Los viajes de Mariano
Volver a
 la página principal
Bandera

Viaje a Cuba 1998


15 de julio, miércoles

    Nada menos que una hora de espera en la cola para pasar la aduana de entrada al país.
   El taxista particular que nos traslada desde el aeropuerto hasta La Habana nos pide diez dólares y se nos ofrece también como chofer en nuestro recorrido por la isla: treinta dólares diarios y gasolina aparte, y si cuela, cuela. Entre el hueco del freno de mano y el asiento distingo un cuchillo de cocina de treinta centímetros, algo habitual entre los taxistas habaneros... ¿No me decían que esto era muy tranquilo?
Casas señoriales frente al malecón
   Las primeras casas que vemos cuando entramos en La Habana se encuentran desportilladas, el estado de algunos barrios recuerda una guerra, pocas ventanas tienen cristales y la ropa tendida son talmente harapos. Decían que Cuba estaba en mala situación pero no imaginaba que fuera tan lamentable.
   Me llama la atención la casi total ausencia de tiendas. Es curioso que a pesar del aspecto ruinoso de los edificios no haya basura en las calles. En realidad no sé de qué me extraño, los países más ricos son en realidad quienes más basura generan.
   El famoso hotel Sevilla es aparente desde el exterior pero el mobiliario de nuestra habitación es espartano, cualquier hostal español lo supera en comodidad.
   Al poco de llegar, salimos a damos un paseo por el malecón. En cuanto recorremos los primeros metros, un adolescente se nos acerca, nos dice que tiene dos amigas en el País Vasco, nos enseña las señas y en efecto, resultan ser de Algorta y de Leioa. No sé muy bien cuáles son sus intenciones aunque me supongo que se trata de evitar la censura cubana y asegurarse de que las cartas llegan a su destino.
    De repente, mientras recorremos la avenida José Martí, cinco niños de apenas doce años nos rodean pidiéndonos dinero, primero rodean a mi compañera, quien al no poder evitarlos por las buenas, les grita. La dejan. Ahora vienen a por mí. No sé que hacer. ¿Aguanto hasta que se cansen?, ¿no les hago caso?, ¿les doy dinero? Opto por sonreírles y tratarles con amabilidad, pienso que ya se cansarán, digo yo. Noto que su proximidad es excesiva, me palpan por todas partes. Cuando quiero reaccionar es tarde. De repente, todos echan a correr riéndose. Me extraña esta súbita huida y lo primero que pienso es que me han abierto la mochila. La inspecciono y compruebo que todas las cremalleras siguen cerradas. A los pocos minutos echo en falta el reloj: ha volado. No valía gran cosa, era de esos digitales de plástico, pero es un mal comienzo. A partir de ahora tendremos que ser mucho más precavidos en el trato con los cubanos. Una pena.
   Por unos instantes nos ponemos algo nerviosos, no llevamos veinte minutos en la calle y ya nos han robado. Recorremos el malecón con temor, vemos en cada negro descamisado a un delincuente peligroso.
    En el malecón, los chavales pescan sin cebo, lanzan lejos, sobre los bancos de peces que se desplazan a lo lejos y pegan tirones al recoger, para robar los peces.
   A la vuelta nos tomamos una cerveza Bucanero en Video Shop. Al minuto de acomodarnos, un chaval de unos doce años se sienta a nuestro lado. Hay que ver lo bien que se expresa para su edad. Pasamos más de media hora entretenida charlando con él. Al final, nos pide una camiseta. Hemos traído algunas cosas para regalarles; esta visto que habrá que llevarlas en la mochila para ocasiones como esta.
   Los cubanos pasan mucha necesidad pero es cierto que no hay drogadictos ni alcohólicos tirados en las calles. No se ven niños desamparados, durmiendo a las puertas de las casas comerciales, como ocurre en ciudad de Méjico, Bogotá, Caracas, Santo Domingo, ni las míseras favelas que rodean muchas grandes urbes de América Latina.
    Cuba es un auténtico museo del automóvil americano antiguo; viejos Mercurys, Fords, Chevrolets o Cadillacs todavía circulan por las calles. Son vehículos fabricados antes de 1960, el año que entró en vigor el embargo. Aquí se les conoce como almendrones y algunos de ellos están tan bien cuidados que parecen nuevos. Es difícil imaginar cómo consiguen esos cromados relucientes y esa pintura tan perfecta.

16 de julio, jueves.

   El bufé del desayuno del Sevilla es decente pero no sirven fruta bomba, mi preferida.
   A las nueve salimos hacia la Plaza de Armas. En el trayecto pasamos por calles sucias y edificios en muy mal estado. Nada recomendables como visita nocturna. Apenas se ven tiendas y las pocas que hay tienen poco que ofrecer.
   Pasamos por Correos a enviar unas postales. Fuera, mucha gente espera su turno, nosotros hemos entrado sin guardar la cola. Nadie nos dice nada.
Bici-taxi artesanal
   En la calle, justo enfrente del Capitolio, se celebra una carrera no competitiva de bicicletas y de bici-taxis. Algunos modelos son sorprendentes, se les ve tan orgullosos de sus máquinas como si tuvieran un Cadillac.
   Visitamos el Capitolio. Las salas que otrora servían de lugar de reunión para el senado o los diputados, ahora se utilizan para eventos, conferencias, etc.
   El punto cero de las carreteras de Cuba lo señala un diamante bajo un cristal en el propio suelo del Capitolio.
   Un mojito en La Bodeguita de en Medio sale a cinco dólares; más caro que en Nueva York.
   El calor aprieta y mi compañera se regatea un sombrero de paja y un pequeño bolso de cuerdas trenzadas en un mercadillo. En una terraza aledaña nos refrescamos con un guarapo; el camarero nos recomienda un paladar particular, el de Pepe.
   Antes de cenar nos refrescamos en la piscina del Sevilla. Vemos que enseñan a bailar salsa; mañana lo intentaremos nosotros.
   Charlamos con el botones del Sevilla: al parecer, casi todos los camareros y empleados del hotel tienen título universitario y ganan mucho más que ejerciendo su profesión. Aunque una chica que limpia las habitaciones gana unos doce dólares al mes, en propinas se puede sacar hasta trescientas cincuenta fulas, toda una fortuna en Cuba. Médicos, abogados, profesores y funcionarios ganan en pesos el equivalente entre ocho y veinte dólares mensuales.
   Cenamos en el paladar de Pepe por doce dólares la cabeza; pescado y langosta congelada.
    Mientras paseamos por el malecón, oímos el cañonazo de las nueve. Es la hora de los memeyes.

