Los viajes de Mariano

Grecia 2001


23 de junio, sábado

   Volamos con Air France hasta Atenas vía París y aterrizamos a las nueve de la noche en el recién estrenado aeropuerto Eleftherias Venizelou, en Spata. Para recorrer los veintiún kilómetros que separan el aeropuerto del centro de Atenas hay dos opciones: el bus X95 —la parada está a pocos metros de la salida de la terminal—, o el metro, al otro lado de la carretera. Recomiendo el metro, ya que el billete es válido para los noventa minutos posteriores a su validación y eso te permite realizar los transbordos necesarios hasta llegar a tu alojamiento en Atenas.
    Si llegas muy tarde y no hay metro, el autobús X95 te deja muy céntrico, en la plaza Syntagma (Constitución, en griego) y desde allí, a pata o en taxi. Tomar un taxi en Atenas tiene su propio sabor local; no importa que ya estén ocupados; si les gritas el destino desde la acera y la carrera es suficientemente lucrativa, te recogen y si no, ahí te quedas, como nos ocurre a nosotros, que hemos escogido nuestro hotel en la plaza Omonia, a doscientos metros de la plaza Syntagma y, claro, por esta distancia, ni se molestan. Menos mal que todo nuestro equipaje se compone de dos maletas de mano que tenemos que rodar calle Leoforos Stadiou arriba hasta plaza Omonia.
    Nos alojamos en el Omonia Grekotel; situado a veinte metros de la parada de metro Omonia.

24 de junio, domingo.

   La línea de metro Sepoli-Dafni tiene aspecto de recién estrenada, igual que el aeropuerto. Seguramente, la próxima olimpiada de 2004 tiene mucho que ver. Bajamos en la parada Akrópoli. ¿Nuestro objetivo?: la Acrópolis, por supuesto. El camino desde la estación hasta las ruinas no está bien indicado y serpenteamos entre las callejuelas de Plaka hasta encontrar la entrada.
Cariátides falsas del Partenón de Atenas
    Visitamos el Partenón y su museo. El partenón (siglo V a.C.) está dedicado a la patrona de la ciudad, la diosa Atenea.
   El mármol abunda en el suelo de Atenas y es casi tan peligroso como el tráfico, una gota de agua sobre él y uno resbala y da con el culo en el suelo.
   La vista sobre Atenas desde la Acrópolis es magnífica; desde aquí no parece una ciudad agradable; escasean los espacios verdes y el tráfico es asfixiante. Dicen que antes de la construcción del metro la cosa era mucho peor. Tampoco es fácil andar por sus calles, nuestra trayectoria es constantemente interrumpida por obras, motos y coches aparcados sobre la acera, quioscos, tenderetes de fruta, mesas y sillas de terrazas que cubren por completo las aceras, perros tumbados buscando el frescor del mármol, etc.
   Desde esta atalaya se ve bien el templo de Zeus y las escasas columnas corintias que aún le quedan en pié. Andan montando luces sobre un escenario; parece que Vangelis dará un concierto en los próximos días allí mismo. También en el reconstruido teatro antiguo de Herodes andan en preparativos, seguramente para representar alguna obra teatral o musical.
   Las famosas cariátides están a buen recaudo dentro del museo. Su lugar original lo ocupan sendas reproducciones que realmente dan el pego.
   Atenas comenzó como una monarquía, allá por el siglo VIII a.C. y paulatinamente fue evolucionando hacia formas de gobierno mas participativas y populares, de tal manera que las posibilidades de acceso al poder estaban dictadas no por el origen familiar sino por la cantidad de dinero que se poseía. Hubo tiranos que incluso se preocupaban por las clases humildes. Cualquier ciudadano, en teoría, podía aspirar a los cargos públicos. Hasta entonces no existían leyes escritas y fue Dracón quien, con el objetivo de eliminar la arbitrariedad en la justicia creó un código de leyes al cual los jueces deberían ajustar sus fallos. Lo de relegar a alguien al ostracismo viene de esa época, consistía en desterrar a un ciudadano de la ciudad de Atenas por un período de diez años. Rara vez fue utilizado ya que era necesario el voto de la Asamblea Popular. De esta manera se podía desterrar a una persona que por su gran influencia pudiera atentar contra la democracia en Atenas.
   El calor nos sofoca, calculo unos treinta y cuatro grados. Bajamos hasta el Agora pero nos quedamos en la puerta; no hay ganas de seguir andando con este calor.
Músicos amenizando la cena
    Callejeamos un poco por Plaka en busca de un restaurante. Escogemos uno frecuentado por lugareños; están celebrando algo, quizá un cumpleaños. El caso es que hay dos músicos, con guitarra y bozouki, que tocan divinamente. Tras algunas canciones y unos vasos de vino, el ambiente se anima y varias treintañeras se animan a mover sus cuerpos al ritmo de las melodías. El espectáculo está servido; el baile es lento, con los brazos hacia el techo y levantando las piernas de manera alternada. He leído que el típico baile griego que todos conocemos a través de la película "Zorba, el Griego" no pertenecía al folclore griego sino que fue una invención para la película; al éxito de la película le siguió la adopción de ese baile por la cultura griega.
    Volvemos al hotel a descansar un poco y para las siete ya estamos callejeando por Plaka de nuevo. Al atardecer, el calor remite y las calles se llenan de vida. En una taberna cenamos unas raciones de pimientos rellenos de arroz y orégano y unas berenjenas, todo estupendo. Terminamos el recorrido en Syntagma; el metro cerró a las doce, así que regresamos al hotel a pata.

