Los viajes de Mariano

Viaje a Ecuador 2004


18 de junio, viernes

    LLegamos algo cansados a Guayaquil. El aterrizaje en Quito ha sido muy malo; por las térmicas, dicen.
    Nada más salir del pequeño aeropuerto Simón Bolívar de Guayaquil percibo un olor nada agradable que no nos abandonará durante todo nuestro viaje continental por Ecuador, el humo de los gases de escape de los coches. Es curioso como me llama ahora la atención este olor cuando en España no hace demasiado tiempo nosotros también respirábamos dioxinas en cantidad. Gran invento el catalizador.
    Un taxi nos conduce por cuatro dólares hasta el hotel Unipark; un cinco estrellas bien situado que ofrece tarifa reducida durante el fin de semana.
    Salimos a conocer el Malecón 2000 y sólo llegamos al arranque de las escaleras del barrio Las Peñas, nos sentimos cansados por el viaje y regresamos al hotel a descansar. El desfase horario de nuestro ritmo biológico es de seis horas y se nota.

19 de junio, sábado

    A las seis amanece. El bufé del desayuno del Unipark es bastante aceptable, mejor de lo esperado.
    Dedicamos la mañana a visitar las agencias de viajes para reservar el viaje a las Galápagos. Visitamos Galasam y Centro Viajero y nos quedamos con el que nos brinda un barco más grande y supuestamente más cómodo: el Galápagos Legend. El precio no baja mucho de las ofertas que se encuentran en internet: 1785 dólares por persona y siete noches en una habitación estándar exterior.
    Una vez que veamos el Malecón 2000 y el barrio de San Juan, Guayaquil no nos ofrecerá mucho más, así que decidimos reservar un vuelo hacia Baltra para mañana mismo y comenzar el crucero el lunes. El vuelo a Baltra no es barato, la tarifa del billete de ida y vuelta para los extranjeros es de 344 $.
En el barrio de las Peñas de Guayaquil
   Las iguanas terrestres del parque Bolívar, enfrente del hotel Unipark, son toda una atracción; son tan abundantes que hay que estar atento donde se ponen los pies. También las ardillas se dejan ver, y en un estanque, peces y tortugas.
    Visitamos la famosa tienda de sombreros panamá Barberan´s. Mi mujer se compra uno y se produce una situación graciosa: pilla el dinero un señor mayor, que pasa de los noventa años, y ya no lo suelta, no entiende de vueltas. Las vueltas las tiene que devolver su hijo porque el padre no suelta el billete grande ni aunque lo despellejen vivo.
    Los mundialmente famosos sombreros panamá son, en realidad, originarios de Ecuador (aunque en Yucatán, México, y Panamá, también fabrican sombreros muy parecidos). Se popularizaron durante la construcción del canal de Panamá al importarse grandes cantidades de estos sombreros para los obreros. La imagen del presidente Roosevelt con uno de estos sombreros durante su visita al canal, también ayudó a relacionar al sombrero con Panamá. La calidad de estos sombreros va ligada a su capacidad para recuperar su forma original, cuanto más fina sea la paja toquilla, mejor recuperan.
    Nos acercamos al Cangrejo Criollo para almorzar y después, un taxi nos conduce hasta el pintoresco barrio Las Peñas donde callejeamos, a pesar del calor. En el rellano del arranque de una escalinata charlamos con Antonio Canales y su familia. Antonio conoce Bruselas, pasó una temporada trabajando allí pero no le gustó nada: llovía mucho y hacía frío. No era para él. Sin embargo, su mujer y su hijo se han quedado allí.
    Llegamos hasta el faro del fortín del cerro Santa Ana, donde un fotógrafo dispara su cámara sobre un modelo vestido como empleado del servicio de limpieza, seguramente para alguna publicación del Ayuntamiento.
    Luego damos una vuelta por el Malecón 2000: dos quilómetros y medio de paseo con restaurantes, monumentos, jardines, estanques, cines, museos, librerías, etc. En el teatro del malecón representan Las Confesiones del Pene; espero que sea mejor que Las Confesiones de la Vagina que vimos en España.
    El Malecón 2000 tiene rincones muy agradables; es un remanso de paz en contraste con el ajetreo del resto de la ciudad. El centro de la ciudad, es decir, los alrededores del parque Bolívar, pide a gritos una zona peatonal.

20 de junio, domingo

    Douglas Chang, de Centro Viajero, nos traslada en una buseta hasta el aeropuerto de Guayaquil para tomar el avión de TAME hacia las Islas Galápagos, también conocidas como las Islas Encantadas.
    Aterrizamos en el aeropuerto de Baltra -una minúscula isla al norte de Santa Cruz- y subimos a un autobús que nos conduce hasta el extremo sur de la isla donde pasamos a Santa Cruz en una panga. El tramo por mar apenas alcanza los trescientos metros. La cobradora de la panga se ha inventado un truco para ganarse un sueldo extra: cobra a todo el mundo, pero se olvida de dar el recibo a unos pocos.
Interior del aeropuerto de Baltra
    Cuando ponemos pie en Santa Cruz tomamos otro autobús. Cuidadito con el que se elige porque aquí no hay un solo cartel y nadie avisa de nada. El cobrador de una buseta me pregunta si vamos a Puerto Ayora, le digo que sí y me señala un pequeño autobús moderno. Subimos y nos sentamos. Caramba, qué magnífico autobús de línea, me digo. Por si acaso, preguntamos a otros pasajeros si se trata del autobús que nos lleva a Puerto Ayora y enseñamos nuestro billete, comprado en el aeropuerto. En efecto, va a Puerto Ayora pero este autobús no se corresponde con el billete, no es el autobús de línea. Bajamos rápidamente y preguntamos por el de línea, nos señalan un autobús desvencijado que vemos desaparecer tras una curva, a cien metros de distancia. Afortunadamente, el voluntarioso chofer de otro autobús nos sirve de taxi y comienza la persecución.
    Alcanzar semejante tartana rodante es más complicado de lo que imaginábamos, el autobús tan sólo nos lleva cuatrocientos metros de ventaja pero el nuestro se muestra incapaz de atraparle. Pensamos que va a ser tarea imposible hasta que la distancia se acorta cuando se enfrenta a una cuesta, se para justo en medio, seguramente porque ha visto las ráfagas de luces del nuestro. Por fin subimos al desvencijado autobús de línea que nos conduce hasta Puerto Ayora.
    Todo este trasiego se complicaría si lleváramos grandes maletas; afortunadamente mi mujer y yo viajamos siempre con equipaje de mano, lo que facilita cualquier desplazamiento y evita la pérdida de las maletas.
    Garúa ligeramente en el centro de la isla, algo habitual en esta época del año. Es curioso el contraste de vegetación de la zona norte, casi inexistente, y el centro de la isla, un manto verde allá donde se mire.
    En Puerto Ayora nos alojamos en el hotel Sol y Mar. Las habitaciones en primera línea de mar están todas ocupadas, así que nos conformamos con una sencilla habitación al otro lado de la carretera. En el rellano de entrada a la recepción nos recibe un pelícano que anda tan campante entre la gente, como si fuera de la familia. Los cangrejos zayapa adultos resaltan su vivo color rojo sobre las rocas negras de las orillas y tres o cuatro iguanas pequeñas se solean entre las mesas y sillas de la terraza del hotel.
    A pocos metros de nuestro alojamiento se halla la estación Charles Darwin, financiada por España y otros países. Aquí intentan preservar la fauna salvaje de las islas para que siga siendo un lugar único en el mundo.
    Hoy es domingo y muchas tiendas están cerradas, hay muy poca actividad. No resulta fácil encontrar un restaurante abierto.
    Después de comer nos dirigimos andando hasta Bahía Tortuga. Está señalizada y dentro de una zona protegida, para ingresar hay que registrarse en un libro y salir antes de las seis.
    Recorremos un paseo de piedra muy pintoresco, construido sobre un paisaje de lava y arbustos espinosos, parece La Gran Muralla china en miniatura. Las lagartijas, cucuves y pinzones son habituales transeúntes del paseo.
    En la playa apenas hay diez personas, todos extranjeros. Algunos practican surf con sus tablas y la mayoría pasean por la blanca y gruesa arena. Los pelícanos realizan frecuentes planeos a muy pocos metros sobre nuestras cabezas siguiendo una trayectoria paralela a la costa. Caminamos hasta los mangles donde algunos pelícanos descansan en las ramas.
De camino hacia Bahia Tortuga
    En el camino, muchas iguanas marinas, negras como el carbón, se solean formando pequeños grupos. Apenas se inmutan ante nuestra presencia aunque todas están pendientes de nuestros movimientos. Algunos grupos de iguanas ocupan todo el camino y tenemos que dar un rodeo para no molestarlas.
    Ahora el camino bordea el agua y nos topamos con un piquero de patas azules que está sobre una piedra que define los límites del camino. Cuando llegamos a su altura pensamos que escapará, pero no, simplemente nos vigila con cierto recelo pero no levanta el vuelo. Nos permite acercarnos a menos de un metro. ¡Increíble!
    Cuando regresamos a Puerto Ayora advertimos en la lejanía la silueta del barco que va ser nuestro hotel durante la próxima semana: el Galápagos Legend.
    Por la noche, hay una gran animación en el puerto; los lugareños celebran alguna fiesta. Los coches eléctricos son muy solicitados por los niños. La cuidadora de los coches controla el tiempo consumido con precisión milimétrica con varios relojes sobre su muñeca.
    Nos acostamos a las diez y media. Ojeo el libro sobre el viaje que Darwin realizó en el Beagle. Me parece alucinante las edades a las que embarcaron el Capitán Fitzroy y Darwin, poco más de veinte años. Hoy es impensable que a gente tan joven se dé tamaña responsabilidad. Y no se puede decir que no estuvieran preparados; ambos cumplieron con creces la encomienda.

