Los viajes de Mariano

Bandera

Grecia 2001

23 de junio, Atenas 5 de julio, Gerolimenas
24 de junio, Atenas 6 de julio, Vacia, Kita, Kardamili, Megalopolis, Karitena
25 de junio, Heraklión 7 de julio, Basas, Pyrgo
26 de junio, Réthimo, Spili, Plakiás 8 de julio, Olimpia, Calaurita
27 de junio, Samaria, Preveli, Agia Ganili 9 de julio, Diacopto, Kastria, Itea
28 de junio, Matala, Ierápetra 10 de julio, Delfos, Calambaca, Meteoras
29 de junio, Bei, Paleocastro 11 de julio, Meteoras
30 de junio, Itanos, Pahía Amós 12 de julio, Kamena Voúrla
1 de julio, Malia, Cnosos 13 de julio, Atenas
2 de julio, Atenas, Micenas 14 de julio, Atenas
3 de julio, Micenas, Nauplio 15 de julio, Atenas
4 de julio, Mistra, Esparta


11 de julio, miércoles

   Los inmensos peñascos rocosos de las Meteoras son espectaculares incluso sin los monasterios. Con ellos encima, el resultado es mágico, son como la guinda del pastel. Aquí se escondían los monjes en tiempos de la ocupación turca.
   Con lo que no contábamos era con la marea de turistas, la mayoría en autobuses de viajes organizados. Hay mucha gente del este de Europa. Las estrechas y viradas carreteras que suben a los monasterios no están preparadas para semejante avalancha de vehículos.
Las Meteroras
    La cola para entrar en el Gran Meteora serpentea en la pared vertical de la montaña. Esperamos hasta que disminuye y subimos. Cuando apenas nos quedan unos metros para entrar nos cierran la puerta, son las dos y no abrirán hasta las tres. El Gran Meteora fue el más rico y poderoso de todos los monasterios, gracias al emperador serbio Simeón Uros que se hizo monje y regaló al monasterio toda su fortuna. Contiene algunas de las mejores pinturas murales pos-bizantinas de toda Grecia.
   Bajamos al pueblo a comer y subimos de nuevo, esta vez la mayor parte de los autobuses ha desaparecido. Entramos en el del Espíritu Santo. Un monje nos recibe con unos dulces que parecen gominolas gigantes. Está bien pensado porque el esfuerzo de subir los 140 empinados escalones pasa factura a algunos.
   Dentro hay poco que ver, tan sólo el mecanismo de elevación, la polea que antiguamente subía cargas pesadas y las pinturas de la capilla, del año 1682. La vista sobre el valle es lo mejor.
   Intentamos entrar en otro de acceso más sencillo, pero ya son las cinco y lo han cerrado.
   Nos mudamos de hotel, esta vez probamos el Rex y cenamos al aire libre en un tranquilo restaurante de las afueras lleno de lugareños.

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