25 de junio, lunes

   El aeropuerto de Atenas está recién estrenado y todo funciona de maravilla, excepto la sonrisa del personal que lo atiende, algo característico de todos los griegos, se ve que la situación del país no está para alegrías.
   El vuelo a Creta apenas dura veinte minutos. Un autobús de línea nos conduce a la ciudad natal del Greco y capital de Creta: Cania, ahora Heraklión. Nos bajamos en la Plateia Eleftherias; tiramos por la Dedalou hasta Plateia Venizelou y de ahí, por la Augostou hasta el puerto, donde se encuentra nuestro posible alojamiento: el hotel Kronos, sencillo pero de inmejorable situación. Afortunadamente hay habitaciones libres y elegimos una con vistas al mar.
Puerto de Heraklión
    Heraklión me sorprende; está repleto de tiendas internacionales: Zara, Virgin Records, Mark & Spencer, Lacoste, etc, y mucha gente joven por sus calles.
   La taberna Hipocampus resulta una acertadísima elección: pescaditos fritos, almejas al natural, calamares, pulpo a la parrilla y una estupenda ensalada griega, amén de la cerveza nacional Athos; y todo en su punto, oye. El dueño es todo energía; le caen gruesas gotas de sudor por la nariz.
   A la hora punta de calor visitamos el Museo Arqueológico, el segundo en importancia de Grecia, después del de Atenas. Es una verdadera lástima que su contenido esté tan escasamente explicado.
   Se nos mete en la cabeza viajar a Santorini mañana, una de las islas más espectaculares. Mala suerte, mañana no hay ferry y los horarios tampoco son adecuados; abandonamos la idea muy a nuestro pesar.
   Para bajar la cena —repetimos en el Hipocampus— nos damos una caminata por el larguísimo rompeolas. Al final, nos abrazamos mientras miramos con atención el sol mientras se oculta por el horizonte. No hay como los atardeceres del Mediterráneo frente al mar.

26 de junio, martes

   A las once alquilamos un Fiat Punto.
   Después de unas vueltas por un entretenido mercadillo y comprar una toalla para la playa, nos dirigimos hacia Réthimo. Una vez allí visitamos la parte vieja, que no tiene gran cosa, a excepción de la muralla que fortificaba antiguamente la ciudad. De nuevo el calor golpea fuerte.
   Saboreamos la mousaka en una terraza del Kyria Maria, las mesas están colocadas en una calle estrecha y afortunadamente corre algo de aire.
Caños de Spili
   El parque municipal de la ciudad contiene un pequeño zoo con avestruces, patos y una pareja de monos. Todos de lamentable aspecto. Es la primera vez que veo el pene de un avestruz y me ha dejado impresionado por su tamaño, todo rojito y curvado, los tipos lo sacan para que salgan las heces, después, a guardar de nuevo.
   Callejeando cerca del puerto veneciano se nos ocurre adquirir una navaja, así podemos partir la fruta que de vez en cuando compramos en los mercados ya que estamos acostumbrados a devorar más fruta que la que generalmente se suele comer en una cena en un restaurante. El dueño de la tienda ha estado en Barcelona y le gustó mucho. Nos mercamos una "Made in Albacete".
   De Réthimo viajamos hasta Spili, ya en el interior. Es un pueblecito cuya mayor atracción son los caños venecianos de agua que brotan de múltiples cabezas de león. El agua fresca de los caños se agradece.
   Nos alojamos en una domatia de Plakiás, una tranquila población turística de cien habitantes. La playa es larga y en forma de herradura, magnífica, si no fuera porque es de piedras.

27 de junio, miércoles

   ¡Vaya escándalo! ¡Cómo cruje la cama! Todos se han enterado de nuestro coito matutino, sus sonrisas lo delatan a la hora del desayuno.
Desfiladero de Samaria
   Nuestro próximo destino es el desfiladero de Samaria, dicen que el más largo y estrecho de Europa. En nuestro mapa figuran carreteras y poblaciones cerca del lugar, así que en vez de tomar el barco desde Skafia, intentamos llegar por carretera. Pésima idea. La carretera comienza una ascensión de vértigo, es estrecha, con los bordes comidos y sin ninguna protección. Y parece que subiera a las nubes. Un pico cercano tiene 2500 m de altitud. Tengo que reconocerlo, pocas veces he pasado tanto miedo subiendo un puerto. Además, la carretera de asfalto se vuelve tierra a partir de Anapoli. Preguntamos en un bar y nos confirman que por esa carretera sólo se llega hasta Agios, después, hay más de siete horas andando hasta Agia Roumeli, la única manera de llegar a Samaria es por barco. Deshacemos el camino y volvemos a Skafia, aquí nos dicen que llegamos tarde, no hay más barcos hasta mañana. ¡Lástima! Nos quedamos sin ver el famoso desfiladero.
   Después de tomar el sol en bolas un rato nos dirigimos a playa Preveli. Otra decepción; la playa está en la desembocadura de un río y rodeada de montañas, a la hora que llegamos hay sombra sobre la playa. Está sí, es de arena. El lugar es bonito: el río serpentea en el desfiladero y se abre al desembocar en el mar, hay palmeras en las orillas que dan al lugar un toque de exotismo.
   Pasamos la noche en Agia Galini.