21 de junio, lunes

    Nos levantamos a las siete y media y desayunamos en El Chocolate: patacones, dos huevos, jugo de maracuyá, y queque casero de chocolate. De rechupete.
Grulla de lava al acecho
    Los patacones los cocinan a partir del plátano verde barraganete; con él elaboran también los chifles. El plátano orito es el más pequeño y tiene fama de ser el más sabroso.
    Garúa ligeramente, así que tomamos un taxi para recorrer los 300 m. que nos separan de la parada del autobús, en la plaza del pueblo.
    Mientras esperamos al autobús de línea, nos lo pasamos en grande observando a una grulla de lava mientras caza juveniles de cangrejo zayapa; los carramarros parecen que estuvieran jugando al escondite. La grulla tiene más éxito cuando opta por quedarse completamente inmóvil, entonces sí, por fin, logra atrapar un pequeño cangrejo.
    Las iguanas marinas comienzan a desperezarse en el paseo del muelle.
    Nuestro autobús llega con retraso al aeropuerto de Baltra pero aún no ha aterrizado el avión de Guayaquil, así que somos nosotros los que esperamos al resto de pasajeros del Legend.
    Charlamos con algunos de los guías del barco, parece que no seremos muchos al principio: unos treinta y cinco turistas hasta el jueves y a partir del jueves unos cien. De los treinta y cinco, sólo cuatro nos expresamos en la misma lengua que Cervantes.
    Van llegando los pasajeros. Hay australianos, austriacos, canadienses, ecuatorianos, estadunidenses y turcos.
    Del muelle al barco nos trasladan a nosotros y a las maletas en panga. Nada más llegar al barco nos dan inmediatamente las llaves y nuestras maletas ya nos están esperando a pie de camarote. La habitación es más amplia de lo esperado.
    De cara a las comunicaciones nos dividen en dos grupos: los de habla española, nosotros dos; y los que hablan o entienden inglés, el resto.
    La tripulación parece muy eficiente. Dyalis es la directora de crucero, es una mujer joven, pequeña, atractiva, de mirada a veces franca, a veces maliciosa y de rápida inteligencia.
    La primera actividad del día es un simulacro de alarma, cuando suena la alarma subimos con nuestros salvavidas puestos y nos reunimos en un punto predeterminado del barco.
    Nuestro guía, Dries, nos da unas clases de urbanidad ecológica: no podemos salirnos de los senderos marcados, ni llevarnos nada de la isla, ni acercarnos demasiado a los animales, etc. Ah, y en el caso de tener un apretón hay que volver al barco, ya que las heces pueden dejar semillas en la isla.
    Después de almorzar visitamos la primera isla: Seymour Norte. El desembarco seco en esta isla es espectacular: hay lobos marinos ocupando parte del camino y alrededor de la barca; sobre nosotros una fragata en suspensión a menos de metro y medio de nuestras cabezas; pelícanos zambulléndose como si fueran bombas cayendo al agua. Nada más poner el pie en tierra, un lobo marino me da un bufido del demonio. Buen comienzo, ¿no?
Piquero de patas azules
    La isla está llena de vida. Los piqueros de patas azules anidan sobre el suelo, sin nido, y da la sensación de desorden total, como si hubieran desperdigados muñecos de trapo en forma de pájaro por todas partes.
    Vemos la primera iguana terrestre, mayor que las marinas y de más colorido. Algunos lobos marinos tienen heridas en carne viva, son mordiscos de tiburones, siempre en la espalda.
    Cuando regresamos a la panga nos topamos con un cachorro de lobo marino, está casi en los huesos, se le ve desesperado, por alguna razón ha sido abandonado por su madre y vaga perdido hacia la orilla dando tumbos. Su destino es ser alimento para los tiburones o morir por desnutrición. Dries dice que debemos dejar que la naturaleza siga su curso, así que no hacen nada por ayudarlo. Sólo intervienen en caso de que el desaguisado sea debido a la intervención humana, como es el caso de las tortugas. Así que, con mucha tristeza, dejamos al pobre lobito, abandonado a su suerte.
    Es increíble la cantidad de vida que la naturaleza despliega cuando no es afectada por el depredador hombre.
    Poco antes de cenar, a eso de las 7:40 nos reunimos con nuestro guía Dries, quien todo de blanco y bien repeinado nos comenta las actividades de mañana. Básicamente se trata de darnos a conocer el tipo de calzado a utilizar y los animales que veremos. Para finalizar, nos proyecta un video de apenas un minuto con algunas imágenes de la isla del día siguiente.
    Luego bajamos a cenar y compartimos mesa con una pareja, ella se llama Juanita, ecuatoriana, y él es de origen egipcio y viven en Miami. Andarán cercanos a los ochenta años y son ¡recién casados! Lo más divertido del caso es que Juanita apenas chapurrea el inglés y él no tiene ni idea de español. No comprendemos como se entienden. Misterios de la vida.
    A nuestro lado cena una joven pareja, él es piloto americano, y ella es de Cuenca, una morenaza, guapísima, de curvas perfectas, sonrisa fácil y voz meliflua, trabaja en la recepción de un hotel de su ciudad. Parece que se conocen desde hace algún tiempo y han decidido que este crucero debe servir para apuntalar su relación o romper definitivamente. No tengo la menor duda de que lo pescará, a pesar de que a él se le ve serio y reservado, hablan poco, pero estoy convencido de que un cuerpo como ese puede derribar cualquier obstáculo. Ya lo creo.
    La cena consiste en un menú concertado durante la comida; no suele haber problemas para repetir de cualquier cosa. Nuestro joven camarero, Hugo, es de pocas palabras, pero muy voluntarioso y trata siempre de que no nos falte de nada.
    Por cierto, éste no es un crucero de lujo, por tanto, no hay que preocuparse por la indumentaria a la hora de la cena, con unos vaqueros y una camiseta o camisa no desentonas; aparecer vestido de gala sí que llamaría la atención.

22 de junio, martes

    Amanecemos dentro del cráter hundido de la isla Genovesa. A las ocho hacemos un desembarco seco.
    Nuestro grupo es muy reducido comparado con los grupos de habla inglesa. Sólo somos tres parejas: los recién casados de la tercera edad, la posible pareja (la chica estupenda de Cuenca y el piloto) y la pareja que está en su mejor edad, o sea, nosotros.
    Antes de desembarcar damos un repaso en panga a la pared del antiguo cráter. Vemos pájaros tropicales y un lobo peletero bastante escondido, ya que son nocturnos.
    Una vez en tierra, encontramos muchos piqueros enmascarados y de patas rojas que anidan en los arbustos, a diferencia del de patas azules. Vemos también miles de petreles de la tormenta. Y no hay suerte con el búho, ni rastro de él.
    La abundancia de pájaros sobre los pequeños árboles sin hojas es tan grande que me recuerda escenas de la película de Hitchcock Los pájaros.
    Estas islas las utilizaron los piratas como escondite y provisión de tortugas, ya que aguantaban mucho tiempo sin comer ni beber, lo que las convertía en inmejorable fuente de alimento para las travesías. Las Islas fueron poco importantes porque carecían de agua dulce. En 1832, el Presidente las reclamó para Ecuador. José de Villamil fue el que más se preocupó por las Galápagos. No fue buena idea enviar aquí a reclusos, hubo motines y crearon muchos problemas. Esto está muy bien descrito en el libro "Galápagos, el fin del mundo" de William Bibi.
    Hoy el sol no atiza demasiado y comemos en el exterior del buque.
Fragata llamando a la hembra
    Después de comer, a las 15:30 hacemos un desembarco húmedo sobre Bahía Darwin. En la playa nos esperan como siempre, nunca faltan, los lobos marinos. Hay muchas gaviotas emparejadas y fragatas inflando su pecho rojo para atraer a las hembras. Vemos una iguana marina en el agua, regresando a tierra después de darse un festín de algas.
    No nos hemos apuntado a lo del buceo superficial y creo que hemos hecho mal, el agua está algo fría pero con el traje de goma no parece que nadie se queje, así que en cuanto regresemos al barco alquilaremos dos equipos. Al grupo de de jubilados que hacen buceo se les ve bastante excitados, dicen que han visto seis tiburones pequeños.
    Mientras esperamos en la playa a que terminen de bucear, observamos la vida que hay a nuestro alrededor. Estoy sentado sobre un tronco de árbol tirado en la arena. Detrás nuestro, a medio metro, hay una pareja de gaviotas con una diminuta cría que se está comiendo un calamar. Junto a mí, a menos de medio metro, un piquero sentado sobre el mismo tronco que yo.
    Un lobo marino macho se acerca a la manada que cuida el macho dominante, en cuanto se da cuenta se aproxima a él y le expulsa con gritos y actitud desafiante. El caso es que todos andamos pendientes de sus andanzas ya que están literalmente luchando entre nosotros. Y uno se pregunta: si los machos dominantes cuidan de diez o quince hembras, habrá muchos machos que se queden sin catarlo, ¿no? Efectivamente, estos machos constituyen colonias exclusivas de machos, hasta que sean lo suficientemente fuertes para luchar por un harem.
    No paro de asombrarme de la ausencia total de miedo que muestran todos los animales de las Galápagos. Impresionante, la verdad.

