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Bandera

República Dominicana 1997

21 de diciembre, Santo Domingo29 de diciembre, Sánchez, Los Haitises
22 de diciembre, Santo Domingo 30 de diciembre, Boca Chica
23 de diciembre, Santo Domingo 31 de diciembre, Higüey, Punta Cana, Los Altos del Chavón
24 de diciembre, Jarabacoa, Puerto Plata 1 de enero, Macao, La Romana
25 de diciembre, Sosúa, Cabarete, Nagua2 de enero, Boca Chica
26 de diciembre, El Limón, Las Terranas 3 de enero, San Pedro de Macorís, Boca Chica
27 de diciembre, Samaná, La Goleta 4 de enero, Santo Domingo
28 de diciembre, La Goleta 5 de enero, Santo Domingo

23 de diciembre, martes

    Intento llegar a pie a la agencia de alquiler de Toyota, me meto por la Duarte hacia arriba, hasta la 27 de Febrero y alucino: es calle comercial y aquí debe estar concentrada en pocos metros toda la población de Santo Domingo. La cantidad de personas por metro cuadrado es asombrosa, lo nunca visto. Las aceras son estrechas y a su vera hay vendedores ofreciendo de todo: fruta, comida rápida, relojes, revistas descoloridas, zapatos, juguetes, bebidas, etc. Los establecimientos están llenos. Hay que caminar por la carretera; la acera es impracticable. La cantidad de gente es tal que los coches están literalmente rodeados por la muchedumbre, no comprendo como circulan. En los cruces, el agobio se intensifica. Los guardias de tráfico pitan su silbato constantemente, los carros también. Y el sol aprieta. La cantidad de vida y movimiento a mi alrededor me marea, supongo que tiene que ver con las fechas cercanas a la Navidad. Al llegar a la 27 de Febrero el gentío remite. He andado mucho pero no hay rastro de la Toyota ni de ninguna otra, esta calle es larga de narices. Cuando pregunto, la gente no lo conoce. Tomo una determinación: volver al hostal en taxi y llamar desde allí a las agencias de alquiler.
   En el hostal, un español ha tenido la misma idea y también está llamando a las agencias de alquiler. Me dice que solo American International tiene dos coches libres. Si los queremos tenemos que dar nuestros nombres e ir hacia allí inmediatamente.
   El alquiler es algo caro: doce días por seiscientos ochenta y cinco dólares con una franquicia de mil quinientos dólares. No es ninguna ganga, pero esto es lo que hay, se toma o se deja. Yo lo tomo.
   El coche bien merece una descripción: la joya que he alquilado es un Toyota Tercel con 138000 Km., le falta el manguito del agua del radiador. Tengo que esperar; han ido a por él. Es de color rojo. Todos los cristales excepto el delantero son oscuros. Por la noche sencillamente no veo nada a través de ellos, solo luces. Los asientos están muy gastados por los bordes. Parte de los parachoques delantero y trasero están unidos a la carrocería mediante tornillos. Todo el conjunto de las luces traseras de la izquierda se mueve visiblemente con la mano. Los rayones laterales son numerosos. Bollos pequeños; unos cuantos, hasta en el techo. La dirección hace ñec, ñec. Al arrancar cada mañana, se despereza al de cinco o seis intentos, cada día necesita uno más. Mucho suspense: ¿será hoy cuando me deje tirado? El cambio automático se muestra tímido cuando engrana la segunda, sobre todo al subir cuestas. Los amortiguadores son muy blandos y la carrocería oscila más de lo normal, desde luego, no se pueden tomar curvas a buena velocidad. A veces, al arrancar, se escucha un silbido como si el motor de arranque siguiera enganchado. Paro y vuelvo a arrancar. La puerta del conductor solo se abre desde el interior, por tanto, cada vez que quiero cerrar el coche debo entrar desde el lado derecho y cerrar desde dentro la puerta izquierda. A pesar de esto, no va mal del todo: en línea recta y a ochenta el motor suena bien. Las ruedas se inflan a ojo; ninguna gasolinera tiene el manómetro del compresor bien tarado. Toda una máquina de matar por ochocientos pesos diarios.
