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Los viajes de Mariano
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Kenia 2006
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Tras siete horas y media de vuelo, aterrizamos en el aeropuerto internacional Jomo Kenyatta de Nairobi
en un chárter de Iberworld.
El Stanley parece un hotel seguro; cada planta es vigilada por un guarda y en la entrada, los bajos de los coches son inspeccionados con un espejo para detectar explosivos. Supongo que el atentado a la embajada de Estados Unidos de 1998 tiene algo que ver con esto. 6 de julio, alhamisi
A las ocho salimos con rumbo a la reserva nacional de Samburu. Nos esperan cinco horas de carretera en una buseta Nissan Caravan,
afortunadamente, algo más limpia que la que nos recogió ayer en el aeropuerto, aunque todavía deja que desear.
En el aparcamiento echo un vistazo a los vehículos de las demás agencias. Aunque lo más utilizado es la Nissan Caravan también menudean los todo terreno de aspecto más confortable. Hay multitud de agencias en Kenia: Vintage Africa, Private Safaris, Nahdy Tours, Akorn, etc. Parece que la nuestra, Kobo, es de capital español y sólo da servicios a españoles, así que da igual con qué agencia mayorista reserves el viaje: Nobel, Kuoni, Catai, etc. Acabarás en Kobo. Llegamos al Samburu Lodge a las dos y media, derechitos a comer un discreto almuerzo lleno de sabores indios. Alrededor del comedor merodean los monos que son mantenidos a raya por dos elegantes samburu armados con sendos tirachinas. Tanto los famosos masáis como los samburus visten ropas muy llamativas, de rojo chillón generalmente. Dicen que estos colores ahuyentan a los depredadores, aunque para mí que los animales no rechazan las presas de colores chillones por el color en sí, sino porque lo relacionan con una experiencia desagradable. Este año, los leopardos ya han matado a tres niños masáis... que se sepa. Los bungalós de madera del Samburu Lodge son muy amplios y algo espartanos pero correctos.
En todas las reservas de Kenia se prohibe que las busetas salgan de las pistas de tierra, lo que protege la fauna y el entorno, hay que tener en cuenta que Kenia es un destino muy popular y las busetas que recorren las reservas son muy numerosas, así que esto evita que los animales se vean agobiados por tantos vehículos. En estas condiciones, unos binoculares de calidad son imprescindibles. Recomiendo, al menos, unos 8x40 y olvidarse de esos pequeños de bolsillo. Algo parecido ocurre con las cámaras, si quieres hacer fotos decentes, utiliza réflex con objetivos de doscientos milímetros por lo menos. Las compactas dan resultados muy pobres, como las fotos de este diario. El mejor momento del safari se produce cuando una manada de elefantes de nueve ejemplares cubiertos de barro se dirige hacia nosotros por un sendero y pasan a pocos metros de nuestro vehículo. Apoteósico. Cuando ya marchamos, otro elefante viene hacia nosotros a la carrera, con las orejas desplegadas, barritando y con la trompa al cielo. Nos alejamos prudentemente y pasa de largo. Iba en busca de la manada anterior que ya estará lejos, pero tranquilos que no se pierde: los elefantes se comunican entre ellos a kilómetros de distancia emitiendo sonidos de baja frecuencia, inaudibles para el homo sapiens.
El animal más visto en Samburu (y en todos los demás lugares que visitaremos) son los impalas, gacelas Thompson y de Grant, los hay a cientos y nadie les presta mucha atención. Tenemos la fortuna de ver un gerenuk, le sorprendemos alcanzando unas hojas con su largo cuello y raudo se escapa a la carrera. La otra sorpresa del día es un animal muy caro de ver: el solitario leopardo. Éste yace sobre una enorme piedra y nos da la espalda, se mimetiza de maravilla con el entorno. El Samburu Lodge está situado al borde de un río de escaso caudal donde nos aseguran que hay hasta cocodrilos. La terraza que da al río es un magnífico puesto de observación mientras te tomas un té o un café. Se comenta que un leopardo ha bajado a beber agua. Nosotros lo único que descubrimos es varios ibis sagrados picoteando el limo del río. 7 de julio, ljumaa
Nos despiertan a las siete y salimos a las ocho para nuestro segundo safari en Samburu.
