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Bandera

República Dominicana 1997

21 de diciembre, Santo Domingo29 de diciembre, Sánchez, Los Haitises
22 de diciembre, Santo Domingo 30 de diciembre, Boca Chica
23 de diciembre, Santo Domingo 31 de diciembre, Higüey, Punta Cana, Los Altos del Chavón
24 de diciembre, Jarabacoa, Puerto Plata 1 de enero, Macao, La Romana
25 de diciembre, Sosúa, Cabarete, Nagua2 de enero, Boca Chica
26 de diciembre, El Limón, Las Terranas 3 de enero, San Pedro de Macorís, Boca Chica
27 de diciembre, Samaná, La Goleta 4 de enero, Santo Domingo
28 de diciembre, La Goleta 5 de enero, Santo Domingo

24 de diciembre, miércoles

    Para las seis amanece. Me encantan estos amaneceres tan luminosos del Caribe. A las nueve y media ya estoy en la carretera. Me cuesta salir de Santo Domingo. Los carteles con los nombres de las calles son además de escasos, pequeños y muchas veces se camuflan con la publicidad. En cuanto se abandona el centro de la capital sencillamente no existen. En cada bifurcación o glorieta tengo que bajarme del coche y preguntar.
    La forma de manejar de los dominicanos es extremadamente riesgosa; se reportan nada menos que cuarenta muertes anuales por cada cien mil habitantes, —en España es de cuatro por cien mil—. El año pasado murieron 3302 personas y la población es de tan solo 8,256 millones. Los adelantamientos se realizan por la derecha o por la izquierda y la velocidad de los que disponen de un coche en buen estado es irracional. No tienen la paciencia necesaria para esperar el momento oportuno de adelantar y son incapaces de reducir la velocidad si cruzan una población. En la autovía, un incesante flujo de gente la cruza constantemente, ya sea a pié, en ciclomotor o en automóvil. Las pocas señales que existen de poco sirven; en los cruces impera la ley del vehículo más grande. Por la noche te encuentras con muchos ciclomotores que circulan por el arcén en dirección contraria. Mis intermitentes no sirven de nada, jamás me ceden el paso cuando quiero cambiar de carril, solo lo consigo por las bravas, a base de bocinazos y meter el morro, como hacen ellos. otra cosa que me pone muy nervioso es que todos conducen con las luces largas por la noche, con absoluto desprecio hacia los demás. ¡Y los que no tienen ni una sola luz no se quedan en casa! Afortunadamente, una vez en la autopista, el tráfico es muy escaso.
    A lo largo de la carretera el espectáculo humano no deja de asombrar al foráneo; hay gente por todas partes. Los puestos de fruta y de refrescos abundan. Aquí, Pepsi le ha ganado la batalla a la Coca-Cola.
    Mi próximo destino es Jarabacoa y sus cascadas. En la autovía, ni un cartel que lo indique, así que paro en un colmado para comprar agua y preguntar. Cuando intento cerrar el coche con la llave me doy cuenta de que la cerradura tiene aspecto de haber sido forzada y no funciona. No importa, cierro desde dentro y salgo por la puerta del copiloto.
    En el colmado, la música de merengue retumba omnipresente. El sonido sale distorsionado de unos altavoces de casi un metro de altura. Me resulta extraño estar en medio del campo, a las doce del mediodía, preguntando a grito pelado a la señora de la frutería la dirección para Jarabacoa. Me dicen que me he pasado, tengo que volver atrás cuatro kilómetros y tomar la primera desviación a la derecha.

