Los viajes de Mariano
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Bandera

Kenia 2006


5 de julio, miércoles o jumatano

    Tras siete horas y media de vuelo, aterrizamos en el aeropuerto internacional Jomo Kenyatta de Nairobi en un chárter de Iberworld.
    Los europeos tenemos la idea preconcebida de que en julio te asas de calor en África y no es así: Nairobi se encuentra muy cerca del Ecuador terrestre, a mil setecientos metros de altura y el clima es muy similar a lo largo de todo el año. Julio es el mes más frío del año, con una temperatura media de diecisiete grados, y febrero es el más caluroso, con una media de veintitrés. Así que al pisar el aeropuerto, a las siete de la mañana, sentimos algo de fresco.
Vista del centro de Nairobi desde una habitación del hotel Stanley
   Nos recibe un representante de Kobo, quien nos conduce al hotel Stanley en una buseta que nos sorprende un poco por la suciedad de su interior. Hemos preferido el hotel Stanley, en el corazón de Nairobi, al Holiday Inn, más alejado del centro. Su ubicación es ideal para descubrir la ciudad. Nos llama la atención la muchedumbre que recorre las calles y sin embargo, el silencio reinante. Si cierras los ojos crees que estás solo y no, la actividad es incesante, hay muchísima gente. Los kenianos urbanos visten muy bien, con traje y corbata, las chaquetas siempre muy holgadas. Todos demuestran una gran elegancia al andar. Es entretenido charlar con los vendedores del City Market, el mercado de la ciudad, lleno de artesanías, pescaderías, fruterías, etc. Cuando lo visitamos apenas hay clientes, así que nos dan cháchara intentando que les compremos algo.
    El Stanley parece un hotel seguro; cada planta es vigilada por un guarda y en la entrada, los bajos de los coches son inspeccionados con un espejo para detectar explosivos. Supongo que el atentado a la embajada de Estados Unidos de 1998 tiene algo que ver con esto.