23 de junio, miércoles

    A las ocho menos cuarto dejamos el barco para visitar La Española. En el trayecto en panga hasta el muelle de Punta Suárez nos acompañan multitud de lobos marinos jugando y saltando sobre las olas, se diría que se muestran contentos al vernos.
    La Española nos recibe con una agradable temperatura y algo de garúa, ideal para pasear.
    El estrecho malecón de cemento donde atracamos está ocupado por lobos marinos que hay que sortear con cuidado. Las hembras y los juveniles no suelen dar problemas, los machos dominantes ya es otro cantar, los guías se suelen ocupar de ellos, generalmente les espantan chocando dos chalecos salvavidas.
    Sobre la arena dormitan cientos de iguanas amontonadas. éstas tienen manchas rojas y son más grandes que las de La Genovesa.
    El recorrido de hoy discurre entre piedras de lava y vegetación compuesta por árboles que no sobrepasan los tres metros. Aquí las hojas aún están verdes.
Albatros en pleno cortejo
    Sobre las piedras redondas del camino abundan los pequeños lagartos, son territoriales y se diferencia claramente el macho de la hembra en los colores y en la corpulencia.
   En los arbustos, a ambos lados del camino hay muchos nidos con piqueros enmascarados.
    Dries camina en cabeza y nos hace una seña. Sobre las piedras del camino, dos metros hacia delante, surge la primera sorpresa del día: una culebra de metro y medio, muy delgada, inofensiva. Se desplaza lentamente y se aparta para que podamos pasar, tampoco se inmuta demasiado ante nuestra presencia.
   Y por fin damos con los elegantes albatros. En una campa vemos una docena de parejas en plena danza nupcial. Se colocan uno enfrente del otro y mueven sus cuellos arriba y abajo. Finalmente acaban con un curioso brindis al cielo. El espectáculo es tan atractivo que permanecemos largo tiempo observándoles.
    En diciembre marchan al norte de Perú y siguen alimentándose hasta abril. No descansan en tierra sino sobre el mar. Para dormir hacen como los delfines: desactivan medio cerebro y la otra mitad permanece alerta. Para alimentarse vuelan hasta la costa de Ecuador; gastan muy poca energía, como las fragatas.
    Dejamos los matorrales y entramos en una zona más despejada. Aquí hay que tener mucho cuidado donde se pone el pie, es fácil pisar un piquero de patas azules, los hay por todas partes, por fuera y dentro del camino. Los piqueros tienen uno o dos polluelos pero solo uno sobrevive, generalmente uno de ellos mata al otro.
    En el sendero, lejos de la zona de los albatros, encontramos un huevo de albatros roto y con el polluelo aún vivo, pero abandonado. Se lo advertimos a Dries y viene rápido a comprobarlo. Demuestra un gran interés por la naturaleza y por su trabajo.
    En la publicidad de los viajes a las Galápagos se asegura que los guías son naturalistas de I, II o III nivel y que cuentan con estudios universitarios sobre vida animal. En la práctica esto no es cierto, ya que para ejercer de guía es más importante el conocimiento de idiomas, sobre todo el inglés. Dries nos confiesa que él es sicólogo y ha estudiado la vida animal de las Galápagos sólo tres meses. Eso sí, sus conocimientos son más que suficientes para responder con convicción a la mayoría de nuestras preguntas. Hay otros guías, como Willy, que va sobrado de conocimientos, tiene carrera universitaria y realizó su tesis sobre la modificación del comportamiento de los lobos marinos ante la presencia humana. éste es otro a quien se le ve feliz, realmente disfruta con su trabajo.
    De regreso a la panga, otra sorpresa, en las aguas someras, cristalinas, una tortuga marina nada a pocos metros de la panga.
    Al llegar al barco nos limpian los pies con una manguera y nos reciben, como siempre, con un tentempié.
    Descansamos un poco en la habitación hasta las doce y media, hora de la comida bufé.
    Nuestro atraque de hoy en San Cristóbal está condicionado a las protestas de los pescadores.
    Los pescadores artesanales galapagueños están desesperados, no saben cuándo comenzará la pesca de holoturias y exigen que el Tribunal Constitucional emita un pronunciamiento final sobre el tema. Sus capturas están limitadas a cuatro millones de ejemplares, sin embargo los pescadores piden mayor cupo. Hay huelgas y disturbios por este motivo.
    Según Dries, la holoturia cuando se hierve se queda en nada, como las sepias, y además no tiene gran sabor, sabe a la salsa con que se acompañe, pero ya se sabe, dicen que tiene propiedades afrodisíacas y tiene una demanda enorme, sobre todo en Japón, donde se consume en una sopa llamada trepang y en un tipo de sushi conocido como namako.
    En el trayecto en panga hacia el muelle vemos muchos pelícanos alrededor de las lanchas de pescadores a la búsqueda de alimento fácil.
    Desembarcamos en Puerto Baquerizo Moreno, capital de la isla San Cristóbal, para visitar el Centro de Interpretación. Luego nos llevan en una buseta al centro del pueblo, por si queremos hacer alguna compra. Sólo compramos maracuyás, mi fruta preferida.
    Hay muchos lobos marinos en la playa y los niños parece que se preparan para un festival ya que están vestidos con sus mejores galas y las niñas van maquilladas.
    En la cena de hoy repito el ceviche de pescado, está de muerte. También hay bábaco. El camarero me trae más papaya, especialmente para mí. Se está ganando la propina a pulso.

24 de junio, jueves

    Nos despiertan a las seis y desayunamos a las seis y media. Hoy se marchan los del crucero corto y embarcan más pasajeros, de treinta y cinco que estábamos nos quedamos doce y entran noventa pasajeros nuevos.
Rayas doradas en formación
    A las siete y media, el grupo de los doce nos vamos con Willy en una panga hacia la caleta de la Tortuga Verde, en la isla de Santa Cruz, es una zona de manglares.
    Mientras nos aproximamos observamos las playas de los alrededores, llenas de lobos marinos.
    La primera sorpresa al acercarse a los manglares es un tiburón martillo pequeño, como de un metro de longitud. Según Willy es la primera vez en sus quince años de guía que ve un tiburón martillo en esta zona.
    Paramos el motor y remamos para no hacer ruido. Nos adentramos en el manglar, que es como una especie de estanque, la superficie del agua está como una tabla. Esto tiene un aspecto de ser un paraíso para la pesca.
    Es increíble la cantidad de vida que hay en estos manglares, no pasa medio minuto sin que se vea una tortuga, tiburones de punto blanco pasan debajo de nuestra panga, grupos de rayas doradas, otras rayas blancas y negras y peces de todos los colores y tamaños, desde diminutos hasta de varios kilos.
    Por supuesto, siempre omnipresentes, los pelícanos zambulléndose como un rayo en las aguas o planeando sobre el agua, con un extremo del ala rozando la superficie del agua. Me ha encantado este lugar, me podría pasar horas observando los animales.
    Una vez de vuelta en el buque, subimos a cubierta a tomar el resol, ya que afortunadamente el cielo está algo cubierto y la temperatura ronda los veinticinco grados centígrados.
    Mientras descansamos en cubierta aparece la nueva remesa de huéspedes del Legend. Cuando toca la hora del almuerzo vemos la diferencia entre treinta y cinco y noventa personas. ¡Vaya follón!
    Nos han reubicado en una mesa de cuatro, con nosotros comparten mesa Marta y su hijo Francis, ambos ecuatorianos. Marta es de piel muy blanca y su hijo de once años es morenito. Al parecer fue el fruto de una fogosa e intensa noche de su adolescencia.
Vista desde la cumbre de Bartolomé
    A las cuatro y media desembarcamos en la isla Bartolomé para subir hasta la cumbre y divisar un magnífico panorama de las islas aledañas. Luego viene lo mejor, bajamos a la playa a practicar buceo superficial. Cerca de la orilla, donde empiezan las rocas, se observan multitud de peces de colores. Lorenzo, que es todo un machote y se ha metido solo con bañador y gafas, grita desde lejos que hay una tortuga grande. Según me acerco a él compruebo que en el fondo se mueve una forma oscura bastante grande. En efecto, es una tortuga marina de unos cincuenta kilos y me resulta espectacular ver a semejante bicho tan de cerca. De reprente, mira hacia nosotros y comienza a subir muy despacio, viene en nuestra dirección y por un segundo pienso en un ataque pero no, sólo trata de subir a respirar para seguir con su tarea de ramonear el lecho marino. A pocos metros se divisan otras dos tortugas mucho más pequeñas.
    Estoy entusiasmado con la experiencia, había probado el buceo superficial en otros lugares, cerca de barreras de coral incluso, pero nunca había visto semejante abundancia de vida marina.
    Cuando subimos al barco, nos limpian con una manguera los pies y guardamos el equipo de buceo en nuestra habitación.
    Esta noche es la primera que vemos el cielo despejado y estrellado.

