"The night is a starry dome.
Pasamos la mañana bajo la sombra de los árboles de la
playa y a media tarde ponemos rumbo al este.
Las playas entre Mirtos y
Ierápetra no valen mucho. Pernoctamos en el Cretan Villa Hotel,
precioso y diminuto hotel con decoración tradicional regentado por un
peludo y servicial jovenzuelo. Dice que su pueblo es el más caluroso de
Grecia, aún en noviembre se puede uno bañar en sus aguas. Este año se ha
notado la crisis económica, vienen menos turistas. ¿Qué crisis? Le
pregunto. Dice que la bajada de las bolsas nos ha afectado a
todos.
Cenamos estupendamente en el paseo del muelle, en el lugar
recomendado por el chaval del hotel. Paseando luego por el puerto vemos algunas
lámparas de tela que nos gustan, mañana veremos si les echamos una
ojeada.
29 de junio, viernes
El hotel es realmente agradable pero hay que dejarlo. Desayunamos en la
magnífica degustación de la calle principal. Todo el centro del pueblo es
peatonal, como imponen los nuevos tiempos.
Ponemos rumbo a la famosa
playa de Bei, en el extremo oriental de la isla, donde se encuentra
la mayor reserva de palmeras de toda Europa. Bajo la sombra de una de
ellas nos dedicamos a la lectura. Nos quedamos hasta que el sol languidece
por el horizonte. Bonito atardecer.
Nos alojamos en Paleocastro,
donde la gente se muestra más simpática de lo habitual. A la salida del
pueblo, un camino oscuro y sin asfaltar nos conduce hasta una taberna
solitaria al borde del mar. No pueden ofrecernos pescado, ayer la mar no
estaba en condiciones y los pescadores no han salido, sin embargo, el
lugar es pintoresco y tranquilo y la comida sencilla y bien cocinada,
mañana volveremos.
Antes de subir al coche, nos despejamos la cabeza
con el aire fresco de la orilla del mar. La noche es magnífica, no hay
ruidos, sólo las olas batiendo contra las rocas, con indolencia. Las
estrellas en el cielo, los peces devorando nuestras migas de pan, el
silencio ¡Dios mío, esto es gloria!
Lástima que estos momentos no se
puedan guardar en toda su intensidad para disfrutarlos de nuevo en el
momento que nos apetezca.
30 de junio, sábado
Al ir hacia el coche, nos llama la atención el jolgorio que se traen en
una lonja. Hay más de diez mujeres del pueblo preparando dulces para
alguna celebración. Ante nuestra sorpresa nos explican cómo preparan
alguno de los dulces y nos dan algunos a probar. Están estupendos.
Para
no repetir en la playa de Bai, subimos un poco más hacia el este, hasta la
recóndita playa de Itanos. Bajo la sombra de una palmera hemos
pasado la mañana, junto con seis personas más. Sólo hemos abandonado la
playa para visitar de nuevo la taberna donde cenamos ayer. Esta vez, hemos
saboreado una magnífica langosta de un kilo. Y vuelta a descansar en
nuestra palmera de Itanos, desnuditos, hasta media tarde.
Seguimos hacia el oeste por el norte de Creta. Nos alojamos en el paseo marítimo de
Pahia Amós, en el hotel Panorama. Otra vez pasamos la tarde tirados
sobre las piedrecillas de la playa.
El restaurante recomendado por la
señora de la recepción de nuestro hotel resulta impecable, por fin comemos
un pescado poco hecho, algo muy difícil de conseguir en Creta, por mucho
que uno se esfuerzo en explicarles como lo quiere uno.
1 de julio, domingo
La playa de Malia se anuncia en grandes carteles desde la
carretera. El color del mar es de postal, sin embargo, las tumbonas apenas
dejan ver la arena, se amontonan sin orden sobre la arena y ocupan todo el
espacio, apenas hay un hueco libre donde echar la toalla. Los cobradores
de las tumbonas te asaltan con agresividad para ofrecerte tumbona,
sombrillas, refrescos o lo que sea, el caso es que sueltes la tela. Muy
mal rollo. Nos marchamos.