28 de junio, jueves

Playa de Matala
   La arena de la playa de Matala quema. Las cuevas utilizadas como tumbas romanas están en la misma playa, esculpidas sobre la montañita aledaña. Me imagino a Joni Mitchell y al resto de jipis que las habitaban durante su reunión "Flower Children" en 1968. Causarían sensación entre los lugareños con sus extrañas afinaciones de guitarra. La canción Carey del álbum Blue habla de su estancia en Creta:

"The night is a starry dome.
And they´re playin´ that scratchy rock'n'roll
Beneath the Matalla Moon"
   Pasamos la mañana bajo la sombra de los árboles de la playa y a media tarde ponemos rumbo al este.
   Las playas entre Mirtos y Ierápetra no valen mucho. Pernoctamos en el Cretan Villa Hotel, precioso y diminuto hotel con decoración tradicional regentado por un peludo y servicial jovenzuelo. Dice que su pueblo es el más caluroso de Grecia, aún en noviembre se puede uno bañar en sus aguas. Este año se ha notado la crisis económica, vienen menos turistas. ¿Qué crisis? Le pregunto. Dice que la bajada de las bolsas nos ha afectado a todos.
   Cenamos estupendamente en el paseo del muelle, en el lugar recomendado por el chaval del hotel. Paseando luego por el puerto vemos algunas lámparas de tela que nos gustan, mañana veremos si les echamos una ojeada.

29 de junio, viernes

    El hotel es realmente agradable pero hay que dejarlo. Desayunamos en la magnífica degustación de la calle principal. Todo el centro del pueblo es peatonal, como imponen los nuevos tiempos.
   Ponemos rumbo a la famosa playa de Bei, en el extremo oriental de la isla, donde se encuentra la mayor reserva de palmeras de toda Europa. Bajo la sombra de una de ellas nos dedicamos a la lectura. Nos quedamos hasta que el sol languidece por el horizonte. Bonito atardecer.
   Nos alojamos en Paleocastro, donde la gente se muestra más simpática de lo habitual. A la salida del pueblo, un camino oscuro y sin asfaltar nos conduce hasta una taberna solitaria al borde del mar. No pueden ofrecernos pescado, ayer la mar no estaba en condiciones y los pescadores no han salido, sin embargo, el lugar es pintoresco y tranquilo y la comida sencilla y bien cocinada, mañana volveremos.
   Antes de subir al coche, nos despejamos la cabeza con el aire fresco de la orilla del mar. La noche es magnífica, no hay ruidos, sólo las olas batiendo contra las rocas, con indolencia. Las estrellas en el cielo, los peces devorando nuestras migas de pan, el silencio ¡Dios mío, esto es gloria!
   Lástima que estos momentos no se puedan guardar en toda su intensidad para disfrutarlos de nuevo en el momento que nos apetezca.

30 de junio, sábado

    Al ir hacia el coche, nos llama la atención el jolgorio que se traen en una lonja. Hay más de diez mujeres del pueblo preparando dulces para alguna celebración. Ante nuestra sorpresa nos explican cómo preparan alguno de los dulces y nos dan algunos a probar. Están estupendos.
   Para no repetir en la playa de Bai, subimos un poco más hacia el este, hasta la recóndita playa de Itanos. Bajo la sombra de una palmera hemos pasado la mañana, junto con seis personas más. Sólo hemos abandonado la playa para visitar de nuevo la taberna donde cenamos ayer. Esta vez, hemos saboreado una magnífica langosta de un kilo. Y vuelta a descansar en nuestra palmera de Itanos, desnuditos, hasta media tarde.
    Seguimos hacia el oeste por el norte de Creta. Nos alojamos en el paseo marítimo de Pahia Amós, en el hotel Panorama. Otra vez pasamos la tarde tirados sobre las piedrecillas de la playa.
   El restaurante recomendado por la señora de la recepción de nuestro hotel resulta impecable, por fin comemos un pescado poco hecho, algo muy difícil de conseguir en Creta, por mucho que uno se esfuerzo en explicarles como lo quiere uno.

1 de julio, domingo

    La playa de Malia se anuncia en grandes carteles desde la carretera. El color del mar es de postal, sin embargo, las tumbonas apenas dejan ver la arena, se amontonan sin orden sobre la arena y ocupan todo el espacio, apenas hay un hueco libre donde echar la toalla. Los cobradores de las tumbonas te asaltan con agresividad para ofrecerte tumbona, sombrillas, refrescos o lo que sea, el caso es que sueltes la tela. Muy mal rollo. Nos marchamos.
    Visitamos Cnosos, principal enclave arqueológico de Creta. El primer palacio data del 1900 a.C. Algunas partes del palacio han sido reconstruidas y están incluso pintadas, aunque la restauración ha sido muy criticada por demasiado imaginativa.
    En Heraklión, intentamos alojarnos de nuevo en el hotel Kronos. Esta vez no tenemos suerte, está lleno. Tampoco hay suerte con la taberna Hipocampus, cierra los domingos. Nos pasamos por la zona oeste de Heraklión; aquí están las playas y hay hoteles de sobra. Después de un descanso en la piscina del hotel nos bajamos a la capital a cenar y pasear.