25 de junio, viernes

    Desembarco seco en Punta Espinosa, Fernandina. Es una zona muy volcánica, de lava negra basáltica. Nos topamos, como siempre, con algún lobo marino que nos espera en el embarcadero. Hay iguanas marinas amontonadas en grupos de cientos de individuos. Éstas son más grandes que las de otras islas, su tamaño es función de la abundancia de alimento.
Iguanas marinas de la Fernandina
    Por primera vez vemos los cormoranes de las Galápagos, única especie de cormorán en el mundo que es incapaz de volar. Por el contrario son excelentes nadadores.
    Mientras uno de los cormoranes intenta alimentar a su cría, una fragata trata de robarle el alimento. Esta parece ser la razón de que hayan perdido la capacidad de volar. Se supone que hace millones de años los cormoranes de estas islas volaban grandes distancias para conseguir su alimento, sin embargo, al llegar al nido eran atacados por las fragatas y en muchas ocasiones lo perdían; esto provocaba un enorme gasto de energía baldío, así que cada vez, comenzaron a buscar los peces más cerca, ahora los pescan a pocos metros del nido, que casi siempre está situado cerca de la línea de pleamar.
    Podemos observar dos tipos de lava: la ah-ah o tipo hawaiano, porque los nativos que andaban descalzos sobre ella decían ¡ah, ah! -por el dolor- y otra más fluida, la pahoe hoe.
    Los pingüinos son difíciles de ver, sólo distinguimos uno y en el agua.
    La mar está muy tranquila, como una tabla, y si se mira la superficie se ven las cabezas de las tortugas marinas cuando emergen para respirar. Sobre el agua flotan multitud de pufinos.
    Esto de ir con más gente, a veces es un rollo; a mi mujer se le pega uno que le habla de Dios; y es que él era un desgraciado, un maleante, un antisocial, drogadicto y mujeriego, pero un día se le apareció Dios y su vida cambió: hoy es un hombre nuevo, ahora visita los hospitales para dar esperanza a los enfermos de cáncer, de sida, etc. Y digo yo: ¿A qué espera Dios para multiplicar las apariciones?
    Un catalán se pega a mi vera: "La burbuja inmobiliaria algún día estallará y los catalanes, que no confiamos en los fondos ni en los bancos y tenemos nuestros fondos de pensiones invertidos en el mercado inmobiliario, ¿qué haremos cuando la burbuja pinche? Y seguro que esto pinchará, ya ha pasado en otros países, pero aquí será terrible, dependemos tanto del sector de la construcción... ¿qué será de nosotros, los catalanes, entonces?..."
    Por la tarde navegamos hacia Caleta Tagus para subir por un camino de madera hasta una atalaya desde donde se contempla una magnífica vista de la Isabela, que tiene mayor valor geológico que animal ya que es muy volcánica. Para desembarcar, nuestro guía se las tiene que ver con un lobo marino macho bastante grande que ocupa el estrecho sendero.
    En esta isla se introdujeron animales domésticos que afectaron a la fauna autóctona. Los chivos tuvieron que ser asesinados a balazos y se introdujo un chivo judas en torno al que se agrupaban los demás. También se emplearon métodos de detección electrónica para dar con ellos. Se supone que ya están erradicados.
    Luego damos una vuelta en panga por los acantilados: vemos muchos pelícanos, piqueros de patas azules, cormoranes, lobos marinos, iguanas y garzas de lava.

26 de junio, sábado

    En Puerto Egas hacemos un desembarco mojado. Nuestro grupo, los cormoranes, sale el último en esta ocasión. En los crotos vemos dos lobos marinos de dos pelos, gritan diferente a los otros. Los peces de colores son espectaculares; el pez payaso es muy frecuente.
Lobo marino recién nacido
    Un lobo marino recién nacido, de pocas horas, nos encandila a todos con sus loberías; su madre lo olisquea cada cinco segundos, parece que es muy importante que la madre se familiarice con su olor, es su manera de reconocerlo en el futuro.
    Hacemos buceo superficial desde la playa. La cantidad de fauna es increíble: vemos dos tiburones pequeños, una tortuga y multitud de peces, algunos de colores fosforescentes. Me meto dentro de un cardumen de miles de peces, y me veo completamente rodeado de ellos. Espectacular. ¡Y todo a menos de cien metros de la orilla!
    Sorpresa a la hora del almuerzo: hoy toca comida ecuatoriana y la mesa está adornada con multitud de figuras realizadas con mantequilla, sandias, papayas, etc. Representan monstruos, lobos marinos, patos, etc.
    Por la tarde desembarcamos en La Rábida. Damos un pequeño paseo por la playa de arena roja. Vemos los pelícanos en sus nidos y una laguna donde antes venían los flamencos. Después del fenómeno del Niño, la salinidad de la laguna cambió y se marcharon los flamencos y los pelícanos. Con el paso de los años, los pelícanos han vuelto a anidar, sin embargo, los flamencos se muestran aún reticentes.
    Practicamos buceo superficial con una temperatura de agua poco agradable, a pesar del traje de neopreno. Vemos cardúmenes de peces payaso y ejemplares aislados de vivos colores, En realidad, no hay que nadar muy lejos, hay multitud de ellos a menos de diez metros de la orilla. Los lobos marinos siguen jugando entre nosotros.
    Una de las pangas encalla en la arena y echo una mano para sacarla. Al llegar al barco siempre nos esperan con una manguera para limpiarnos las sandalias. Tiene dos finalidades: que no ensuciemos el barco con arena y que no transportemos semillas de isla en isla.
    Al regresar al barco nos espera una fiesta de helados otra vez. Dyalis, con su simpatía habitual, hace de anfitriona.
    Hoy pasa algo curioso, el barco se pone a toda máquina antes de la hora de cenar, lo habitual es que navegue después de cenar, pero hoy ha empezado antes. La causa es que una persona de la estación Darwin tiene dificultades respiratorias por causa del polen, y por esa razón le llevan al hospital de Puerto Ayora. El resultado es que más del treinta por ciento del pasaje está mareado, se nota en las sillas vacías a la hora de cenar. Ceno solo, mi mujer, Marta y Francis permanecen en la habitación.

27 de junio, domingo

    Visitamos la Estación Darwin en Puerto Ayora. Tratan de repoblar las islas con sus tortugas terrestres autóctonas. Las tortugas han sido uno de los animales más castigados por el desarrollo humano. Antiguamente se utilizaban para sacar aceite para alumbrado, unos cuatro litros por ejemplar. También servían como almacén de carne en las largas travesías, ya que aguantaban sin comer ni beber mucho tiempo. En la estación Darwin las crían hasta que tienen cinco años; después, las dejan en libertad en su isla correspondiente.
    El inquilino más famoso de la Estación Darwin es George, una tortuga centenaria, última representante de su especie. Para no perder el linaje, intentan cruzarle con alguna hembra de una subespecie. Han intentado de todo sin éxito. O el bicho es impotente o su esperma es de baja calidad.
Tortuga terrestre de la hacienda Primicias
    Los cactus de Santa Cruz son impresionantes, parecen árboles, la razón es que hay más vegetación que en el resto de islas y han tenido más competencia para llegar a la luz, por esta razón son más altos. También, cuanta más alta es la planta es menos vulnerable a los ataques de los animales.
    Por la tarde, desembarcamos de nuevo en Puerto Ayora para pasear por el rancho Primicias, una hacienda situada en el centro de la isla donde vemos tortugas en libertad. Esta zona es muy verde y húmeda y sólo estamos a diez kilómetros de la costa. Nos informan que en esta época veremos pocas tortugas hembras; se han marchado a poner los huevos cerca de la costa, buscando unas condiciones mejores de temperatura y de humedad.
    En la hacienda nos invitan a fruta: maracuyás, toronjas sabrosísimas, bananas y guayabas.
    Vemos también un túnel de lava. Aquí vienen los búhos a regurgitar los restos de sus presas y gracias a ello se ha encontrado restos de algunos animales hoy extintos, como las ratas endémicas de las Galápagos, extinguidas por las enfermedades que trajeron las ratas del continente.

