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República Islámica de Irán 2001

10 de abril, Teherán 17 de abril, Isfahán
11 de abril, Teherán, Bam 18 de abril, Isfahán
12 de abril, Bam, Kermán 19 de abril, Isfahán
13 de abril, Yadz 20 de abril, Isfahán, Mashad
14 de abril, Shiraz 21 de abril, Mashad
15 de abril, Pasagarda, Persépolis, Shiraz22 de abril, Teherán
16 de abril, Shiraz, Isfahán

20 de abril, viernes

    Nos levantamos algo tarde, ¡por fin! Hace un día estupendo y tenemos la mañana libre, así que tomamos un taxi y nos acercamos a la Plaza del Imán con objeto de ver a los iraníes en su salsa, orando en las mezquitas. No hay suerte, no nos dejan entrar, ni en la del Jeque Lotfollah ni en la del Imán. Un discreto sistema de seguridad a la entrada de las mezquitas cachea a los propios iraníes, a los extranjeros les prohíben la entrada. Nos da pena marcharnos de esta plaza, es realmente atractiva, equilibrada en sus formas y dimensiones y desprende una atmósfera de sosiego y tranquilidad que nos ha enganchado, pero el viaje continúa.
    En una calle lateral de la plaza nos encontramos con una pareja de nuestro grupo y regresamos con ellos; hemos quedado a las doce en el restaurante Shahrzad, en la calle Abbas Abad. La comida consiste en una sopa de arroz y maíz, otro plato de arroz y uno más pequeño con carne y salsa. O sea, lo de siempre. De postre: helado o té. Y todo en cantidades muy contenidas.
    Hasta ahora, la comida de los restaurantes nos está pareciendo bastante monótona. En todas las comidas de este viaje nunca ha faltado el pincho de carne o kebab —ya sea de cordero, pollo, ternera, pescado o mixto— y por supuesto, el arroz cocido o polo. Así, el zereshk polo es arroz con azafrán, pasas y pollo, sabzi polo es arroz con especias y pescado, adas polo es arroz con lentejas y cordero. En cuanto al pescado, la trucha de cultivo es lo habitual y, de vez en cuando, puedes encontrar pescados del mar Caspio o del Golfo Pérsico, casi siempre servidos con arroz. Un simple guisado no es fácil encontrar en la carta de un restaurante, aunque Fereshteh asegura que son normales en casa, de hecho, la verdadera cocina iraní es la que elaboran las mujeres en sus hogares, es mucho más sofisticada que la de los restaurantes, dice que hasta la presentación de los platos se cuida como si se tratase del colorido de una alfombra.

Ójala hubieramos encontrado una mesa tan variada como esta.