2 de julio, lunes

    Mientras almorzamos en el puerto vemos como cuelgan los pulpos a secar. Pintoresca estampa. El camarero nos informa que se trata de secarlos bien para después asarlos.
   Nuestro avión despega a las tres. Devolvemos el coche sin novedad. Es difícil tener un percance con el coche en Creta, apenas hay circulación por las carreteras.
    El servicio de alquiler de coches también incluye el traslado al aeropuerto.
    Tomamos el avión y en cuestión de media hora ya estamos pisando las calles de la calurosa Atenas. De nuevo tomamos el E95 hasta la plaza Syntagma y desde allí el metro hasta la avenida Sygrou, donde se encuentran concentradas todas las agencias de alquiler de coches. Después de consultar en varias agencias comprobamos que los precios son muy parecidos. Nos decidimos por la que nos ofrece seguro a todo riesgo por 1.5 euros diarios. Barato, ¿no? Esta vez casi estrenamos el coche: otro Fiat Punto, éste con sólo tres mil kilómetros. Huele a nuevo.
    Salimos del concesionario lloviendo. Mientras atravesamos la ciudad la lluvia arrecia y empieza a ser preocupante cuando nos hallamos en el extrarradio. Ya en la autopista cae el diluvio universal, da miedo. No sabemos si parar o seguir, optamos por disminuir la marcha. A pesar de la que cae, los griegos conducen a buena velocidad. Delante de nosotros, a cien metros, hay obras y la carretera pasa de tres a dos carriles, de repente, un coche se cruza en la carretera y provoca un choque en cadena. Cuatro caen en la trampa, los siguientes en el turno somos nosotros, pero nos libramos por los pelos gracias a mantener la distancia de seguridad. Pasamos muy despacio entre ellos, comprobando que sólo son golpes de chapa.
    En media hora se ha pasado la tormenta y el cielo está otra vez azul. El aguacero ha sido tan fuerte que será portada en los periódicos de mañana.
    Dejamos Ática y entramos en el Peloponeso por el canal de Corinto, nuestra intención era ver el famoso canal que comunica el mar Jónico con el Egeo, pero ni vivo ni muerto, los antepechos laterales de la autopista que lo cruza impiden cualquier visión. La idea del canal es muy antigua; se le ocurrió a Periandro, en el 600 a. C. y Nerón, en tiempos de Cristo, lo intentó con seis mil prisioneros judíos, pero lo tuvieron que dejar por las invasiones de los galos. Al final, fue una ingeniería francesa quien realizó los seis kilómetros de canal en el siglo XIX, tras diez años de trabajos.
    Cuando salimos de la autopista, los carteles de poblaciones brillan por su ausencia. Aún así nos las arreglamos para llegar, preguntando se va a Micenas, en este caso. Ya están tardando en inventar el GPS.
Puerta de los leones en MIcenas
    Las carreteras secundarias son agradables para conducir, no hay apenas tráfico y el entorno también es peculiar, hay muchos cipreses y moreras, de hecho, el nombre medieval de esta península era Morea (morera).
   Micenas es un pueblo de cuatrocientos habitantes con una decena de restaurantes que viven de los grupos organizados que se acercan a comer después de ver las ruinas. Nosotros llegamos al anochecer y el pueblo está muy tranquilo, no hay un solo turista. Probamos a alojarnos en Belle Helene, donde el arqueólogo Heinrich Schliemann vivió mientras excavaba en Micenas. La habitación del doctor Schliemann la mantienen talmente como entonces, con orinal incluido. Debussy y Virginia Woolf también se alojaron aquí, pero esos eran otros tiempos, nosotros preferimos instalaciones más modernas.
    El tipismo de nuestro camarero y el de los lugareños que se sientan en las mesas aledañas nos entretienen la cena. Los mosquitos también me entretienen a mí por la noche, ¿realmente funciona este maldito insecticida? Me pregunto.

3 de julio, martes

   Visitamos las ruinas de Micenas bajo un sol de justicia. Se sabe que la acrópolis de Micenas estaba ya habitada en el 3000 a.C., debido probablemente a su inmejorable situación estratégica; desde allí se controlaba el paso al Peloponeso y a la Grecia interior. Alcanzó su esplendor entre los siglos XVI y XII a.C. Durante este periodo, la dinastía de los Atreos y sus descendientes, Agamenón, Orestes y Teisemano se impuso a los gobernantes locales del Peloponeso, Grecia interior y Creta y condujo a Grecia contra Troya. Schliemann comenzó las excavaciones en 1874 y todavía continúan hoy en día. Alguno de sus muros tienen un espesor de ¡siete metros!
Sugerente decoración clásica en el hotel Ilion
    Abandonamos Micenas y recorremos los veintidós kilómetros que nos separan de Nauplio. Estoy algo cansado, los mosquitos de anoche y el sol de Micenas me han castigado, así que después de un reparador almuerzo tomamos alojamiento en el hotel Ilión (Troya en griego), un hotelito de decoración clásica con cuadros de ninfas desnudas por todas partes, cama con dosel y jacuzzi en la ducha. El aire acondicionado me devuelve el ánimo de inmediato y después de una ducha reparadora me encuentro como nuevo y listo para continuar.
    Por la noche la temperatura es mucho más agradable y recorremos las angostas callejuelas de esta turística ciudad, repleta de elegantes casas venecianas, turcas y espléndidas mansiones neoclásicas.
    En el puerto ha atracado el yate más lujoso que he visto en mi vida, ni en Montecarlo he visto nada igual. De su interior salen cuatro parejas afortunadas que pasean por las empedradas calles, les seguimos durante algunos minutos, su primer destino es una joyería de Plateia Syntagmatos. Aquí les dejamos y buscamos nuestra cena entre las callejuelas de la zona vieja.