6 de julio, alhamisi

    A las ocho salimos con rumbo a la reserva nacional de Samburu. Nos esperan cinco horas de carretera en una buseta Nissan Caravan, afortunadamente, algo más limpia que la que nos recogió ayer en el aeropuerto, aunque todavía deja que desear.
    La Nissan Caravan es la buseta utilizada por la mayoría de las agencias de turismo de Kenia, son furgonetas reforzadas interiormente para compensar la falta de rigidez del techo abatible y resultan poco cómodas ya que son vehículos viejos y no te quiero ni contar cuando la carretera es mala y está llena de baches, entonces la incomodidad es insufrible, no hay manera de relajarse.
Jirafa reticulada característica de Samburu
    A medio camino, paramos en Africana Curio Shop para ir al servicio. Estas tiendas están repletas de tallas de madera, tambores, lanzas, figuritas en piedra volcánica, zapatillas de los masáis fabricadas con neumáticos de coche, piedras de tanzanita (de color violeta o azul), de tsavorita (verde), pinturas, cestas, ropa de safari, telas de colores (khangas y kikois) como las que visten las tribus y otros recuerdos que se supone gustan al turista. El precio inicial suele ser muy abultado y depende de tu habilidad para el regateo obtener una tarifa más razonable.
    En el aparcamiento echo un vistazo a los vehículos de las demás agencias. Aunque lo más utilizado es la Nissan Caravan también menudean los todo terreno de aspecto más confortable. Hay multitud de agencias en Kenia: Vintage Africa, Private Safaris, Nahdy Tours, Akorn, etc. Parece que la nuestra, Kobo, es de capital español y sólo da servicios a españoles, así que da igual con qué agencia mayorista reserves el viaje: Nobel, Kuoni, Catai, etc. Acabarás en Kobo.
   Llegamos al Samburu Lodge a las dos y media, derechitos a comer un discreto almuerzo lleno de sabores indios. Alrededor del comedor merodean los monos que son mantenidos a raya por dos elegantes samburu armados con sendos tirachinas. Tanto los famosos masáis como los samburus visten ropas muy llamativas, de rojo chillón generalmente. Dicen que estos colores ahuyentan a los depredadores, aunque para mí que los animales no rechazan las presas de colores chillones por el color en sí, sino porque lo relacionan con una experiencia desagradable. Este año, los leopardos ya han matado a tres niños masáis... que se sepa.
    Los bungalós de madera del Samburu Lodge son muy amplios y algo espartanos pero correctos.
Elefantes de Samburu en el río
   A las cuatro comienza nuestro primer safari en la misma buseta que nos ha traído hasta aquí. En cuanto atravesamos los límites del hotel vemos una pareja de dick-dickes (digidigi en suajili), apenas miden cuarenta centímetros de altura y nunca faltan en en la sabana arbustiva donde se esconden con facilidad.
    En todas las reservas de Kenia se prohibe que las busetas salgan de las pistas de tierra, lo que protege la fauna y el entorno, hay que tener en cuenta que Kenia es un destino muy popular y las busetas que recorren las reservas son muy numerosas, así que esto evita que los animales se vean agobiados por tantos vehículos. En estas condiciones, unos binoculares de calidad son imprescindibles. Recomiendo, al menos, unos 8x40 y olvidarse de esos pequeños de bolsillo. Algo parecido ocurre con las cámaras, si quieres hacer fotos decentes, utiliza réflex con objetivos de doscientos milímetros por lo menos. Las compactas dan resultados muy pobres, como las fotos de este diario.
    El mejor momento del safari se produce cuando una manada de elefantes de nueve ejemplares cubiertos de barro se dirige hacia nosotros por un sendero y pasan a pocos metros de nuestro vehículo. Apoteósico.
    Cuando ya marchamos, otro elefante viene hacia nosotros a la carrera, con las orejas desplegadas, barritando y con la trompa al cielo. Nos alejamos prudentemente y pasa de largo. Iba en busca de la manada anterior que ya estará lejos, pero tranquilos que no se pierde: los elefantes se comunican entre ellos a kilómetros de distancia emitiendo sonidos de baja frecuencia, inaudibles para el homo sapiens.
Guepardo solitario
    El río lleva poca agua y sobre su lecho se reúnen unas docenas de cigüeñas marabús. Más tarde, se produce otra concentración de busetas ante un guepardo, medio oculto por un pequeño arbusto. Hay suerte: tras cinco minutos de espera, se levanta, cruza la vereda y nos permite admirar su felina figura durante unos minutos hasta que desaparece entre los matorrales.
   El animal más visto en Samburu (y en todos los demás lugares que visitaremos) son los impalas, gacelas Thompson y de Grant, los hay a cientos y nadie les presta mucha atención. Tenemos la fortuna de ver un gerenuk, le sorprendemos alcanzando unas hojas con su largo cuello y raudo se escapa a la carrera. La otra sorpresa del día es un animal muy caro de ver: el solitario leopardo. Éste yace sobre una enorme piedra y nos da la espalda, se mimetiza de maravilla con el entorno.
    El Samburu Lodge está situado al borde de un río de escaso caudal donde nos aseguran que hay hasta cocodrilos. La terraza que da al río es un magnífico puesto de observación mientras te tomas un té o un café. Se comenta que un leopardo ha bajado a beber agua. Nosotros lo único que descubrimos es varios ibis sagrados picoteando el limo del río.