28 de junio, lunes

    Triste día: dejamos el Legend, que ha sido nuestra casa durante siete días inolvidables. Hoy no hay orden de salida para desembarcar, se sale cuando se quiera. Hay mucha gente atareada haciendo las maletas en el barco.
Playa de Bachas
    La única actividad de hoy es visitar la playa de Bachas, de aspecto paradisíaco. Para rematar, el cielo se despeja y luce el sol. En una pequeña laguna vemos un flamenco. Antes del fenómeno del niño eran más abundantes, ahora ha disminuido mucho su población, ¡tanto que sólo vemos uno! El color rosa de su plumaje se lo da los pequeños crustáceos que recogen en el lodo. Han probado con otros colorantes pero el flamenco sólo toma el color rosa. Los polluelos son siempre blancos ya que el flamenco regurgita y escoge lo que no es rosa para dárselo a los polluelos.
    Cuando regresamos al barco nos dan un sanduche en cubierta y seguidamente bajamos a las pangas para ir hacia el muelle. Mientras esperamos a la buseta, una cría de lobo marino se tumba al lado de nuestro equipaje de mano. Apenas nos llama ya la atención, estamos acostumbrados a ellos tanto como ellos a nosotros.
    Una vez en el aeropuerto de Guayaquil, nos interesamos por los precios de los coches de alquiler; la agencia Localiza nos pide sesenta y tres dólares diarios por un Nissan de buen tamaño. Lo pensaremos.
    En Guayaquil nos alojamos en las espaciosas habitaciones del Palace. Entrevistamos a varias personas que nos puedan servir como chofer en el resto del viaje. Después de las entrevistas somos de diferente opinión, mi mujer prefiere alquilar el carro con chofer y yo sin él.
    Los interesados tratan de meterte miedo diciendo que las carreteras son muy malas y sin señalización, que hay mucha circulación, que hay que cambiar no sé qué dispositivo del motor debido a la altitud, que te pueden robar o balear, etc. Y te cuentan historias de sucesos que supuestamente han ocurrido a turistas. Como comprobaremos más tarde, las carreteras están casi vacías y la seguridad, al menos en la sierra, es muy grande; además, nadie te asegura que el chofer que contrates conduzca de manera más prudente que uno mismo... ni que conozca realmente las carreteras. No hay que hacer caso a las historias que te cuentan, con un poco de sentido común, Ecuador es bastante más seguro que circular por España.

29 de junio, martes

    Mi mujer aún prefiere que llamemos a Jorge Valdés, así que claudico y le llamamos, nos pide cien dólares diarios más la gasolina y le ofrezco ochenta dólares, todo incluido. Acepta. Nos pide media hora más para cambiar las gomas. Para matar el tiempo, damos una vuelta por el Malecón 2000 y nos quedamos maravillados de la variedad de árboles del paseo.
    A las nueve y media se presenta en la entrada del hotel con gomas nuevas. El coche es un VW Polo tres volúmenes con pocos kilómetros. Salimos. Al de pocos minutos se para en una gasolinera a llenar el depósito y suelta tímidamente que si puede llevar a su mujer. Lo consulto con la mía y, yo también, tímidamente, le respondo que no. Entro en el baño y cuando salgo me presenta a su mujer que por lo visto estaba esperando en la gasolinera. Una mujer bastante guapa, morena, veinte años más joven que el pillo de Jorge Valdés. Los dos ponen cara de buenos pero la decisión está tomada. Lo siento, Jorge.
    A tan solo cuatro kilómetros del centro, la carretera apenas tiene circulación, el firme es bueno y la calzada es amplia. Pasamos por plantaciones de café, cacao, arroz y por supuesto, banana.
Parque nacional Cajas
El tráfico es tan escaso que la mitad de la carretera la utilizan para esparcir y secar los granos de cacao. Vemos algunos puestos de venta de fruta a ambos lados de la carretera.
    La subida al Parque Nacional Cajas cruza bellísimos paisajes. En el parque, que está a más de cuatro mil metros de altura, hay niebla y garúa. Infinidad de estanques salpican el paisaje. Salimos a hacer unas fotos y sentimos el soroche de inmediato, lo más notorio es la necesidad de respirar por la boca y un ligero mareo, como si uno estuviera débil, anémico.
    En Cuenca (2550 m. de altura) nos alojamos en un hotel colonial: el Inca Real. Cuenca es una ciudad deliciosa, de ritmo tranquilo, cuidados edificios coloniales y una intensa luminosidad. Aquí sí se ven bastantes turistas por la calle.
   El parque Calderón es un buen lugar para iniciar el recorrido por la ciudad.
    El agua del río Tomebamba baja en ejarbe. A pesar de lo bravo y salvaje que parece, sus aguas están tan contaminadas que ya no hay pesca en él. En sus orillas trabajan las lavanderas, que lavan la ropa en el río golpeándola contra las piedras.
   Entramos en la tienda de sombreros Barranco, al lado del río. Somos los únicos visitantes y amablemente nos enseñan la tienda y además, nos conducen hasta la terraza para ver una magnífica vista de la ciudad a la otra orilla del río.
    Mientras caminamos por al lado del río en busca de las ruinas incas, nos encontramos con la pareja de enamorados del Legend, ella es de aquí y él es americano. Parece que siguen juntos y se les ve bastante felices.
    Visitamos el mercado de carne y frutas. Compramos unas granadillas, maracuyás, naranjas, duraznos y chirimoyas, enormes en Ecuador. Cenamos fruta, claro está.

30 de junio, miércoles

    Salimos a las nueve en dirección a los pueblecitos de Gualaceo y Chordeleg. Cuando llegamos a Gualaceo aún no hay movimiento de gente en el mercado, con lo que podemos observar las mercancías a placer y preguntar por los nombres de muchos productos que desconocemos.
    Las papayas abundan en el mercado, de todos los tamaños, desde diminutas como una pera hasta gigantes de cuatro kilos. Dentro del mercado asan unos chanchos enormes y ante nuestra expresión de asombro, nos dan un pedazo para probar y está estupendo, ya lo creo.
Tejiendo en Chordeleg
    En Chordeleg hay mucha joyería, parece increíble, pero ni una sola tienda dispone de guarda de seguridad, ni tan siquiera el banco. Se ve que en la sierra no hay temor a los atracos. ¡Qué diferencia con Guayaquil, donde un guachimán controlaba cada esquina!
    De regreso a Cuenca buscamos el restaurante El Jardín y una lectura rápida nos hace confundirnos y nos metemos en El Jordán, un árabe aledaño.
   Por la tarde visitamos el Museo de las Culturas Aborígenes. La visita es guiada por becarios, estudiantes de turismo. Nos alucina bastante que algunos objetos, como pequeñas vasijas, pasen de manos del guía al turista, con el riesgo de rotura que esto conlleva o que el guía pise con el pie un adorno funerario precolombino como si de un tronco de leña se tratase.
    A la altura del Parque Calderón nos encontramos con que las calles están cortadas y los policías se cuentan por decenas. Al parecer, el Presidente del Gobierno está en el ayuntamiento de visita y algunos ciudadanos aprovechan para expresarle sus protestas y desacuerdo con su política.

1 de julio, jueves.

