15 de julio, miércoles
Nada menos que una hora de espera en la cola para pasar la aduana de
entrada al país. El taxista particular que nos traslada desde el
aeropuerto hasta La Habana nos pide diez dólares y se nos ofrece también
como chofer en nuestro recorrido por la isla: treinta dólares diarios y
gasolina aparte, y si cuela, cuela. Entre el hueco del freno de mano y el
asiento distingo un cuchillo de cocina de treinta centímetros, algo habitual entre los
taxistas habaneros... ¿No me decían que esto era muy tranquilo?
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| Casas señoriales frente al malecón |
Las primeras casas que vemos cuando entramos en La Habana
se encuentran desportilladas, el estado de algunos barrios recuerda una guerra, pocas
ventanas tienen cristales y la ropa tendida son talmente harapos. Decían
que Cuba estaba en mala situación pero no imaginaba que fuera tan
lamentable. Me llama la atención la casi total ausencia de tiendas. Es
curioso que a pesar del aspecto ruinoso de los edificios no haya basura en
las calles. En realidad no sé de qué me extraño, los países más ricos son
en realidad quienes más basura generan. El famoso hotel Sevilla es
aparente desde el exterior pero el mobiliario de nuestra habitación es
espartano, cualquier hostal español lo supera en comodidad.
Al poco de
llegar, salimos a damos un paseo por el malecón. En cuanto recorremos los
primeros metros, un adolescente se nos acerca, nos dice que tiene dos
amigas en el País Vasco, nos enseña las señas y en efecto, resultan ser de
Algorta y de Leioa. No sé muy bien cuáles son sus intenciones aunque me
supongo que se trata de evitar la censura cubana y asegurarse de que las
cartas llegan a su destino.
De repente, mientras recorremos la avenida José Martí, cinco niños de apenas doce años
nos rodean pidiéndonos dinero, primero rodean a mi compañera, quien al no
poder evitarlos por las buenas, les grita. La dejan. Ahora vienen a por mí.
No sé que hacer. ¿Aguanto hasta que se cansen?, ¿no les hago caso?, ¿les
doy dinero? Opto por sonreírles y tratarles con amabilidad, pienso que ya
se cansarán, digo yo. Noto que su proximidad es excesiva, me palpan por
todas partes. Cuando quiero reaccionar es tarde. De repente, todos echan a
correr riéndose. Me extraña esta súbita huida y lo primero que pienso es
que me han abierto la mochila. La inspecciono y compruebo que todas las cremalleras siguen cerradas. A los
pocos minutos echo en falta el reloj: ha volado. No
valía gran cosa, era de esos digitales de plástico, pero es un mal comienzo. A partir de ahora tendremos que
ser mucho más precavidos en el trato con los cubanos. Una pena. Por
unos instantes nos ponemos algo nerviosos, no llevamos veinte minutos en
la calle y ya nos han robado. Recorremos el malecón con temor, vemos en
cada negro descamisado a un delincuente peligroso.
En el malecón, los chavales pescan sin cebo, lanzan lejos, sobre los bancos de peces que se
desplazan a lo lejos y pegan tirones al recoger, para robar los
peces. A la vuelta nos tomamos una cerveza Bucanero en Video Shop. Al
minuto de acomodarnos, un chaval de unos doce años se sienta a nuestro
lado. Hay que ver lo bien que se expresa para su edad. Pasamos
más de media hora entretenida charlando con él. Al final, nos pide una
camiseta. Hemos traído algunas cosas para regalarles; esta visto que habrá
que llevarlas en la mochila para ocasiones como esta. Los
cubanos pasan mucha necesidad pero es cierto que no hay drogadictos ni
alcohólicos tirados en las calles. No se ven niños desamparados, durmiendo
a las puertas de las casas comerciales, como ocurre en ciudad de Méjico,
Bogotá, Caracas, Santo Domingo, ni las míseras favelas que rodean muchas
grandes urbes de América Latina.
Cuba es un auténtico museo del automóvil americano antiguo; viejos Mercurys, Fords,
Chevrolets o Cadillacs todavía circulan por las calles. Son vehículos fabricados
antes de 1960, el año que entró en vigor el embargo. Aquí se les conoce como almendrones
y algunos de ellos están tan bien cuidados que parecen nuevos. Es difícil imaginar cómo consiguen esos cromados
relucientes y esa pintura tan perfecta.
16 de julio, jueves.
El bufé del desayuno del Sevilla es decente pero no sirven fruta bomba,
mi preferida. A las nueve salimos hacia la Plaza de Armas. En el
trayecto pasamos por calles sucias y edificios en muy mal estado. Nada
recomendables como visita nocturna. Apenas se ven tiendas y las pocas que
hay tienen poco que ofrecer. Pasamos por Correos a enviar unas
postales. Fuera, mucha gente espera su turno, nosotros hemos entrado sin
guardar la cola. Nadie nos dice nada.