La primera sorpresa de la mañana es una pareja de leones, el macho luce una melena muy corta, característica común de los leones
de Samburu y el Tsavo. Los leones se pasan veinte horas al día holgazaneando y así es como los veremos a casi todos, tumbados o dormidos.
El macho se despereza, se levanta, se pone encima de la hembra y realiza un intento de cópula. La leona, ni caso. Después, nos da la
espalda y se tumba de nuevo.
Más tarde vemos elefantes, jirafas, cebras, avestruces de Somalia, onyxes, babuinos, gallinas de Guinea, más dick-dickes, otro gerenuk, etc. Al mediodía dejamos Samburu y nos dirigimos hacia el montañoso Parque Nacional de Aberdares. La proximidad de este bosque lluvioso a enclaves humanos hace que esté limitado por vallas electrificadas e incluso zanjas para evitar a la población encuentros desagradables con depredadores y elefantes, famosos por su agresividad. A las dos llegamos al hotel Outspan que nos sirve como campamento base. Almorzamos, dejamos nuestras dos maletas de mano en una consigna y empacamos en una mochila lo imprescindible para pasar una noche. Merece la pena pasear por los alrededores del Outspan, los árboles más frondosos son muy frecuentados por cálaos negros, ave con un pico extrañísimo y enorme. Un pequeño autobús nos conduce en diez minutos hasta el famoso observatorio Treetops. La primera impresión no es buena; su fachada está forrada de cortezas de árbol y el edificio resulta poco atractivo. Claro que, se supone que su función es servir de camuflaje para que los animales no recelen. En el interior, las paredes son de madera y el suelo de moqueta, lo que le da un aspecto confortable. Nuestra habitación es muy pequeña, abres la puerta y tienes un pasillo central de apenas dos metros, una cama a cada lado y una pequeña repisa para dejar el equipaje. Las puertas no tienen ningún
El edificio está situado entre dos charcas. La azotea es el mejor lugar de observación, pero hay que subir un poco abrigado, hace fresco. En cuanto desaparecen los autobuses hacen acto de presencia los primeros animales: una manada con cuarenta y dos búfalos cafre se acercan a la charca para beber parte de sus treinta litros de agua diarios. Una familia de jabalíes verrugosos de aspecto fiero recala también en la otra charca. Al poco tiempo, baja por la ladera un elefante de mediano tamaño a buen paso, parece contento. Para atraer a los animales echan sal sobre las orillas de las charcas y se ve que les encanta. El elefante, en cuanto llega a la orilla, clava un colmillo en el barro y se lo relame con la trompa, el sal-adicto éste se pasa más de media hora sacando gusto al barro para deleite de los que le observamos. También aparece un mono colubus blanco y negro y gacelas. Más tarde, un búfalo solitario, se acerca a la charca para rebozarse en barro, esto les libera de los parásitos. En la sala común hay un registro histórico con todos los animales que se observan cada día. El tipo y el número de animales es muy variable; el pasado mes se avistaron veintidós rinocerontes negros. El animal más difícil de ver es el leopardo, en junio sólo se registraron dos y en mayo, uno. Cenamos en un pequeño comedor de bancos corridos. Sobre la mesa hay un carril central que sirve para guiar un carrito que transporta el plato a cada comensal. La cena es mala y escasa. Sobre el papel, el menú suena muy bien, pero en el plato, el "finely slicey multi-deli" resulta ser una rodaja de mortadela. Y así con todo...
Los focos que iluminan las charcas se sitúan sobre la terraza y muchas mariposas nocturnas revolotean alrededor, una de ellas, choca con la frente una turista y por poco la deja fuera de combate, la mariposa yace patas arriba y compruebo que mide casi ¡diez centímetros!. Permanecemos en la terraza hasta las once; ojeamos al mismo elefante con mono de sal, liebres, onyxes, gacelas, una lechuza enorme y una hiena. Todas las habitaciones disponen de un interruptor que si lo accionas te conectas a un sistema de alarma; en caso de que aparezca por las charcas algún animal, te avisan a base de timbrazos, más timbrazos cuanto más grande sea el animal. En toda la noche no ha sonado ni una sola vez, ¿se habrá dormido el imaginaria? 8 de julio, jumamosi
Niebla espesa, fina lluvia y mucha humedad sobre el Treetops, apenas se ven las charcas.