Visitamos
Cnosos, principal enclave arqueológico de Creta. El primer palacio data del 1900
a.C. Algunas partes del palacio han sido reconstruidas y están incluso
pintadas, aunque la restauración ha sido muy criticada por demasiado
imaginativa.
En Heraklión, intentamos alojarnos de nuevo en el hotel Kronos. Esta vez no
tenemos suerte, está lleno. Tampoco hay suerte con la
taberna Hipocampus, cierra los domingos. Nos pasamos por la zona oeste de
Heraklión; aquí están las playas y hay hoteles de sobra. Después de un
descanso en la piscina del hotel nos bajamos a la capital a cenar y
pasear.
2 de julio, lunes
Mientras almorzamos en el puerto vemos como cuelgan los pulpos a secar.
Pintoresca estampa. El camarero nos informa que se trata de secarlos bien
para después asarlos.
Nuestro avión despega a las tres. Devolvemos el
coche sin novedad. Es difícil tener un percance con el coche en Creta,
apenas hay circulación por las carreteras.
El servicio de alquiler de
coches también incluye el traslado al aeropuerto.
Tomamos el avión y en cuestión de media hora ya estamos pisando las calles de la calurosa Atenas. De nuevo tomamos el E95 hasta la
plaza Syntagma y desde allí el metro hasta la avenida Sygrou, donde se
encuentran concentradas todas las agencias de alquiler de coches. Después de consultar
en varias agencias comprobamos que los precios son muy parecidos. Nos decidimos por la
que nos ofrece seguro a todo riesgo por 1.5 euros diarios. Barato, ¿no? Esta vez casi
estrenamos el coche: otro Fiat Punto, éste con sólo tres mil kilómetros. Huele a nuevo.
Salimos del concesionario lloviendo. Mientras atravesamos la ciudad
la lluvia arrecia y empieza a ser preocupante cuando nos hallamos en el
extrarradio. Ya en la autopista cae el diluvio universal, da miedo. No
sabemos si parar o seguir, optamos por disminuir la marcha. A pesar de
la que cae, los griegos conducen a buena velocidad. Delante de nosotros, a
cien metros, hay obras y la carretera pasa de tres a dos carriles, de
repente, un coche se cruza en la carretera y provoca un choque en cadena. Cuatro
caen en la trampa, los siguientes en el turno somos nosotros, pero
nos libramos por los pelos gracias a mantener la distancia de seguridad.
Pasamos muy despacio entre ellos, comprobando que sólo son golpes de
chapa.
En media hora se ha pasado la tormenta y el cielo está otra vez
azul. El aguacero ha sido tan fuerte que será portada en los periódicos de
mañana.
Dejamos Ática y entramos en el Peloponeso por el canal de
Corinto, nuestra intención era ver el famoso canal que comunica el mar
Jónico con el Egeo, pero ni vivo ni muerto, los antepechos laterales de la
autopista que lo cruza impiden cualquier visión.
La idea del canal es muy antigua; se le ocurrió a Periandro, en el 600 a. C. y Nerón, en tiempos de Cristo,
lo intentó con seis mil prisioneros judíos, pero lo tuvieron que
dejar por las invasiones de los galos. Al final, fue una
ingeniería francesa quien realizó los seis kilómetros de canal en el siglo
XIX, tras diez años de trabajos.
Cuando salimos de la autopista, los carteles de poblaciones brillan por su ausencia. Aún así nos las
arreglamos para llegar, preguntando se va a Micenas, en este caso. Ya están tardando en inventar el GPS.
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| Puerta de los leones en MIcenas |
Las carreteras secundarias son agradables para conducir, no hay apenas tráfico
y el entorno también es peculiar, hay muchos cipreses y moreras, de hecho,
el nombre medieval de esta península era Morea (morera).
Micenas
es un pueblo de cuatrocientos habitantes con una decena de restaurantes que viven de
los grupos organizados que se acercan a comer después de ver las ruinas.
