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República Islámica de Irán 2001

10 de abril, Teherán 17 de abril, Isfahán
11 de abril, Teherán, Bam 18 de abril, Isfahán
12 de abril, Bam, Kermán 19 de abril, Isfahán
13 de abril, Yadz 20 de abril, Isfahán, Mashad
14 de abril, Shiraz 21 de abril, Mashad
15 de abril, Pasagarda, Persépolis, Shiraz22 de abril, Teherán
16 de abril, Shiraz, Isfahán

10 de abril, martes

    Irán, hoy por hoy, presenta algunas dificultades para el viajero independiente —la conducción es muy peligrosa como tendremos oportunidad de comprobar, imposible reservar hoteles con tarjetas de crédito, pegas con los visados unipersonales, el idioma, etc.—, así que nos decidimos por un viaje organizado con Catai Tours —así llamaba Marco Polo a China, Catai—.
    Nuestro guía nos espera en el mostrador de Iran Airlines del aeropuerto Madrid-Barajas junto con el resto del grupo, unas doce personas más. Atiende por el nombre de Kemali, alto, atlético, anda cerca de la jubilación y exhibe una estampa impresionante; se da un aire a Fernando Vizcaíno Casas y nunca he visto una raya de los pantalones tan bien hecha ni camisas mejor planchadas. Luce como un pincel y el caso es que por todo equipaje sólo transporta una bolsa de plástico grande con asas. Lleva dieciséis años casado con una española, así que habla un perfecto castellano, talmente como si fuera de Valladolid.
    En la pantalla del avión proyectan una romántica película iraní en la que la protagonista no se quita el guardapolvos ni el pañuelo de cabeza ni dentro de su hogar. Las azafatas parigual, como monjitas; además, muy serias ellas. Según el islam, un buen musulmán debe vestir con modestia; los hombres deben cubrirse, al menos, desde el ombligo hasta las rodillas y en las mujeres, sólo pueden estar visibles la cara y las manos. En realidad, todo esto depende de cada país, por ejemplo, el pañuelo islámico está prohibido en las escuelas públicas y universidades de Turquía y Túnez, donde incluso cierta presión ambiental desanima su uso en público.

Vista nocturna de Teherán

    La azafata nos reparte un impreso que debemos rellenar con nuestros datos y después entregarlo al cruzar el control de inmigración. Una de las preguntas es tu religión. Puedes poner lo que quieras, excepto ateo; el ateísmo no está reconocido en Irán, no se contempla en el derecho islámico. La ley sólo reconoce cuatro religiones: musulmanes, cristianos, judíos y zoroastrianos. Y si quieres hacer carrera como juez debes ser musulmán, por ley. Las penas del código penal se imponen dependiendo de la religión a la que pertenezcan tanto la víctima como el autor del delito, y siempre son más altas para los no musulmanes. Los musulmanes de Irán no son libres de cambiar de religión o renunciar a ella y la apostasía se castiga, en teoría, con la muerte en los hombres y cadena perpetua en las mujeres. Menos mal que en España ya dejamos atrás estas tonterías: el último condenado a muerte por no asistir a misa fue Antonio Ripoll, un maestro de Valencia, ahorcado en 1826. Una plaza le recuerda.
    En cinco horas y media nos plantamos en el aeropuerto de Teherán desde Londres. Aterrizamos a las cuatro de la mañana, con un sueño tremendo y encima nos toca esperar una hora más en el aeropuerto porque hay que reclamar una maleta que se ha extraviado. ¡Y mañana tocan diana a las siete y media! Por supuesto, todas las mujeres se han puesto el disfraz de musulmanas antes de salir del avión; como ya sabéis, las autoridades de este país están convencidas de que el creador del universo tiene un interés especial en que las mujeres oculten su cuerpo lo más posible, seguramente para contrarrestar un defecto de fabricación del Homo islamicus, que pierde el control involuntariamente ante la visión de unos pocos centímetros de piel femenina.
    En Irán aceptan euros, los puedes cambiar en los bancos, en las oficinas de cambio llamadas sarafis y en el mercado negro. Hay que evitar los bancos en general, también los del aeropuerto, porque el cambio "oficial" es nefasto. Como nosotros no necesitamos riales ahora mismo, esperaremos a mañana para cambiar dinero en un sarafi, que son unas pequeñas tiendas que suelen mostrar billetes en el escaparate. El cambio suele mejorar en un quince o veinte por ciento al de los bancos. El cambio en el mercado negro puede ser ligeramente mejor que los sarafis pero cambiar dinero en la calle es ilegal y no queremos problemas.
    El hotel está muy gastado y pide a gritos un lavado de cara. Al menos, te anticipo que no veremos ni una sola cucaracha en todo el viaje, que no es poco.
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