7 de julio, ljumaa

    Nos despiertan a las siete y salimos a las ocho para nuestro segundo safari en Samburu. La primera sorpresa de la mañana es una pareja de leones, el macho luce una melena muy corta, característica común de los leones de Samburu y el Tsavo. Los leones se pasan veinte horas al día holgazaneando y así es como los veremos a casi todos, tumbados o dormidos. El macho se despereza, se levanta, se pone encima de la hembra y realiza un intento de cópula. La leona, ni caso. Después, nos da la espalda y se tumba de nuevo.
Oteando la fauna desde la azotea del Treetops
    Me quedo alucinado cuando descubro entre los vehículos del safari un autobús todo terreno. La masificación del turismo de safaris llega hasta este extremo.
    Más tarde vemos elefantes, jirafas, cebras, avestruces de Somalia, onyxes, babuinos, gallinas de Guinea, más dick-dickes, otro gerenuk, etc.
    Al mediodía dejamos Samburu y nos dirigimos hacia el montañoso Parque Nacional de Aberdares. La proximidad de este bosque lluvioso a enclaves humanos hace que esté limitado por vallas electrificadas e incluso zanjas para evitar a la población encuentros desagradables con depredadores y elefantes, famosos por su agresividad.
    A las dos llegamos al hotel Outspan que nos sirve como campamento base. Almorzamos, dejamos nuestras dos maletas de mano en una consigna y empacamos en una mochila lo imprescindible para pasar una noche. Merece la pena pasear por los alrededores del Outspan, los árboles más frondosos son muy frecuentados por cálaos negros, ave con un pico extrañísimo y enorme.
    Un pequeño autobús nos conduce en diez minutos hasta el famoso observatorio Treetops.
    La primera impresión no es buena; su fachada está forrada de cortezas de árbol y el edificio resulta poco atractivo. Claro que, se supone que su función es servir de camuflaje para que los animales no recelen. En el interior, las paredes son de madera y el suelo de moqueta, lo que le da un aspecto confortable. Nuestra habitación es muy pequeña, abres la puerta y tienes un pasillo central de apenas dos metros, una cama a cada lado y una pequeña repisa para dejar el equipaje. Las puertas no tienen ningún
Treetops
tipo de cerradura. Los baños son compartidos y con duchas. Por cierto, en el Treetops hay hasta dos o tres suites, para el que quiera más comodidad.
    El edificio está situado entre dos charcas. La azotea es el mejor lugar de observación, pero hay que subir un poco abrigado, hace fresco.
    En cuanto desaparecen los autobuses hacen acto de presencia los primeros animales: una manada con cuarenta y dos búfalos cafre se acercan a la charca para beber parte de sus treinta litros de agua diarios. Una familia de jabalíes verrugosos de aspecto fiero recala también en la otra charca. Al poco tiempo, baja por la ladera un elefante de mediano tamaño a buen paso, parece contento. Para atraer a los animales echan sal sobre las orillas de las charcas y se ve que les encanta. El elefante, en cuanto llega a la orilla, clava un colmillo en el barro y se lo relame con la trompa, el sal-adicto éste se pasa más de media hora sacando gusto al barro para deleite de los que le observamos. También aparece un mono colubus blanco y negro y gacelas. Más tarde, un búfalo solitario, se acerca a la charca para rebozarse en barro, esto les libera de los parásitos.
    En la sala común hay un registro histórico con todos los animales que se observan cada día. El tipo y el número de animales es muy variable; el pasado mes se avistaron veintidós rinocerontes negros. El animal más difícil de ver es el leopardo, en junio sólo se registraron dos y en mayo, uno.
    Cenamos en un pequeño comedor de bancos corridos. Sobre la mesa hay un carril central que sirve para guiar un carrito que transporta el plato a cada comensal. La cena es mala y escasa. Sobre el papel, el menú suena muy bien, pero en el plato, el "finely slicey multi-deli" resulta ser una rodaja de mortadela. Y así con todo...
Búfalos cafre
   Cuando se echa la noche subimos a la terraza. Las risotadas de los grupos de turistas no parecen que sea lo más apropiado para atraer a los animales.
   Los focos que iluminan las charcas se sitúan sobre la terraza y muchas mariposas nocturnas revolotean alrededor, una de ellas, choca con la frente una turista y por poco la deja fuera de combate, la mariposa yace patas arriba y compruebo que mide casi ¡diez centímetros!. Permanecemos en la terraza hasta las once; ojeamos al mismo elefante con mono de sal, liebres, onyxes, gacelas, una lechuza enorme y una hiena.
    Todas las habitaciones disponen de un interruptor que si lo accionas te conectas a un sistema de alarma; en caso de que aparezca por las charcas algún animal, te avisan a base de timbrazos, más timbrazos cuanto más grande sea el animal. En toda la noche no ha sonado ni una sola vez, ¿se habrá dormido el imaginaria?