Llegamos al Nakuru Lake lodge del Parque Nacional del lago Nakuru para el almuerzo. La comida, pasable, tipo comedero. Las habitaciones son amplias y sencillas y el jardín aparente. A las tres y media nos reúnen para darnos una charla sobre las características del parque, uno de los mejor cuidados de Kenia. No es muy grande, tan solo 200 km², pero es una gozada, tiene de todo: miles de flamencos en las orillas del lago salado, una población de rinocerontes negros y blancos muy importante, leones, leopardos, avestruces, jirafas, babuinos, panteras y en las zonas de bosque denso, ¡pitones espectaculares! También es un paraíso ornitológico único en el mundo, habitan más de 450 aves. El parque está rodeado de setenta y cinco kilómetros de valla para evitar la interferencia de los animales con las poblaciones más cercanas. A las 16:30 empezamos el safari. Los búfalos cafre, los impalas, las gacelas y las cebras abundan. Nos bajamos de la buseta para ver a los gregarios flamencos rosados más de cerca, será de las pocas veces que pongamos pie en tierra en un safari. El tono rosado del plumaje se lo deben al caroteno de un diminuto custáceo, la Artemia salina. Cuando levantan el vuelo forman un espectáculo impresionante con continuos cambios de color, consecuencia de sus movimientos dentro del grupo. El parque cuenta con zona de bosque con acacias amarillas y extensas sabanas.
Observamos también avestruces, una manada de leones, una colonia de babuinos, jirafas de Rothschild, kobos de agua, el kobo de agua no tiene depredadores ya que su carne sabe muy mal, etc. En resumen, un bonito y agradable parque donde hay de todo y además, no tienes que recorrer grandes distancias para ver a los animales. Regresamos para las 18:30. Después de cenar disfrutamos con unas danzas de una tribu local. 9 de julio, jumapili
A las siete y media salimos hacia Masái Mara. Recorremos el valle del gran Rift en dirección sur. Muchos tramos de la carretera no están
asfaltados y los baches son enormes. Los japoneses, más avisados, llevan
mascarillas en la cara para no tragar las nubes de polvo que se levantan. Pasamos cerca del volcán Longonot y luego entramos en la gran llanura de Masái Mara.
A partir de Narok la carretera está asfaltada y respiramos mejor.
A medio trayecto nos detenemos en otra Curio Shop para ir al lavabo. Las noticias de portada del Sunday Nation hablan de diez muertos en Nairobi tras una explosión de una planta química. Entramos en la reserva nacional de Masái Mara por la puerta Sekenan, llegamos a las 13:00 al hotel Keekorok y nos instalamos en la habitación treinta y seis, de agradable decoración étnica. El mejor hotel por ahora. Ningún hotel tiene verjas ni nada que impida que entren animales salvajes, de esta manera también se facilita que escapen rápido si son descubiertos. Serían mucho más peligrosos si no encontraran una salida. A las cuatro salimos de safari. La temperatura es agradable y el cielo está cubierto de nubes cárdenas. Contemplamos miles de cebras y ñúes que ya han llegado desde el Serengueti, también seis leones, avestruces, jirafas, una manada de elefantes, gacelas, etc. El típico paisaje de Masái Mara consiste en sabana herbácea con muy pocos árboles, generalmente concentrados alrededor de pequeñas regatos.
Al caer la tarde, nos acercamos hasta la charca de los hipopótamos, ¡a cuarenta metros de nuestra habitación!, a la que se accede a través de un paso elevado de madera. Los hipos ya empiezan a bostezar, señal inequívoca de que pronto abandonarán la charca para pastar. En efecto, esperamos pacientemente hasta que van saliendo de uno en uno. Los hipos no comen mucho, sólo necesitan 40 kg de hierba al día, ¿el secreto?, que su temperatura corporal es muy parecida a la del agua, por tanto, no gastan mucha energía en termoregularse. Los peces gatos dejan ver sus barbas cuando boquean en la superficie de la charca. 10 de julio, jumatatu
A las 5:00 golpean nuestra puerta y media hora más tarde salimos en buseta hacia el punto donde despegan los globos. En Masái Mara
hay muchas agencias que te facilitan una excursión en globo, la ligera brisa y los pocos obstáculos para aterrizar convierten al Masái
Mara es un lugar idóneo para esta actividad.