17 de julio, viernes.

   Alquilamos por unas horas los servicios de un bici-taxi. El calor aprieta fuerte. Pedalear con este sol nos parece una tarea para superhombres. Menos mal que la mayor parte del recorrido es plano. Hacemos un alto en el camino para saborear un jugo natural de mamey en un diminuto puesto de refrescos. Excelente, como todos los jugos de frutas del Caribe.
La Habana Vieja
   Félix, nuestro bici-taxista, nos cuenta cosas de la situación del país, dice que los habaneros forman largas colas de cientos de personas los domingos para comprar el semanario Juventud Rebelde, que trae más páginas que los periódicos diarios.
    —No crean que a la gente le interesa leer los panfletos de los comunistas —nos explica Félix—; Aquí el periódico cumple una función más básica que informar: se usa como papel higiénico. El periódico cuesta veinte centavos de peso y el papel higiénico casi un dólar... eso si lo encuentras.
    Nuestro primer destino turístico es el Cementerio de Colón, muy lujoso, es tan grande como una ciudad y por sus carreteras circulan las guaguas de turistas. Visitamos también la maqueta de La Habana. Sudamos por todos los poros de nuestro cuerpo.
   En un pequeño supermercado me hago con una botella de ron Habana Club. El súper es pequeño y está de bote en bote. Las estanterías aparecen a medio llenar, se ve que andan cortos de mercancías. Estoy alucinado de que aquí funcionen las tarjetas de crédito; quince minutos ha costado que la máquina imprimiera el recibo. Y gracias.
    Félix aguanta bien las cuatro horas del recorrido. Dice que unos amigos franceses le han arreglado los papeles y visitará París dentro de unos meses. Se va a quedar transpuesto cuando vea la vorágine consumista de un país capitalista, sobre todo si coincide con la Navidad. Éste no vuelve.
   —¿Saben cómo llamamos los cubanos al avión? —Nos interroga Félix—. La máquina del tiempo, porque es como ir del pasado (la miseria y la necesidad de nuestro país) al futuro (el desarrollo y la prosperidad).
   De regreso al hotel, nos remojamos en la piscina y nos apuntamos a las clases de baile. Los pasos básicos son fáciles, pero el giro no la acabo de terminar bien. Después de un nuevo chapuzón salimos a dar una vuelta. Lejos de la Habana Vieja no funcionan los cazaturistas y uno se puede mover sin tantos agobios. Cenamos decentemente en el paladar oficial de Doña Blanquita.
   Luis Valdés, el botones del Sevilla, se desvive por conseguirnos un coche con conductor para nuestros desplazamientos por la isla. El primero no nos gusta: tendrá unos cincuenta años, panzudo y resabido, difícil de manejar. Por la noche nos presenta a otro: Alberto, un chico de veintitrés años que nos pide setecientos dólares, lo rebajamos a seiscientos más la gasolina. Quiere llevar a su flaca para no aburrirse.

18 de julio, sábado.

   A las once y media, como quedamos, Alberto espera a la puerta del Sevilla. Su mujer se llama Mariana y es una chavala rubia y guapa para sus veintiséis años. Paramos para arreglar algo del motor en casa de un amigo de Alberto. Alberto y su amigo cortan media botella de agua de plástico, la incorporan al motor y problema resuelto. En la oficina que Visa tiene en el Habana Libre paramos para sacar más dinero. La cola no es muy grande y aún así, me paso en ella tres cuartos de hora. Cuando voy a montar en el coche veo casi un litro de gasolina en el suelo, por algún sitio se escapa gasolina a chorros. Alberto dice que se arregla no llenando tanto el depósito. Si él lo dice...
    Enfilamos hacia Soroa. A las primeras de cambio me doy cuenta de que el coche despide un olor a gasolina insoportable, no importa que las ventanas estén abiertas o cerradas. El olor me afecta de tal forma que me duermo. Cuando despierto tengo la garganta irritada. Me veo incapaz de continuar en él. Más tarde lo comento con mi compañera y le pasa exactamente lo mismo.
    Llueve mucho hasta Soroa. La humedad en el salto de Soroa es impresionante, lo impregna todo, estamos empapados. Bajamos hasta la base de la cascada por un camino de hormigón algo resbaladizo. Por la ladera del camino cae agua por todas partes. El río baja en ejarbe con color chocolate. Aparte del salto no hay nada más que ver, el pueblo son cuatro casas y sin alojamientos. Eso sí, el destartalado restaurante cuenta con un conjunto acústico-vocal para distraer a los pocos turistas que han parado con sus húmedos huesos aquí. Como es costumbre en toda Cuba, siempre se puede contar con un vigilante que por la módica cantidad de un dólar, nos cuida el coche.
Yendo hacia Pinar del Río
    En Pinar del Río buscamos alojamiento. El hotel del centro anda en remodelación. Al ritmo que trabajan y viendo su actual estado, calculo que pasarán algunos años hasta que lo abran al público.
   Pinar del Río es una ciudad que parece grande, preguntamos a unas señoras que toman la fresca en la calle y no se ponen de acuerdo: una dice que viven unos cuatro mil habitantes y otra que cuatro millones. ¡...!
   Probamos a buscar alojamiento en las casas particulares: son lúgubres y ninguna convence a mi compañera. Al final nos instalamos en el único hotel de la ciudad, a la entrada de la ciudad, a unos dos kilómetros del centro. No es caro: treinta dólares la noche. Al lado del hotel trabajan dos compañías de alquiler de carros: Transautos y Habanautos. En cuanto Alberto y Mariana nos dejan, intentamos conocer el precio de alquiler de un carro.
    Hemos llegado a la conclusión de que es imposible continuar en semejante tartana, tenemos el olor a gasolina metido en las entrañas. La idea de alquilar los servicios de un carro con chofer no parecía mala al principio, veíamos la ventaja de ir con alguien que se conocía la isla y las malas artes de los nativos. Además, el precio era la mitad de la tarifa de uno oficial. ¡Pero diablos, no contábamos con el estado de los coches! Desde luego, el coche de Alberto no llegaría a Santiago, eso seguro.
    Ninguna de las dos compañías de alquiler tienen un carro disponible a pesar de que se ven más de diez en el parqueo, según ellos, todos están averiados. Esperamos a que entre alguno. Encima, Alberto nos pide un adelanto de doscientos dólares; dice que tiene muchos gastos: comida, alojamiento, arreglar el tubo de escape, que según él es el origen del olor a gasolina.
    Cenamos en un paladar. Sólo sirven filete empanado de cerdo y arroz blanco. La bebida (una lata de un refresco) la compran en otra tienda previo adelanto del dinero. Que te traigan un absorbente (pajita) ya es todo un detalle. En fin: gastronomía de supervivencia.
    En la plaza actúa un grupo de salsa compuesto por once músicos. Cuando empiezan a tocar sólo hay unas cuatro personas en la plaza. Son bonísimos. Suenan claro y fuerte. Empieza a venir gente hasta que nos juntamos unas cincuenta personas, entre ellos, dos parejas de adolescentes canadienses. Los negrazos empiezan a bailar. Algunas mujeres traen vestidos de lentejuelas. La forma de bailar de las parejas jóvenes es muy diferente a la de los mayores, pero ambas son espectaculares. Una negra que observa como sigo el ritmo con el pié me saca a bailar. Parezco reumático comparado con los cuerpos que se contorsionan a mi alrededor.
    Caen cuatro gotas que desmantelan el sarao. Hay muy poco que hacer en esta ciudad. Los cubanos no piensan en cines o discotecas, su principal preocupación es comer al día siguiente.