    "Especialista en sicología local y desarrollo sustentado."
    Pasear por el mercado resulta entretenido y colorista aunque las mercancías son utensilios de uso diario: fregonas, sartenes, etc. Nada que un turista suela comprar como recuerdo.
Un puesto de frutas en el mercado en Cuenca
    El Mercado de las Mujeres es mucho más interesante. En este mercado me paso diez minutos mirando cedés de música folclórica de Ecuador, Bolivia, Colombia, etc. Al final, cuando me intereso por comprar unos cuantos, el chaval que está al cuidado de la tienda me dice que los cedés son de su padre y que los copia por cinco dólares pero que no los vende.
    Salimos a las once hacia las ruinas de Ingapirca, llegamos a la una. Somos los únicos turistas en ese momento. Ingapirca está a 3230 m. y se nota cierta falta de oxígeno; lo notamos, sobre todo, al hacer algún esfuerzo extra, como subir escaleras.
   No se conoce bien la función de estos edificios, se cree que pudieron servir de fines religiosos. Lo mejor es el paseo por el camino de la derecha, fuera del recinto de las ruinas, la cara del indio esculpida en un risco está muy lograda y hay una magnífica vista con varios riachuelos al fondo de la garganta.
   Comemos en la posada de Ingapirca: sangoracha, aji, mote, trucha y pollo. El camarero que nos atiende es un adolescente y le cuesta un horror escribir. No nos extrañaría que la mayor parte de los indígenas adultos tuvieran dificultades para leer y escribir, a pesar de que oficialmente la tasa de alfabetización de los adultos es del 90%. Me cuesta creerlo.
   En Ecuador, el veinticinco por ciento de la población son indígenas que hablan quechua, sin embargo, en todo nuestro recorrido no hemos visto ni un solo cartel escrito en este idioma, ni siquiera en el altiplano. Lo que hemos notado claramente es cierta aversión entre los diferentes grupos entre sí: blancos (9%), mestizos (65%) e indígenas (25%).
    Seguimos hacia San Pedro de Alausí pasando por paisajes sorprendentemente bellos.
   Alausí es una población pequeña cuyo principal atractivo es que aquí se encuentra la estación más próxima a la Nariz del Diablo.
   Alausí no dispone de mucho alojamiento y afortunadamente tuvimos la prudencia ayer de reservar habitación, ya que escasea. Nos alojamos en el Hotel Americano, siete dólares por persona. El dueño lleva a la vez el hotel, la farmacia de al lado y trabaja de enfermero en el hospital de enfrente...
San Pedro de Alausí
No parece que tenga muchas luces, nos cuesta un horror entender lo que dice, sin embargo, visto los pluriempleos de este señor, debe ser de las mejores mentes del lugar.
    El tipo nos conduce hasta la habitación, pero desaparece sin darnos la llave. Le busco por todo el hotel, desde la cocina hasta los más recónditos cuartos y no doy con él, también le busco en la farmacia, su padre está en la entrada del hotel, pero también está más pallá que pacá y no nos entendemos. Al final, termino llevándome todas las llaves de la recepción y probándolas en la cerradura de nuestra habitación.
    Este pueblo está pidiendo a gritos un alojamiento y un restaurante decente.
   Enfrente del hotel está la clínica del Dr. Vicente Torrés: "Pediatría, gineco-obstetricia, medicina interna y cirugía general".
    En algunas paredes del pueblo se pueden ver pasquines de antiguas elecciones, se alude siempre a un número, puede ser el número de lista ya que probablemente, mucha gente no sabe leer pero sí entiende los números, de ahí la alusión a un número en vez de a las siglas de un partido.
    Alausí está en la antesala de su fiesta y por las calles circulan trenecitos con luces de colores. A partir de las ocho la gente sale a la calle a pasear. Una orquesta de viento y percusión toca donde mejor suena: debajo de los arcos del Ayuntamiento.
   Cuando volvemos al Hotel Americano nos encontramos con la desagradable sorpresa de que han cortado el agua por alguna avería.
   Cenamos la fruta que llevamos, maracuyás, aguacates, naranjas y duraznos.
   A partir de las diez y media el volumen de la música disminuye, afortunadamente.
   El hotel está repleto de turistas, todos esperando hacer el recorrido por la Nariz del Diablo.

2 de julio, viernes.

    Lo primero que hacemos nada más levantarnos es comprar los boletos para la Nariz del Diablo. El jefe de estación nos asegura que viene bastante lleno desde Riobamba.
    Al volver de la estación, pasamos delante del banco donde la cola para entrar es impresionante, todas mujeres indígenas. El colorido de sus trajes es espectacular y contrasta con las grises paredes donde se apoyan. Son gente muy tranquila y poco habladora. Siempre que hay aglomeraciones de indígenas, en los mercados o aquí, en esta cola frente al banco, nos llama la atención lo silenciosos que son.
    Esta mañana hay mucha gente a caballo, supongo que formarán parte de los festejos. Una negra, dueña de una pequeña atracción de feria, de dardos que se lanzan sobre cartas, le pide a un jinete una crin de su caballo. El jinete es reticente, no es partidario, después de muchos dimes y diretes, logra la crin, a cambio de prometerle un baile durante la fiesta. La chica quiere el pelo del caballo para hacer los dardos que emplea en su barraca.
    Después de desayunar, nos acercamos a la estación. Asombroso: el tren ha llegado puntual, nunca lo hubiera creído. Y sorpresa: los trenes no son los esperados, en realidad son dos autobuses independientes montados sobre boogies de tren; los trenes originales sólo circulan en agosto.
    El techo del autobús está repleto de gente joven. Los dos autobuses van llenos, dentro y en el techo. ¿Qué pasa entonces? Pues nada, no hay problema. Esperamos a que los viajeros que vienen desde Riobamba hagan su recorrido por la Nariz del Diablo, luego volverán a Alausí, entraremos los que esperamos en Alausí y ellos esperarán a que concluyamos nuestro recorrido para continuar después a Riobamba. Curioso,¿no? El tren es eminentemente turístico, al menos el recorrido desde Alausí hasta la Nariz del Diablo.
    Pues nada, nos toca esperar una hora.
    Subimos a la estatua de San Pedro. Desde esta altura vemos como trabajan en la plaza para tener lista las gradas para la corrida de toros de mañana. Ver una corrida de toros aquí seguro que es una experiencia interesante, lástima que las infraestructuras del pueblo sean tan escasas.
En el valle de la Nariz del Diablo
    Detrás nuestro descansan, sobre el antepecho del mirador, una pareja del servicio de limpieza, visten monos azules, ella es una veinteañera y él un cincuentón que no se corta un pelo, le propone salir juntos, la chica se muestra reticente pero no abiertamente contraria, habla con voz baja y meliflua. A saber cómo terminarán estos dos...
    En una hora los dos trenes están de vuelta. Montamos en uno de ellos. Los más atrevidos suben en el techo, que son la mayoría; un pasajero sube con el rollo de papel higiénico en las manos. Nosotros dentro, a lo seguro. El viaje vale la pena, vaya que sí. Por el fondo de la garganta discurre un riachuelo de apenas un metro de anchura, se produce un efecto óptico curioso: desde arriba, parece que el río fuera de mayor envergadura y por tanto, creemos que la altura hasta el río fuera mayor de la que en realidad es. El recorrido es espectacular, por supuesto, no faltan tramos donde parece que la tierra hubiera desaparecido debajo de las vías. Se me encoge el corazón ante semejantes precipicios, ¿quién me mandará meterme en estos líos?
    Seguimos hacia Baños pasando por magníficos paisajes. La carretera desde San Pedro de Alausí hasta Riobamba es muy buena, nivel europeo.
    Tierra de la Virgen, no conduzca como demonio.
    Almorzamos en Riobamba, una corvina al vapor en el restaurante Montecarlo.
Golpeando la melcocha
    Llegamos a Baños y nos alojamos en el hotel Palace, justo al lado de la cascada. El hotel tiene un jardín muy chévere, lleno de árboles frutales con su nombre escrito en latín: aguacate, Persea Eratissima y Persea Cratissima; mandarina, Citrus Movilis; durazno, Amigdalus Persica; limonero, Citrus Limonium; manzano, Pirus Malus; chirimoya, Anona Chirimolia. También cuenta con jacuzzi y piscina.
    Baños luce un aspecto próspero, las aceras son muy anchas y el espacio para los coches escaso. El ambiente es muy relajado, como de centro vacacional.
    Probamos un membrillo muy popular hecho de guayaba y mora; muy bueno. ¿Y qué hacen esos chicos golpeando y estirando una masa de dulce contra una estaca de guayaba en la puerta de las dulcerías?. Es la melcocha, un dulce típico de Baños que elaboran cociendo panela (jugo de la caña de azucar), agua y jugo de limón. Los alfeñiques es otro caramelo similar que no te debes perder.
    Baños es la antesala del Oriente, rodeado de verdes montañas, un lugar ideal para pasar una buena temporada disfrutando de la naturaleza. Por el pueblo circulan muchos cuadrones, me encanta estas pequeñas motos, conducirlas por caminos embarrados es una gozada. Cenamos una buena pizza en el pequeño restaurante Bella Italia. Al finalizar la cena, un grupo de música andina, nos regala el oído con tres canciones muy bien interpretadas y les compramos su cedé grabado por ellos mismos.

3 de julio, sábado.

