Otros viajes

República de la India 2002

16 de marzo, Delhi 23 de marzo, Kajuraho
17 de marzo, Samode 24 de marzo, Benarés
18 de marzo, Amber, Jaipur 25 de marzo, Benarés
19 de marzo, Jaipur, Fatehpur Sikri, Agra 26 al 29 de marzo, Nepal
20 de marzo, Agra 30 de marzo, Delhi
21 de marzo, Gwalior, Orchha 31 de marzo, Delhi
22 de marzo, Orchha, Kajuraho Datos del vuelo

23 de marzo, sábado

    Nuestro guía Raji pertenece a la minoría musulmana, tiene veintiocho años, piedras en el riñón y se siente acomplejado porque se está quedando calvo; dice que sus padres le están buscando proporción pero la cabeza despejada no gusta a las mujeres. Nos pregunta que si es cierto que en España tomamos el sol desnudos en la playa. Opina que en Occidente disfrutamos de demasiada libertad y eso no es bueno. A Raji, la religión cristiana le parece curiosa, no entiende que se practique de puertas adentro porque Dios es lo más importante y debe estar presente en todos los aspectos de la vida. Su religión le dicta normas sobre su aseo personal, su dieta, su ropa, sus relaciones personales, como plantar un árbol o la orientación de unos urinarios públicos. Vive en la verdad absoluta e inmutable, todo lo que realmente le importa, todo lo que necesita saber, está escrito en el Corán, revelación del mismísimo Dios a los hombres.
    Durante nuestra visita a los templos de Kajuraho, nos encontramos con un español de Cádiz; lleva solo cuatro días en la India y tiene previsto quedarse cincuenta días más; come en los puestos callejeros y pernocta en hoteles baratos. Su única experiencia en viajes es el Camino de Santiago. Se le ve un tipo sanote y optimista y seguro que volverá con muchas experiencias que contar.

Esculturas eróticas de Kajuraho (950 - 1150)