19 de julio, domingo.

    Hasta las doce en la piscina, esperando el maldito auto que nunca llega. A chupar vapores de gasolina otra vez. Visitamos Viñales, la Cueva del Indio, con paseo en barca por el interior y el Fresco de la Prehistoria.
    En la primera cueva comemos pollo al cimarrón y un mango exquisito. Pregunto por la fruta-bomba y dicen que no es su tiempo. En el camino de vuelta al carro, descubrimos las dormideras, una planta que se achanta cuando se la toca.
    A las nueve nos acercamos al centro de Pinar del Río. Hoy ha muerto alguien importante y han cancelado las actuaciones musicales. La juventud se concentra en la calle de moda como en cualquier otra ciudad, la diferencia radica en que no consumen nada, ni bebidas ni tabaco.
    Mientras paseamos por la calle principal de Pinar, algunos jóvenes nos ofrecen discretamente cajas de puros a precios ínfimos comparado con las tiendas oficiales y los hoteles.
¿Montecristo, Cohiba, Partagás o Romeo y Julieta?
Una caja de veinticinco Lanceros Cohíba se vende a trescientos ochenta dólares en las tiendas, mientras que en la calle se puede conseguir por cien dólares. Alberto nos cuenta como lo hacen: lo más común entre estos vendedores clandestinos es que los puros los fabriquen con materiales que van robando poco a poco de las fábricas, uno se lleva unas etiquetas un día, unas cajas vacías otro y mucho tabaco todos los días. ¿Son entonces auténticos estos cigarros que venden como Cohíbas? ¡Ah! Alberto se encoge de hombros.
   Los chicos charlan de pié, con la bicicleta en la mano, nunca la pierden de vista. Nadie se aleja de su vehículo más de tres metros, ya sea bici o moto. Tomar una cerveza de lata de un dólar en la única terraza que hay es todo un signo de poderío económico. Invitamos a Mariana y Alberto. Un policía no nos quita ojo, descansa apoyado en el antepecho que separa la terraza de la calle y pone la oreja para captar nuestra conversación. Inesperadamente se arma un gran revuelo, hay gritos y carreras: han robado una bicicleta. Los policías intentan arrancar su viejo Lada pero el motor no responde, después del tercer intento lo consiguen; para entonces el ladrón anda ya muy lejos.
   Quedamos perplejos con los conocimientos que Mariana tiene de España, conoce las películas españolas mejor que nosotros; dice que el cine en Cuba es muy barato.
   Alberto y Mariana nos asombran con los relatos sobre inseguridad ciudadana, por la noche hay una persona que duerme en su carro para cuidarlo. En Pinar, hay gente en cualquier esquina que cuida los escasos carros y las bicicletas. Por la noche no se ve una máquina por ningún sitio. Los robos son muy frecuentes. Cada vez que Alberto aparca el coche se lleva los limpiaparabrisas consigo.

20 de julio, lunes.