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| Bici-taxi artesanal |
En la calle, justo enfrente del Capitolio, se celebra una carrera no competitiva de
bicicletas y de bici-taxis. Algunos modelos son sorprendentes, se les ve
tan orgullosos de sus máquinas como si tuvieran un Cadillac. Visitamos
el Capitolio. Las salas que otrora servían de lugar de reunión para
el senado o los diputados, ahora se utilizan para eventos, conferencias,
etc. El punto cero de las carreteras de Cuba lo señala un
diamante bajo un cristal en el propio suelo del Capitolio. Un mojito en La Bodeguita de en Medio sale a cinco dólares; más caro que en Nueva
York. El calor aprieta y mi compañera se regatea un sombrero de paja y un
pequeño bolso de cuerdas trenzadas en un mercadillo. En una terraza aledaña nos refrescamos con
un guarapo; el camarero nos recomienda un paladar particular, el de
Pepe. Antes de cenar nos refrescamos en la piscina del Sevilla. Vemos
que enseñan a bailar salsa; mañana lo intentaremos nosotros. Charlamos
con el botones del Sevilla: al parecer, casi todos los camareros y
empleados del hotel tienen título universitario y ganan mucho más que
ejerciendo su profesión. Aunque una chica que limpia las habitaciones gana
unos doce dólares al mes, en propinas se puede sacar hasta trescientas cincuenta fulas, toda
una fortuna en Cuba. Médicos, abogados, profesores y funcionarios ganan en
pesos el equivalente entre ocho y veinte dólares mensuales. Cenamos en el
paladar de Pepe por doce dólares la cabeza; pescado y langosta
congelada.
Mientras paseamos por el malecón, oímos el cañonazo de las nueve. Es la hora de los memeyes.
17 de julio, viernes.
Alquilamos por unas horas los servicios de un bici-taxi. El calor
aprieta fuerte. Pedalear con este sol nos parece una tarea para
superhombres. Menos mal que la mayor parte del recorrido es plano. Hacemos
un alto en el camino para saborear un jugo natural de mamey en un diminuto
puesto de refrescos. Excelente, como todos los jugos de frutas del Caribe.
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| La Habana Vieja |
Félix, nuestro bici-taxista, nos cuenta cosas de la
situación del país, dice que los habaneros forman largas colas de cientos
de personas los domingos para comprar el semanario Juventud Rebelde, que
trae más páginas que los periódicos diarios.
—No crean que a la gente le interesa
leer los panfletos de los comunistas —nos explica Félix—; Aquí el periódico cumple una función más básica que informar: se usa como
papel higiénico. El periódico cuesta veinte centavos de peso y el papel higiénico casi un dólar... eso si lo encuentras.
Nuestro primer destino turístico es el Cementerio de
Colón, muy lujoso, es tan grande como una
ciudad y por sus carreteras circulan las guaguas de
turistas. Visitamos también la maqueta de La Habana. Sudamos por todos los
poros de nuestro cuerpo. En un pequeño supermercado me hago con una
botella de ron Habana Club. El súper es pequeño y está de bote en bote.
Las estanterías aparecen a medio llenar, se ve que andan cortos de mercancías.
Estoy alucinado de que aquí funcionen las tarjetas de crédito;
quince minutos ha costado que la máquina imprimiera el recibo. Y gracias.
Félix aguanta bien las cuatro horas del recorrido. Dice que unos amigos franceses le
han arreglado los papeles y visitará París dentro de unos meses. Se va a
quedar transpuesto cuando vea la vorágine consumista de un país
capitalista, sobre todo si coincide con la Navidad. Éste no vuelve.
—¿Saben cómo llamamos los cubanos al avión? —Nos interroga Félix—. La máquina
del tiempo, porque es como ir del pasado (la miseria y la necesidad de nuestro país)
al futuro (el desarrollo y la prosperidad).
De regreso al hotel, nos remojamos en la piscina y nos
apuntamos a las clases de baile. Los pasos básicos son fáciles, pero el giro
no la acabo de terminar bien. Después de un nuevo chapuzón salimos
a dar una vuelta. Lejos de la Habana Vieja no funcionan los cazaturistas y
uno se puede mover sin tantos agobios. Cenamos decentemente en el paladar
oficial de Doña Blanquita. Luis Valdés, el botones del Sevilla, se
desvive por conseguirnos un coche con conductor para nuestros
desplazamientos por la isla. El primero no nos gusta: tendrá unos cincuenta años,
panzudo y resabido, difícil de manejar. Por la noche nos presenta a
otro: Alberto, un chico de veintitrés años que nos pide setecientos dólares, lo rebajamos a
seiscientos más la gasolina. Quiere llevar a su flaca para no aburrirse.