Cerdo asado en puya

    Las orillas de la carretera están llenas de improvisados puestos humeantes donde venden cerdo asado en puya, una comida tradicional de estas fechas. Hay puestos por todas partes, en carreteras principales y en las secundarias. La radio dice que el Ministerio de Agricultura ya informó a la población de que los porcicultores tienen suficiente cantidad de cerdos en granjas para afrontar con éxito el incremento de consumo de diciembre. Aún así, los precios están por las nubes, dicen.
    La naturaleza en Jarabacoa es un prodigio. Se trata de un valle rodeado por montañas de vegetación exuberante. Es parque nacional y cerca veo campos de golf y muchas casitas adosadas de ladrillo, parece una colonia de vacaciones para dominicanos pudientes. El centro de Jarabacoa tiene muy buen aspecto; mucho restaurante y tiendas de recuerdos, todo muy limpio. En un supermercado compro una botella de ron Barceló añejo. Pregunto por el camino hasta las cascadas y, más o menos, me orientan. La carretera se vuelve forestal, así que aparco el coche frente a unas minúsculas casas de madera y me dispongo a caminar.
Salto de Baiguate
    Intento llegar al Salto de Baiguate. No encuentro ni un mísero cartel que lo indique. A la salida del pueblo, en un diminuto colmado —tamaño confesionario— compro un botellín de Pepsi de medio litro; hacía tiempo que no veía uno de semejante tamaño. ¿El precio? 10 pesos y si regreso el envase todavía me devuelven algo. Después de muchas vueltas y preguntas parece que estoy en camino. Le pregunto a un paisano que da de comer a las vacas, me dice que sí, que más adelante, que ya estoy cerca. Pruebo por caminos más estrechos, sigo por el principal y nada, no lo encuentro. Por fin, oigo el ruido de una cascada y por todas partes veo canales de agua cristalina que discurren a buena velocidad. Por fin llego al famoso salto. En sus cristalinas aguas me encuentro a dos mozos bañándose en bolas. No se inmutan cuando me acerco. Tienen aspecto de esperar divertirse ante mi asombro por su desnudez. La poza donde se bañan invita a probar el agua, así que me despeloto yo también y me baño con ellos. Los tipos se ríen las muelas, no se lo esperaban. El agua está más fría de lo que pensaba y salgo rápido. Mientras me seco al sol, charlamos. Al parecer, no se bañan como diversión, sino por higiene, no tienen ducha en casa y usan el río para asearse. Las chicas frecuentan otra zona del río diferente a la de los hombres.
    Desde luego, la caminata para llegar hasta aquí ha merecido la pena: el silencio, el sol llevadero, la brisa, las garcillas que comen en los campos, las suaves curvas del camino y el chapuzón final. La belleza de esta zona me asombra.
    Contrasta mucho ver las rollizas vacas, las huertas impecablemente cuidadas y ordenadas, con el tamaño y estado de las viviendas, aunque muchos empiezan a sustituir las paredes de tabla por bloques de hormigón. A pesar de su pobreza, su ropa siempre está limpia.
    Después de visitar el salto de Baiguate me dirijo a ver otro, el de Jimenoa. Lo visito solo, ni un solo turista a la vista, supongo que será por las fechas en que estamos. El lugar está bien montado. Han instalado un sistema de puentes en catenaria muy divertidos de cruzar. El salto sería más atractivo si no hubieran desviado más del 60% del caudal hacia una pequeña central hidroeléctrica.
    Jarabacoa está visto, sigo mi camino hacia Puerto Plata. Santiago no tiene interés. Tengo que preguntar constantemente dada la ausencia de señalizaciones, pero no hay problema, la gente es amable con el turista y muy habladora; siempre ponen buena cara cuando les pregunto.
    Conducir de noche es un poco delicado: casi todos los vehículos circulan con las luces largas y no hay señalización sobre el asfalto, tampoco iluminación. Afortunadamente, el firme es bueno y la carretera es ancha.
    Una constante en mi recorrido por las carreteras del país son los policías que te paran en la autopista para nada, ni tan siquiera te piden los papeles, simplemente te hacen una seña para que pares, te preguntan con un amplia sonrisa que a dónde vas y poco más. ¿El objetivo? Siempre terminan pidiendo unos pesitos para una cerveza o para un pica-pollo. Lo mejor es hacerse el loco y no parar. El país es tan pobre que los policías no tienen ningún vehículo para seguirte, ni coche, ni moto, ni patinete.
   
La sonrisa que no falte
    Me detengo en una gasolinera para preguntar y repostar. El merengue suena a un volumen infernal, de nuevo tengo que gritar para hacerme entender.
    Llego a Puerto Plata para las nueve y media. Pruebo a buscar alojamiento en el complejo vacacional Playa Dorada. Por la noche no puedo percibir bien las dimensiones del lugar, pero parece enorme. Está completamente protegido por vallas metálicas y muros de piedra. El guachimán de la puerta me deja pasar. Dentro, las instalaciones son de lujo, todo muy cuidado, césped cortadito e iluminación ambiental por doquier. Los precios son más altos de lo que yo estoy dispuesto a pagar: setenta y dos euros por noche y encima no se puede salir a partir de las ocho. Un gueto para parejitas en luna de miel. El vigilante me aconseja el hotel Montemar. Tengo suerte y, a pesar de la oscuridad, doy con él. La relación calidad precio me gusta. Magníficas y amplias habitaciones con moqueta, aire acondicionado, televisión y pequeña sala de estar. Todo por 350 pesos. Bajo al restaurante, todo para mí solo, no hay un alma. El pollo al limón está delicioso y las papayas, melón, sandía y piña del postre, inmejorables. El jumo que agarro con las dos Presidente es de las que hacía tiempo no recordaba. ¡Excelente cerveza, esta Presidente!

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