    A las nueve andamos ya en la calle esperando a nuestro chofer, que viene con quince minutos de retraso ya que, según dice, se han demorado con su desayuno.
    Nos dirigimos hacia Puyo. Hay mucho turismo nacional en esta zona, autobuses y gente joven haciendo el recorrido en bicicleta, aunque no parece muy aconsejable si llueve, están de obras y los desvíos y algunos tramos de la carretera son un barrizal. Eso sí, cuando esté terminada está región va a ganar mucho. La selva amazónica a tiro de piedra.
La cascada El Manto de la Novia
    En la catarata "el Manto de la Novia" han instalado un sistema de teleférico que lleva funcionando ocho meses, por un dólar, ida y vuelta, se pasa a la otra orilla del río Pastaza. La experiencia es notable ya que el teleférico está descubierto y la altura al lecho del río es considerable. Pregunto al chico que opera el motor del teleférico si el sistema es seguro; me responde que no hay problema, que siempre que se rompe el cable ponen uno nuevo. ¡Ah!, me quedo más tranquilo.
    En el otro lado del río hay algunas haciendas con frutales y, Nadia, una niña de doce años, nos enseña un invernadero con más de 200 orquídeas, algunas minúsculas. Su padre también tiene un criadero de truchas arco iris donde se puede pescar. Las alimenta con balanceado para truchas.
    Seguimos hacia el Pailón del Diablo, una cascada sobrecogedora. La bajada hasta el pie de la catarata se realiza por un estrecho camino de tierra. Garúa incesantemente. El camino está muy concurrido. El balcón para asomarse y ver la cascada está abarrotado de gente, no se puede dar un paso y la fina lluvia de la cascada nos empapa a todos como si nos hubiéramos caído al río. Coincidimos con el grupo de jubilados "Paz y vida" que arman la marimorena allá donde van.
    Cruzamos el río Pastaza por un puente de catenaria muy divertido. Un cartel avisa que sólo lo pueden cruzar cinco personas a la vez, el problema es poner de acuerdo a los de uno y otro lado... imposible. El puente conduce a un pequeño bar, donde reponemos energía con un queque de chocolate. Las vistas desde el mirador son excelentes.
    Seguimos hasta Puyo dejando el río Pastaza a la derecha. La vegetación de las montañas se espesa aún más si cabe.
    Un oso hormiguero cruza la carretera.
    Puyo no tiene mucho que ver, sus calles ni tan siquiera están asfaltadas, aunque tiene un parque acuático de atracciones algo aparente. Seguro que la nueva carretera le da un impulso económico muy grande.
    Al regresar, vemos a mucha gente alrededor de un puente de la carretera. Están practicando puenting. Nunca lo había visto de cerca, así que paramos. Los protagonistas son todos muy jóvenes.
    Es divertido ver las caras de ansiedad y miedo de los que se lanzan. Una chica menudita se echa atrás justo cuando está a punto de saltar. Se lo ha pensado mejor, de nada sirven las palabras del monitor, que trata de convencerla, la chavala ama la vida y no quiere jugársela.
    Cenamos a las seis en el restaurante Mariane, muy bien. Luego paseamos por las callejuelas de Baños. Compramos unas macadamias y chocolate del país. Desde luego, el negocio que mejor funciona en este país parece ser la venta de cedés y deuvedés piratas, hay tiendas con esta mercancía por todo el país. Es el negocio de moda.
    Aunque todavía hay animación por la calle, nos volvemos al hotel, a reponer fuerzas.

4 de julio, domingo

    Durante el desayuno, una chica viste bufanda y a la vez sandalias y minifalda, curiosa combinación. La verdad es que el tiempo en la sierra es un poco desconcertante aunque nada extremo. Una camiseta y una chamarra es suficiente para hacer frente a las variaciones de temperatura del día. En Galápagos y en la sierra, la camiseta polar ha sido nuestra habitual compañera, es una prenda que abriga y no pesa nada.
    Baños nos despide con una fina lluvia. A las nueve y media ya hay bastante gente por la calle.
    Camino de San Francisco de Quito, paramos en Salasaca, cuyos habitantes son originarios de Bolivia y tienen unos tapices algo diferentes a otras comunidades indígenas.
    Una vez en Quito, visitamos los hoteles Real Audiencia y San Francisco de Quito, ambos en la zona colonial, y nos decidimos por este último. De aquí, nos trasladamos al restaurante La Jaiba Mariscos, en la ciudad moderna. La comida es sólo pasable.
    Nuestro chofer es supergracioso, parece que considera poco menos que milagroso que nos orientemos con tanta facilidad en cada ciudad que visitamos. A veces dudo que conozca la existencia de los mapas, y menos de las guías turísticas. Como una de sus hijas vive aquí prescindimos de sus servicios hasta el martes.
    Recorremos el parque El Ejido, donde los artistas locales exponen sus pinturas y también hay un pequeño mercado indígena de artesanías con puestos ambulantes.
    La iluminación nocturna de la plaza de San Francisco está diseñada con mucho gusto. Entramos en la iglesia de San Francisco, donde están oficiando misa. Cuando se termina, el cura pide voluntarios para limpiar la iglesia. Rápidamente, los hombres levantan los bancos en vertical y un ejército de mujeres con escobas barren el suelo. En pocos minutos limpian toda la iglesia y me quedo asombrado de la cantidad de basura recogida, hay botellas de refrescos, envoltorios de chucherías, chicles, etc. No sé si está cantidad de basura corresponde a una semana o a todo un mes. Pregunto a una de las señoras que limpia y me responde, con cara de ofendida, que es del día.
    Regresamos al hotel cuando ya hay muy poca gente por la calle.

5 de julio, lunes

    Hemos pasado muy mala noche, nos duele la espalda y hemos dormido mal, la cama es incómoda. Decidimos cambiar de hotel. Preguntamos de nuevo en el hotel El Patio Andaluz, un bonito hotel de cinco estrellas que han inaugurado hace seis meses, a trinta metros de la plaza de la Independencia, en la calle García Moreno. Ayer nos pedían ciento veinte dólares y hoy nos lo ofrecen por un precio más razonable: noventa dólares con desayuno y cena concertada. Sin dudarlo nos trasladamos a la habitación 220 de este recomendable alojamiento.
    Sin ni tan siquiera subir a la habitación, nos ponemos en camino hacia la Mitad del Mundo,
Complejo La Mitad del Mundo
un complejo turístico agradable y bien montado con tiendas de artesanía fina y algunos restaurantes. Lo mejor del lugar es el museo. El precio de la entrada incluye los servicios de un guía. Como en otros museos, aquí también se trata de estudiantes de turismo en prácticas. Nuestro joven guía lo hace de maravilla y nadie diría que es su primer día de trabajo. Al parecer, los fines de semana esto se llena, sin embargo, hoy apenas hay veinte carros en el parqueo. En realidad, la línea del ecuador dibujada en el suelo es errónea, la verdadera pasa por una hacienda privada donde incluso se puede observar los sentidos contrarios de giro del agua al circular por un sumidero, en ambos lados del ecuador.
   En las tiendas de artesanía es muy popular la tagua, el llamado márfil vegetal. Con él hacen collares, figuritas y artilugios de masaje. Se consigue de las semillas secas y pulimentadas de la Palma de Cade. Es originario del norte de Sudáfrica. Se parece mucho al márfil animal en la apariencia, tacto y porosidad, aunque tiene mucha limitaciones en su tamaño, ya que las semillas secas no son mayores que un huevo de gallina.
   A pesar de que el famoso mercado de Otavalo es el sábado, nos acercamos hasta esta pequeña población para ver que ofrece. Lo primero que percibimos es que es profundamente indígena, con unos rasgos humanos más peculiares que en otras ciudades.
   Gran parte de la ciudad está en obras, están ampliando las aceras y reduciendo, por tanto, el espacio para la circulación de vehículos.
   Volvemos a San Francisco de Quito y después de una estupenda cena en el hotel, (realmente parece que somos los únicos huéspedes alojados), damos una vuelta por el casco antiguo. La iluminación nocturna realza la belleza de los edificios y al fondo, se ven las incontables luces de las casas sobre la ladera de la montaña.
    En la plaza de la Independencia la policía anda ocupada con una niña encerrada en un vehículo todo terreno, aparentemente sus padres le han dejado encerrada en el vehículo y la niña llora desconsoladamente. La policía se las arregla para abrir la puerta y es acogida en los brazos de una turista española que se interesa por su estado.
   Muchos coches de caballos con turistas recorren las calles del Quito colonial.