8 de julio, jumamosi

    Niebla espesa, fina lluvia y mucha humedad sobre el Treetops, apenas se ven las charcas.
    Nos despiertan a las seis y media y una hora más tarde ya estamos en el hotel base Outspan desayunando. Seguimos viaje hacia Masái Mara. Paramos en la Mrefu Curio Shop, que está justo sobre la línea imaginaria del ecuador. ¿Qué cómo lo sabemos? Pues con un sencillo experimento: dejan una cerilla sobre un cazo con agua con un sumidero en su parte inferior y observamos el sentido de giro del agua al escapar por el agujero, si repetimos el experimento al otro lado de la línea del ecuador, el sentido es el contrario. Si mueves el cazo sobre la línea, la cerilla no se mueve. Bonito experimento y encima, por tres dólares, te dan un certificado que acredita tu paso del ecuador.
Camaleones en las cataratas Thompson
   Nos detenemos también para visitar las cataratas Thompson, donde los lugareños tratan de ganarse unos cuartos a base de pintarse cada centímetro de su cuerpo en plan salvaje o prestarte un camaleón para que te hagas una foto con él subiéndote por el cuello.
   Llegamos al Nakuru Lake lodge del Parque Nacional del lago Nakuru para el almuerzo. La comida, pasable, tipo comedero. Las habitaciones son amplias y sencillas y el jardín aparente.
   A las tres y media nos reúnen para darnos una charla sobre las características del parque, uno de los mejor cuidados de Kenia. No es muy grande, tan solo 200 km², pero es una gozada, tiene de todo: miles de flamencos en las orillas del lago salado, una población de rinocerontes negros y blancos muy importante, leones, leopardos, avestruces, jirafas, babuinos, panteras y en las zonas de bosque denso, ¡pitones espectaculares! También es un paraíso ornitológico único en el mundo, habitan más de 450 aves. El parque está rodeado de setenta y cinco kilómetros de valla para evitar la interferencia de los animales con las poblaciones más cercanas.
   A las 16:30 empezamos el safari. Los búfalos cafre, los impalas, las gacelas y las cebras abundan. Nos bajamos de la buseta para ver a los gregarios flamencos rosados más de cerca, será de las pocas veces que pongamos pie en tierra en un safari. El tono rosado del plumaje se lo deben al caroteno de un diminuto custáceo, la Artemia salina. Cuando levantan el vuelo forman un espectáculo impresionante con continuos cambios de color, consecuencia de sus movimientos dentro del grupo.
    El parque cuenta con zona de bosque con acacias amarillas y extensas sabanas.
Rinocerontes blancos en el P.N. del Lago Nakuru
Este parque tiene una población de rinocerontes blancos y negros muy numerosa. Las matanzas de los furtivos en los setenta diezmó su población y ahora sólo quedan unos 4000 rinos blancos y 12000 negros en África oriental. ¿Por qué esta diferencia? Pues porque un rinoceronte blanco puede pesar hasta 3600 kg. y el negro sólo hasta 2000 Kg. y el tamaño del cuerno va en proporción, así que el blanco era más buscado que el negro. ¿Sabes distinguir un rinoceronte negro de uno blanco desde lejos? Pues es sencillo: la parte más alta de la espalda de un rino blanco corresponde a sus hombros, en uno negro, a su cadera. Aparte, hay muchas diferencias en sus comportamientos. Para evitar su caza por los furtivos se hicieron pruebas cortando los cuernos, pero les volvía a crecer, como a nosotros las uñas.
    Observamos también avestruces, una manada de leones, una colonia de babuinos, jirafas de Rothschild, kobos de agua, el kobo de agua no tiene depredadores ya que su carne sabe muy mal, etc.
    En resumen, un bonito y agradable parque donde hay de todo y además, no tienes que recorrer grandes distancias para ver a los animales.
    Regresamos para las 18:30. Después de cenar disfrutamos con unas danzas de una tribu local.