Nosotros llegamos al anochecer y el pueblo está muy tranquilo, no hay un
solo turista. Probamos a alojarnos en Belle Helene, donde el arqueólogo
Heinrich Schliemann vivió mientras excavaba en Micenas. La habitación del
doctor Schliemann la mantienen talmente como entonces, con orinal
incluido. Debussy y Virginia Woolf también se alojaron aquí, pero esos
eran otros tiempos, nosotros preferimos instalaciones más modernas.
El tipismo de nuestro camarero y el de los lugareños que se sientan en las
mesas aledañas nos entretienen la cena. Los mosquitos también me entretienen
a mí por la noche, ¿realmente funciona este maldito insecticida? Me pregunto.
3 de julio, martes
Visitamos las ruinas de Micenas bajo un sol de justicia.
Se sabe que la acrópolis de Micenas estaba ya habitada en el 3000 a.C.,
debido probablemente a su inmejorable situación estratégica; desde allí se
controlaba el paso al Peloponeso y a la Grecia interior. Alcanzó su
esplendor entre los siglos XVI y XII a.C. Durante este periodo, la dinastía
de los Atreos y sus descendientes, Agamenón, Orestes y Teisemano se
impuso a los gobernantes locales del Peloponeso, Grecia interior y Creta y
condujo a Grecia contra Troya. Schliemann comenzó las excavaciones en 1874
y todavía continúan hoy en día. Alguno de sus muros tienen un espesor de
¡siete metros!
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| Sugerente decoración clásica en el hotel Ilion |
Abandonamos Micenas y recorremos los veintidós kilómetros que nos separan de
Nauplio. Estoy algo
cansado, los mosquitos de anoche y el sol de Micenas me han castigado, así
que después de un reparador almuerzo tomamos alojamiento en el hotel Ilión (Troya en griego), un hotelito de
decoración clásica con cuadros de ninfas desnudas por todas partes, cama
con dosel y jacuzzi en la ducha. El aire acondicionado me devuelve el
ánimo de inmediato y después de una ducha reparadora me encuentro como
nuevo y listo para continuar.
Por la noche la temperatura es mucho más agradable y recorremos las angostas callejuelas de esta turística ciudad,
repleta de elegantes casas venecianas, turcas y espléndidas mansiones neoclásicas.
En el puerto ha atracado el yate más lujoso que he visto en mi vida, ni en Montecarlo he visto nada igual. De su interior salen
cuatro parejas afortunadas que pasean por las empedradas calles, les seguimos durante algunos minutos, su primer destino es una joyería de
Plateia Syntagmatos. Aquí les dejamos y buscamos nuestra cena entre las callejuelas de la zona vieja.
4 de julio, miércoles
Visitamos temprano las dos fortalezas de Nauplio: Acronauplia y Palamedes. La vista
desde aquí es fantástica.
El sol empieza a castigar de lo lindo, como
todos los días.
Ponemos rumbo a Mistra, de la que nos separan cien kilómetros.
Llegamos a la ciudad alta para las seis, cuando ya no aprieta tanto el calor. Las
ruinas de Mistra
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| Ruinas de Mistra |
están situadas sobre el lateral del monte
Taigetos, en escarpada pendiente. Los edificios están rodeados de
vegetación y se encuentran en aceptable estado, no en vano datan del siglo
XIII. Es tarde para visitarla, necesitamos varias horas y la entrada sólo
vale para el mismo día.
Los hoteles de Nea Mistra, el pueblecito cercano a
las ruinas, no nos convencen. Visitamos también una
domatia
regentada por una señora mayor, nos ofrece incluso habitaciones de su
propia casa, pero el nivel no es el adecuado para estar cómodo, el baño
está fuera y todo es demasiado antiguo, colchón incluido. La señora sigue
bajando el precio mientras escapamos casi a la carrera de allí.
Al
final, nos alojamos en
Esparta, en el Meneleón.