    Habanautos nos asegura que hoy entrará una máquina. Decidimos alquilarlo y cancelar el recorrido con Alberto y Mariana. Se lo comunicamos y lo comprenden, el estado de su coche es penoso y traga gasolina como un camión. Llegamos a un acuerdo económico con ellos y nos despedimos.
    Nuestro nuevo coche es un Daewoo Cielo y parece bastante nuevo. Lo han traído una pareja de españoles y nos aseguran que funciona bien, sin problemas. A pesar del elevado precio de setenta y cuatro dólares al día y una tarifa adicional de ciento cuatro dólares por dejarlo en Santiago, lo alquilamos. Pero la cosa no es tan fácil. En la caseta que hace de oficina, un lugareño reclama por teléfono otro auto a la agencia de La Habana, ya que el que le han alquilado tiene los frenos en un estado lamentable. Es difícil de creer, pero el tipo se tira hablando más de una hora y necesitamos la línea para la conexión de la tarjeta de crédito. Recojo las maletas del hotel y las voy metiendo en el maletero.
    Cada trámite cuesta lo indecible. Cuando por fin acaba el tipo pesado del teléfono, aparece un viejo problema: la conexión con Visa. Después de validar mi tarjeta, el aparato dice que la impresora no funciona. Empiezan a leer el manual de la impresora. Nos desesperamos. No lo consiguen. Llaman a la central de Visa. No contestan. Vuelven a llamar. No hay forma. Decido que me lo pasen por impresión mecánica. Al rellenar el primer impreso se equivocan, hay que hacer otro. Sudamos a pesar del aire acondicionado de la caseta. Como por un milagro, cuando ya nos levantamos, la impresora carraspea y echa el esperado papelillo. Rompemos los otros y firmo. Por fin. Más suspense que en una de Hitchcock. Todavía nos quieren lavar el carro. Quita, quita, nos lo llevamos como está.
Esperando para montar en guagua
    El aspecto de desolación que nos transmite la autopista es total: no hay circulación. Sólo se ve gente en el arcén esperando algún transporte estatal. Por la expresión de aburrimiento de sus caras se diría que llevan esperando toda una eternidad. Nuestro carro sólo tiene dos litros de gasolina así que preguntamos por la gasolinera más cercana al parar en un semáforo. Quieren ofrecernos un paladar, alojamiento particular, Cohíbas, de todo. Sólo queremos gasolina. Tres ciclistas nos escoltan hasta el preciado líquido. En la gasolinera los tíos no lo dejan, siguen ofreciéndome de todo. Entran conmigo hasta la caja. Intento pagar con la tarjeta Visa. Gran error. El empleado lo intenta pero no entiende bien la operativa. Llama a otra empleada de la oficina que tiene más luces. Tras cinco minutos de intentos, por fin lo consiguen. Cuando vuelvo al coche encuentro a alguien hurgando en la válvula de una rueda trasera, me dice que tengo la rueda algo deshinchada, que me la iba a inflar. Yo la veo bien, le digo que lo dejen.
    Ponemos rumbo a Sandino. Cuando salimos de Pinar por fin respiramos tranquilos, pero no será por mucho tiempo. Por la carretera algunos ciclistas nos señalan la goma derecha con el dedo. ¿Qué pasará? A la salida de San Juan otro ciclista nos hace los mismos gestos. Paro el carro. El tipo asegura que la goma va inclinada, que los tornillos flojean. Monto en el auto y recorro unos metros mientras mi compañera observa la goma desde la carretera. No nota nada. Me bajo y ella maneja. Miro la de atrás y luego la de delante. No veo nada anormal. Lo que sí me parece raro es que se ofrezca para llevarnos al garaje de su tío donde seguro quieren culminar su artimaña. Le contesto que gracias por la observación y adiós.
   En un cruce nos detenemos unos segundos a preguntar por la dirección correcta a Sandino. Un chaval nos ofrece Cohíbas a buen precio. Le contesto que no puedo parar, que llevamos la goma mal. Él asegura que sí, que la llevamos muy desinflada. Y ladeada, le digo yo. ¡También!, asiente él. Y me río sonoramente. Si teníamos alguna duda, éste chico nos la ha resuelto. Qué pena, no se puede confiar en ningún cubano menor de treinta años. La gente mayor es más de fiar. Todos los jóvenes saben que el turista tiene dólares e inventan mil formas de conseguirlos.
    La carretera de La Fe a La Bajada es pésima, llena de profundos baches que sorteamos como podemos. En una recta bajamos a mear. Al de pocos minutos regresamos corriendo al carro. Los mosquitos me han acribillado. Los puñeteros se han cebado especialmente conmigo, como siempre, sé que les gusto. Tengo más de veinte picaduras en la parte posterior de mis muslos. A mi pareja no le han picado apenas, posiblemente porque al mear en cuclillas ha expuesto menos las piernas. Seguimos matando mosquitos dentro del carro. La antesala del chaparrón de todas las tardes los ha soliviantado.
    En La Bajada hay un pequeño control militar con barrera y todo, ignoramos la razón.
Descansando en la playa de María la Gorda
   En la playa de María la Gorda respiramos por fin. ¿De dónde viene este nombre? En tiempos de los piratas, María, la gorda, suministraba víveres y logística a los barcos que atracaban en esta parte de la isla.
    Ahora es un centro de buceo para extranjeros. Hay cinco villas dobles, un comedor, un pequeño bar y una central telefónica, poco más. La playa es magnífica: cocoteros, arena blanca, aguas cristalinas y tranquilas y apenas cinco turistas tumbados al sol. Estamos encantados con el lugar. Desgraciadamente las villas se encuentran todas ocupadas. Nos remiten a la estación de radar del control militar, en La Bajada, a diez kilómetros. Llamamos y reservamos habitación. La estación de radar no es, ni de lejos, un hotel, más bien parece una cárcel. La habitación tiene cuatro literas estilo militar y baño incorporado. El suelo es de cemento, sin baldosas. Al menos parece limpio, además, no hay más opciones, así que nos quedamos.
    Volvemos a María la Gorda para cenar. En la carretera que discurre paralela al mar se cruzan multitud de cangrejos, algunos enormes, de hasta medio kilo de peso. Corren a gran velocidad, no es fácil atraparlos, sobre todo a los grandes, que hacen frente al intruso con sus pinzas.
    Nos sorprende gratamente el bufé del centro de buceo. La comida está bien preparada y entre todos no sumamos veinte personas.
    Después de cenar nos tumbamos en las hamacas de cuerda y observamos el cielo, las estrellas fugaces, mecidos por el ruido de las olas. Ah..., qué romántico.
    En el camino de vuelta a nuestro “hotel”, una jutía se cruza en el camino y deslumbrada por las luces del carro se detiene en medio de la carretera.
    Qué tranquilidad se respira en este apartado rincón del Caribe.

21 de julio, martes.

   Día de relax en la playa de María la Gorda. Disfrutamos de las aguas cristalinas, el sol y la buena comida del lugar. El enorme pez de la cena bien se puede comparar al mejor besugo que haya comido. Mi compañera me cuida con delicadeza las picaduras de mi pierna. A la vuelta a la estación de radar, el espectáculo de relámpagos a lo lejos es espectacular. Las estrellas inundan el cielo...

22 de julio, miércoles

    Hace tan solo una semana que llegamos a esta isla y parece que haya transcurrido una
El cangrejo que subía por la puerta
eternidad. Seguimos disfrutando de la tranquilidad y las aguas transparentes de María la Gorda.
   Dicen que esta mañana se ha metido un majá de un metro de longitud en la estación de radar. No me extraña, hoy mismo, en el comedor, hemos encontrado un enorme cangrejo subiendo entre el hueco de la puerta y la pared, el que aparece en la foto de la izquierda.
    A la una quedamos con el guarda del parque para ver las iguanas. Nos conduce por un camino que nos lleva hasta una casa desportillada. Nos recibe un hombre mayor, rubio, desdentado, poco hablador. Me recuerda al Azarías de la novela Los Santos Inocentes de Delibes. Vive con tres mujeres medio desnudas y llenas de mugre. No se ve rastro de las iguanas. El Azarías avanza un poco hacia la espesura con un plato de maíz y al poco, aparece una iguana. Dice que esa anda apendejada; ayer se fajó con otra y sigue herida.
   Después de cenar, los mosquitos y jejenes se ponen pesados y nos instalamos en el saliente de hormigón a contemplar la luna.

