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Bandera

República Dominicana 1997

21 de diciembre, Santo Domingo29 de diciembre, Sánchez, Los Haitises
22 de diciembre, Santo Domingo 30 de diciembre, Boca Chica
23 de diciembre, Santo Domingo 31 de diciembre, HigŁey, Punta Cana, Los Altos del Chavón
24 de diciembre, Jarabacoa, Puerto Plata 1 de enero, Macao, La Romana
25 de diciembre, Sosúa, Cabarete, Nagua2 de enero, Boca Chica
26 de diciembre, El Limón, Las Terranas 3 de enero, San Pedro de Macorís, Boca Chica
27 de diciembre, Samaná, La Goleta 4 de enero, Santo Domingo
28 de diciembre, La Goleta 5 de enero, Santo Domingo

22 de diciembre, lunes

   A la luz del día el hostal se ve de otra forma; no está tan mal, es una casa colonial restaurada de dos pisos. Sus paredes hacen de galería de arte. Los techos son altísimos. El patio interior está lleno de cocos que se alzan en busca de la luz. Tiene diez habitaciones. Algunas con nevera y televisión. Se construyó en 1502 para servir de residencia a Pedro Alvarado, aunque nunca llegó a vivir en esta casa debido a sus obligaciones como gobernador de las colonias españolas en América Central. En 1516 fue reconvertido en convento jesuita y más tarde fue casa de los poetas Salomé y Pedro Henriquez Ureña. En 1973, Nicolás Nader lo remodeló y lo convirtió en Hostal.
    El desayuno cuesta cincuenta pesos, o sea, 3,57 $ e incluye dos huevos fritos, pan de molde tostado, mantequilla, mermelada, café con leche y jugo. Por supuesto, hay que armarse de paciencia, aquí, el ritmo de vida es más parsimonioso. No hay problema, estoy de vacaciones.
    Para las diez ya ando en la calle, aunque no he dormido mucho, aún no estoy cansado. El día es caluroso pero natural, con poca humedad.
    Me dirijo a la Catedral Primada por El Conde, calle comercial por excelencia de Santo Domingo. No me dejan entrar, llevo pantalones cortos. Aquí también gastan estas tonterías.
    En un banco, a la sombra de los árboles del Parque Colón, escribo estas líneas, dos niños se me acercan para pedirme dinero. Han aprendido fonéticamente el "uer-ar-yu-from". Cuando me dirijo a ellos en español se quedan sorprendidos y, es curioso, no parecen entenderme. Por El Conde pasa mucho turista. Por la forma de vestir y la cara casi se adivina su procedencia. Los guías turísticos parlan de todo: inglés, francés, italiano, alemán, lo que les echen con tal de sacar unos pesitos. Ahora se acercan a mí cinco pequeños limpiabotas con su uniforme y todo. No tendrán más de doce años. Los chavales porfían. ŅPero qué coño me vais a limpiar si calzo jagŁayanas?
    Bajo hacia el malecón. En el camino me encuentro con McDeal Rent a Car. Entro. No les queda ni un solo coche. Me temo problemas. Habrá que dedicarse al tema del alquiler del coche cuanto antes.
    El calor se hace más pesado. Para comer me paso por El Cantábrico. Según mi guía es un restaurante frecuentado solo por dominicanos. Pensaba que sus precios serían populares, pero ya, ya.... Pido un mero relleno de mariscos que no llega ni a la categoría de plato combinado. Un desastre. Por lo menos el aire acondicionado me deja como nuevo.
Puesto callejero de fruta
    Me siento unos minutos a la sombra en un banco del Parque de la Independencia a observar al personal. El tráfico es sumamente ruidoso. Constantemente hacen sonar la bocina. La razón es que no utilizan los intermitentes y puesto que los cambios de carril se hacen de forma brusca se llama la atención de los coches que circulan en paralelo sonando el claxon. Es como decir: °Cuidado tío, que estoy aquí!
    Los conchos (transporte urbano) son chatarra en movimiento, uno se pregunta cómo es posible que aún circulen y encima llevando a quince o veinte personas. Están destartalados. Muchos no tienen ni puertas, ni luces, ni parachoques. La carrocería está corroída en un cuarenta por ciento, y aún así funcionan.
    Por la calle hay numerosos puestos con fruta. Envueltos en un papel de plástico transparente venden media pulpa de un fruto que no conozco, aquí le llaman lechosa, parece melón pero de color rojo, compro uno y... °coño, si es papaya!, la mejor que he probado nunca, llena de agua y muy, muy dulce.
    Para las tres vuelvo al hostal, parece que mi cuerpo me pide siesta.
    A las nueve me acerco al malecón. Apenas hay gente. En un parque hay un escenario, altavoces y muchas luces, pero esta noche no parece que se vaya a organizar nada.
    Continuo andando hasta la zona de los hoteles. Aquí está el Renaissance: tiene buena pinta por fuera, sin embargo sé que no es caro.
    La movida será los fines de semana; los laborables, el malecón está bastante muerto.

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