4 de julio, miércoles

    Visitamos temprano las dos fortalezas de Nauplio: Acronauplia y Palamedes. La vista desde aquí es fantástica.
   El sol empieza a castigar de lo lindo, como todos los días.
   Ponemos rumbo a Mistra, de la que nos separan cien kilómetros. Llegamos a la ciudad alta para las seis, cuando ya no aprieta tanto el calor. Las ruinas de Mistra
Ruinas de Mistra
están situadas sobre el lateral del monte Taigetos, en escarpada pendiente. Los edificios están rodeados de vegetación y se encuentran en aceptable estado, no en vano datan del siglo XIII. Es tarde para visitarla, necesitamos varias horas y la entrada sólo vale para el mismo día.
   Los hoteles de Nea Mistra, el pueblecito cercano a las ruinas, no nos convencen. Visitamos también una domatia regentada por una señora mayor, nos ofrece incluso habitaciones de su propia casa, pero el nivel no es el adecuado para estar cómodo, el baño está fuera y todo es demasiado antiguo, colchón incluido. La señora sigue bajando el precio mientras escapamos casi a la carrera de allí.
   Al final, nos alojamos en Esparta, en el Meneleón.
   Los espartanos eran unos guerreros tremendos, dominaron Laconia durante varios siglos. Para seguir dominando a los pueblos que conquistaban se vieron obligados a adoptar una política militarista. Por ello en el siglo VI a. C. se volcaron totalmente en lo militar. Los niños recién nacidos eran inspeccionados por un jurado de ancianos y los que no cumplían con patrones físicos propios de un guerrero eran asesinados arrojándolos al vacío desde el monte Taigeto. A partir de los siete años los niños eran educados por el estado, sometiéndolos a un duro entrenamiento lleno de penurias físicas. Servían en el ejército desde los veinte a los treinta años. La mujeres quedaban al frente del hogar, y tenían un rol muy importante en la vida social. Esta dura formación militar le permitió a Esparta no tener rivales en la guerra terrestre. En la batalla de las Termopilas, un pequeño contingente espartano resistió varios días al ejército persa, inmensamente superior en número.

5 de julio, jueves

    Salimos pitando del hotel, enfrente de la mismísima puerta del hotel hay obras y el ruido de la taladradora es insoportable. Nuestro sistema nervioso corre peligro.
   Mistra fue la capital y sede del gobierno de Morea en el siglo XIII y se rindió a los turcos en el XV. Llegó a tener hasta cuarenta mil habitantes allá por el siglo XVII, cuando renació con el comercio de la seda. Después la arrasaron los rusos y los albaneses en el siglo XVIII. En la actualidad trabajan seriamente en la restauración de sus edificios, como hemos podido comprobar. Muy interesante y muy dura esta visita, sobre todo, en cuanto el calor aprieta.
Vacia y sus casa torre
    Salimos de Esparta hacia las inhóspitas montañas del Máni, al sur del Peloponeso, región famosa por sus casas torre. Estas casas parecen diminutos castillos con torreón incluido y patio amurallado. Las torres fortificadas servían de habitación y refugio durante las guerras entre maniotas.
   Después de Areópolis el paisaje se vuelve aún más seco y pedregoso. Paramos para comprar algo de fruta en un supermercado. Esta zona es muy poco turística y los alojamientos escasean. Después de una ardua búsqueda encontramos por fin el hotel torre Tsitsiris Castle Guest House. Aunque resulta curioso por su tipismo, la habitación sólo tiene una pequeña ventana y me siento demasiado encerrado, como en una mazmorra.
    Cenamos un poco tarde en este hotel-castillo, con un ojo en el plato y otro en los mosquitos. A pesar de que he tenido la precaución de bajar a cenar con pantalones largos, me atacan en los tobillos. Se ve que la cantidad y diversidad de las bacterias de mi piel les atraen. Tengo que subir a la habitación para rociarme de repelente.
    Nuestro joven camarero y cocinero es rumano, no sabe hablar inglés, sin embargo, el chaval tiene futuro como cocinero. Los crepes a las frutas del bosque están sobresalientes.