23 de julio, jueves

    Abandonamos la paz de María La Gorda. Desayunamos en la estación de radar. El desayuno es paupérrimo y enormemente caro para lo que ofrecen. Son sobras del bufé del centro de buceo. La taza de café es poco mayor que un dedal, no cabría ni un bizcocho. No exagero.
    Dos naturalistas tienen una reunión a las doce en Pinar del Río y nos piden que los llevemos. Dicen que se han levantado a las cuatro para buscar algún turista. Durante el camino nos ilustran con sus conocimientos de la reserva.
    En Pinar del Río echamos gasolina. Los cazaturistas rodean el carro, ofrecen Cohíbas a precios de ganga, los niños piden monedas y cuando voy a montar de nuevo veo a un hombre manipulando de nuevo el aire de la goma. Le retiro rápidamente, dice que su deber es inflar las gomas bajas de aire. No me creo nada, más bien la estaba desinflando. De hecho parece algo más baja que las demás, y estoy seguro que es debido a su mano. ¡Qué cruz!
Matanzas
    Haciendo turnos de una hora para manejar, el viaje se hace más corto. A las cinco llegamos a Matanzas, la Venecia cubana, situada cien kilómetros al oeste de Varadero. Nos instalamos en un hotel de las afueras. Hay escasez de agua; sólo la dan de 6:00 a 9:00, de 12:00 a 14:00 y de 18:30 a 20:00.
    La piscina está muy sucia y atestada de gente, parece como si todo el pueblo estuviera dentro, imposible nadar ni dos metros.
    Somos los únicos en cenar en el restaurante. El camarero que nos atiende tiene ojos saltones, como de loco.
    Al anochecer, bajamos a Matanzas. Damos una vuelta en carro para ver el pueblo. Algunas tiendas parecen estar bien surtidas. Vemos una peletería con apariencia normal, es decir, con el escaparate lleno de zapatos. Decidimos no perder de vista el carro y tomamos algo en el bar Atenas, donde una pizarra anuncia platos de camarones, pulpo y otras exquisiteces que se convierten en humo cuando se pregunta por ellos. Sólo sirven jamonada y papas fritas.
    Mientras tomamos, Alexander, un crío de doce años, se sienta en nuestra mesa para trabajarnos y sacarnos lo que pueda. Tiene una verborrea y unas luces inusuales en un chaval de su edad. Mientras, la terraza se puebla de jineteras, patos, machorras y demás maravillas matanceras. Alexander comienza diciendo que es campeón de atletismo en su escuela, luego nos enseña sus destrozados pedales, atados con una cuerda para que no se separen en dos mitades. Dice que así no puede correr. Tras una hora de conversación, finaliza preguntándonos que es lo más nos gustaría conseguir en la vida, cuando llega su turno nos dice que una bicicleta, que seis fulas son suficientes para conseguir una. En esto que pasa un carro de la policía muy lentamente. En breves instantes desaparecen todos los que estaban a nuestro alrededor.
    Se ve que el personal que nos acompañaba en la terraza era lo más selecto de la ciudad.

24 de julio, viernes

   La entrada a la península de Varadero se controla con barrera y se imponen serias restricciones a los propios cubanos, tienen que acreditar que trabajan en alguno de los hoteles, o bien, viven en la zona.
    Visitamos varios hoteles hasta encontrar uno con plazas libres. Nos alojamos en el Tropical, en la modalidad de todo incluido, por ciento treinta dólares al día. La calidad del hotel no justifica el precio, pero en fin, hace tiempo que nos hemos dado cuenta que Cuba es más caro que New York y el servicio es peor.
Playa de Varadero
   Varadero es un complejo turístico a la cubana, o sea, que los hoteles parecen algo pasados de moda, se les ve como desgastados, con necesidad de un buen lavado de cara y puesta al día. Fuera de los hoteles, apenas hay infraestructuras que inviten a pasear; eso sí, la playa es estupenda y sin agobios de gente. Una brisa permanente atempera el calor y en algunas zonas el fuerte oleaje desaconseja el baño, pero para eso tenemos la piscina del hotel. Lo mejor de todo es el color del mar: de postal.
   Contrasta enormemente la abundancia y derroche de comida en estos hoteles con la escasez del Período Especial que sufren los cubanos. La calidad de los productos tampoco es que sea para echar cohetes, pero es aceptable.
   Por la noche, para bajar la cena, caminamos hasta el Retiro Josone, una finca de ocho hectáreas que perteneció a los propietarios de la destilería de ron Arrechabala, quiénes en 1949 la compraron para construir su residencia. La palabra Josone viene de juntar las tres primeras letras de sus nombres: José y Onelia. En 1989 se fundó este parque que ahora cuenta con varios restaurantes, un lago artificial, patos, iguanas y mucha tranquilidad. Un sitio estupendo para pasear en una noche estrellada.

25 de julio, sábado

   Sorpresa en el parqueo del Tropical: ¡la rueda de repuesto voló! Los del hotel tienen la cara de decir ahora que el parqueo no pertenece al hotel cuando fue un empleado del hotel quien nos pidió las llaves y él mismo lo aparcó. Charlamos con el jefe de seguridad pero es en vano, no ceden. Buscamos la sucursal de Habanautos y, para nuestra sorpresa, nos arreglan el bombín de la puerta trasera y nos dan una goma nueva sin rechistar. Nos sorprende una barbaridad. Aquí hay gato encerrado. ¿No serán ellos mismos quienes roban las gomas para sacarse algún dinerillo extra? En Pinar del Río, mientras alquilábamos el carro, pensaba que los empleados de las compañías de alquiler ven facturas de miles de dólares mientras ellos no reciben ni un dólar extra. Eso no podía ser. El cubano, en el contacto con el turista, siempre tiene que quedarse con algo. Y ahora queda claro: roban las gomas y después las cobran al turista a cien dólares la pieza. Por esta razón, el bombín de la cerradura del maletero de todos los autos de alquiler siempre aparece roto y no se puede cerrar. A pesar de que el empleado de Habanautos nos asegura que todo está arreglado, que no tendremos ningún problema al devolver el carro, nosotros nos aseguramos denunciando el robo en la policía de Santa Marta. El poli de turno no puede darnos una copia de la denuncia porque se acabó el papel de calco. ¿Pero si no tienen una sola carpeta en toda la sala! ¿Dónde archivan las denuncias o ... cualquier cosa? Castro no quiere que quede constancia de los robos a los turistas. En Cuba reina la ley y el orden y todos son guapos, felices y bien alimentados.
Cría de cocodrilo de la ciénaga Zapata
    Ponemos rumbo a la ciénaga de Zapata.
   ¿Qué significa el letrero “Control de Mosquitos?”
    Como las villas de Playa Larga permanecen cerradas, nos alojamos en la casa particular de Fidel —Fidel Calvo, no Castro, que ese nadie sabe donde vive. Muchos cubanos juran que vive en Galicia, España—. La habitación es sencilla, de paredes blancas y camas de firmes colchones.
   Volvemos hacia atrás, al criadero de cocodrilos de la ciénaga Zapata. Son las cinco y los autobuses de turistas han desaparecido; ni uno a la vista. El guía para nosotros solos. El guía es ingeniero de telecomunicaciones y trabaja cuidando a los cocodrilos porque gana mucho más con las propinas de los turistas que de ingeniero. Nos acompaña durante dos horas y comprobamos la ferocidad de los cocodrilos, grandes y pequeños. Saboreamos la carne de cocodrilo asada en el ranchón. Resulta inexperadamente sabrosa.
   Cenamos en el alojamiento particular. La señora y su oronda hija nos preparan langosta congelada, tostones y un delicioso mango. Ni rastro de la fruta-bomba al natural, pero sí en forma de jugo. Algo es algo.
   En el paseo que damos después de cenar, por la oscura y solitaria carretera a Playa Larga, nos sale al encuentro un majá negro a un metro de nuestros pies. Es pequeño y no nos asusta.

