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República Islámica de Irán 2001

10 de abril, Teherán 17 de abril, Isfahán
11 de abril, Teherán, Bam 18 de abril, Isfahán
12 de abril, Bam, Kermán 19 de abril, Isfahán
13 de abril, Yadz 20 de abril, Isfahán, Mashad
14 de abril, Shiraz 21 de abril, Mashad
15 de abril, Pasagarda, Persépolis, Shiraz22 de abril, Teherán
16 de abril, Shiraz, Isfahán

13 de abril, viernes

    Aún quedan muchos kilómetros de desierto hasta llegar a Yazd. La gente se está alterando por momentos, yo creo que tanto tiempo de inactividad dentro del autobús les aburre y tienen que inventar algo para mantenerse activos. Y sobre los guías recaen todas las maquinaciones. Que si no se llevan bien entre ellos, que vaya cara de ET que tiene este Mavic, etc. Ahora a alguien se le ocurre que perdemos mucho tiempo en las comidas y que podríamos comprar unas sandías y comerlas en cualquier sitio. Esto parece un motín. Kemali está de los nervios, le noto un ligero tic en la boca, cada vez me recuerda más al jefe del inspector Clouseau en la película La pantera rosa. A veces pienso que solo nos falta darles un puntapié en el trasero y hacernos con el control del autobús. Después nos asesinaríamos los unos a los otros porque cada uno tiene una opinión diferente sobre lo que se debe hacer. La verdad es que los guías dan lástima, a su mala organización y escasa capacidad de decisión se une el implacable marcaje de algunos, que no desaprovechan ocasión para acosarles psicológicamente a la menor oportunidad.
    Mavic nos advierte que estamos pasando por Rafsanjan, donde se cultivan los mejores pistachos del mundo. Aquí se producen también las llamadas alfombras de Kermán. De Bahreman, un pequeño pueblo cerca de aquí, es el cuarto presidente de Irán, el autoritario Rafsanjani, que gobernó entre 1989 y 1997, nacido en una rica familia de productores de pistachos.
    Ahora Mavic nos explica el funcionamiento de los qanats (que significa 'cavar'), un curioso y antiguo sistema de pozos y túneles que recogen el agua subterránea de las montañas y la transportan hacia los campos de cultivo para así aprovechar al máximo la escasa lluvia que reciben (entre 150 y 250 mm al año). El sistema data del 800 AEC y ahora están extendidos por todo el mundo. Los qanats se construyeron a una escala que rivalizaba con los grandiosos acueductos romanos, pero, mientras éstos son simplemente una curiosidad histórica, los qanats iraníes no solo funcionan sino que cada vez se construyen más. solo en Irán se estiman que hay unos 22000 qanats que hacen una longitud de 260000 km de canales subterráneos. Este sistema suministra el setenta y cinco por ciento de toda el agua que se consume en el país, que incluye el agua de riego y el agua doméstica. Hasta hace poco, antes de la construcción de la presa Karaj, el millón de habitantes de Teherán dependía al cien por cien de los qanats que traían el gua de las montañas Elburz.
    Ahora mismo, Yazd goza de una temperatura media de veinte grados, pero en los meses de verano, suele rondar los treinta y dos y son frecuentes máximas de cuarenta. Para refrescar las casas han inventado las torres de viento o badgirs. Se basan en un conducto a modo de chimenea que comunica la sala principal de la casa, caliente, con el extremo final de la chimenea, situado a más altura y, por tanto, menos caliente. Como el aire siempre circula de mayor a menor temperatura, se crea una corriente de aire que aumenta la convección. Si en plena corriente pones un estanque con agua, miel sobre hojuelas.
Barrio antiguo de Yazd y torre de viento
    Visitamos la mezquita del Viernes que alardea de sus minaretes, los más altos de Irán. Los minaretes, en su origen, servían como torres de luz para guiar a la gente tanto de día como de noche. El más antiguo data del siglo VII y eran de barro, en el siglo IX ya se construían de ladrillo. Los musulmanes los aprovecharon para que el muecín subiera a los tejados más altos y convocara a la oración, luego lo hicieron desde los propios minaretes y actualmente se utilizan para poner los altavoces que llaman a la oración.
    Comemos en unos antiguos baños. La sopa de lentejas o gushte kubideh está soberbia. Todo un clásico.
   Vemos la mezquita de Yomeh y el templo de Zoroastro, donde un altar guarda el fuego sagrado, cuyas llamas arden sin interrupción desde el siglo V. Mientras estamos sentados sobre un antepecho, se acerca una adolescente muy simpática y con cara de lista que charla con mi mujer algunos minutos. Por supuesto, a mí, ni me mira, como si fuera invisible. No pasa nada, sé muy bien que una mujer musulmana no debe hablar ni mirar a un hombre ajeno a su familia a no ser que medien motivos excepcionales. En cuanto sus padres la ven de lejos, le hacen señas: ¡Mi hija hablando con infieles y encima... hombres! ¡Ven aquí inmediatamente! A lo largo de todo el viaje estas muestras de interés por charlar o fotografiarse con nosotros serán frecuentes, casi siempre protagonizadas por grupos de chicas adolescentes. Las preguntas que hacen a mi mujer siempre son las mismas: ¿Estás casada? ¿Cuántos hijos tienes? Abren unos ojos enormes cuando mi mujer les dice que ninguno, yo creo que se quedan con ganas de darle el pésame.
