Otros viajes

República de la India 2002

16 de marzo, Delhi 23 de marzo, Kajuraho
17 de marzo, Samode 24 de marzo, Benarés
18 de marzo, Amber, Jaipur 25 de marzo, Benarés
19 de marzo, Jaipur, Fatehpur Sikri, Agra 26 al 29 de marzo, Nepal
20 de marzo, Agra 30 de marzo, Delhi
21 de marzo, Gwalior, Orchha 31 de marzo, Delhi
22 de marzo, Orchha, Kajuraho Datos del vuelo

17 de marzo, domingo.

    El pobre estado de las carreteras hace que tardemos cuatro horas en recorrer los escasos doscientos cincuenta kilómetros que separan Jaipur de Delhi; pero te aseguro que no te aburres, durante el recorrido hay suficientes atracciones para despertar el interés de cualquier occidental.
    La circulación es fluida pero densa, y en la carretera se concentran vehículos y animales: bicicletas, coches, motos, tractores, búfalos de agua, cabras, camellos tirando de enormes carretas con pienso, camiones multicolores y vacas por doquier, algunas mochándose en medio de la calzada.
    Las reglas de tráfico no se respetan, los adelantamientos se producen al mínimo espacio disponible y todo el tráfico es un caos.
Interior del palacio Samode
En medio de la carretera vemos un camión volcado sobre una vaca muerta y nadie alrededor, lo más espectacular es la ausencia de gente, no hay nadie, se diría que es una escena cotidiana, parte del paisaje.
    Cada pocos kilómetros hay controles policiales con improvisadas barreras, algunas funcionan como peaje y otras parecen controles del ejército.
    Nuestro primer destino es el palacio Samode, treinta kilómetros al norte de Jaipur. Para llegar a Samode abandonamos la carretera principal y nos adentramos en una secundaria con algunos tramos de tierra.
    El pueblo que rodea el palacio, Samode Village, está en la miseria más absoluta, las aguas fecales fluyen a ambos lados de la estrecha calle que conduce al palacio y los animales domésticos campan a sus anchas por las calles: burritos, cabras, vacas, búfalos de agua, cerdos que más parecen jabalíes, etc. Bandas de monos corretean por los tejados de las casas que seguro que carecen de agua corriente y electricidad.
    En medio de esta miseria, el palacio es un mundo aparte: el césped está bien cortado, dispone de piscina y hasta de un estanque con ranas. Nuestra habitación es muy amplia, dividida en dos alturas, la cama tiene dosel y mosquitero y también disponemos de minibar y televisión.
    El palacio es privado, pertenece al Marajá de Jaipur y fue su residencia antiguamente. La habitación de los espejos bien merece una visita.
   Descansamos en la piscina. Se aloja muy poca gente, apenas cuatro parejas más.
    Al atardecer, el personal de servicio entra en actividad. Esperan a un grupo de franceses y preparan la bienvenida. En el patio se preparan varios músicos, bailarinas y un tenderete de marionetas.
Entrada al palacio Samode
Les dan un recibimiento por todo lo alto; se iluminan multitud de bombillas que perfilan el contorno del palacio y a ambos lados del camino de entrada a la escalera principal se sitúa el comité de recepción con camellos engalanados. Los franchutes vienen disfrazados para la ocasión, todos con el típico pijama indio, solo les falta el turbante. Lanzan fuegos artificiales.
    Al pasar por la puerta principal también a nosotros nos ponen el kurkúm rojo y los granitos de arroz en la frente. Generalmente, el bindi rojo quiere decir que una mujer está casada, si es negro es que ha enviudado. Aunque el color rojo es el tradicional, también usan otros, según la moda o para hacer juego con el vestido. En realidad, las reglas no son muy estrictas, hay mujeres casadas que no lo llevan y otras solteras que sí lo llevan, y otras que no son hindúes y también lo llevan. Un hombre me dijo que lo llevaba para conseguir concentración. En las celebraciones religiosas se suele utilizar el bindi rojo o el amarillo.
    En algunas partes de la India, las mujeres casadas se tiñen una mecha de cabello de bermellón para indicar su estado civil. También los brazaletes o los collares tienen significados especiales.
    En realidad, el hinduismo no tiene una autoridad central que establezca con claridad reglas religiosas. Cada individuo, basado en su herencia histórica, toma sus propias decisiones sobre la dieta, costumbres, etc. Aunque la esencia está clara: según el hinduismo, el alma es inmortal y cuando alguien muere, su espíritu continúa entrando en otros cuerpos con el fin de acumular experiencias positivas y a través de sucesivas reencarnaciones llegar a romper este ciclo y conseguir la salvación espiritual. Las malas acciones de la vida generan un mal karma y como consecuencia, ese ser tardará más en liberarse del ciclo de la muerte y reencarnación.
    Así que, con nuestro bindi en la frente, tomamos la cena, al aire libre, en un entorno de iluminación discreto y agradable, sobre un césped bien cortado, con un atento servicio y un bien provisto bufé donde abundan los platos indios algo picantes. ¡Qué gozada!
    A los franceses les han preparado una cena con baile incluido. En otro patio, los tipos se lo han pasado en grande bailando. Curiosamente, no pernoctan en el palacio. Mi olfato me dice que son médicos pagados por alguna multinacional farmacéutica.
    Después de la cena visitamos el patio interior, nos sentamos a tomar algo en una mesa y el espectáculo de marionetas comienza para nosotros. En un momento dado se requiere mi presencia y el manipulador hace caer una marioneta-serpiente desde lo alto. Menudo susto me da el gachó, a mi las serpientes no me gustan ni de trapo, debo tener fobia a estos bichos.

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