6 de julio, martes

    Visitamos la iglesia de la Compañía de Jesús, de los mejores ejemplos del barroco en América. Una simpática guía nos comenta la visita.
    En la Sacristía tenemos un muñeco que representa a San Ignacio entregando su corazón a la Santísima Trinidad, es de las pocas representaciones que existen de la figura de Dios Padre.
    Se perdieron muchos cuadros debido a que en el siglo XVIII y XIX, después de las epidemias, se utilizaba cal para desinfectar los edificios.
    Para restaurar la iglesia reciben algo de dinero de la UNESCO y del Gobierno, pero no mucho, por la fama que tienen los jesuitas de peseteros.
    Fijarse en la escalera de caracol de la derecha, está pintada sobre la pared para buscar la simetría con la escalera real.
"El infierno" del pintor jesuita Hernando de la Cruz
    Justo antes de salir, a la izquierda, hay un cuadro del infierno con escenas de torturas realmente sádicas: al adultero le muerden los jabalíes; a los vengativos, los demonios les clavan puñales; al murmurador, le cortan la lengua las alimañas; al impuro, le hacen beber aceite hirviendo con un embudo en la boca; y otras torturas más sádicas aún que no comento por respeto a los hiperestésicos. ¡Cómo para no portarse bien!
    Ahora mismo, en Ecuador, el sesenta por ciento de la población son católicos. En 1906 se reformó la Constitución para dar cabida a otras religiones.
    Visitamos también el Centro Cultural Metropolitano.
    Y ahora le toca el turno a la Catedral. Verónica, una seria estudiante de segundo año de turismo, es nuestra guía. A partir del siglo XVIII los ojos de los muñecos son de vidrio. Para el velo de la figurilla de la Virgen empleaban cuero y cartílago de conejo, lo cocían y se ponía sobre el lienzo de lino, después lo encolaban en la cabeza del muñeco.
    Nos enseña la Capilla de la Parentela, uno de los mejores retablos de Sudamérica. Hay muchas figuras en yeso, moda que vino de Europa.
    El artesonado es de estilo mudejar, se colapsó en el terremoto de 1797. No se utilizó ni un solo clavo.
    Observar que el Jesucristo de la última cena tiene un cuy en el plato en vez de pan.
    Esta mañana, los jubilados se han manifestado frente al Palacio del Gobierno y con razón, porque dime tú cómo se puede vivir con una pensión jubilar de cuarenta y cinco dólares al mes. Ellos reclaman ciento cuarenta para al final recibir, supongo, una cantidad intermedia. ¿Y de dónde van a sacar el dinero? El Congreso va a presentar un informe con varias alternativas: una opción es elevar las tarifas del Impuesto a los Consumos Especiales para los cigarrillos, las cervezas y los licores y otra, aumentar un punto el IVA. Veremos en que queda.
    Después de almorzar, tomamos un taxi hasta el Museo Arqueológico del Banco Central, llegamos a las cuatro y cierran a las cinco, así que toca verlo deprisita.
    Otro taxi nos lleva a la librería Libri Mundi donde compramos algunos libros sobre la historia de Ecuador y un libro muy interesante de las Islas Galápagos realizado por científicos de la Estación Darwin.
    Callejeamos por la zona de Mariscal Sucre, llena de hoteles y tiendas con artesanías caras orientadas al turismo.
    Regresamos al Patio Andaluz y al enterarnos de que va a cenar un grupo de cuarenta personas, adelantamos nuestra cena para no coincidir con el grupo.
    Al anochecer paseamos por la plaza de la Independencia, donde a eso de las nueve todavía se ven grupos de turistas con guías.

7 de julio, miércoles

    Los diarios informan que el desempleo ha aumentado un sesenta y tres desde diciembre hasta abril. Esto va mal, muy mal.
    Damos otra vuelta por Quito antes de marcharnos. Visitamos la iglesia de Santo Domingo, de aspecto tétrico. Caminamos hasta el teatro Sucre y regresamos para las once al hotel. Nuestro chofer ya nos está esperando. Nos advierte que los planes para visitar las ballenas de Puerto López no se pueden cumplir. Al parecer, el Gobierno Central mandó un millón de dólares al pueblo de Jipijapa para construir un hospital y ese dinero no aparece, dicen que se ha destinado a otros menesteres. El caso es que los concejales han destituido al alcalde y el pueblo se ha alzado en son de guerra, quieren que los concejales dimitan también y que el Gobierno mande un interlocutor. Como protesta, han bloqueado las carreteras alrededor de Jipijapa. Nuestro problema es que para llegar a Puerto López hay que pasar necesariamente por Jipijapa o dar un rodeo inadmisible.
    Pilas, en Ecuador, significa sé inteligente. Así que ahora ya sabemos el significado de los carteles que se ven en la carretera: Pilas: si chupas, no manejes.
    La bajada desde Quito a Santo Domingo de los Colorados es espectacular, hay mucho tráfico de camiones y autobuses y los adelantamientos se producen sin ningún sentido de la prudencia. Nuestro chofer no es una excepción.
    Almorzamos en un comedero de Santo Domingo. En el bar tienen un pequeño acuario con un tritón albino enorme, un ajolote mejicano. El chico dice que le alimentan con carne.
    En la plaza del pueblo preguntamos a un policía sobre la revuelta de Jipijapa y nos confirman que continúan con los cortes de carreteras, que es algo habitual en Ecuador esta forma de protesta y que no dejan pasar absolutamente a nadie. Decidimos olvidarnos definitivamente de nuestra excursión para ver las ballenas.
    La carretera hasta Quevedo es buena, aunque carece de señalización. Cruzamos por pueblos pobres, bulliciosos y sucios, muy diferentes a los del altiplano. No me extraña que se lleven tan mal. Por aquí abundan las plantaciones de banano y palmera de aceite.
    Nos alojamos en una amplia habitación del hotel Olímpico de Quevedo y ya no salimos; los alrededores del hotel están poco iluminados y el panorama que vemos desde nuestra ventana no nos incita a salir de noche, nos quedamos leyendo y viendo la televisión. Cenamos en el hotel.
    A pesar de que Ecuador tiene una población de sólo un 8% de blancos, en la televisión, todos los presentadores son blancos, ni rastro de indígenas o gente de color. Un país no se puede construir sobre la marginación de la inmensa mayoría de la población, más tarde o más temprano pasarán factura.
    Quevedo, sin basura, demuestra su cultura.

8 de julio, jueves

    El hotel Palace de Guayaquil está lleno, no importa, el de la esquina, el Oriente, tiene habitaciones libres y un recepcionista oriental muy simpático y profesional.
    Salimos a dar una vuelta hasta el mercado de artesanía y mejor no hacerlo, porque no vale la pena.
    Pasamos un rato entretenido en el estanque del Malecón 2000. Hay unos patos que son unos antisociales, la han tomado con unos de ellos y a punto han estado de matarlo, seis o siete se han echado encima de él y le picoteaban en la cocorota; gracias a la intervención de la policía se ha evitado una desgracia. Desconocemos la causa de semejante agresividad.
    En las tiendas de animales domésticos se vende el cangrejo rojo americano, auténtica plaga de muchos ríos españoles; aquí lo llaman langosta de río.
    A las seis, vemos una película de Lars Von Trier, Dogville. Me ha gustado mucho. Seis espectadores en el cine.
    Cenamos en un buen restaurante, el Fortín, en el hotel Continental. Muy recomendable.

9 de julio, viernes

    Nos mudamos al céntrico hotel Unipark para aprovechar la tarifa de fin de semana, que es un chollo. Esta vez nos dan una amplia habitación con vistas al parque Bolívar.
    Un taxi nos traslada hasta el Mall del Río, un centro comercial como otro cualquiera. Compro algunos cedés de Fito Páez y Charly García, nada fáciles de encontrar en España.
    Visitar la frutería nos encanta: maracuyá, granadilla, guanábana, taxo, oritos, tomates dulces, tuna, frutilla, bábaco, papayas, mangos, chirimoyas, duraznos, etc. ¡Qué depresión tan grande cuando entre en una frutería de España!
    Regresamos a las salas de cine del Malecón 2000 para ver Quitting de Y Zhang Yang. A pesar de figurar en la programación es una equivocación -se excusan en taquilla-, no la dan.
    Hoy Guayaquil está de fiesta, han montado tres escenarios en la calle del malecón y dicen que habrá hasta fuegos artificiales. La hora prevista es la siete, pero parece que todo va con retraso. Mientras esperamos, nos divertimos viendo las evoluciones de una guardia del parque, se toma muy en serio su trabajo y no permite que nadie se salte ni una sola regla; hasta a mí me pega un pitido con su silbato cuando me echo de espaldas sobre el regazo de mi mujer en un banco. Seguro que es su primer día de servicio.
    Nos hemos perdido los fuegos al irnos a cenar -hemos repetido en El Fortín- y cuando regresamos, el grupo de son cubano ya ha terminado pero aún quedan dos grupos de merengue. Bailamos los pocos pasos que sabemos al ritmo de Los Tauros. Hay cámaras de televisión entre el público y nos piden permiso para rodarnos unos segundos mientras bailamos; seguro que nos sacan mañana en la tele, fijo.

10 de julio, domingo

   
Iguanas del parque Bolívar
Día soleado, radiante. Las iguanas del parque Bolívar han cargado las pilas y despliegan una actividad incesante. A diferencia de otros días, que permanecían en los árboles, hoy han bajado casi todas y corretean por el césped. Los niños se divierten dándolas de comer. Tragan de todo: plátanos, patatas fritas de bolsa, galletas de vainilla, bizcochos, etc. Se dejan acariciar como gatitos.También las ardillas corren por las ramas de los árboles y bajan a comer de la mano de los turistas.
    A las dos y media regresamos al hotel para cumplir con la triste ceremonia de hacer la maleta.
    La joya del viaje ha sido, sin duda alguna, el crucero por las Islas Galápagos. Para los que nos gusta la vida animal es probablemente uno de los mejores destinos del planeta. No conozco otro lugar donde sea tan fácil la contemplación de la vida animal. Como siempre, ha faltado tiempo para visitar otras zonas, nos hubiera gustado visitar las tribus del Oriente, el Bosque Petrificado, Villacamba, Esmeraldas, ver las ballenas desde Puerto López...

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