi. Tánger.
¡Qué agobio! Puestos a izquierda y derecha, gente cruzando constantemente y nosotros por el medio. La angostura es tal, que los comerciantes deben retirar las cajas que sobresalen de algunos tenderetes para que pasemos. El taxista nos conduce hasta la plaza de la Kasbah y se detiene enfrente del museo histórico. ¿Acaso entendió que queríamos ver el museo a las nueve de la noche? ¿Es el único taxista de Tánger que no entiende la palabra hotel? Puede ser. Le despedimos y mientras probamos a orientarnos con el mapa, unos chiquillos tratan de abrir las puertas traseras tirando con todas sus fuerzas de la manilla. Otro sujeto, de aspecto poco tranquilizador, con una dentadura que merecería ser declarada zona catastrófica, nos golpea reiteradamente con los nudillos en el cristal para llamar nuestra atención y prestarnos una ayuda que no hemos pedido. ¡Qué asedio!
    Abandonamos la oscura plaza de la Kasbah y nos detenemos frente a la puerta del hotel La Tangerine. El portero nos indica cómo llegar a nuestro hotel. Estamos muy cerca, el problema es que nos envía por direcciones prohibidas. Seguramente el buen hombre sabe llegar andando pero no tiene carné de conducir y desconoce las calles de sentido único. Al pasar por una parada de taxis me acerco a ellos con el iPad de mi mujer y les enseño las fotos del hotel. Nadie lo conoce por su nombre pero, al menos, uno de ellos reconoce el edificio. ¡Demonios, es verdad!, hasta yo recuerdo el lugar: hemos pasado antes por ahí con el otro taxista. Por fin, encontramos el hotel, que tiene hasta parking privado gratuito. Nos instalamos en la habitación dieciocho del cuarto piso, sin ascensor. Llegamos al hotel a las diez y media, las doce y media en España.
    Cenamos por los pelos en el Hamadi. Sin florituras: un sencillo shish kebab de pollo. Por cierto, el Hamadi es un restaurante muy conocido. Si alguna vez quieres encontrar el hotel Dar El Kasbah, es más fácil preguntar por el Hamadi, todo el mundo lo conoce y el restaurante está a treinta metros del hotel.

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