Los espartanos
eran unos guerreros tremendos, dominaron Laconia durante varios siglos.
Para seguir dominando a los pueblos que conquistaban se vieron obligados a
adoptar una política militarista. Por ello en el siglo VI a. C. se
volcaron totalmente en lo militar. Los niños recién nacidos eran inspeccionados por
un jurado de ancianos y los que no cumplían con patrones físicos propios
de un guerrero eran asesinados arrojándolos al vacío desde el monte
Taigeto. A partir de los siete años los niños eran educados por el estado,
sometiéndolos a un duro entrenamiento lleno de penurias físicas. Servían
en el ejército desde los veinte a los treinta años. La mujeres quedaban al frente
del hogar, y tenían un rol muy importante en la vida social. Esta dura
formación militar le permitió a Esparta no tener rivales en la guerra
terrestre. En la batalla de las Termopilas, un pequeño contingente
espartano resistió varios días al ejército persa, inmensamente superior en
número.
5 de julio, jueves
Salimos pitando del hotel, enfrente de la mismísima puerta del hotel
hay obras y el ruido de la taladradora es insoportable. Nuestro sistema
nervioso corre peligro.
Mistra fue la capital y sede del gobierno de
Morea en el siglo XIII y se rindió a los turcos en el XV. Llegó a tener
hasta cuarenta mil habitantes allá por el siglo XVII, cuando renació con el
comercio de la seda. Después la arrasaron los rusos y los albaneses en el
siglo XVIII. En la actualidad trabajan seriamente en la restauración de
sus edificios, como hemos podido comprobar. Muy interesante y muy dura
esta visita, sobre todo, en cuanto el calor aprieta.
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| Vacia y sus casa torre |
Salimos de Esparta hacia las inhóspitas montañas del
Máni, al sur del Peloponeso,
región famosa por sus casas torre. Estas casas parecen diminutos castillos
con torreón incluido y patio amurallado. Las torres fortificadas servían
de habitación y refugio durante las guerras entre maniotas.
Después de
Areópolis el paisaje se vuelve aún más seco y pedregoso. Paramos para comprar algo de
fruta en un supermercado. Esta zona es muy poco turística y los alojamientos escasean.
Después de una ardua búsqueda encontramos por fin el hotel torre Tsitsiris Castle Guest
House. Aunque resulta curioso por su tipismo, la habitación sólo tiene una pequeña ventana y me siento
demasiado encerrado, como en una mazmorra.
Cenamos un poco tarde en este hotel-castillo, con un ojo en el plato y otro en los mosquitos. A pesar de
que he tenido la precaución de bajar a cenar con pantalones largos, me atacan en los tobillos. Se ve que
la cantidad y diversidad de las bacterias de mi piel les atraen. Tengo que subir a la habitación para rociarme de repelente.
Nuestro joven camarero y cocinero es rumano, no sabe hablar inglés, sin embargo, el chaval tiene futuro como
cocinero. Los crepes a las frutas del bosque están sobresalientes.
6 de julio, viernes
Seguimos hacia el sur, hasta Porto Kagio. Paramos en un mirador de
la carretera para apreciar Vacia, pintoresco pueblo plagado de casas
torre, muchas de ellas abandonadas. Tan pintoresco, que al doblar un
autobús aparcado nos encontramos con una docena de turistas jubilados
sentados en diminutas sillas, todos a la sombra del autobús e intentando
plasmar en una pintura la dura belleza del paisaje de Vacia.
Realmente, ellos resultan mayor atracción que lo que pintan, y lo saben.
Se desternillan cuando les fotografió.
Cerca de Porto Kagio
encontramos una playa solitaria y de aguas cristalinas, ideal para
bañarnos desnudos y algo más. Ya teníamos ganas de hacerlo en una playa solitaria.
