Los viajes de Mariano

Bandera

República Dominicana 1997

21 de diciembre, Santo Domingo29 de diciembre, Sánchez, Los Haitises
22 de diciembre, Santo Domingo 30 de diciembre, Boca Chica
23 de diciembre, Santo Domingo 31 de diciembre, Higüey, Punta Cana, Los Altos del Chavón
24 de diciembre, Jarabacoa, Puerto Plata 1 de enero, Macao, La Romana
25 de diciembre, Sosúa, Cabarete, Nagua2 de enero, Boca Chica
26 de diciembre, El Limón, Las Terranas 3 de enero, San Pedro de Macorís, Boca Chica
27 de diciembre, Samaná, La Goleta 4 de enero, Santo Domingo
28 de diciembre, La Goleta 5 de enero, Santo Domingo

21 de diciembre, domingo

       A las nueve de la noche, el avión comienza el descenso hacia La Española. La temperatura baja desde los cincuenta grados bajo cero a nueve mil metros hasta los veintiséis al tocar tierra. Desde el aire llama la atención la escasa iluminación de Santo Domingo, la capital.
   Cambio mis dólares en el aeropuerto, a catorce pesos por dólar, sin comisión —eso dice el cartel—.
    Al salir del aeropuerto noto un golpe de calor, empiezo a sudar, ¡qué maravilla! El bullicio de la gente es tremendo; todos apelotonados, esperando a familiares que probablemente trabajan en el extranjero y regresan a pasar la Navidad.
   En cuanto doy tres pasos, los taxistas se acercan para ofrecerme sus servicios. ¿Cuánto por llevarme al hostal Nicolás Nader? 250 pesos. Regateo hasta conseguir 175 pesos.
    La Avenida de las Américas que nos lleva hasta Santo Domingo es pintoresca, discurre al borde del mar y está flanqueada por innumerables cocoteros. La vegetación es tan densa que se diría que estamos atravesando una selva. El mar rompe con fuerza contra las rocas y los chorros de espuma de varios metros de altura alcanzan el borde de la carretera.
   Adelantamos algunos coches que parecen chatarra ambulante. El estado de la chapa es lamentable, o mejor dicho, lo que les queda de la chapa. Mi taxista conduce un coche americano enorme y muy antiguo, con el cambio de marchas en la columna de dirección. El firme de la carretera es bastante aceptable.
    Ya empezamos. El taxista me la quiere dar con queso: me lleva a un hotel de nombre Nicolás pero que no se apellida Nader. Está cerrado y él porfía que éste es el que yo le he dicho. No me convence. Encima me pide cincuenta pesos más por llevarme a otro hotel. Unos chicos que pasan por allí me confirman que el hostal Nicolás Nader no es ese y que además se encuentra donde yo se lo había indicado al taxista. Hombre, ahora se le enciende la luz y me lleva por fin al Nader. Le doy doscientos pesos y me dice que no tiene cambio. El portero del hostal tampoco. Le digo que espere junto al carro, que voy a buscar a alguien para que me cambie. Son las diez y media y no va a ser fácil; las calles están bastante solitarias. El tipo capitula: saca veinticinco pesos y se marcha despotricando contra mí. ¡Que te den pomada!
Calle El Conde de Santo Domingo
    Vaya, otro contratiempo: el portero de noche no encuentra la llave de mi habitación.
    —No importa—me dice—. En este hostal la seguridad es buena.
   De noche, el Hostal parece lúgubre, antiguo, pobre, poco iluminado y no hablemos de las calles que me han conducido hasta aquí: los papeles se acumulan en los bordillos de las carreteras y de las aceras. El aspecto desportillado de algunas fachadas da imagen de guerra.
    Son casi las doce y tengo hambre. El portero de noche del hotel me indica la dirección hacia el puerto. En el camino encuentro un restaurante limpio y lustroso: Tu Casona. El propietario es argentino; la cocina cierra a las doce, así que ya no sirven. Para hidratarme me tomo una Presidente, la cerveza nacional, y arreando hacia el puerto, que hay hambre.
    En el paseo del malecón la animación es enorme; he coincidido con el Festival del Merengue que se celebra todos los años por estas fechas. Aquí deben estar todos los adolescentes de Santo Domingo. Cada doscientos metros hay escenarios con grupos de merengue tocando en vivo y es un follón impresionante porque las músicas se pisan y resulta incómodo al oído. Unos tipos llamados Yarumba anuncian la canción "El baile de la mariposa"; los movimientos de las bailarinas son de puro espasmo sexual. A la música de los grupos que tocan en vivo hay que añadir la que proviene de los coches: muchos chavales abren el portón trasero dejando al descubierto enormes altavoces que vomitan más música de merengue a un volumen irracional. Los dominicanos le llamana a este festival "la discoteca mayor del mundo" y no les falta razón. Asombrado estoy. ¡Y cómo beben! Las marcas nacionales de ron Brugal y Barceló están omnipresentes patrocinando este sarao musical. Sus logos están por todas partes. Brugal tiene un inmenso anuncio luminoso sobre la ladera de una montaña.
    Los chicos no visten nada mal: abundan los pantalones muy anchos, las camisetas de deporte de sus ídolos estadunidenses, el pelo siempre corto y bien arreglado y la gorrita en la cabeza. Las chicas, con pantalones bien ceñidos, tops de generoso escote y zapatos de tacón alto y ancho, el ombligo al aire. La mayoría de las adolescentes son guapas, estilizadas, de pómulos altos y largos cuellos.    
   Aguanto hasta las dos y cuando me retiro... me pierdo. Pregunto a un grupo de policías por el Nader y me piden pesos para un pica-pollo. No cedo al chantaje. Sigo deambulando por las solitarias calles y en estas que pregunto al menos indicado: un sujeto que viajó a New York y fue deportado. Se llama Ronaldo y lleva una mona de ron encima de no te menees. Apura la última gota de la botella y la estrella contra un muro. A pesar de todo, parece un buen chico, el único dispuesto a ayudar y no pedir pesitos a cambio. El tío no se entera, en realidad, cuando me encontré con él yo caminaba en la dirección correcta, de hecho estaba a menos de cien metros de mi hostal, sólo que en ese momento yo no lo sabía. Andamos durante una hora. Me mete por callejones estrechos de película del Bronx, llenos de basura, con tipos hipermusculados en camiseta, los brazos tatuados cruzados sobre el pecho, guardando puertas que quién sabe lo que hay detrás. Y yo con la riñonera inflada por los billetes que cambié en el aeropuerto. Al fin, se le enciende una lucecita y se da cuenta: ¡el Hostal Nicolás Nader está cerca de nuestro punto de partida! No iba tan mal encaminado.
    Después de reiterarme mil veces que me iba a ayudar desinteresadamente, para mostrarme la amabilidad de los dominicanos con los turistas, súbitamente cambia de opinión y me pide unos pesitos. Le doy veinticinco y a correr.

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