República de la India 2011

Rajastán y Kerala

15 de abril, Delhi 24 de abril, Kochi
16 de abril, Mandawa25 de abril, Munnar
17 de abril, Bikaner26 de abril, Munnar
18 de abril, Jaisalmer27 de abril, Periyar
19 de abril, Jaisalmer, Damodra28 de abril, Kumarakom, Backwaters
20 de abril, Jodhpur29 de abril, Kovalam
21 de abril, Raknapur, Udaipur30 de abril, Kanyakumari
22 de abril, Udaipur1 de mayo, Delhi
23 de abril, Kochi2 de mayo, Delhi
Datos económicos del viaje

16 de abril, sábado

    El desayuno incluye típicos platos ingleses: salchichas, tocino, huevos fritos, tostadas, zumos, cereales y alubias con salsa de tomate, pero lo que realmente nos divierte, diría más, nos apasiona, son los platos indios: paratha (pan con verduras, en forma de disco), poha (arroz batido), bhaji (fritos de vegetales rebozados en harina de garbanzos), poori (pan frito de harina de trigo que se presenta inflado, hueco y casi transparente), fruta de la pasión, papayas, sandía, etc.
Conductores chulitos: ¡Pues yo no me muevo!
    El tráfico es otro de los atractivos del viaje porque son pocas las reglas que se respetan y cada cinco minutos vemos algo inesperado, como un señor que lleva dos docenas de gallinas sobre una moto, o la parte trasera de un camión a reventar de gente, o lo que es ya el colmo: ¡viajan encima de los autobuses! Los coches circulan tan próximos que, para evitar roces, pliegan los retrovisores o los colocan en posición vertical. Los intermitentes, un adorno, por contra, son grandes adictos al uso compulsivo de la bocina. ¡Qué caos sonoro, sobre todo, cerca de los hospitales! Y es de lo más normal que los motocarros y las motos circulen en sentido contrario. ¡Qué pena que en el centro de Delhi no dejen entrar las vacas ni los elefantes! Sería la guinda del pastel. Muchos conductores no cierren sus vehículos cuando aparcan, ni tan siquiera suben las ventanillas. ¿Tanta seguridad disfrutan en India?
    Al cruzar el barrio Durgeon vemos modernos edificios de cristal y hormigón conviviendo con el chabolismo más precario. Mientras, mi estómago ronronea intentando reconocer los alimentos suministrados durante el desayuno...
    Durante el viaje entre Nueva Delhi y Mandawa circulamos por todo tipo de carreteras, desde las fantásticas autopistas de cuatro carriles y asfalto impecable de las afueras de Delhi a estrechos caminos secundarios invadidos por la arena del desierto, sin espacio apenas para pasar dos vehículos, como en la foto: el camionero se paró porque no quería pasar sobre la arena. En el último cuarto del trayecto, la carretera presenta tan mal estado que rara vez sobrepasamos los veinte kilómetros por hora. Total, que hemos tardado cinco horas en recorrer los doscientos cincuenta quilómetros que separan Nueva Delhi de Mandawa. En cada jornada siempre habrá tres o cuatro situaciones de peligro mortal que terminan en un frenazo o en un ¡huuy, por poco! Acaba uno por acostumbrarse y echarlo a barato.
    Justo a las dos, pisamos la grava del patio de armas del Castillo de Mandawa, ahora reconvertido en hotel. Comemos y nos acomodamos en la piscina, de aguas algo turbias. Competimos por el agua con las palomas, las golondrinas y los loros. Una ardilla corre sobre las almenas.
    Paseando por el castillo descubrimos un enorme avispero que cuelga de un balcón. Veremos muchos en el Rajastán.
   
Patio interior de un Haveli de Mandawa
A las cinco hemos quedado en la puerta del Castillo con Yusuf, nuestro guía local. Habla español decentemente y enseguida inicia su discurso: "Mandawa prosperó gracias a los impuestos recaudados a los comerciantes de la Ruta de la Seda que venían desde China hacia el sur de Pakistán. La construcción de este castillo supuso un respaldo a la seguridad de los comerciantes. Muchos mercaderes se convirtieron en hombres ricos y se construyeron estas magníficas residencias o havelis. El Rajastán y, sobre todo, la región de Shekawati, está lleno de ellas. La decadencia comenzó con la llegada del ferrocarril traído por los ingleses, que desvió las mercancías hacia el puerto de Bombay y terminó con las caravanas de camellos".
    Yusuf hace mucho hincapié en que los comerciantes que construyeron estos havelis eran hindúes, no musulmanes, como es obvio por las representaciones en las paredes de muchos dioses hindúes como Ganesha, Krishna, el dios mono Hanuman, Shiva, etc.
    Ahora los havelis se han reconvertido; unos en hoteles, otros en restaurantes, como el Mónica —que, por cierto, es un nombre indio—, y todavía muchos de ellos conservan en buen estado las pinturas. Otros, no tanto: Yusuf trata de mostrarnos una escena erótica pero somos incapaces de distinguir la cabeza de los pies. Está algo estropeada ya que estas escenas no eran del gusto de los ingleses e intentaron borrarlas.
    Desde la azotea de uno de los havelis, reconvertido en tienda de antigüedades, divisamos un cielo oscuro, casi negro, una tormenta en ciernes. ¿Lloverá? Nuestro guía se muestra pesimista: "Aquí no llueve casi nunca", asegura con convicción.
    Cuando paseamos por la calle del mercado observamos tres vacas inmóviles frente a un puesto de fruta, en formación de abanico. Cuando el tendero lanza una papaya demasiado madura al suelo, una de las vacas se lanza a por ella con una agilidad más propia de una comadreja que de un animal tan pesado. ¡Qué velocidad!
    En la puerta de entrada de muchos havelis cuelga un estandarte. Yusuf nos aclara que el estandarte significa que una de las hijas de la familia está casada y vive en casa de sus suegros.
   
Preparando el coche de la boda
De vuelta hacia nuestro hotel escuchamos la llamada de las siete de los templos hinduistas. Es hora de rezar y hacer ofrendas a los dioses. Uno esperaría que la gente acudiera en masa a los templos, pero no es así, la asistencia es escasa. Y es que la religión hindú se practica sobre todo en el hogar, donde se montan un pequeño templo doméstico y allí mismo, sin salir de casa, practican las ofrendas a sus dioses favoritos. El hinduismo no se enseña en las escuelas sino que es una cuestión familiar.
    Como nos pilla de paso, echamos un vistazo al sencillo templo Raghunath dedicado a Rama. No para orar, por curiosidad solo.
    El cielo cada vez se oscurece más y se ven relámpagos a lo lejos. Caen cuatro gotas mezcladas con mucho viento que levanta una polvareda del demonio.
    Cenamos del autoservicio del Castillo Mandawa, escaso pero sabroso.
    Nuestra habitación en el Castillo Mandawa no se abre con ninguna tarjeta electrónica sino con un candado y de televisión, nada. Tiene una zona de arcadas sobre pilares que está tan oscura que, por si las moscas, la inspecciono con una linterna no sea que algún murciélago nos chupe la sangre por la noche. Al enorme baño se entra por una puerta diminuta.
    Mientras descansamos en la cama oímos llover en el patio. Yusuf falló en su pronóstico.

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