6 de julio, viernes

    Seguimos hacia el sur, hasta Porto Kagio. Paramos en un mirador de la carretera para apreciar Vacia, pintoresco pueblo plagado de casas torre, muchas de ellas abandonadas. Tan pintoresco, que al doblar un autobús aparcado nos encontramos con una docena de turistas jubilados sentados en diminutas sillas, todos a la sombra del autobús e intentando plasmar en una pintura la dura belleza del paisaje de Vacia. Realmente, ellos resultan mayor atracción que lo que pintan, y lo saben. Se desternillan cuando les fotografió.
   Cerca de Porto Kagio encontramos una playa solitaria y de aguas cristalinas, ideal para bañarnos desnudos y algo más. Ya teníamos ganas de hacerlo en una playa solitaria.
    Después de comer en un bar de una playa cercana deshacemos el camino hacia Areópolis. Esta vez paramos en Kita para observar las casas torre más de cerca. Muchas están en reconstrucción. Parece que muchos pueblos griegos están resurgiendo después del total abandono de épocas pasadas. Kita es un pueblo muy pequeño y no recuerdo nunca haber visto tal variedad de frutales en tan reducido lugar: granados, limoneros, naranjos, higueras, perales, manzanos, cerezos, membrillos, parras y hasta diminutos pepinos crecen en sus calles.
Típica ensalada griega: pepino, cebolla, tomate, pimiento verde, queso feta, orégano, aceite de oliva y aceitunas de calamata
    Camino ya de Calamata, paramos en Kardamili. Dicen que es buen lugar para hacer senderismo, lo será, no digo lo contrario, pero en primavera. Ahora sólo paseamos un poco por las calles del pueblo y a ser posible, por la sombra. Tomamos un helado, nos refrescamos en la fuente de la plaza y volvemos al aire acondicionado del coche. El sol vomita fuego en las horas centrales del día.
   En esta zona son famosas las aceitunas de Calamata, dicen que son las mejores del mundo. En Megalópolis paramos en la plaza central para saborearlas. Qué casualidad: aparcamos enfrente de una tienda de encurtidos. Compramos media libra y nos las zampamos mientras recorremos la amplia plaza central del pueblo. A nosotros estas aceitunas nos parecen muy similares a las españolas.
   Llegamos a Karitena, pueblo medieval, según dicen. Salvo la iglesia, tiene poco que ver, eso sí, las vistas sobre el valle son magníficas.

7 de julio, sábado

   Salimos de Karitena muy tarde y llegamos hasta el Templo de Basas. Este templo fue construido en 420 a.C. por el pueblo de Figalia, en memoria de Apolo Epicureo, por librarlos de la peste. Está prácticamente entero y en reconstrucción, cubierto por una inmensa carpa. Sólo le falta el techo. Interesante visita.
   Después de comer descansamos algo en la playa de Pyrgo.

8 de julio, domingo

    Llegamos a Olimpìa temprano. Olimpia es una pequeña ciudad muy turística, con una calle principal llena de restaurantes y artesanía orientada a los turistas. Hace un calor terrible. Entramos en una tienda de cerámica, por curiosidad y también por el aire acondicionado. ¡Vaya precios: mil ochocientos euros por unas ánforas! Y no son las más caras.
Entrada al estado olímpico
    Las olimpiadas eran tan importantes para los griegos que su calendario contaba los años a partir de la primera olimpiada, fechada en 776 a.C. El poeta griego Homero (siglo VIII a.C.) ya narra detalladamente en La Ilíada los primeros juegos olímpicos. Gracias a él sabemos que hubo competiciones de tiro con arco y jabalina, lanzamiento de pesos, carreras de carros, boxeo y esgrima. Los juegos tenían un carácter cultural y deportivo, pero también religioso, ya que se rendía culto a varios dioses olímpicos, es decir, que habitaban en el monte Olimpo, el más alto de Grecia. Entre ellos, Zeus, Hera (esposa y, a la vez, hermana de Zeus) y Hestia. Esto no gustó nada al emperador cristiano Teodosio I (347-395), quien, empeñado en hacer del cristianismo la única religión oficial del imperio romano, los prohibió en 393 y acabo con una tradición de más de mil años y también con el cálculo de las fechas por las Olimpiadas. Para rematar, en 426, Teodosio II, Emperador del Imperio romano de oriente, ordenó la destrucción de todos los templos de Olimpia.
    Los juegos se reinstauraron de nuevo en 1896 y se celebraron en Atenas. En 2004 volverán otra vez a Grecia. Aquí, cada cuatro años, se enciende el fuego sagrado de Zeus frente al templo de Hestia y se traslada al país donde se celebran los Juegos Olímpicos.
    Después de comer en Olimpia nos dirigimos a Calaurita donde hacemos noche. Nos alojamos en el hotel de la plaza, el Anesis, recién estrenado. Calaurita es un pueblo muy visitado en invierno por los esquiadores, sin embargo, ahora es temporada baja.
    Al atardecer, cuando el calor remite, visitamos la cruz que recuerda la ejecución de más de mil quinientas personas del pueblo en la segunda guerra mundial. Los nazis los mataron en represalia por la actividad de la resistencia.