    En cuanto a los templos de Kajuraho, solo un diez por ciento de las esculturas muestran actividad sexual: caricias, felaciones, penetraciones con animales, coitos, sesenta y nueves, orgías... A todos nos resulta llamativa esa mezcla de religión con sexo, tan antagónica en la sociedad cristiana de donde venimos, donde se glorifica el sacrificio y se desconfia del vividor. ¿Y qué explicación le dan los expertos? Hay algunas teorías: que si es una celebración de las emociones humanas, que si se trata de simbología tántrica, etc. Cada uno puede elaborar su propia teoría, es un tema abierto, aunque comprender la mentalidad de aquella época no parece tarea fácil.
    Volvemos al Jazz oberoi para comer, de nuevo nos escolta la chavalería. En el restaurante nos encontramos con un grupo de indios de alguna empresa. Tiran del bufé, así que pedimos a la carta. Si el bufé está preparado para ellos está muy claro que la comida no es apta para nuestros estómagos. Usan la mano derecha para comer y se ayudan del nam para llevarse la comida a la boca. No utilizan el tenedor, la cuchara la emplean tanto para la sopa como para la carne —siempre la sirven troceada—, costumbre común en toda Asia. Comen con rapidez, como si tuvieran hambre. Nos miramos mutuamente con curiosidad.
    En Oriente, no utilizan papel higiénico, sino que se limpian el ojete con una manguerita con agua a presión y la mano izquierda, por eso, la mano izquierda es tabú, no se debe utilizar para tocar la comida ni para señalar. Los retretes occidentales son considerados poco higiénicos: ¿Cómo me voy a sentar ahí, donde se han sentado otros? Prefieren la placa turca. Algo parecido pasa con los pies, que se considera la parte del cuerpo más innoble, y no es de extrañar, a juzgar por los sucios que los llevan algunos.
Jainista digambara
    Volvemos a nuestro hotel y descansamos un poco en la piscina hasta las cinco. A esta hora, llega nuestro guía que nos conduce a los templos jainistas; y mira tú por donde, por la carretera vemos un hombre que camina completamente desnudo. Nuestro chofer nos aclara que pertenece a una rama jainista: los digambaras. Más adelante, en dirección contraria, nos cruzamos con varios peregrinos que visten completamente de blanco y llevan las cabezas rapadas, deben ser los svetambaras, otra división de los jainistas. Nuestro chofer dice que es frecuente verlos por aquí cuando se dirigen hacia los templos de Kundalpur, un centro de peregrinación muy importante para los jainistas porque allí nació Mahavira, el fundador del jainismo. Los digambara piensan que su desnudez es esencial en el camino a la liberación, sin embargo, las monjas digambaras no caminan desnudas sino con hábitos blancos, pero no importa, sostienen que en alguna vida futura se reencarnarán en hombre y ahí tendrán su oportunidad.
    El jainismo lo fundó Mahavira (El Gran Hombre), contemporáneo de Buda, allá por el 550 a.C; es una religión sin dioses, pero creen en hombres justos que han alcanzado la perfección. Sostienen que el universo es increado e indestructible y está dividido en seres vivos y en cosas inanimadas. Los jainistas hacen cinco votos que equivalen a renunciar a matar a seres vivientes, a mentir, a los placeres sexuales y a los vínculos mundanos (dinero). El punto clave del jainismo es su primer mandamiento: "No mates, ni lastimes a ningun ser viviente mediante la palabra, pensamiento o acto, ni siquiera en defensa propia". Para los jainistas no existen las jerarquías, todas las vidas tienen el mismo valor. Matar un pollo, dicen, es peor que matar una persona, al menos esta se puede defender. En los templos jainistas no hay esculturas eróticas, aunque todas las figuran se representan desnudas, o vestidas de cielo, como ellos dicen. Nuestro guía musulmán dice que los jainistas no comen animales, solo lo que crece por encima de la tierra, pero muchos jainistas son prestamistas y joden al vecino.
    Tras la visita a los templos, nos dejan en lo que parece el centro de Kajuraho. En cuanto nos bajamos del coche nos vemos rodeados por ganchos que nos quieren llevar a tiendas para turistas. En una hornacina, sobre la acera, nos topamos con una representación de dos dioses hinduistas, parece una cuevita con monigotes de trapo; a su alrededor, la gente ha dejado ofrendas. Le pregunto al paisano que tengo al lado, que todavía insiste en que veamos su tienda, que qué opina de los que no creemos en dioses. Me contesta sin vacilar que esa manera de pensar es infantil, que hay que creer en algo, que todo no se puede acabar aquí. Y yo me quedo pensativo, mirando a sus muñequitos, perdón, dioses...
    Regresamos al hotel andando y nunca solos, claro. Dos o tres chavales se nos pegan al lado. El pueblo está celebrando alguna fiesta y hay un mercadillo muy colorista cerca. Nos acercamos. Venden chucherías: brazaletes y pulseras multicolores, muñecos, telas, cacharros de cocina. Aquí nadie nos dirije la palabra, saben que esas mercancías no nos interesan. Sin embargo, el suelo es de barro y despide un polvillo que se pega a los cristales de las gafas y hasta se hace difícil respirar, tanto que tengo que sacar un pañuelo para taparme las narices. En realidad, si uno se fija, todos los artículos que venden están cubiertos por el polvo. Regar el suelo es una solución, pero no se les ocurre.
    Seguimos hacia nuestro hotel. De nuevo nos encontramos con el insistente chaval que a toda costa nos quiere llevar a la tienda de su padre. Es tal su insistencia que accedemos. Su padre es blanco y tiene barbas blancas de chivo. Su principal interés es vendernos alguna alfombra. Nos sentamos en un banco corrido y nos despliegan unas diez o quince en el suelo. Son bonitas y parecen buenas, estilo Cashemira dice, sin embargo, el diseño de los dibujos resulta muy abigarrado, como le digo, irían muy bien en un palacio pero en una sencilla casa con muebles de aristas rectas como son los muebles modernos no casaría una alfombra así. Retira todas excepto una y nos pregunta que si nos gusta. Es la más moderna pero aún así, resulta muy recargada. Lo sentimos, pero no nos gusta. El tipo se desespera, parece que empieza a perder los papeles e incluso, le noto algo agresivo. Se lo hago notar y se tranquiliza. Nos largamos sin comprar nada.
    Venden pocos artículos que sean del gusto occidental; la estética es el siglo pasado, de ornamentación muy abigarrada. Solamente en los emporios para turistas encuentras cosas que, sin perder su sabor autóctono, sean más finas, menos recargadas, pero claro, también el precio es occidental, así que solo la gente con un gran poder económico puede permitirse comprar estas atavíos que después nunca se va a poner cuando regresen a casa.
    Visitamos de nuevo el Jazz oberoi para cenar. No tenemos mucha hambre, así que nos instalamos al borde de la piscina con una cerveza bien fría. Los de la empresa de pesticidas, todos hombres, están de juerga. Hay un pequeño escenario con luces donde bailan dos chicas ligeras de ropa —para su estándar— y algo rellenitas. Ya sabes que en India el sobrepeso significa buena posición social. Sunil, el jefe de camareros, que no es tonto, hace que nos sirvan gratis algunas raciones del bufé, un poco de esto, un poco de aquello; es justo lo que queremos, picar un poco. El tipo busca una buena propina, claro.
    El ambiente se empieza a caldear, unos suben al escenario a besar a las bailarinas, otros bailan entre ellos. Hasta los cocineros han salido para presenciar tan erótico espectáculo. Un tipo regordete y con bigote ofrece anacardos picantes a mi mujer, después quiere invitarla a una cerveza. ¡Se comporta como si yo fuera invisible! Mi mujer es la única fémina entre el público, así que optamos por desaparecer sigilosamente por detrás del seto, así evitamos situaciones incómodas.

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