Después de comer en un bar de una playa
cercana deshacemos el camino hacia Areópolis. Esta vez paramos en
Kita para observar las casas torre más de cerca. Muchas están en
reconstrucción. Parece que muchos pueblos griegos están resurgiendo
después del total abandono de épocas pasadas. Kita es un pueblo muy
pequeño y no recuerdo nunca haber visto tal variedad de frutales en tan
reducido lugar: granados, limoneros, naranjos, higueras, perales,
manzanos, cerezos, membrillos, parras y hasta diminutos pepinos crecen en
sus calles.
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| Típica ensalada griega: pepino, cebolla, tomate, pimiento verde, queso feta, orégano, aceite de oliva y aceitunas de calamata |
Camino ya de Calamata, paramos en
Kardamili. Dicen
que es buen lugar para hacer senderismo, lo será, no digo lo contrario,
pero en primavera. Ahora sólo paseamos un poco por las calles del pueblo y
a ser posible, por la sombra. Tomamos un helado, nos refrescamos en la
fuente de la plaza y volvemos al aire acondicionado del coche. El sol
vomita fuego en las horas centrales del día.
En esta zona son famosas
las aceitunas de Calamata, dicen que son las mejores del mundo. En
Megalópolis paramos en la plaza central para saborearlas. Qué
casualidad: aparcamos enfrente de una tienda de encurtidos. Compramos
media libra y nos las zampamos mientras recorremos la amplia plaza central
del pueblo. A nosotros estas aceitunas nos parecen muy similares a las españolas.
Llegamos a
Karitena, pueblo medieval, según dicen.
Salvo la iglesia, tiene poco que ver, eso sí, las vistas sobre el valle
son magníficas.
7 de julio, sábado
Salimos de Karitena muy tarde y llegamos hasta el Templo de
Basas. Este templo fue construido en 420 a.C. por el pueblo de
Figalia, en memoria de Apolo Epicureo, por librarlos de la peste. Está
prácticamente entero y en reconstrucción, cubierto por una inmensa carpa.
Sólo le falta el techo. Interesante visita.
Después de comer
descansamos algo en la playa de Pyrgo.
8 de julio, domingo
Llegamos a Olimpìa temprano. Olimpia es una pequeña ciudad muy turística,
con una calle principal llena de restaurantes y artesanía orientada a los turistas. Hace un calor terrible. Entramos en una tienda de cerámica, por curiosidad y también por el aire acondicionado. ¡Vaya precios: mil ochocientos euros por unas ánforas! Y no son las más caras.
 |
| Entrada al estado olímpico |
Las olimpiadas eran tan importantes para los griegos que su calendario contaba los años a
partir de la primera olimpiada, fechada en 776 a.C. El poeta griego Homero (siglo VIII a.C.) ya narra detalladamente en La Ilíada
los primeros juegos olímpicos. Gracias a él sabemos que hubo competiciones de tiro con arco y jabalina, lanzamiento de pesos,
carreras de carros, boxeo y esgrima. Los juegos tenían un carácter cultural y deportivo, pero también religioso, ya que se
rendía culto a varios dioses olímpicos, es decir, que habitaban en el monte Olimpo, el más alto de Grecia.
Entre ellos, Zeus, Hera (esposa y, a la vez, hermana de Zeus) y Hestia. Esto no gustó nada al emperador cristiano Teodosio I (347-395),
quien, empeñado en hacer del cristianismo la única religión oficial del imperio romano, los prohibió en 393 y acabo
con una tradición de más de mil años y también con el cálculo de las fechas por las Olimpiadas.
Para rematar, en 426, Teodosio II, Emperador del Imperio romano de oriente, ordenó la destrucción de todos
los templos de Olimpia.
Los juegos se reinstauraron de nuevo en 1896 y se celebraron en Atenas. En 2004 volverán otra vez a Grecia.
Aquí, cada cuatro años, se enciende el fuego sagrado de Zeus frente al templo de Hestia y se traslada al país donde se celebran
los Juegos Olímpicos.
Después de comer en Olimpia nos dirigimos a
Calaurita donde hacemos noche. Nos alojamos en el hotel de la plaza, el Anesis, recién estrenado. Calaurita es un pueblo muy visitado en invierno por los esquiadores, sin embargo, ahora es temporada baja.