    Los musulmanes comen carne de animales no carnívoros, excepto cerdo, sacrificados siempre según el primitivo rito Halal: sujetan al animal y, sin anestesiar, le cortan la yugular y la carótida con un cuchillo y le dejan que se desangre hasta que muera. Así se aseguran de que no queda nada de sangre en el cuerpo. Así lo exige el Corán en la sura 2:173. En cuanto a lo del cerdo, lo prohíbe el Corán en la sura 6:145 y no hay más que hablar. Se han buscado muchas explicaciones racionales a esta prohibición pero ninguna presenta una evidencia indiscutible. El antropólogo Marvin Harris cree que en Arabia, donde vivía Mahoma, las temperaturas eran tan elevadas que los cerdos, como no sudan, se veían en la necesidad de regular su temperatura refrescándose, a falta de agua o lodo, en sus propios orines o heces, de ahí que a los árabes les parezca un animal sucio que además come de todo, basura incluida. Los que crían cerdos saben que son realmente limpios e inteligentes y si tienen espacio suficiente procuran defecar lejos de donde duermen o comen. También pudiera ser que la gente enfermara de triquinosis y por eso lo incluyeron como pecado en el Corán. El caso es que la ley islámica prohíbe la cría de cerdos.
    Hacemos las maletas y de nuevo peregrinamos hacia nuestro próximo objetivo: Mashad. Mashad, está a 892 km de Teherán. Es la capital de la provincia de Khorasan, al noroeste de Irán, tiene millón y medio de habitantes y es la segunda ciudad santa más importante del islam, después de La Meca; la razón es que en ella se encuentra el Santo Sepulcro del martirizado octavo Imán chiíta Reza —que la paz esté con Él—.
    A la edad de cincuenta y uno, el tal Reza, fue sorprendentemente escogido por el califa sunita Mamún para ser su sucesor y le dio además a su hija en matrimonio. Esta acción de Mamún fue bienvenida por la secta chiíta pero enfadó profundamente a los sunitas, con el resultado de violentos enfrentamientos. Después de permanecer en Sanabad, el Califa Mamún y el Imán Reza salieron para Baghdad pero durante el viaje Reza enfermó y murió. Esta repentina muerte hizo sospechar a los creyentes chiítas que Reza fue envenenado por Mamún para evitar que un chiíta fuera proclamado califa de una comunidad mayormente sunita.
Sepulcro del Imán Reza
    El sepulcro está situado bajo la Cúpula Dorada de uno de los numerosos edificios del complejo Astan Quds Razavi. Los minaretes dorados tienen una particularidad: se han construido muy alejados uno del otro con objeto de que la cúpula dorada siempre parezca que está situada entre ellos, se mire desde donde se mire. Vamos, un golpe de efecto.
    La vista de Mashad desde las ventanillas del avión es impresionante. Llegamos de noche y los doscientos kilómetros cuadrados de extensión de la ciudad se nos antojan interminables. Desde el cielo se distingue con nitidez el lugar santo; es fácil, todas las grandes avenidas de la ciudad convergen en él. Está muy iluminado y desde la altura se ve a la muchedumbre como transita por las plazas, no olvidemos que hoy es viernes.
    Al salir del aeropuerto, nos llama la atención la cantidad de gente que camina por los márgenes de la carretera. Abunda la gente joven, algunos hacen acrobacias con las motos y otros contemplan el espectáculo. La carretera está atestada de gente y de coches aparcados. Como siempre, aprovechan cualquier zona verde de la autopista para montarse un picnic.
    Mientras nuestro autobús se desliza por las grandes avenidas de la ciudad, Kemali, de pie, en medio del pasillo, la goza contándonos los siguientes pasos de la aventura: según él, ningún no musulmán puede entrar en los recintos sagrados, además, los controles de seguridad son férreos. Sin embargo, deberíamos aprovechar que llegamos de noche para intentar el asalto al complejo Astan Quds Razavi. Misión: llegar hasta el recinto del Santo Sepulcro, lugar prohibidísimo para los no musulmanes. En 1994, durante la celebración de la Ashura, murieron veintisiete personas en su interior como consecuencia de una bomba. Entraremos desperdigados, a cinco metros uno del otro y andando rápido. Como nuestra ropa nos delata como europeos, debemos responder "Bosnia" si alguien sospecha de nosotros y se interesa por nuestro país de origen. Por supuesto, no llevaremos cámaras.
    Esto se pone divertido, pero han cometido un fallo: nuestro flamante guía local ha olvidado traer chadores a las mujeres. Afortunadamente, Fereshteh ha sido previsora y ha traído tres chadores. Se temía algo de esto. Fereshteh ha vivido catorce años en Madrid y ahora intenta conseguir trabajo en Irán, está en el viaje para aprender el oficio de guía y verdaderamente nos ha demostrado varias veces que tiene más sentido común que el resto de guías. Seguro que lo hará muy bien.
    Dejamos el equipaje en el Tara Hotel, que está mucho mejor de lo esperado —Kemali nos había hablado incluso de placas turcas en el baño, y ciertamente las tiene, pero no en nuestra planta—.
    Kemali sigue haciendo de las suyas: nos dice que a las nueve debemos reunirnos todos en la recepción del hotel para salir hacia el Lugar Santo y él es el último en bajar... a las nueve y media. No tiene remedio, claro que mantener las rayas del pantalón tan rectas y marcadas su tiempo le lleva.

Plaza interior de la mezquita del imán Reza

    El Astan Quds Razavi está a cien metros de nuestro hotel. Vamos andando. Tras el rutinario cacheo, accedemos al recinto. Procedemos según las instrucciones de Kemali. El lugar impresiona y más con la iluminación nocturna. Los azulejos y mosaicos de las paredes son los mejores vistos hasta ahora, claro que también son los más modernos. Seguimos a Kemali a ritmo frenético, separados los unos de los otros, yo voy detrás de él, como a cuatro metros. Atravesamos varios patios y, sin mediar palabra, dejamos los zapatos en una portería. Seguimos a Kemali como podemos, recorremos las estancias que rodean la plaza central, que es inmensa, interminable. Alguna sala está repleta de gigantescos espejos con adornos de oro y plata. No falta detalle, hasta los altavoces y las salidas del aire acondicionado están decorados con espejitos. Y el personal ora que te ora, en total éxtasis espiritual. Algunos indigentes duermen sobre las alfombras.
    Llegamos al Santo Sepulcro o haram (sagrado). Aquí hay todavía más gente. Para llegar a él hay que abrirse paso a codazos. Enfrente del sepulcro un hombre hace aspavientos y se contorsiona como poseído. ¿Realidad, autosugestión? otros, dejan caer unos riales sobre la mano de los hombres de turbante para que accedan a orar por ellos.
    Seguimos recorriendo algunas estancias más y recogemos nuestros zapatos. En una plaza esperamos a Kemali, que nos pide que aguardemos unos minutos más mientras vuelve al interior para rezar una plegaría. Salimos.
    Las chicas lo tienen más complicado, el guía local no ha traído dupatas o pañuelos grandes, Fereshteh sí, pero solo tres, así que entran de tres en tres. Fereshteh está un poco inquieta porque ya ha pasado tres veces y le pueden reconocer las cacheadoras de la entrada. Sin embargo, todas las chicas entran en el recinto sin ningún problema.
    Esta visita ha sido interesante. Es impresionante presenciar tanta devoción irracional, tanta creencia en un ser sobrenatural del que no existe ni una sola evidencia, un ser, o lo que sea, que resulta inexplicable incluso para las propias autoridades religiosas. Que triste resulta comprobar que en pleno siglo XXI la religión aún sirve para dominar a los pueblos. Está claro que la religión musulmana está viviendo días de gloria y mientras los clérigos controlen la enseñanza y todo lo demás, seguirá fuerte en el futuro, para desgracia y escarnio de los que la sufren.
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