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Malasia 2013

24 de marzo, Kuala Lumpur 31 de marzo, Kota Bharu
25 de marzo, Kuala Lumpur1 de abril, islas Perhentian
26 de marzo, Kuala Lumpur2 de abril, islas Perhentian
27 de marzo, Batu, Cameron, Brinchang3 de abril, Kuala Terengganu
28 de marzo, Cameron4 de abril, Kuantan
29 de marzo, Kuala Kangsar, Penang5 de abril, Malaca
30 de marzo, Penang6 de abril, Malaca
Datos económicos del viaje

27 de marzo, miércoles

    A las nueve ya esperamos en el salón del hotel al representante de la empresa de coches de alquiler Hawk que se presenta con un Nissan Sylphy 2.0 CVTC, coche superior al pedido, lo que siempre es de agradecer. El coche tiene un aspecto general bastante bueno; según el chico solo tiene dos años, sin embargo, mi mujer echa un vistazo a los papeles del
Subiendo a las cuevas Batu
coche y me comunica que tiene el doble. Le hacemos unas fotos, como siempre, para evitar reclamaciones posteriores, ya que no hemos encontrado ninguna agencia que nos ofrezca un seguro a todo riesgo y la franquicia es de ochocientos ringits. El coche es automático, como casi todos en Malasia. El Ministerio de Transportes acaba de anunciar un permiso de conducir exclusivo para coches automáticos, como ya tienen en Australia y Singapur.
    Nuestro destino de hoy son las montañas Cameron, a unos doscientos kilómetros al norte de Kuala Lumpur, pero antes vamos a visitar las famosas y sorprendentes cuevas Batu, situadas unos quince kilómetros al norte de Kuala Lumpur. La idea de dedicar estas cuevas al dios Murugan se le ocurrió en 1891 a K. Thamboosamy Pillai, un millonario malayo de origen tamil. La estatua dorada del dios Murugan se inauguró en 2006. Este dios está muy arraigado en la tradición tamil, su culto abarca la friolera de, al menos, tres milenios.
    Entre los visitantes hay de todo: monjes de ropajes chillones, turistas de ojos almendrados y también devotos que acuden por cuestiones religiosas, seguramente a pedir al dios bondades para ellos y su familia.
    Los doscientos setenta y dos escalones no es el único obstáculo que hay que superar para llegar a las cuevas, los macacos son un auténtico peligro porque en sus juegos y correrías por las escaleras pasan muy cerca de la gente y te pueden tirar al suelo del susto.
Macaco en la escalinata a las cuevas Batu
Vaya cara de bobo se le ha quedado al chino cuando un macaco le ha arrebatado su fiambrera de espanso de un manotazo. La tartera estaba dentro de una bolsa de plástico que colgaba de su mano, pero el primate ya imaginaba que allí dentro había un buen botín. Luego se ha sentado en la balaustrada central de las escaleras y se ha zampado la pizza tranquilamente, sin mostrar ni pizca de remordimiento. Hemos visto también que estos primates se acercan al bolso de las mujeres y descaradamente espían en su interior. Aquí nadie se le ocurre amenazar a los monos; los hinduistas consideran que tienen alma, como los humanos. Aseguran que los animales no son criaturas inferiores sino otra manifestación de lo divino en una escala de evolución inferior al hombre y son, por tanto, capaces de alcanzar la condición humana a través de las sucesivas reencarnaciones. Según ellos, todos los humanos han sido, en vidas anteriores, algún animal. La consecuencia práctica es que los hindúes profesan un gran respeto hacia los macacos —no olvidemos también su conexión con el dios Hanuman— pero los macacos no muestran ningún respeto por el ser humano. Habrá que darles clases de religión, pero hasta entonces, ¡cuidado con ellos!
    Según se sube a la izquierda, se anuncia una cueva con actividad de pago: la Dark Cave, con suerte quizá puedas ver uno de los doscientos ejemplares que quedan de la araña más extraña del mundo. Un cartel de color pistacho lo anuncia: "¡La cueva guarda una comunidad animal de más de cien millones de años! ¡De tremenda importancia ecológica! ¡Un lugar de rico interés científico y cultural! ¡Formaciones sorprendentes, organismos animales realmente curiosos!". No entramos.

