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República Islámica de Irán 2001

10 de abril, Teherán 17 de abril, Isfahán
11 de abril, Teherán, Bam 18 de abril, Isfahán
12 de abril, Bam, Kermán 19 de abril, Isfahán
13 de abril, Yadz 20 de abril, Isfahán, Mashad
14 de abril, Shiraz 21 de abril, Mashad
15 de abril, Pasagarda, Persépolis, Shiraz22 de abril, Teherán
16 de abril, Shiraz, Isfahán

12 de abril, jueves

    Visitamos la fortaleza de Bam, un inmenso castillo completamente construido de barro y paja. La ciudad se fundó en el período sasánida (224-637 AEC) y lo que queda en pie se construyó durante el período safávida (1502-1722). En su apogeo llegó a tener trece mil habitantes. Prosperó gracias a los peregrinos que visitaban el templo de Zoroastro y posteriormente como centro de abastecimiento de las caravanas de la Ruta de la Seda que llegaban desde China.
    Hace mucho calor; hoy llegaremos a los treinta y cuatro grados. Para refrescarnos entramos en un bar dentro de la propia fortaleza y tomamos té caliente con sandía. En Oriente, cuando se quieren refrescar toman bebidas calientes porque les hace sudar, la manera natural de refrescarse del Homo sapiens. El señor nos sirve el té en vasos transparentes y estilizados; los más populares son los de cintura de avispa; redondos y anchos por arriba, estrechos por el medio y de nuevo redondos y anchos por abajo, sin asas.

La fortaleza de Bam

    La fortaleza está en reconstrucción, aunque de poco les va a servir, ya que nadie se imagina que dentro de dos años sufrirán un terremoto que segará la vida de veinte mil personas y la destruirá por completo. Ahora mismo, vemos a unas diez personas trabajando en ella; emplean el barro como material de construcción. Al lado de una montaña de baldosas de arcilla encontramos un señor muy mayor en cuclillas con un molde de madera y un cesto lleno de tierra y agua. El hombre emplea las manos para nivelar la mezcla, ni tan siquiera tiene una llana. Kemali, nuestro guía, le pregunta la edad: setenta años. ¡Viva nuestra Seguridad Social!

Avería en el desierto

    Montamos de nuevo en el autobús para continuar hacia Kermán. Otros doscientos kilómetros de monótono desierto. De pronto, sucede lo inesperado. En una suave pero prolongada subida, el autobús dice basta; del escape sale humo negro y lo que es aún peor, de la rejilla interior del aire acondicionado del techo, cae al pasillo del autobús litros y litros de agua negra y caliente. Por fortuna nadie resulta escaldado. Salimos todos fuera. Hay momentos de confusión. Nadie sabe lo que ha pasado realmente. El chofer dice que la avería es importante, una biela del cigüeñal se ha roto, sin embargo, parece que no se dan por vencidos, el conductor y sus dos ayudantes siguen hurgando en el motor. Después de veinte minutos claudican: hay que pedir ayuda. Para colmo, ningún teléfono móvil es de utilidad; no hay cobertura. Mavic, otro de los guías, y el conductor, deciden hacer auto-stop y llegar hasta alguna población donde agenciar otro autobús. Nadie confía en que vuelvan pronto así que me planto en la carretera y detengo un autobús que resulta ser… el de los noruegos. Nos recogen y hacemos el viaje hasta Kermán con ellos.
Bazar de Kermán
    En Kermán entramos en contacto con los primeros bazares del viaje: el Ganjali Khan y el Vakil, que data del año 1856. Llamamos mucho la atención, se ve que no para mucho turista por aquí. Nos miran de arriba abajo, se fijan mucho en nuestros zapatos, en la ropa, en nuestros sombreros, no se pierden detalle, muchos se vuelven a fisgarnos después de cruzarse con nosotros.
    Las tiendas del bazar nos sorprenden por su exotismo. Venden pistachos por doquier, preparados de formas distintas. Nos fijamos en el azúcar refinado, que se vende en forma de supositorios gigantescos, en los dulces, en los trozos de azúcar caramelizados y en mil pequeños detalles que forman parte de su cultura. Es curioso que, mientras los hombres de los puestos del mercado sonríen abiertamente bajo su mostacho, las mujeres siempre muestran semblante serio, se trata, nuevamente, de una imposición cultural; las mujeres que trabajan de cara al público no deben sonreír porque se interpreta como un intento de filtreo y, claro, eso es impropio de una mujer decente, y más si está casada. Esto me recuerda la película "La masái blanca" (Die Weiße Massai, 2005) donde una alemana se enamora de un masái y vive con él en Kenia; cuando ella se pone a trabajar en su tienda y sonríe a los clientes, su marido masái lo interpreta de la misma manera que los iraníes y se arma la marimorena. ¡Vaya problemón esto de las diferencias culturales! Los masái no son musulmanes, adoran al dios NGAI y la religión se centra en el culto a la vaca.
    Afortunadamente, un nuevo autobús está a nuestra disposición a la hora prevista y nos lleva al hotel sin novedad.
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