Sería fantástico si el globo pudiera maniobrar y seguir a los animales, pero esto no es posible, va donde el viento le lleva. Evidentemente, se ven menos animales que en coche, sólo los grandes, elefantes, jirafas, avestruces, ñúes, etc. El Capitán Tanguay aterriza con suavidad, un poco de roce con el suelo y ya está, quieto parado. Desayunamos con champán en medio de la sabana, sin aparente preocupación por los leones. De vuelta el hotel, el capitán no se limita a trasladarnos, sino que se detiene ante cualquier animal que considera interesante, de esta manera no perdemos el safari que nos corresponde esta mañana. El cielo ha estado cubierto toda la mañana y ha hecho algo de fresco. Para eso de las 10 sale el sol y nos acercamos a la charca de los hipos, muy cerca de nuestra habitación. El acceso se hace con seguridad a través de una pasarela elevada de madera que da a un observatorio, pero un japo, que por lo visto hace caso omiso al letrero que prohíbe el acceso, ataja por un sendero que da directamente al estanque. Cuando los hipos lo ven al borde del estanque, todos dirigen sus miradas hacia él, se ponen en alerta y sacan medio cuerpo fuera del agua. Afortunadamente, estaban en el agua y no pasa nada, pero ya se sabe que los hipos son los animales que más hombres matan, si te interpones en su camino al agua lo puedes pasar muy mal. Una manada de elefantes pasa justo por la orilla del estanque, caminan en fila india, la matriarca al frente, dos crías de pocos meses se salen de la fila y juegan con un bancal de arena, la matriarca se detiene y mira de reojo a los pequeños, cuando vuelven a la fila, reanuda el viaje.
Hoy disfrutamos del sol y de la piscina del hotel hasta la hora de comer. Este hotel es bastante agradable, las habitaciones están bien decoradas con toques étnicos y se come bien. Nuestros compañeros de mesa han realizado esta mañana un safari a pie. Les ha dado un vuelco el corazón cuando la buseta les ha dejado a unos treinta metros de dos leonas. No ha pasado nada. Todos los animales tienen mucho respeto por los hombres y además, el grupo era de ¡catorce personas!, protegidos, eso sí, por un guarda armado. Como ver, han visto bien poco y además, en París; los animales les divisaban y olían a kilómetros. Por regla general, toda la fauna procura mantenerse a distancia del hombre, somos demasiado peligrosos, aunque nunca hay que bajar la guardia. Este año una turista española murió en Tanzania en un safari a pie al ser arrollada por una estampida de elefantes. No fue suficientemente rápida al subirse al árbol. Tampoco los safaris en todo terreno están libres de peligro, se han producido cargas contra ellos, pero al menos, puedes acelerar y escapar, si tienes suerte. El safari de la tarde resulta fructífero. En la primera media hora de safari vemos ñúes, cebras y gacelas, lo típico. Donde la hierba empieza a ser más baja nos topamos con una manada de elefantes de nueve miembros, la madre va la primera, el macho cierra la fila. ¿Cómo se distingue un elefante macho de una hembra? Pues por el tamaño de la cabeza, mayor, en proporción al cuerpo, en los machos. Oteamos más jirafas masáis, nunca faltan y sus movimientos como a cámara lenta siempre resultan curiosos.