9 de julio, lunes

    A las nueve ya estamos en la estación para subir al trenecito a Diacopto. Nos quedamos perplejos cuando el pequeño tren de dos vagones se para cien metros antes de llegar a la estación. El revisor desciende tranquilamente y mira debajo de los vagones. Otro operario se baja con un botecito y un palo y engrasa algunas uniones articuladas de los bajos.
Espectacular recorrido entre Diacopto y Calaurita
Todos los turistas que observamos la escena desde la estación nos miramos asombrados. Por alguna razón técnica, el tren no puede llegar hasta el andén, la gente que llega se baja allí mismo y cruza el campo a través hasta la carretera. Nadie se inmuta ni hace comentarios, parece algo normal. Nosotros nos acercamos hasta el tren con una media sonrisa nerviosa. Pintoresco comienzo.
   El tren va lleno, casi todos turistas. El recorrido colma de sobra nuestras mejores expectativas. El tren se desliza al principio por un estrecho valle de frutales con un río a su izquierda. A los pocos kilómetros, la garganta se hace más angosta y las vías discurren tomando apoyos sobre las paredes verticales, a ambos lados del río.
   A la vuelta, nos situamos en la cola para sacar billetes, pero aquello no avanza. La taquillera no sabe una palabra de inglés y no se aclara con una turista que le pide dos billetes de ida y vuelta y uno sólo de ida.
   Aunque logramos sentarnos, la vuelta se hace dura. El sol calienta con toda su fuerza y los vagones son del siglo pasado, no tienen ningún aislamiento. El calor es tal que hay momentos de verdadero malestar.
   Una vez en el pintoresco Calaurita, nos zampamos un cordero al limón y ponemos rumbo hacia la Cueva de los Lagos, en Kastria. La cueva es espectacular, pero no nos enteramos de una palabra; la guía no habla inglés. La visita a la cueva supone un cambio drástico de temperatura: en el exterior habrá casi seguro más de treinta y cinco grados, dentro, no más de catorce. La cueva resulta muy interesante: en ella viven cinco especies diferentes de murciélagos. También se han encontrado fósiles de restos humanos y ¡de un hipopótamo!
   Bajamos de nuevo a Diacopto. El valle es una maravilla visto desde lo alto.
   Llegamos a Río por autopista. Allí seguimos las indicaciones hasta el puerto y en un decir Jesús, un ferry nos traslada a la otra orilla, hasta Antirio. Por aquí andan de obras, construyendo un puente que una ambas orillas. Se les acabó el negocio a los ferrys.
   Descansamos en Itea, en el tranquilo hotel Panorama, a pie de una playa de guijarros. Hay mucho francés por estos lares.

10 de julio, martes

   Visitamos Delfos bajo un sol abrasador. La espectacular vista del valle desde el Templo de Apolo me gusta casi tanto como las ruinas.
   El famoso Oráculo de Delfos era una sacerdotisa que entraba en trance y embaucaba al personal con sus profecías sobre bodas, guerras y negocios.
Magnífica vista desde el teatro de Dionisios
Los griegos se tomaban tan en serio al oráculo que sus divinas profecías llegaron a causar hasta guerras.
   Las escaleras de la vía sacra nos conducen hasta el Templo de Apolo (IV a.C.) y al teatro, donde se representaban obras durante los juegos Píticos, que se celebraban cada cuatro años. Más arriba se encuentra el Estadio, el mejor conservado de toda Grecia. En el camino encontramos sabrosas moras de árbol, que los extranjeros no deben conocer, porque están estupendas y nadie las recolecta. Mis manos teñidas de rojo causan caras de espanto entre los visitantes; muchos creen que estoy sangrando.
   Después de visitar el museo, dejamos Delfos y nuestro próximo destino es el Monasterio de Hosios Loukas.
   Este tal Loukas fue un monje que fundó una comunidad monástica en 946 y después de su muerte, en 953, parece ser que sus reliquias obraban milagros, así que multitud de creyentes enfermos se acercaban al monasterio a ser curados. Ante el enorme éxito de sus milagros se construyeron dos iglesias y un refectorio alrededor del monasterio: la de Panayia, de arquitectura pionera en Grecia por aquella época, aunque importada de Constantinopla, y la iglesia de Hosios Loukas, de decoración cuidada y materiales de calidad. Ambas pertenecen al Patrimonio de la Humanidad.
   El sujeto de la entrada me prohíbe la visita, mis provocadoras piernas deben cubrirse. Saco un pareo de la mochila y me lo ato a la cintura, dicen que no vale, que eso del pareo es de mujeres, le respondo que soy budista pero tampoco cuela. Claro, hay que tener en cuenta que la iglesia griega es muy ortodoxa. Como no tengo ganas de cambiarme, me quedo fuera esperando a mi mujer, a la sombra, escuchando la serenata de las chicharras.
   El viaje hasta Las Meteroras se hace pesado, apenas hay tráfico pero las curvas hasta Lamía se suceden. Después de Lamía, todo es llano, ¡increíble! La carretera es una recta contínua.
   Llegamos de noche. La aproximación a Las Meteoras es espectacular, las montañas están iluminadas por potentes focos y se divisan muchos kilómetros antes de llegar a Calambaca. A las afueras de la ciudad vemos algunos hoteles llenos de autobuses con turistas
   Calambaca está literalmente a las faldas de las montañas. Vive en gran parte del turismo.
   Por primera vez tenemos dificultades para encontrar alojamiento. El recepcionista del segundo hotel que visitamos resulta muy amable y él mismo telefonea y nos busca un hotel libre, aunque sin aire acondicionado. Las habitaciones no son gran cosa, pero al menos está a pie de las Meteoras, aunque esto poco importa, aquí las distancias son cortas. La noche es calurosa y el aire acondicionado se echa en falta.