26 de julio, domingo.

   Volvemos hacia Guamá. El paseo en lancha por la Laguna del Tesoro resulta agradable. El tiempo acompaña, ya que el cielo sigue nublado, presagio de tormenta.
   Guamá es un centro turístico compuesto por cabañas de madera y techo de palmas, muchas de ellas elevadas sobre el agua a modo de palafitos. El césped luce bien cortado y cuenta con innumerables puentes de madera sobre los entrantes del mar. Todo muy fotogénico.
   Playa Larga se encuentra atestada de bañistas. La atravesamos andando de punta a punta y al parecer, pasamos desapercibidos. Nadie intenta vendernos nada, ¡increíble!
   Seguimos hasta Playa Girón. En el camino paramos en la Cueva de los Peces, una fosa de treinta y dos metros de profundidad doscientos metros tierra adentro, repleta de peces de colores.
    En Playa Girón nos alojamos en una villa por cuarenta y ocho dólares. Estas villas me gustan más que los hoteles, sobre todo por el espacio disponible. Un empleado alucina cuando me ve meter la rueda de repuesto en la cabaña.

27 de julio, lunes

   Cienfuegos es una ciudad amplia y limpia y hasta tiene una pequeña zona comercial.
   Parqueamos al lado de un bar de amplios ventanales. En cuanto salimos del carro, unos veinteañeros nos hacen señas desde el bar. Nos dicen que no nos preocupemos del carro, que ellos lo cuidan.
En Cienfuegos
   La plaza de Cienfuegos está bien arreglada. Hablamos con el que fue uno de los chóferes de Ernesto Che Guevara. Se siente contento con Fidel y los logros de la revolución: la medicina y la enseñanza gratis. ¿Y qué más, compay? Con poco te conformas.
   Hace un calor terrible. Entramos en el Palatino. Mientras tomo una cerveza Bucanero, un barbas me hace una caricatura, cuando me la da le digo que eso también lo hago yo. Me pasa los bártulos y se sienta en plan de pose. Pues no me echo atrás. Cuando termino mi dibujo se la muestro y el personal dice que no pinto del todo mal. El barbas no se da por vencido; tiene que quedar por encima, como el aceite. Coge el bolígrafo y se hace una caricatura de sí mismo. Me la da y que la guarde, que no las tire, por favor. No acepta propinas entre colegas.
    Trinidad tiene unas casas antiguas que si estuvieran más arregladas serían una de las ciudades más bellas del mundo. Las estancias son amplias y los techos altos, las paredes no suben hasta el techo, para mejorar la ventilación.
    El empedrado de las calles presentan grandes socavones y un perfil convexo. Unos dicen que es para drenar el agua de lluvia, otros que el antiguo alcalde tenía una pierna más corta que otra y así compensaba.
   Comemos una magnífica langosta en un paladar por ocho dólares.
   Nos alojamos en las villas “Las Cuevas”.

28 de julio, martes

   Un pedraplén de quince kilómetros conecta la isla con Cayo Coco y Cayo Guillermo. Los Cayos son el destino de miles de turistas que sólo buscan descanso, sol y playa. Lo único que hay aquí es un diminuto aeropuerto y complejos hoteleros de lujo.
   Nos alojamos en el Riu de Cayo Guillermo, un todo incluido. Relax, piscina, sol, playa, espectáculo nocturno y buena comida. A gozar.

29 de julio, miércoles.

   Seguimos de descanso. Tomamos el sol, llenamos nuestra barriga y navegamos un poco en canoa. A las dos, ponemos rumbo a Holguín. Llegamos de noche. Nos alojamos en el hotel Perrick. Después de una paupérrima cena nos acercamos a la plaza principal de la ciudad. Parqueamos en una zona iluminada. En toda la plaza no hay más de tres autos y todos son de turistas.
   No he cerrado aún mi puerta cuando ya tengo en mis narices la mano tendida de un anciano encorvado. Quiere su platita por vigilar el carro. Le digo que después, abuelo, no sea que desaparezca el carro y la platita.
Conjunto musical
   En la Casa de la Trova, la entrada cuesta tres dólares por cabeza, y encima no tienen cambio para darme las vueltas de diez fulas. El portero me asegura que puedo estar tranquilo, que él es honrado y que otra persona ha ido a buscar mis vueltas, que pase tranquilo, que ellos ya me buscarán entre la gente cuando tengan el cambio. Y yo: Que sí, que estoy seguro de que es usted muy honrado, no me cabe la menor duda, pero es que no me importa esperar a su lado, junto a mis diez dólares. Para estos tíos, diez fulas es el salario de un mes, así que ojito con el portero. Tras larga espera, por fin, aparecen con mis vueltas.
   El garito es lúgubre, escasamente iluminado y tiene unas sillas y mesas de madera como único mobiliario. Las mulatas jovencitas de trasero respingón y mallas ceñidas abundan. Me dirigen miradas maliciosas cuando me hago paso entre ellas. Poca iluminación y cuerpos pegados: mano a la cartera. En el fondo del local diviso a mi compañera con compañía masculina. Un cubano ya le está soltando su rollo. Se intercambian direcciones. Leo la dirección que le ha dado mi amiga y veo que es falsa, como es nuestra norma. Para los cubanos, ella se llama María y es ama de casa, y yo soy Ricardo, escritor, ambos de Madrid. No he mentido tanto en mi vida, pero esto nos libra de extrañas llamadas al hotel para dios sabe qué.
   En la mesa aledaña, una pareja de cubanos lleva tiempo fijándose en nosotros. Por fin, ella se decide y me saca a bailar. Se muestra realmente interesada en saber el nombre de mi hotel. No sé si lo pregunta por charlar de algo o por alguna otra cosa más inconfesable. Es imposible mantener una conversación con ellos de manera espontánea y desinteresada, aunque es comprensible dada su situación.
   Algunos italianos bailan alegremente con las soberbias mulatas. Se les ve algo cargados de ron y con cara de pasarlo muy bien. El ambiente es bueno y se puede pasar un rato divertido si se tiene un poco de cuidado.