Medio kilómetro más allá descubrimos otro león macho con tres cachorros, al parecer, la leona se ha ido de caza, a ella la veremos más adelante, cerca del río. Casi al finalizar, divisamos dos rinocerontes negros descansando en la sabana. Están algo lejos pero con los binoculares se ve muy bien sus impresionantes cuernos. Al regresar nos encontramos con una buseta averiada, la están remolcando con un todo terreno, la gente se baja, lo que siempre intranquiliza y más cuando sabes que no muy lejos acabamos de ver varios leones. En el camino de vuelta al hotel divisamos dos hienas, un cálao terrestre del sur, un chacal, unos graciosos y chulescos jabalíes verrugosos cruzando el camino y por supuesto, manadas interminables de ñúes y cebras que llegan del Serengueti en busca de la riqueza de sus pastos. Nos detenemos unos minutos para contemplar otra maravillosa puesta de sol, son realmente mágicas. Después de cenar, un grupo de masáis nos ofrece un espectáculo con sus danzas tradicionales. Dicen que vienen de una aldea cercana, a pocos kilómetros de aquí. Lo cierto es que uno de ellos nos suelta un discurso que hay que ser por lo menos universitario para memorizarlo. ¡Qué barbaridad! En vista de que mañana tenemos un traslado de cinco horas hasta Nairobi por caminos peores que los de días pasados, hemos pedido a nuestro guía de Kobo que nos reserve dos plazas en una avioneta, el resultado de su gestión es que no hay plazas libres, cosa que no será verdad, como ya veremos. 11 de julio, jumanne
Salimos a las siete de Masái Mara hacia Nairobi. Y yo me pregunto: si en nuestro viaje figura una visita a Serengueti, ¿por qué demonios tenemos que regresar desde Masái Mara a Nairobi cuando el Serengueti está al otro lado de la frontera, a sólo noventa kilómetros? La explicación es que no hay puesto fronterizo entre Masái Mara (Kenia) y Serengueti (Tanzania), esta nimiedad hace que lo que sería el
itinerario lógico Masái Mara - Serengueti - Ngorongoro - lago Manyara - Nairobi se convierta en Masái Mara - Nairobi -
Lago Manyara - Ngorongoro - Serengueti - Ngorongoro - lago Manyara - Nairobi. Se duplica la distancia a recorrer y nos hace perder tres días en desplazamientos, pero en fin, todas las agencias ofrecen lo mismo. Es lo que hay.
Cris nos informa que en los próximos días se celebrará una manifestación para pedir la mejora de la carretera. Paramos para disfrutar de una magnífica vista sobre el valle del Rift. Una señal nos informa que estamos a 2140 m de altitud. Llegamos a Nairobi a las dos. En el hotel Stanley nos encontramos con una pareja de Madrid que ha volado desde Masái Mara a Nairobi en avioneta y nos asegura que estaba casi vacía, contradiciendo la información de la agencia Kobo que fue incapaz de reservarnos plazas en un avión ya que, según ellos, iban llenos. Como incidencia, han salido con un retraso de dos horas del aeropuerto de Masái Mara y ningún representante de la agencia Kobo les ha recibido en el aeropuerto de Nairobi.
Después de la paliza de coche de hoy estamos algo cansados así que no salimos por la tarde, la piscina y la sauna del Stanley se merecen una visita. A las siete nos llevan al famoso restaurante Carnivore donde en teoría probaremos carnes de multitud de animales salvajes. La realidad es más prosaica y lo primero que te ofrecen es pollo, luego cerdo, ternera y salchichas. Y como carnes exóticas: camello (ni fu, ni fa), cocodrilo (poca carne y mucho cartílago) y albóndigas de carne de avestruz (bueno... pasable). Nada más. ¿Dónde está la esperada carne de hipopótamo, muslito de jirafa, filete de cebra, solomillo de búfalo, costillas de gacela Thompson, etc? Mucho ruido y pocas nueces. 12 de julio, jumatano
Después de patear un poco Nairobi, nos recogen a las once para trasladarnos al pequeño aeropuerto Wilson, muy cerca del centro.
Desde la agencia Kobo nos aseguran que no hace falta billete, que basta con una simple lista de pasajeros. En el aeropuerto nos
piden el billete porque no aparecemos en ninguna lista. No saben ni a qué aeropuerto volamos, ¿al de Kilimanjaro o al de Arusha? Tras
una hora de suspense e indagaciones, por fin se aclaran y salimos puntuales con Air Kenya. Por cierto, en el mostrador de facturación no hay un solo
ordenador ni rayos X, así que el registro corporal y de maletas es a conciencia.
El vuelo sale puntual a la una y tardamos cincuenta y cinco minutos en llegar al aeropuerto de Kilimanjaro en Tanzania.
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