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Bandera

República Dominicana 1997

21 de diciembre, Santo Domingo29 de diciembre, Sánchez, Los Haitises
22 de diciembre, Santo Domingo 30 de diciembre, Boca Chica
23 de diciembre, Santo Domingo 31 de diciembre, Higüey, Punta Cana, Los Altos del Chavón
24 de diciembre, Jarabacoa, Puerto Plata 1 de enero, Macao, La Romana
25 de diciembre, Sosúa, Cabarete, Nagua2 de enero, Boca Chica
26 de diciembre, El Limón, Las Terranas 3 de enero, San Pedro de Macorís, Boca Chica
27 de diciembre, Samaná, La Goleta 4 de enero, Santo Domingo
28 de diciembre, La Goleta 5 de enero, Santo Domingo

27 de diciembre, sábado.

   En las cabañas no dan desayunos así que paro en un pequeño colmado de la carretera a ver que tienen. El colmado es como un pequeño puesto de helados donde sirven cuatro refrescos y algún bocata de jamonada. La gordita que me atiende me saca una silla y me la pone al lado de un banano de enormes hojas. Antes de prepararme los bocatas de jamón y tomate, desaparece en la espesura de la selva y vuelve a aparecer con un gigantesco radiocasete. Esta vez no es merengue, sino bachata y el volumen sigue siendo demencial, tan alto que el bajo suena a cascajo. Mientras aguardo a los bocatas me entretengo observando la vida que bulle en la carretera. La gente carece de medios de transporte y tiene que caminar para desplazarse. Muchas mujeres llevan cargas de todo tipo sobre la cabeza en equilibrio milagroso. El trasiego de bidones de agua es constante. Casi siempre son las mujeres las que hacen los trabajos más duros.
   La cinta que está sonando cada vez me gusta más, las canciones son lentas y sencillas, la instrumentación muy básica y los punteos de la eléctrica lideran la melodía. Las sílabas se alargan y parece que cabalgaran sobre cada golpe de aire caliente. Pregunto a la chica por el nombre del cantante.
    —Es la última de Antony Sánchez, el Mayimbe de la bachata—, me asegura. Guardo mentalmente este nombre.
   La República Dominicana, además de ser la cuna del merengue, es también la tierra de la bachata, un género que me recuerda el bolero y el reggae jamaicano. Su origen está en la década de los treinta y los dominicanos le llaman "la canción del amargue", una música relegada a las capas marginales. Lo que más me gusta de la bachata es ese sonido limpio de la guitarra. Desde el primer instante que escuché esta música me dejó prendado, más por el tratamiento de la guitarra que por los textos, que me parecen demasiado edulcorados y simples. Mis tentativas por encontrar partituras para tocar bachata con la guitarra han sido vanos. Si alguien me puede indicar como encontrarlos se lo agradeceré eternamente. Otro ritmo popular en el norte es el perico ripiao, aunque este es menos popular en el extranjero.
   La vista desde el mirador de Anthony´s Place es espectacular.
El coco es el árbol por excelencia en Samaná y da alegría al paisaje, sus ramas me recuerdan una explosión de fuegos artificiales. La pendiente desde Las Terranas a Sánchez es de aupa. Me detengo para no calentar los frenos. Aprovecho para darme protector solar en los hombros, el sol pica fuerte.
   La playa de Samaná no es gran cosa. Hay cuatro adolescentes bañándose y cantando: “Tengo una puta que se acuesta por dinero...”. Me llama la atención los Cayos unidos por puentes de hormigón. Hacia allí voy. Bajo a la playa de uno de los Cayos y un pelícano planea y baja en picado a engullir un pez. En las orillas de los Cayos se acumula la basura.
    Enfrente de mí se encuentra Samaná y a pesar de que estoy a más de un kilómetro y medio, la música de merengue se escucha desde aquí.
    Sudo por todos los poros de mi cuerpo, así que en la terraza de un pequeño bar tomo un jugo de limón y una cerveza Presidente. Al oírme hablar, la camarera me pregunta que si soy suizo. No lo entiendo, hablo español y generalmente me entienden, ¿a qué viene eso de que si soy suizo?
    Al parquear en el malecón se me echan encima los cazaturistas. Me ofrecen excursiones a Cayo Levantado, al Parque Nacional de los Haitises, a saltos de agua, etc. Cayo Levantado es una pequeña isla con algunos hoteles y seis playas. No me interesa. El Parque de los Haitises sí. La excursión sale mañana a las ocho y cuesta 400 pesos. El chico me quiere llevar a ver el salto de Indiana Jones. Debe ser un salto de reciente creación a juzgar por el nombre que le han puesto.
    En la playa de La Goleta se está de cine. Muy poca gente y de nuevo arena blanca, cocos y un mar limpio y cristalino. Hay un estanque de color casi negro pero de aguas limpias, parece como si fuera agua rica en hierro. Los cangrejos fantasma de la playa hacen agujeros en la arena y se mueven con una aceleración sorprendente.
    Por aquí hay gente recogiendo cocos. Por cierto, cuando uno parquea el coche o se tumba en la arena hay que andarse con ojo donde lo hace, si te cae un coco en la cabeza, doblas.
    Me instalo en el King de Samaná por doscientos pesos. En un restaurante francés pido unos boquerones y una buena chuleta. El camarero me trae camarones en vez de boquerones. El tipo es un mulato alto, delgado y cuarentón, camina como escocido, ¿la razón?: un amigo le ha traído unos zapatos de Haití baratísimos, aunque tienen un pequeño problema, son dos números más pequeños. El caso es que está probando a ver si, a base de ponérselos, sus pies se hacen a los zapatos. ¡Qué ocurrencias tiene el gachó!
    El vino chileno me deja fuera de combate, agarro un jumo monumental y eso que no soy de los que apuran la botella. Si sobra, me la llevo, que es mía. El caso es que no llego ni al hotel, tengo que dormirla en el coche; dos horas transpuesto. Después, me paso por la terraza de La Rotonda a ver bailar a los prietos. Aquí la música no es tan estridente como en Santo Domingo, incluso hay bailables lentos para moverse con tu flaca bien prieto. Habrá que mercarse algún compacto de bachata y merengue, algunas melodías están logradas. Las chicas llevan unos modelitos de quitar el hipo. ¡Vaya mamacitas!

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