Al atardecer, cuando el calor remite, visitamos la cruz que recuerda la ejecución de más de mil quinientas personas del pueblo en la segunda guerra mundial. Los nazis los mataron en represalia por la actividad de la resistencia.
9 de julio, lunes
A las nueve ya estamos en la estación para subir al trenecito a
Diacopto. Nos quedamos perplejos cuando el pequeño tren de dos
vagones se para cien metros antes de llegar a la estación. El revisor
desciende tranquilamente y mira debajo de los vagones. Otro operario se
baja con un botecito y un palo y engrasa algunas uniones articuladas de los bajos.
 |
| Espectacular recorrido entre Diacopto y Calaurita |
Todos los turistas que observamos la escena desde la estación nos miramos asombrados. Por alguna
razón técnica, el tren no puede llegar hasta el andén, la gente que llega se baja allí mismo
y cruza el campo a través hasta la carretera. Nadie se inmuta ni hace
comentarios, parece algo normal. Nosotros nos acercamos hasta el tren con
una media sonrisa nerviosa. Pintoresco comienzo.
El tren va lleno, casi
todos turistas. El recorrido colma de sobra nuestras mejores expectativas.
El tren se desliza al principio por un estrecho valle de frutales con un
río a su izquierda. A los pocos kilómetros, la garganta se hace más angosta y
las vías discurren tomando apoyos sobre las paredes verticales, a ambos lados del río.
A la vuelta, nos situamos en la cola para
sacar billetes, pero aquello no avanza. La taquillera no sabe una palabra
de inglés y no se aclara con una turista que le pide dos billetes de ida y
vuelta y uno sólo de ida.
Aunque logramos sentarnos, la vuelta se hace dura. El sol
calienta con toda su fuerza y los vagones son del siglo pasado, no tienen
ningún aislamiento. El calor es tal que hay momentos de verdadero
malestar.
Una vez en el pintoresco Calaurita, nos zampamos un cordero
al limón y ponemos rumbo hacia la
Cueva de los Lagos, en
Kastria. La cueva es espectacular, pero no nos enteramos de una
palabra; la guía no habla inglés. La visita a la cueva supone un cambio
drástico de temperatura: en el exterior habrá casi seguro más de treinta y
cinco grados, dentro, no más de catorce. La cueva resulta muy interesante:
en ella viven cinco especies diferentes de murciélagos. También se han
encontrado fósiles de restos humanos y ¡de un hipopótamo!
Bajamos de
nuevo a Diacopto. El valle es una maravilla visto desde lo
alto.
Llegamos a Río por autopista. Allí seguimos las indicaciones
hasta el puerto y en un decir Jesús, un ferry nos traslada a la otra
orilla, hasta Antirio. Por aquí andan de obras, construyendo un puente que
una ambas orillas. Se les acabó el negocio a los ferrys.
Descansamos en
Itea, en el tranquilo hotel Panorama, a pie de una playa de
guijarros. Hay mucho francés por estos lares.
10 de julio, martes
Visitamos Delfos bajo un sol abrasador. La espectacular vista del valle
desde el Templo de Apolo me gusta casi tanto como las ruinas.
El
famoso Oráculo de Delfos era una sacerdotisa que entraba en trance
y embaucaba al personal con sus profecías sobre bodas, guerras y negocios.
 |
| Magnífica vista desde el teatro de Dionisios |
Los griegos se tomaban tan en serio al oráculo que sus divinas profecías llegaron a
causar hasta guerras.
Las escaleras de la vía sacra nos conducen hasta
el
Templo de Apolo (IV a.C.) y al teatro, donde se representaban
obras durante los juegos Píticos, que se celebraban cada cuatro años. Más
arriba se encuentra el
Estadio, el mejor conservado de toda Grecia. En
el camino encontramos sabrosas moras de árbol, que los extranjeros no
deben conocer, porque están estupendas y nadie las recolecta. Mis manos teñidas de rojo
causan caras de espanto entre los visitantes; muchos creen que estoy sangrando.