9 de julio, jumapili

    A las siete y media salimos hacia Masái Mara. Recorremos el valle del gran Rift en dirección sur. Muchos tramos de la carretera no están asfaltados y los baches son enormes. Los japoneses, más avisados, llevan mascarillas en la cara para no tragar las nubes de polvo que se levantan. Pasamos cerca del volcán Longonot y luego entramos en la gran llanura de Masái Mara. A partir de Narok la carretera está asfaltada y respiramos mejor.
Niños masáis
   Los poblados que cruzamos son míseros, sin agua corriente ni electricidad y algunas chozas de barro intercalan bolsas de plástico como material de construcción.
    A medio trayecto nos detenemos en otra Curio Shop para ir al lavabo. Las noticias de portada del Sunday Nation hablan de diez muertos en Nairobi tras una explosión de una planta química.
    Entramos en la reserva nacional de Masái Mara por la puerta Sekenan, llegamos a las 13:00 al hotel Keekorok y nos instalamos en la habitación treinta y seis, de agradable decoración étnica. El mejor hotel por ahora.
   Ningún hotel tiene verjas ni nada que impida que entren animales salvajes, de esta manera también se facilita que escapen rápido si son descubiertos. Serían mucho más peligrosos si no encontraran una salida.
    A las cuatro salimos de safari. La temperatura es agradable y el cielo está cubierto de nubes cárdenas. Contemplamos miles de cebras y ñúes que ya han llegado desde el Serengueti, también seis leones, avestruces, jirafas, una manada de elefantes, gacelas, etc. El típico paisaje de Masái Mara consiste en sabana herbácea con muy pocos árboles, generalmente concentrados alrededor de pequeñas regatos.
Ñúes y cebras triscando en Masái Mara
   Preguntamos a nuestro guía, Cris, si nos llevarán a ver el espectacular paso de las manadas de ñúes y cebras por el río Mara, donde esperan los cocodrilos y buitres a que desfallezcan para zampárselos. Su respuesta es que aún no cruzan suficientes animales como para que valga la pena la excursión, al parecer, cuando el paso de animales es importante, ellos mismos ofrecen la excursión como opcional, previo pago extra, claro.
    Al caer la tarde, nos acercamos hasta la charca de los hipopótamos, ¡a cuarenta metros de nuestra habitación!, a la que se accede a través de un paso elevado de madera. Los hipos ya empiezan a bostezar, señal inequívoca de que pronto abandonarán la charca para pastar. En efecto, esperamos pacientemente hasta que van saliendo de uno en uno. Los hipos no comen mucho, sólo necesitan 40 kg de hierba al día, ¿el secreto?, que su temperatura corporal es muy parecida a la del agua, por tanto, no gastan mucha energía en termoregularse.
    Los peces gatos dejan ver sus barbas cuando boquean en la superficie de la charca.

