Los viajes de Mariano

Malasia 2013

24 de marzo, Kuala Lumpur31 de marzo, Kota Bharu
25 de marzo, Kuala Lumpur1 de abril, islas Perhentian
26 de marzo, Kuala Lumpur2 de abril, islas Perhentian
27 de marzo, Batu, Cameron, Brinchang3 de abril, Kuala Terengganu
28 de marzo, Cameron4 de abril, Kuantan
29 de marzo, Kuala Kangsar, Penang5 de abril, Malaca
30 de marzo, Penang6 de abril, Malaca
Datos económicos del viaje
25 de marzo, lunes

    Todo recorrido turístico por Kuala Lumpur empieza con una visita a una de sus famosas torres: la Menara o las Petronas. ¿A cuál subimos? Las torres gemelas Petronas se inauguraron en 1999 y son la sede central de Petroliam Nasional, la compañía nacional de petróleo y gas. A mí me recuerdan dos mazorcas de maíz pero la simbología islámica permanece oculta al profano del islam:
Panorámica desde el mirador giratorio de KL Menara
la base del edificio forma una estrella de ocho puntas, símbolo del yanna, el paraíso musulmán, que según el Corán está rodeado de ocho puertas. Las torres se dividen en cinco tramos de diferente perímetro que simbolizan los cinco pilares del islam sunita: la fe, la limosna, la oración, el ayuno y la peregrinación a La Meca.
    La torre Menara es cuatro años más antigua que las Petronas, y se trata de una torre de comunicaciones con el añadido de otras atracciones: simulador de Fórmula 1, acuario con peces de coral, cine tridimensional, el pueblo cultural malayo, un parque ecológico, paseo en poni, etc.
    Nos decidimos por la Menara; si hay que subir, que sea lo más alto posible. El mirador de la Menara está a 276 m de altura, cien por encima del skybridge de las Petronas, además tendremos una vista estupenda de las Petronas, indudablemente más fotogénicas que la torre Menara. ¿Y cómo vamos hasta allí? Desde nuestro hotel la distancia no llega a los dos kilómetros, pero el plano engaña, la torre Menara está sobre la colina de la reserva forestal Bukit Nanas. ¿A pie?, ¿con este calor? Ni locos. Un taxi nos traslada hasta la base de la torre, donde los turistas ya se cuentan por cientos. El techo de la sala de entrada muestra las tradicionales estalactitas islámicas o muqarnas, originales de la arquitectura persa, representan los siete cielos del islam.
    Desde la base de la torre tomamos otro taxi hacia la plaza Merdeka o de la Independencia. El mástil que sujeta la bandera que ondea en esta plaza es el más alto del mundo, nada menos que cien metros. Aquí proclamó Malasia su independencia el 31 de agosto de 1957. El elegante y vistoso edificio del Sultán Abdul Samad no es visitable, es la sede del alto tribunal de justicia.
    Andar por las calles de Kuala Lumpur no es tarea fácil: el calor húmedo hace que la ropa se pegue al cuerpo en cuanto pones un pie en el suelo, y luego están las aceras estrechas y mal acabadas, pocos semáforos, pasos elevados... Es una ciudad pensada para desplazarse en transporte motorizado, no para andar. Pero esto pronto cambiará: el alcalde acaba de anunciar un plan de mejoras urbanísticas que espera situar a Kuala Lumpur entre las veinte ciudades más agradables del mundo para vivir, van a plantar árboles por todas partes y construirán 42 Km de nuevos aceras y mejorarán 23 Km de las existentes.
Kasturi Walk, en los alrededores del Mercado Central
    Es mediodía y el calor empieza a ser sofocante. Nos metemos al Mercado Central, ¡qué delicia de aire acondicionado! Su nombre engaña: nada de pescado, frutas o verduras. Desde 1970 funciona como centro de artesanías aunque a mí me parece un todo a cien chino: torres de plástico de la Petronas, llaveros, muñecas de plástico y de trapo, piruletas y caramelos de mil colores... Unas pocas tiendas son interesantes, como la Fatuna Gallery que venden artículos fabricados con coco y madera de teca, también la Persian Craft, Hindus Heritage, etc. Mi impresión es que pocas "artesanías" son manualidades, la inmensa mayoría pertenecen a la fabricación en serie, de escaso interés.