Después de
visitar el museo, dejamos Delfos y nuestro próximo destino es el
Monasterio de Hosios Loukas.
Este tal
Loukas fue un monje que fundó una comunidad monástica en 946 y después de
su muerte, en 953, parece ser que sus reliquias obraban milagros, así que
multitud de creyentes enfermos se acercaban al monasterio a ser curados.
Ante el enorme éxito de sus milagros se construyeron dos iglesias y un
refectorio alrededor del monasterio: la de Panayia, de arquitectura
pionera en Grecia por aquella época, aunque importada de Constantinopla, y
la iglesia de Hosios Loukas, de decoración cuidada y materiales de
calidad. Ambas pertenecen al Patrimonio de la Humanidad.
El sujeto de
la entrada me prohíbe la visita, mis provocadoras piernas deben cubrirse. Saco un pareo de la mochila y me lo
ato a la cintura, dicen que no vale, que eso del pareo es de mujeres, le
respondo que soy budista pero tampoco cuela. Claro, hay que tener en
cuenta que la iglesia griega es muy ortodoxa. Como no tengo ganas de
cambiarme, me quedo fuera esperando a mi mujer, a la sombra, escuchando la serenata de las chicharras.
El
viaje hasta Las Meteroras se hace pesado, apenas hay tráfico pero las
curvas hasta Lamía se suceden. Después de Lamía, todo es llano,
¡increíble! La carretera es una recta contínua.
Llegamos de noche. La
aproximación a
Las Meteoras es espectacular, las montañas están
iluminadas por potentes focos y se divisan muchos kilómetros antes de
llegar a Calambaca. A las afueras de la ciudad vemos algunos hoteles
llenos de autobuses con turistas
Calambaca está literalmente a
las faldas de las montañas. Vive en gran parte del turismo.
Por primera
vez tenemos dificultades para encontrar alojamiento. El recepcionista del
segundo hotel que visitamos resulta muy amable y él mismo telefonea y nos
busca un hotel libre, aunque sin aire acondicionado. Las habitaciones no
son gran cosa, pero al menos está a pie de las Meteoras, aunque esto poco
importa, aquí las distancias son cortas. La noche es calurosa y el aire
acondicionado se echa en falta.
11 de julio, miércoles
Los inmensos peñascos rocosos de las Meteoras son espectaculares incluso sin los monasterios. Con ellos
encima, el resultado es mágico, son como la guinda del pastel. Aquí
se escondían los monjes en tiempos de la ocupación turca.
Con lo que no
contábamos era con la marea de turistas, la mayoría en autobuses de
viajes organizados. Hay mucha gente del este de Europa. Las estrechas y
viradas carreteras que suben a los monasterios no están preparadas para
semejante avalancha de vehículos.
|
| Las Meteroras |
La cola para entrar en el
Gran Meteora serpentea en la pared vertical de la montaña. Esperamos hasta que disminuye
y subimos. Cuando apenas nos quedan unos metros para entrar nos cierran la puerta, son
las dos y no abrirán hasta las tres. El Gran Meteora fue el más rico y
poderoso de todos los monasterios, gracias al emperador serbio Simeón Uros
que se hizo monje y regaló al monasterio toda su fortuna. Contiene algunas
de las mejores pinturas murales pos-bizantinas de toda Grecia.
Bajamos
al pueblo a comer y subimos de nuevo, esta vez la mayor parte de los
autobuses ha desaparecido. Entramos en el del
Espíritu Santo. Un
monje nos recibe con unos dulces que parecen gominolas gigantes. Está bien
pensado porque el esfuerzo de subir los ciento cuarenta empinados escalones pasa factura a
algunas personas, como dos mujeres que encontramos sentadas en los últimos peldaños abanicándose
y con la cara congestionada.
Dentro del monasterio hay poco que ver, tan sólo el mecanismo de elevación,
la polea que antiguamente subía cargas pesadas y las pinturas de la capilla, del año
1682. La vista sobre el valle es lo mejor, poco apta para los que sufran de vértigo.
Intentamos
entrar en otro monastero de acceso más sencillo, pero ya son las cinco y lo han
cerrado.