10 de julio, jumatatu

    A las 5:00 golpean nuestra puerta y media hora más tarde salimos en buseta hacia el punto donde despegan los globos. En Masái Mara hay muchas agencias que te facilitan una excursión en globo, la ligera brisa y los pocos obstáculos para aterrizar convierten al Masái Mara es un lugar idóneo para esta actividad.
Preparativos para el paseo en globo
   Reservamos el vuelo con Kobo el primer día que llegamos a Nairobi, al precio de 385 $ por persona por una hora de duración, con la empresa Hot Air Balloon Twiga.
   Sería fantástico si el globo pudiera maniobrar y seguir a los animales, pero esto no es posible, va donde el viento le lleva. Evidentemente, se ven menos animales que en coche, sólo los grandes, elefantes, jirafas, avestruces, ñúes, etc. El Capitán Tanguay aterriza con suavidad, un poco de roce con el suelo y ya está, quieto parado.
    Desayunamos con champán en medio de la sabana, sin aparente preocupación por los leones.
    De vuelta el hotel, el capitán no se limita a trasladarnos, sino que se detiene ante cualquier animal que considera interesante, de esta manera no perdemos el safari que nos corresponde esta mañana.
   El cielo ha estado cubierto toda la mañana y ha hecho algo de fresco. Para eso de las 10 sale el sol y nos acercamos a la charca de los hipos, muy cerca de nuestra habitación. El acceso se hace con seguridad a través de una pasarela elevada de madera que da a un observatorio, pero un japo, que por lo visto hace caso omiso al letrero que prohíbe el acceso, ataja por un sendero que da directamente al estanque. Cuando los hipos lo ven al borde del estanque, todos dirigen sus miradas hacia él, se ponen en alerta y sacan medio cuerpo fuera del agua. Afortunadamente, estaban en el agua y no pasa nada, pero ya se sabe que los hipos son los animales que más hombres matan, si te interpones en su camino al agua lo puedes pasar muy mal.
    Una manada de elefantes pasa justo por la orilla del estanque, caminan en fila india, la matriarca al frente, dos crías de pocos meses se salen de la fila y juegan con un bancal de arena, la matriarca se detiene y mira de reojo a los pequeños, cuando vuelven a la fila, reanuda el viaje.
Elefantes muy cerca del hotel
Siguen un poco hacia delante y mi mujer tiene la suerte que verlos muy de cerca, como a diez metros de distancia, ya que estaba sentada en un banco hacia donde se dirigen los elefantes para mordisquear unas hojas de los árboles. Empiezan a comer hasta que se dan cuenta de su presencia, entonces la matriarca extiende sus enormes orejas como si orientase un radar y despacio abandonan el lugar.
    Hoy disfrutamos del sol y de la piscina del hotel hasta la hora de comer. Este hotel es bastante agradable, las habitaciones están bien decoradas con toques étnicos y se come bien.
    Nuestros compañeros de mesa han realizado esta mañana un safari a pie. Les ha dado un vuelco el corazón cuando la buseta les ha dejado a unos treinta metros de dos leonas. No ha pasado nada. Todos los animales tienen mucho respeto por los hombres y además, el grupo era de ¡catorce personas!, protegidos, eso sí, por un guarda armado. Como ver, han visto bien poco y además, en París; los animales les divisaban y olían a kilómetros. Por regla general, toda la fauna procura mantenerse a distancia del hombre, somos demasiado peligrosos, aunque nunca hay que bajar la guardia. Este año una turista española murió en Tanzania en un safari a pie al ser arrollada por una estampida de elefantes. No fue suficientemente rápida al subirse al árbol. Tampoco los safaris en todo terreno están libres de peligro, se han producido cargas contra ellos, pero al menos, puedes acelerar y escapar, si tienes suerte.
    El safari de la tarde resulta fructífero. En la primera media hora de safari vemos ñúes, cebras y gacelas, lo típico. Donde la hierba empieza a ser más baja nos topamos con una manada de elefantes de nueve miembros, la madre va la primera, el macho cierra la fila. ¿Cómo se distingue un elefante macho de una hembra? Pues por el tamaño de la cabeza, mayor, en proporción al cuerpo, en los machos. Oteamos más jirafas masáis, nunca faltan y sus movimientos como a cámara lenta siempre resultan curiosos.
León en Masái Mara
   La sorpresa del día es un león que yace panza arriba sobre la pista de tierra. La aglomeración de busetas que se produce a su alrededor hace que se levante y al menos le veamos mover su majestuosa figura unos metros.
   Medio kilómetro más allá descubrimos otro león macho con tres cachorros, al parecer, la leona se ha ido de caza, a ella la veremos más adelante, cerca del río.
    Casi al finalizar, divisamos dos rinocerontes negros descansando en la sabana. Están algo lejos pero con los binoculares se ve muy bien sus impresionantes cuernos.
    Al regresar nos encontramos con una buseta averiada, la están remolcando con un todo terreno, la gente se baja, lo que siempre intranquiliza y más cuando sabes que no muy lejos acabamos de ver varios leones.
    En el camino de vuelta al hotel divisamos dos hienas, un cálao terrestre del sur, un chacal, unos graciosos y chulescos jabalíes verrugosos cruzando el camino y por supuesto, manadas interminables de ñúes y cebras que llegan del Serengueti en busca de la riqueza de sus pastos.
    Nos detenemos unos minutos para contemplar otra maravillosa puesta de sol, son realmente mágicas.
    Después de cenar, un grupo de masáis nos ofrece un espectáculo con sus danzas tradicionales. Dicen que vienen de una aldea cercana, a pocos kilómetros de aquí. Lo cierto es que uno de ellos nos suelta un discurso que hay que ser por lo menos universitario para memorizarlo. ¡Qué barbaridad!
    En vista de que mañana tenemos un traslado de cinco horas hasta Nairobi por caminos peores que los de días pasados, hemos pedido a nuestro guía de Kobo que nos reserve dos plazas en una avioneta, el resultado de su gestión es que no hay plazas libres, cosa que no será verdad, como ya veremos.