Curiosa señal en el baño del Mercado Central
    Alrededor del mercado, a pleno sol, encontramos más puestos callejeros de marroquinería, fundas para dispositivos electrónicos, mercado de celulares y... ¡no lo puedo creer!... puestos de castañas asadas, ¡con este calor!
    Pasamos delante de un salón de ictioterapia. Las tarifas son baratas, sin embargo, esta actividad no está libre de riesgos: según la agencia de protección de la salud de Estados Unidos, la probabilidad de que los peces garra rufa te transmitan enfermedades de anteriores usuarios del acuario a través de sus mordiscos es pequeña, pero no inexistente. Incluso si se cambia el agua regularmente, el peligro tampoco desaparece.
    Kuala Lumpur es conocida por la abundancia de centros comerciales, estos se concentran en la calle Bukit Bintang. Hacia allí vamos. Para llegar al centro montamos en el monorraíl elevado MRT (Mass Rapid Transit), rápido y económico. Las máquinas expendedoras, muy fáciles de operar, te despachan una ficha de plástico magnética que se recicla constantemente.
    Sin duda, el centro comercial más exclusivo es el Starhill Gallery comunicado con el hotel JW Marriot. ¡Vaya marcas! ¡Para dejarte la herencia!: Carrera & Carrera (joyas y relojes), Kenzo, Valentino, Gucci, Louis Vuitton, Van Cleef & Arpels (joyería), Sergio Rossi (calzado), Beaubelle (cosméticos), Mouawad (relojes), Butik, Ulysse & Nardin (relojes), Armani, Achiat & Chen, Amouage (perfumes), Edward Kong (perlas), XZQI, Heritage du thé, Emrusa, Ligne Rosset (mobiliario), Kanebo (cosméticos), Tiffany Lamps, Antoinette (pastelería), Dior, Missoni (ropa)... ¿Y la gente compra? Observa la foto: pasillos vacíos, desolación total. Pero aguarda. ¿Qué pasa allí? ¿Qué es toda esa actividad febril? ¡Vaya cola para entrar al restaurante japonés de bufé Jogoya!
Starhill Gallery de Kuala Lumpur
¿Será que regalan la comida? Nos acercamos, que igual comemos gratis. Ah, pues no... y tampoco sale barato para los precios de aquí: 78 RM (19 €) la comida y 88 RM (21,5 €) la cena, más 10% por servicio y 6% de impuestos. ¡Nada de cerdo! El aforo es de seiscientas personas. Las recomendaciones son gratis: "Si no has comido nada en las últimas cinco horas te sugerimos empieces con una sopa caliente para entonar el estómago. Si has tomado leche, evita el pescado. Por favor, no mezcles platos calientes con fríos con frecuencia. Si nunca has tomado ostras o pescado crudo, te sugerimos que lo pruebes en pequeñas cantidades para que tu estómago se acostumbre. Sobre todo, despacio con las ostras. ¡No sobrecargues tu estómago con mucha comida!".
    Después de las formas de las farolas, lo que más me llama la atención es la diversidad étnica: en Malasia conviven malayos, chinos e indios. Se abren las puertas del metro y ves entrar todos los tonos de piel. Desde la piel blanquísima de los chinos hasta la negra de los indios tamiles pasando por el severo bronceado de la etnia malaya. Al ser Malasia un país oficialmente islámico, te preguntarás cómo visten las mujeres por la calle. De todo: unas pocas musulmanas van de negro y sólo dejan ver los ojos y, a veces, las manos. En el extremo opuesto, las chinas visten a la occidental; desde el año pasado están de moda los pantalones y faldas muy cortas entre las adolescentes. A veces, tan cortas, que más, es imposible. Hemos notado que entre los funcionarios apenas hay chinos, estos empleos parecen reservados a la etnia malaya y sus mujeres casi siempre cubren su pelo con el tudong.
¡Durián frito y helado! ¡Irresistible!