Nos mudamos de hotel, esta vez probamos el Rex y cenamos al aire
libre en un tranquilo restaurante de las afueras lleno de lugareños.
12 de julio, jueves
Salimos con rumbo a Atenas. A las dos el calor aprieta mucho, así que hacemos una parada
en Kamena Voúrla, pueblo que vive del turismo
nacional.
Buscar alojamiento a las tres de la tarde resulta divertido, parece un
pueblo fantasma, no se ve un alma en la calle. En el primer hotel no encontramos a
nadie en la recepción, tras hacer sonar la campanilla aparece una señora mayor
vestida de negro, no habla inglés y se hace entender que es la hora de la siesta.
Probamos con otro hotel, en este tampoco nos recibe nadie. Tras llamar al timbre aparece
al fondo del largo pasillo un anciano en pijama.
 |
| Playa de guijarros de Kamena Voúrla |
Se mueve muy
despacio, pasito a pasito, arrastrando las zapatillas en chancleta.
Tampoco habla inglés. Nos enseña una habitación sin aire acondicionado.
Seguimos buscando.
Aparcamos ahora en una zona llena de
domatias
y hoteles. Una señora mayor nos aborda en plena calle y nos
ofrece otra habitación sin aire. Ahora es un chico joven quien nos lleva a
un hotel; en el sofá de la recepción echa la siesta el encargado, en
camiseta blanca de tirantes; éste también pasa de los setenta. Le da una
llave al chaval y nos lleva a una
domatia. Esta sí, tiene aire y
está muy bien, a estrenar.
Para no ser menos que los lugareños echamos
también nosotros una siesta.
A las siete, cuando salimos, nos
encontramos con las calles llenas de gente paseando, casi todos son
jubilados. Muchos ven la televisión en las terrazas, a todo volumen. Esto
parece una fiesta del Imserso. En la playa encontramos algo parecido a un
club privado. Nadie controla la entrada, así que entramos. Jugueteamos
en las cristalinas aguas y descansamos en las tumbonas hasta ver al sol
ocultarse tras el horizonte. ¡Esto es vida!
13 de julio, viernes
Seguimos disfrutando de la playa hasta el mediodía. Después nos
dirigimos a Atenas. La entrada en Atenas no es sencilla, hay pocas
indicaciones en caracteres latinos, aún así, nos las arreglamos para
llegar al centro.
Intentamos alojarnos en algún hotel de precio
moderado. No parece posible. Después de visitar dos o tres nos damos
cuenta de que muchos están llenos, así que optamos por el Acropol, bien
situado, a un paso de Plaka y de las ruinas.
14 de julio, sábado
|
| Ballet Paimonta en el teatro antiguo de Herodes |
Visitamos el museo y paseamos por las callejuelas de Plaka. A la tarde, asistimos a la
representación de danza
Païmonta en un marco incomparable, el
teatro antiguo de Herodes,
a cien metros del Partenón. Este odeón lo mandó construir en el año 161 el cónsul romano Herodes Ático para recordar a
su mujer, muerta el año anterior. El espectáculo comienza al atardecer, cuando el sol remite.
La temperatura es muy agradable y la música suena de maravilla. Magnífico
final de vacaciones.
15 de julio, domingo
Damos por finalizado nuestra viaje a Grecia con la visita a las ruinas
del Templo de Zeus.
Nos despedimos de Atenas con pena, lo hemos
pasado estupendamente. El país tiene probablemente una de las historia más
ricas del mundo, los paisajes son espectaculares, se come de maravilla, el
tiempo ha sido fabuloso y la sensación de seguridad y de hospitalidad es
muy grande. Todo resulta fácil.
La estancia se nos ha hecho corta, muy
corta. Realmente me gustaría volver, sobre todo a las islas, que prometen.
El Mediterráneo jamás te defrauda.