11 de julio, miércoles

   Los inmensos peñascos rocosos de las Meteoras son espectaculares incluso sin los monasterios. Con ellos encima, el resultado es mágico, son como la guinda del pastel. Aquí se escondían los monjes en tiempos de la ocupación turca.
   Con lo que no contábamos era con la marea de turistas, la mayoría en autobuses de viajes organizados. Hay mucha gente del este de Europa. Las estrechas y viradas carreteras que suben a los monasterios no están preparadas para semejante avalancha de vehículos.
Las Meteroras
    La cola para entrar en el Gran Meteora serpentea en la pared vertical de la montaña. Esperamos hasta que disminuye y subimos. Cuando apenas nos quedan unos metros para entrar nos cierran la puerta, son las dos y no abrirán hasta las tres. El Gran Meteora fue el más rico y poderoso de todos los monasterios, gracias al emperador serbio Simeón Uros que se hizo monje y regaló al monasterio toda su fortuna. Contiene algunas de las mejores pinturas murales pos-bizantinas de toda Grecia.
   Bajamos al pueblo a comer y subimos de nuevo, esta vez la mayor parte de los autobuses ha desaparecido. Entramos en el del Espíritu Santo. Un monje nos recibe con unos dulces que parecen gominolas gigantes. Está bien pensado porque el esfuerzo de subir los ciento cuarenta empinados escalones pasa factura a algunas personas, como dos mujeres que encontramos sentadas en los últimos peldaños abanicándose y con la cara congestionada.
   Dentro del monasterio hay poco que ver, tan sólo el mecanismo de elevación, la polea que antiguamente subía cargas pesadas y las pinturas de la capilla, del año 1682. La vista sobre el valle es lo mejor, poco apta para los que sufran de vértigo.
   Intentamos entrar en otro monastero de acceso más sencillo, pero ya son las cinco y lo han cerrado.
   Nos mudamos de hotel, esta vez probamos el Rex y cenamos al aire libre en un tranquilo restaurante de las afueras lleno de lugareños.

12 de julio, jueves

   Salimos con rumbo a Atenas. A las dos el calor aprieta mucho, así que hacemos una parada en Kamena Voúrla, pueblo que vive del turismo nacional.
   Buscar alojamiento a las tres de la tarde resulta divertido, parece un pueblo fantasma, no se ve un alma en la calle. En el primer hotel no encontramos a nadie en la recepción, tras hacer sonar la campanilla aparece una señora mayor vestida de negro, no habla inglés y se hace entender que es la hora de la siesta.
    Probamos con otro hotel, en este tampoco nos recibe nadie. Tras llamar al timbre aparece al fondo del largo pasillo un anciano en pijama.
Playa de guijarros de Kamena Voúrla
Se mueve muy despacio, pasito a pasito, arrastrando las zapatillas en chancleta. Tampoco habla inglés. Nos enseña una habitación sin aire acondicionado. Seguimos buscando.
   Aparcamos ahora en una zona llena de domatias y hoteles. Una señora mayor nos aborda en plena calle y nos ofrece otra habitación sin aire. Ahora es un chico joven quien nos lleva a un hotel; en el sofá de la recepción echa la siesta el encargado, en camiseta blanca de tirantes; éste también pasa de los setenta. Le da una llave al chaval y nos lleva a una domatia. Esta sí, tiene aire y está muy bien, a estrenar.
   Para no ser menos que los lugareños echamos también nosotros una siesta.
   A las siete, cuando salimos, nos encontramos con las calles llenas de gente paseando, casi todos son jubilados. Muchos ven la televisión en las terrazas, a todo volumen. Esto parece una fiesta del Imserso. En la playa encontramos algo parecido a un club privado. Nadie controla la entrada, así que entramos. Jugueteamos en las cristalinas aguas y descansamos en las tumbonas hasta ver al sol ocultarse tras el horizonte. ¡Esto es vida!

13 de julio, viernes

   Seguimos disfrutando de la playa hasta el mediodía. Después nos dirigimos a Atenas. La entrada en Atenas no es sencilla, hay pocas indicaciones en caracteres latinos, aún así, nos las arreglamos para llegar al centro.
   Intentamos alojarnos en algún hotel de precio moderado. No parece posible. Después de visitar dos o tres nos damos cuenta de que muchos están llenos, así que optamos por el Acropol, bien situado, a un paso de Plaka y de las ruinas.

14 de julio, sábado

Ballet Paimonta en el teatro antiguo de Herodes
   Visitamos el museo y paseamos por las callejuelas de Plaka. A la tarde, asistimos a la representación de danza Païmonta en un marco incomparable, el teatro antiguo de Herodes, a cien metros del Partenón. Este odeón lo mandó construir en el año 161 el cónsul romano Herodes Ático para recordar a su mujer, muerta el año anterior. El espectáculo comienza al atardecer, cuando el sol remite. La temperatura es muy agradable y la música suena de maravilla. Magnífico final de vacaciones.

15 de julio, domingo

   Damos por finalizado nuestra viaje a Grecia con la visita a las ruinas del Templo de Zeus.
    Nos despedimos de Atenas con pena, lo hemos pasado estupendamente. El país tiene probablemente una de las historia más ricas del mundo, los paisajes son espectaculares, se come de maravilla, el tiempo ha sido fabuloso y la sensación de seguridad y de hospitalidad es muy grande. Todo resulta fácil.
   La estancia se nos ha hecho corta, muy corta. Realmente me gustaría volver, sobre todo a las islas, que prometen.
   El Mediterráneo jamás te defrauda.

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