    Y todas estas etnias con costumbres y religiones tan diferentes, ¿ya conviven en paz y armonía? No. Malasia es un país dividido por las etnias. En este país viven un 60% de etnia malaya, 25 % de chinos y 8 % de indios tamiles. Cuando los británicos sustituyeron a los holandeses intentaron explotar a los nativos pero se encontraron con su negativa a trabajar en las minas de estaño y en las plantaciones de caucho. Los chinos que ya vivían en el país eran fundamentalmente comerciantes urbanos, poco adecuados para estos trabajos. Ante semejante situación decidieron, como ya habían hecho en otras países invadidos, importar tamiles de India. Enseguida se dieron cuenta que los chinos eran más listos y emprendedores que los nativos malayos, pero también menos dóciles y que fácilmente podían dominar el país, lo que no interesaba a los británicos. Para evitarlo, privilegiaron los negocios de los malayos y fueron los preferidos en los contratos del Gobierno. Los británicos querían seguir haciendo negocios ventajosos con Malasia después de la independencia de 1957, así que cuando se redactó la Constitución del país se incluyó el artículo 153 para "... salvaguardar la situación especial de los malayos y los legítimos intereses de otras comunidades". Además, se concretaba la forma de hacerlo: a través de cuotas en el funcionariado (más del 75% de los funcionarios son de etnia malaya), ayudas escolares, licencias exclusivas para ciertos negocios, etc. A pesar de todos estos privilegios, los bumiputras —grupos étnicos que se consideran como los pueblos nativos de Malasia— sólo controlaban el 4% de la economía en 1970, así que los privilegios se fueron ampliando, provocando la ira de los chinos e indios que, evidentemente, se sentían ciudadanos de segunda. El descontento entre ambas etnias culminó el 13 de mayo de 1969, cuando se produjeron centenares de muertos, mayormente chinos, tras una contra manifestación de los bumiputras. El Gobierno respondió con un nuevo programa de preferencias promalayo llamado Nueva Política Económica, diseñada para aumentar la cuota de la etnia malaya en la riqueza nacional. ¿Más privilegios todavía? Sí. El 60% de las plazas en las universidades están reservadas a los bumiputras, tienen descuentos en la compra de pisos y tierras, y una rebaja del 30% en las nuevas emisiones de acciones en bolsa. La administración pública se ha convertido en una reserva de los bumiputras y se destinan millones de dólares para la capacitación de estudiantes y ejecutivos en el extranjero. A las empresas de no bumiputras se les excluye de los contratos con el Gobierno y se obstaculiza a indios y a chinos la obtención de licencias para abrir negocios.
Monorraíl de Kuala Lumpur
    A pesar de tantos privilegios promalayos, los chinos siguen creciendo, trabajando más duro que nunca. Según Forbes, ocho de cada diez millonarios en Malasia son chinos. ¿Les excluyen de las universidades? Envían a sus hijos a estudiar a Estados Unidos o Australia. ¿No les dejan ejercer de funcionarios? Consiguen mejores empleos como abogados, ingenieros o médicos en los hospitales privados.
    Los indios tamiles se llevan la peor parte. Muchos han perdido sus puestos de trabajo como recolectores de caucho o agricultores de palma de aceite, ya que las plantaciones se han convertido en urbanizaciones y campos de golf para los ricos malayos y chinos. Algunos templos hindúes han sido derribados al construir carreteras. Sin embargo, la mayor queja de los indios es el sistema de cuotas que los mantiene fuera de las universidades.
    A los malayos, todos estos privilegios les parecen normales, éste es su país y los indios y chinos son afortunados por vivir aquí. Así, es imposible que se sientan emocionalmente malayos. Precisamente eso les echan en cara los malayos: que no se integran y no "sienten" el país. Claro que es difícil "sentir" el país cuando la Constitución define "malayo" como "nacido de un ciudadano malayo que profesa la religión musulmana, habitualmente habla en malayo, sigue las costumbres malayas y está domiciliado en Malasia".
    Cae una tromba de agua tremenda y compramos un paraguas. Afortunadamente, la ciudad cuenta con muchas marquesinas que prestan refugio a la lluvia; algunas imitan las alas extendidas de los murciélagos. El monorraíl nos deja a cincuenta metros de nuestro hotel y, mira que bien, también esta acera está resguardada de la lluvia por una marquesina, así que llegamos hasta la puerta de nuestro hotel sin abrir el paraguas. Cenamos de bufé en el hotel, nada espectacular.
    Temperatura máxima y mínima de hoy: 32 y 28º C.

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