Cuevas Batu

    Por fin llegamos a lo alto de las escaleras y penetramos en la cueva principal, inmensa. Las cuevas llevan aquí unos cuatrocientos millones de años, cuando la vida animal en la Tierra estaba todavía en sus inicios. Aunque eran conocidas desde siempre, solo alcanzaron relevancia en el siglo XVIII, cuando los colonos ingleses las visitaron. Dentro hay varios altares más —bastante desangelados, por cierto— con muchos muñecos pintados de colores chillones que representan otras divinidades hindúes.
    Aconsejo llevar un sombrero durante la visita porque los monos y las palomas están por todas partes y se alivian cuando y donde les viene las ganas.
    Cuando ya nos marchamos divisamos a los aventureros José y Pilar aparcar su BMW 1200 GS. Salieron a primeros de julio de Madrid en moto y aquí están, rumbo hacia su destino australiano, Sidney.
    Camino de las montañas Cameron encontramos más tráfico del esperado. No hay problema, los malayos son, en general, muy civilizados al volante. La excepción la marcan los conductores de los coches tuneados —generalmente de la marca Proton— que no conciben el coche como una herramienta para desplazarse sino como una prolongación de su personalidad exhibicionista. Su voluntad por destacar les lleva a conducir de una manera más "nerviosa" y a más velocidad que los demás. En su imaginario de adolescente tardío, quizá se creen pilotos de carreras y confundan la autopista con el autódromo de Sepang.
    En los peajes de la autopista verás que en algunas vías pone "Sahaja Touch'n go". Este carril es solo para los propietarios de la tarjeta Touch'n go, la vía rápida de telepeaje. Recientemente se ha descubierto una red que vendía tarjetas falsificadas con descuento pero sin autorización.
    A veinte kilómetros de Tapah nos detenemos a estirar las piernas y ojear las cataratas Lata Iskander, situadas en plena selva. El entorno
Entorno de las cataratas Lata Iskander.
de la catarata está habilitado para pasar el día de picnic; hay mesas, puestos con comida y refrescos, senderos que penetran en la jungla y los árboles llevan rótulos con su nombre. Los chavales chapotean en las pozas escalonadas que forma el agua en su camino por la ladera. Los chicos se remojan en bañador y las chicas musulmanas, incluso de siete años, con ropa desde el cuello a los tobillos.
    En los puestos de fruta de los márgenes de la carretera divisamos nuestro amado jackfruit o nangka. Paramos de inmediato y nos ponemos a la cola, porque están muy solicitados. Algunos ejemplares llegan a los veinte kilos. Sacan los gajos con una navaja y los venden en bandejas de espanso. A mi mujer y a mí nos apasiona esta fruta que nos acompañará en casi todos nuestros recorridos con el coche. Para matar el hambre.
    En Tanah Rata nos alojamos en The Smokehouse, al norte del pueblo, en un caserío antiguo de estilo inglés con un maravilloso jardín lleno de flores y helechos. Es un hotel muy tranquilo, su restaurante es decente (aunque al estilo inglés) y la conectividad a internet es... casi nula.
    Subimos hasta Brinchang para visitar el mercadillo de puestos de comida. Aparcar en Brinchang resulta realmente complicado, tras varias vueltas al pueblo, por fin lo logramos.
Mercado callejero de Brinchang
    Uno de los aspectos más peculiares de Malasia es la calidad de la comida que se ofrece en los puestos callejeros. La variedad de productos es tan grande que siempre hay motivo para la sorpresa, tanto por los productos en si mismos como por su preparación. El de Brinchang es nuestro primer contacto con uno de estos mercados. Veamos que ofrecen: espárragos chinos, a euro y medio la unidad, tan gruesos como un plátano macho y de casi un metro de longitud. Nunca los había visto. ¿Y esos, no son gusanos? Pues no, en realidad son tubérculos, tan parecidos a gusanos que no les falta ni los puntos negros de los ojos. Seguimos: tomates negros... miel en panal... decenas de tubérculos, muchos desconocidos para nosotros. En cuanto vemos el durián nos mercamos unas porciones, ya sabes, esa fruta que prohíben en aviones y hoteles por su mal olor. Pero eso es cuando está muy madura, si la pillas en su punto sabe genial. A mi me encanta.
    Esta zona del país es famosa por sus fresas de cultivo hidropónico. Además venden fresas magnéticas y cojines, globos, sonajeros y orejeras con forma de fresa, pijamas, camisas y zapatillas con dibujos de fresas.
    Es imposible resistirse a las delicias que tenemos ante nosotros, ¿qué probamos? ¿camarones fritos?, ¿un apam balik? ¿nasi lemak? ¿wadeh? ¿nasi goreng paprik? ¿nasi ayam berempah? Creo que en cuanto regrese a casa me voy a cocinar uno por uno todos los platos que veo aquí. La pinta es soberbia. Nos decantamos por unos fritos en tempura de setas, puntas de espárragos y una especie de buñuelo (bebola ubi madu). Sabrosísimo y crujiente. Entra por la vista y sabe mejor al paladar.
Mercado callejero de Brinchang
¿Y qué es ese líquido marrón que continuamente escancian de un vaso a otro? Es el té de Malasia, el segundo en calidad en el mundo, después del de Sri Lanka. Su apariencia viscosa es debida a que lo mezclan con leche condensada. Lo llaman té tare.
    Varios restaurantes anuncian en grandes rótulos un plato típico de la zona: el charcoal steamboat. Vemos que están abarrotados de gente. Sobre las mesas redondas, un puchero en el centro con varios compartimientos y allí van cociendo los demás ingredientes. No podemos marcharnos sin probarlo. Hoy ya hemos reservado la cena en nuestro hotel pero mañana seguro que lo catamos.
    Ya en el hotel, comprobamos que hemos recibido un correo del hotel Tuna Bay de las islas Perhentian; nos confirma habitación tras una cancelación. Intentamos realizar el pago de la habitación por internet pero nos resulta imposible, el güifi del hotel es gratis pero ni a dos metros del emisor conseguimos la velocidad suficiente para conectarnos al sistema de pago. Mañana lo intentaremos por la mañana. Cenamos en el hotel una sosa comida inglesa: mi mujer una empanada de pollo y yo, vegetales a la brasa.

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