    Mientras llega el taxi que nos llevará a la agencia de alquiler charlo con su compañera Inés. Es gallega, se nota en cuanto abre la boca. Son aficionados al surf y han venido con las tablas. Habían encontrado un pick-up en una agencia pero al llamar la segunda vez, apenas cinco minutos más tarde, ya había volado. Se tendrán que conformar con un Festiva y comprar una parrilla para transportar las tablas. Su primer destino es Barahona, donde según dicen, apenas hay infraestructura turística. Después darán una vuelta por el norte del país, sobre todo por la zona de Cabarete, donde dicen que las condiciones para surfear son inmejorables.
   Vamos juntos a recoger los coches. En la agencia encontramos a dos chavales de Ibiza. Apenas tendrán 22 años. También han venido a surfear. El más hablador es rubio, melena recogida en una coleta, perilla y muy delgado. Están alojados en Puerto Plata y han venido hasta Santo Domingo porque les han dicho que los coches aquí son más baratos. Parigual. Les acompaña una mulata preciosa que no tendrá ni veinte años. Los tíos nos anticipan lo que encontraremos en la zona norte: las magníficas y solitarias playas y la esquizofrénica manera de conducir de los dominicanos. Nos previenen del mar: es peligroso. Uno de ellos ha estado a punto de palmar. La resaca se lo llevaba mar adentro y no acertaba a ganar la orilla.
   Dario e Inés tienen problemas con el límite de su tarjeta de crédito y tienen que volver al hostal a por otra. Les llevó en mi flamante carro. Antes, intentamos inflar las ruedas en una estación de servicio y llenar el depósito. Ni Dario ni yo entendemos el manómetro, Inés nos quita la manguera de las manos e infla las cuatro ruedas a ojo en un pispás.
    Para comer me recomiendan El Mesón de Bary, cercano al hostal. El mesón resulta genial: ambiente intelectual, buena decoración y mejor comida. El bistec encebollado está delicioso.
   Según salgo bien satisfecho y tocándome la barriguita, me encuentro de nuevo con Inés y Dario. Van en un cochambroso taxi a recoger el coche. Me invitan a ir con ellos a Boca Chica; Inés tiene hambre de mar. El taxi tiene dificultades y nos deja tirados en El Conde. Se vende. Le empujamos para parquearlo y tomamos otro.
    Recogemos el coche de alquiler de Dario e Inés: un Festiva rojo con solo 40000 km. ¡Qué envidia! Inés conduce, tiene veintisiete años y es maestra. Ha viajado mucho por Sudamérica, por Bali... Cuenta sus andanzas con vehemencia. Cuando era pequeña le encantaba reventar lagartos y sapos haciéndoles fumar cigarros.
   En nuestro camino hacia Boca Chica cruzamos los arrabales de Santo Domingo: miles de chabolas en su mínima expresión, casetas de tablas y tejavanas. La pobreza espesa el aire; la basura les inunda. No hay caminos entre las chabolas, solo cloacas de líquido negro.
   En el peaje de la autopista hay guachimán con pistolón para guardar la recaudación.
Playa de Boca Chica
   La playa de Boca Chica tiene arena blanca y palmeras que se extienden casi hasta el borde del mar. Es algo tarde, la mayor parte del personal se ha marchado, pero aún quedan muchos vendedores de baratijas en busca de guiris.
    Inés es la primera en probar el agua. En un santiamén se planta en la barrera de coral. Le seguimos Dario y yo. La arena es blanca, el agua cristalina y la temperatura del agua es estupenda. Buen sitio para pasar el invierno, pardiez. Tomamos una Presidente en una terraza y volvemos al hostal para cambiarnos y cenar en el Mesón de Bary.
    Teníamos pensado acudir a ver bailar son pero a Dario le da el bajón del cambio de horario y nos retiramos a dormir.

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