11 de julio, jumanne

    Salimos a las siete de Masái Mara hacia Nairobi. Y yo me pregunto: si en nuestro viaje figura una visita a Serengueti, ¿por qué demonios tenemos que regresar desde Masái Mara a Nairobi cuando el Serengueti está al otro lado de la frontera, a sólo noventa kilómetros? La explicación es que no hay puesto fronterizo entre Masái Mara (Kenia) y Serengueti (Tanzania), esta nimiedad hace que lo que sería el itinerario lógico Masái Mara - Serengueti - Ngorongoro - lago Manyara - Nairobi se convierta en Masái Mara - Nairobi - Lago Manyara - Ngorongoro - Serengueti - Ngorongoro - lago Manyara - Nairobi. Se duplica la distancia a recorrer y nos hace perder tres días en desplazamientos, pero en fin, todas las agencias ofrecen lo mismo. Es lo que hay.
Alto en el camino para estirar las piernas
   El viaje por carretera es horroroso, la calzada asfaltada tiene tales socavones que los coches circulan fuera de ella, por una pista paralela de tierra. Las nubes de polvo que se levantan son tremendas. Al pasar cerca de poblaciones, los vecinos han puesto piedras fuera de la calzada para obligar a los vehículos a circular por la carretera y así evitar las nubes de polvo que convertirían al pueblo en una mancha continua de color marrón. En la propia carretera no se respeta la mano, simplemente se circula por donde menos baches hay. Los más precavidos son los japoneses que cubren sus narices y bocas con mascarillas de tela, muy recomendables para quien piense realizar safaris en Kenia y en Tanzania.
    Cris nos informa que en los próximos días se celebrará una manifestación para pedir la mejora de la carretera.
    Paramos para disfrutar de una magnífica vista sobre el valle del Rift. Una señal nos informa que estamos a 2140 m de altitud.
    Llegamos a Nairobi a las dos. En el hotel Stanley nos encontramos con una pareja de Madrid que ha volado desde Masái Mara a Nairobi en avioneta y nos asegura que estaba casi vacía, contradiciendo la información de la agencia Kobo que fue incapaz de reservarnos plazas en un avión ya que, según ellos, iban llenos. Como incidencia, han salido con un retraso de dos horas del aeropuerto de Masái Mara y ningún representante de la agencia Kobo les ha recibido en el aeropuerto de Nairobi.
Carne a la brasa en el Carnivore
    En vista del estado de las carreteras y de que mañana nos espera un viaje en buseta hasta el lago Manyara de diez horas, pedimos a Kobo que nos reserve un vuelo Nairobi-Kilimanjaro o Nairobi-Arusha; nos dan un precio de cuatrocientos dólares por persona para un billete de ida y vuelta (más cinco por ciento si pagas con tarjeta de crédito), un precio disparatado, pero las diez horas de carretera se transforman en unos escasos cuarenta minutos de vuelo. (Cuando llegamos a España comprobamos que este precio triplica el precio medio del viaje, pero quizá fuera verdad que había pocas plazas y costaba esto. Nunca lo sabremos).
   Después de la paliza de coche de hoy estamos algo cansados así que no salimos por la tarde, la piscina y la sauna del Stanley se merecen una visita.
    A las siete nos llevan al famoso restaurante Carnivore donde en teoría probaremos carnes de multitud de animales salvajes. La realidad es más prosaica y lo primero que te ofrecen es pollo, luego cerdo, ternera y salchichas. Y como carnes exóticas: camello (ni fu, ni fa), cocodrilo (poca carne y mucho cartílago) y albóndigas de carne de avestruz (bueno... pasable). Nada más. ¿Dónde está la esperada carne de hipopótamo, muslito de jirafa, filete de cebra, solomillo de búfalo, costillas de gacela Thompson, etc? Mucho ruido y pocas nueces.

12 de julio, jumatano

    Después de patear un poco Nairobi, nos recogen a las once para trasladarnos al pequeño aeropuerto Wilson, muy cerca del centro. Desde la agencia Kobo nos aseguran que no hace falta billete, que basta con una simple lista de pasajeros. En el aeropuerto nos piden el billete porque no aparecemos en ninguna lista. No saben ni a qué aeropuerto volamos, ¿al de Kilimanjaro o al de Arusha? Tras una hora de suspense e indagaciones, por fin se aclaran y salimos puntuales con Air Kenya. Por cierto, en el mostrador de facturación no hay un solo ordenador ni rayos X, así que el registro corporal y de maletas es a conciencia. El vuelo sale puntual a la una y tardamos cincuenta y cinco minutos en llegar al aeropuerto de Kilimanjaro en Tanzania.
    Para ver el diario de nuestro viaje en Tanzania, pulse aquí.

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