    Damos una vuelta por el casco antiguo de Yadz causando de nuevo inusitada expectación entre los transeúntes. Tampoco es de extrañar: para esconder sus curvas, mi mujer se ha puesto un kafkaf que compró en Marruecos ¡de color azafrán!, cuando aquí visten colores más discretos, como el negro, el azul oscuro o el gris. Os podéis imaginar que no pasa desapercibida. Sin embargo, el color azafrán o naranja está expresamente desaconsejado en los hadices porque es un color asociado con los infieles, seguramente se refiere a los monjes budistas. Los colores llamativos también contravienen la norma de modestia que todo musulmán, hombre o mujer, debe cumplir.
   El barrio antiguo es un estrecho laberinto de callejuelas empedradas y casas de color arcilla. Todas las puertas disponen de dos aldabas: una pequeña para las mujeres y otra más grande para los hombres.
   En un paso de cebra descubro el primer semáforo con cuenta atrás que he visto en mi vida, no es mala idea, disminuye la ansiedad de la espera en los conductores.
Yazd
    Según lo previsto, paramos el autobús al lado de una frutería y compramos unas sandías para comer mañana. A mí, esto de comer una frutita en cualquier sitio me parece un poco cutre y además me priva de la experiencia gastronómica, que para mí es tan importante como visitar un bazar, pero qué le vamos a hacer, si es la voluntad de la mayoría...
   Gracias a Alá, el hotel de esta noche parece reformado recientemente y tiene buena pinta. Después de cenar, damos un paseo por los alrededores. Debemos tener aún hambre porque volvemos cargados de pasteles de todo tipo; el que más me gusta es el gaz, un turrón blanco, medio chicloso, con trozos de pistacho.
    Al pasar por un puente metálico sobre la carretera recibo el segundo calambre del viaje, el primero fue dentro del Museo de Cristal en Teherán, el mal aislamiento de unas bombillas de la decoración nocturna es probablemente el culpable.
   El urbanismo de las ciudades de Irán no está nada mal: generalmente, las calles forman anchas avenidas de amplias aceras, hay árboles a ambos lados de las calles y suelen estar plantados dentro de un canal de riego que se activa por la noche.
   Lo que no se puede negar es que las ciudades están impecablemente limpias, más que limpiar, no ensucian, el Corán es enemigo de la suciedad. Fíjate: los musulmanes consideran sucio bañarse dentro de una bañera, siempre deben hacerlo con agua corriente. También es cierto que muchos no se lavan las axilas porque el desodorante lleva alcohol —risas, por favor—. El Corán domina todos los detalles de la vida cotidiana, por ejemplo: al entrar al cuarto para utlizar el retrete hay que entrar con el pie izquierdo y al salir con el derecho. Otra cosa curiosa es que deben ducharse después de cada coito y antes de cada rezo. Ya lo dijo el Profeta: “Sin un cuerpo limpio, un musulmán no debe rezar. La limpieza es la mitad de la fé”. En el libro No sin mi hija de Betty Mahmoody, la protagonista americana se ducha varias veces al día para aliviarse del calor reinante y la familia iraní de su marido está escandalizada porque piensan que se pasan el día echando polvos. ¿Y cómo es que el Corán no habla de los ingenios modernos, el coche, el avión, el móvil, la televisión? ¿Es que Alá no sabía que los íbamos a utilizar? Ejemplo: antes de leer el Corán hay que lavarse las manos, sí, pero ¿y si lo leemos en el teléfono móvil?
    Los iraníes están convencidos de que tienen el culo más limpio del mundo. No entienden que los occidentales usemos papel higiénico, según ellos, no limpia como lo hace el agua. Y tienen razón; con el papel a veces lo que se hace es extender la caca como la mantequilla sobre el pan. En el mundo musulmán la costumbre es usar una jarra o una manguerita de agua que apunta directamente al ano. Queda relimpio. El misterio es cómo consiguen que ni una gota de agua moje la ropa. ¿Y cómo se secan el culo si no hay papel ni toallitas? Ahora imagínate a un iraní en un inodoro occidental: aquí falta algo, diría, ¿dónde está el agua? ¡El papel higiénico solo no es suficiente! Algunos hasta se toman una ducha después de ir a un baño occidental porque no se sienten limpios. Es natural: ¿qué hace un occidental cuando se limpia con el papel, el papel se rompe y se ensucia un poco los dedos? ¿Se lo quita con otro papel? No, se lo limpia con agua. A mí me han convencido, la manguerita es mejor método que el papel a secas. Para la próxima reforma del baño lo tendré en cuenta.

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