30 de julio, jueves.

   La playa de Guardalavaca es genial: mar azul turquesa y muy poca gente. Nos alojamos en un todo incluido estatal. Descanso bajo las sombrillas de hojas de palmera, paseos en canoa, buena comida y a echar barriga.
   El todo incluido incluye los servicios acuáticos: canoa y la típica lancha de pedales. La moto de agua es un extra: consume gasolina. A dólar el minuto. Cuando me dispongo a conducirla se levanta un viento que hace más grandes las olas. Otra vez será.
    Por la noche hay animación en el hotel y después sigue la marcha en la misma playa con un espectáculo musical y de baile. La policía pasea discretamente entre los turistas.
   Aprovechando la relativa oscuridad de la playa, nos alejamos unos metros del jolgorio, dejamos nuestras ropas bien plegadas al pie de una palmera y nos bañamos desnudos a la luz de la luna...

31 de julio, viernes.

   Apuramos el tiempo en la playa de Guardalavaca. Las lanchas de pedales están muy solicitadas y hay que hacer guardia para hacerse con una.
   De Guardalavaca salimos a las dos y media rumbo a Manzanillo. Aquí se ve más gente por las calles que en las ciudades del oeste. De hecho, es algo complicado conducir entre tanta bicicleta. A veces, en los cruces, si nos toca ceder el paso, tardamos varios minutos en incorporarnos a la carretera por el incesante número de ciclistas que transitan.
    Nos alojamos en un hotel para cubanos. Es lo que hay. En la recepción, una pareja de recién casados fruncen el ceño cuando escuchan la tarifa que, por supuesto, es veinte veces menor que lo que nos cobran a nosotros.
   Al poco de alojarnos en nuestra habitación, comienza una impresionante tormenta y la luz y el agua se van. Nos quedamos sin cenar.
   Dormimos mal, los colchones son muy blandos.

1 de agosto, sábado

   Desayunamos en el hotel de Manzanillo. Entro en el comedor bailando, la música de ambiente invita a ello, pero abandono mis contoneos en cuanto me fijo en los rostros de la gente. Sus tristes semblantes resumen la situación que atraviesa el país; nadie sonríe y apenas hablan. Tampoco me extraña, a mí se me queda la misma cara cuando la camarera me enumera “las delicias” que sirven para desayunar. Tomo dos huevos fritos y arreando; lo demás no merece la pena.
   Nuestro afán por alcanzar los lugares más recónditos nos lleva hasta el cabo Cruz. Desde la carretera que lleva al faro se contempla una zona protegida por la barrera de coral, magnífica para el baño. El calor aprieta y el lugar nos parece ideal para darnos un chapuzón. A este apartado lugar no llegan muchos turistas, tan solo encontramos tres críos pescando agujas. Charlamos con los chavales; insisten en que veamos una cueva cercana. Les acompañamos. La cueva es pequeña y está completamente llena de agua, es como una piscina bajo tierra. Ver a los chavales lanzarse al agua desde todos los rincones de la cueva es un espectáculo. Conocen cada centímetro de las paredes y del fondo. Nosotros les vemos hacer, no nos bañamos, no sea que salga un pulpo gigante y nos devore.
    Paramos en la playa de las Coloradas, lugar del histórico desembarco de Fidel. Compramos una fruta parecida a uvas —en China le llaman a esto ojo de dragón— y unos dulces caseros de coco.
   Los hoteles recomendados en nuestra guía están cerrados. Nos alojamos en unas villas de Marea del Portillo.
   Compartimos la pequeña playa con dos parejas de cubanos. Al atardecer ya no se puede estar tranquilo, los jejenes nos atacan y sólo dentro del agua te libras de sus picaduras. La cena es paupérrima. Por la noche, el colchón es tan blando que dormimos echándolo sobre el suelo. De todas formas, el cielo estrellado y la tranquilidad que se respira en este apartado lugar compensa con creces las pequeñas incomodidades.

2 de agosto, domingo

   La carretera que atraviesa Sierra Maestra discurre paralela a la costa y, de vez en cuando, los desprendimientos la cubren por completo. En estos casos nos salimos fuera de ella para rodear el alud. A veces nos preguntamos si llegaremos a Santiago o uno de estos desprendimientos nos cortará el paso definitivamente. La carretera es serpenteante pero de curvas de gran radio y en general el firme es bueno. La circulación es nula.
Paisaje de Sierra Maestra
   Me sorprenden los ríos, cristalinos y de lecho de piedra. Llevan peces. En las orillas menudean los puercos negros con sus crías. Un guajo nos comenta que padecen una sequía muy fuerte, la peor en cincuenta años. Nadie lo diría al ver el verde que cubre las montañas de Sierra Maestra. Al acercarnos a Santiago observamos las playas llenas de gente. Abundan los camiones llenos de adolescentes, yendo y viniendo de las playas.
   Atravesamos la ciudad y nos dirigimos a Baconao. La subida hasta la Gran Piedra resulta infructuosa, hay mucha niebla y es tontería subir cuatro cientos escalones para no ver nada.
   Estoy algo alicaído, quizá por el calor, así que compramos en un diminuto puesto de la carretera algo de fruta: marteños, mangos y una fruta muy parecida a la chirimoya y al anón pero de sabor ácido. Casi le dejamos sin nada. Es penoso que en este país caribeño la fruta sea un artículo de lujo. Sólo hemos visto los mangos en el desayuno del hotel Sevilla, en La Habana; en los demás hoteles, algo de piña y guayaba y para de contar. Hasta los jugos, compotas y mermeladas los tienen que importar. ¿La causa? Lo de siempre: no hay estímulo al trabajo. ¿Para qué te vas a deslomar trabajando en el campo si vas a recibir el mismo salario que sin hacer nada? El colmo es que se han llegado a pudrir toneladas de frutas por la desidia y desorganización del sistema estatal de acopio.
    Buscamos alojamiento en los alrededores de Baconao. De repente, sucede algo imprevisto: los ocupantes de la motocicleta que nos precede se despetroncan y caen al suelo. Él se levanta ileso, pero ella tiene un fuerte golpe en la cabeza y en la rodilla y múltiples rasguños por todas partes. Se queja mucho, dice que tiene muy mala suerte, la semana pasada se despingó la cabeza al resbalar en una piscina natural.
Típico transporte público cubano
   Buscamos algún hotel con servicio médico. Le hacen una cura de urgencia y le llevamos al hospital de Santiago. Su compañero nos sigue en la moto.
   Este incidente y las horas que llevamos al volante nos imponen un descanso. En el hotel San Juan no hay sitio, otros también están llenos. Por fin, la recepcionista nos localiza uno con piscina: el Versalles. Cuando llegamos vemos que la piscina está vacía. La excusa es que la están tratando con productos químicos y mañana, aseguran, estará preparada. No me lo creo.
   El Versalles está muy alejado del centro, en una loma desde donde se ve toda la ciudad. Parece una zona medio residencial, pero está poco iluminada y no nos aventuramos a andar en la oscuridad.

3 de agosto, lunes

   Visitamos el Castillo del Morro y después entregamos el auto sin novedad.
    Los buscapesos se nos pegan como moscas. Tomamos una bici-taxi hasta el parque Céspedes, más que nada para perderlos de vista. Así y todo uno nos sigue a pie. ¡Qué cruz!
   En una tienda compro unos cuantos cedés de música cubana (Juan Formell y los Van Van, David Calzado y la Charanga Habanera, La Sonora Matancera, Orquesta Manzanillo, Son 14, Klimax, Manolín, el Médico de la Salsa, José Luis Cortés y NG La Banda, Adalberto Álvarez, etc) y en una galería de arte me enamoro de un cuadro de R. Vázquez que representa a un sonero tocando la guitarra. Tras un breve regateo me hago con él.
Cuadro del sonero
   Volvemos a nuestro hotel con intención de darnos un chapuzón en la piscina. "Aún no está preparada"— se disculpan. Metemos la toalla en la mochila y un taxi nos conduce hasta el mejor hotel de Santiago: el Meliá. Nos instalamos en la piscina por todo el morro.
    Para cenar buscamos un paladar en Santiago. Los de la guía han cerrado, el dictador los ha clausurado por ofrecer mercancías para las cuales no tenían licencia. No sé que más podrían ofrecer; cigarros, me imagino. De todas formas, no hay problema, el taxista conoce unos cuantos más.
   Después de cenar nos tomamos unos helados en la terraza del hotel Casa Granda. Un mago nos hace unos jueguecitos con los pañuelos, las cartas, etc. En fin, lo típico. Intenta sacarme unos dólares más con el truco final. El tipo quiere que meta el dólar que le acabo de dar junto con otro más en su cajita. Si soy capaz de abrirla recupero los dos dólares, en caso contrario son para él y encima le invito a una cerveza. Acepto el reto, aunque está claro que no seré capaz de abrirla, como así ocurre.
   Desde la terraza se ve evolucionar a las jineteras, algunas lucen un tipo manguito: piernas largas, guapas y cuello de cisne; otras bien entradas en carnes...

4 de agosto, martes

   Nos trasladamos al hotel Casa Granda, está en el centro de la ciudad y además ahorramos en taxis.
Plaza Céspedes de Santiago
   Al poco de llegar al Casa Granda, cae una tromba de agua impresionante. Los goterones retumban en el techo de cristal del patio y parece que cayera el diluvio universal.
   La mañana la dedicamos a visitar el museo Bacardí, con sus momias y sus pinturas. Compro algunos cedés más de salsa y paseamos por esta bonita ciudad. Santiago es la ciudad más normal de cuantas hemos visitado, hasta se ve gente degustando unos pequeños polos de chocolate, todo un lujo para los cubanos.
   A la hora de jamar veo a una pareja de españoles salir de un restaurante. Les pregunto por la calidad de los platos y nos lo recomiendan. Somos los únicos en todo el comedor.
   Mientras esperamos la comida, Lucía, una simpática negra de gruesos labios, nos predice el futuro y otro negro, acompañado de una guitarra, nos canta desde el patio exterior. Lucía es muy habladora y simpática, pero no da una en el clavo. Trata de adivinar nuestro lugar de procedencia en España. Duda, pero está segura que no somos vascos, —porque los vascos son muy hijos de puta—. Cuando le reiteramos que sí lo somos, desaparece en cuestión de segundos. Después, con la panza llena, mi compañera le compra una figura, más por su simpatía que por lo que le pueda gustar la pieza.

5 de agosto, miércoles

   En el aeropuerto de Santiago nos encontramos con una española a la que le han robado todas sus pertenencias a las pocas horas de llegar a la isla. Fidel debería cuidar más la seguridad de los turistas o matará su principal fuente de ingresos.
    El avión de Cubana de Aviación que nos lleva de Santiago a La Habana parecía moderno desde el exterior pero nos hemos pasado todo el vuelo envueltos en efectos especiales, en nubes de vapor de agua que flotaban en el interior del avión e impedían la visión más allá de un metro, ¡no te exagero! Hacía un frío del demonio y las aeromozas no tenían ni una manta para abrigarnos.
    En el aeropuerto de La Habana he descubierto que los tapones de las botellas de ron estaban desprecintados; han ido directas a un cubo de basura.
    Como disponemos de unas pocas horas antes de subir al avión, alquilamos un taxi para ir al mercadillo de la Habana Vieja para hacer las últimas compras. Nos ha gustado mucho la estatua de un desnudo femenino pero se ha quedado en Cuba: ciento ochenta fulas pedían por ella.
   El periódico que leemos en el avión dice que Castro ha emprendido una ofensiva contra los nuevos “millonarios” socialistas. Va a endurecer las medidas contra el enriquecimiento de los trabajadores por cuenta propia. ¿Qué es eso de ganar mil dólares mensuales? Fidel (alias Mandoyo, alias el Coma Andante) no quiere criollitos.
   A pesar de los pequeños contratiempos sufridos, guardo un buen recuerdo de Cuba, su gente es excepcional, son alegres, extrovertidos y cultos. Es una lástima que la ambición y ceguera de un sólo hombre mantenga a todo un pueblo en el desconocimiento del mundo exterior y en la miseria.

Copyright © 1998-2012 MRB

La propiedad intelectual del texto me pertenece, por lo que está prohibida su reproducción total o parcial sin mi expresa autorización.