18 de julio, sábado.
A las once y media, como quedamos, Alberto espera a la puerta del
Sevilla. Su mujer se llama Mariana y es una chavala rubia y guapa para sus
veintiséis años. Paramos para arreglar algo del motor en casa de un
amigo de Alberto. Alberto y su amigo cortan media botella de agua de
plástico, la incorporan al motor y problema resuelto. En la
oficina que Visa tiene en el Habana Libre paramos para sacar más dinero.
La cola no es muy grande y aún así, me paso en ella tres cuartos de
hora. Cuando voy a montar en el coche veo casi un litro de gasolina en
el suelo, por algún sitio se escapa gasolina a chorros. Alberto dice que
se arregla no llenando tanto el depósito. Si él lo dice...
Enfilamos hacia Soroa. A las primeras de cambio me doy cuenta de que el coche
despide un olor a gasolina insoportable, no importa que las ventanas estén
abiertas o cerradas. El olor me afecta de tal forma que me duermo. Cuando
despierto tengo la garganta irritada. Me veo incapaz de continuar en él.
Más tarde lo comento con mi compañera y le pasa exactamente lo
mismo.
Llueve mucho hasta Soroa. La humedad en el salto de Soroa es
impresionante, lo impregna todo, estamos empapados. Bajamos hasta la base
de la cascada por un camino de hormigón algo resbaladizo. Por la ladera
del camino cae agua por todas partes. El río baja en ejarbe con color
chocolate. Aparte del salto no hay nada más que ver, el pueblo son cuatro
casas y sin alojamientos. Eso sí, el destartalado restaurante cuenta con
un conjunto acústico-vocal para distraer a los pocos turistas que han
parado con sus húmedos huesos aquí. Como es costumbre en toda Cuba,
siempre se puede contar con un vigilante que por la módica cantidad de un
dólar, nos cuida el coche.
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| Yendo hacia Pinar del Río |
En Pinar del Río buscamos alojamiento.
El hotel del centro anda en remodelación. Al ritmo que trabajan y viendo su actual estado, calculo que pasarán algunos años hasta que lo abran al público. Pinar del Río es una ciudad que parece grande,
preguntamos a unas señoras que toman la fresca en la calle y no se ponen
de acuerdo: una dice que viven unos cuatro mil habitantes y otra
que cuatro millones. ¡...! Probamos a buscar alojamiento en las casas
particulares: son lúgubres y ninguna convence a mi compañera. Al final nos
instalamos en el único hotel de la ciudad, a la entrada de la
ciudad, a unos dos kilómetros del centro. No es caro: treinta dólares la noche. Al lado
del hotel trabajan dos compañías de alquiler de carros: Transautos y
Habanautos. En cuanto Alberto y Mariana nos dejan, intentamos conocer el
precio de alquiler de un carro.
Hemos llegado a la conclusión de que es imposible continuar en semejante
tartana, tenemos el olor a gasolina metido en las entrañas. La idea de
alquilar los servicios de un carro con chofer no parecía mala al
principio, veíamos la ventaja de ir con alguien que se conocía la isla y
las malas artes de los nativos. Además, el precio era la mitad de la
tarifa de uno oficial. ¡Pero diablos, no contábamos con el estado de los
coches! Desde luego, el coche de Alberto no llegaría a Santiago, eso
seguro.
Ninguna de las dos compañías de alquiler tienen un carro disponible a pesar de que se
ven más de diez en el parqueo, según ellos, todos están averiados.
Esperamos a que entre alguno. Encima, Alberto nos pide un adelanto de doscientos dólares;
dice que tiene muchos gastos: comida, alojamiento, arreglar el
tubo de escape, que según él es el origen del olor a gasolina.
Cenamos en un paladar. Sólo sirven filete empanado de cerdo y
arroz blanco. La bebida (una lata de un refresco) la compran en otra tienda previo adelanto del
dinero. Que te traigan un absorbente (pajita) ya es todo un detalle. En fin: gastronomía de supervivencia.
En la plaza actúa un grupo de salsa compuesto por
once músicos. Cuando empiezan a tocar sólo hay unas cuatro personas en la plaza.
Son bonísimos. Suenan claro y fuerte. Empieza a venir gente hasta que nos juntamos unas
cincuenta personas, entre ellos, dos parejas de adolescentes
canadienses. Los negrazos empiezan a bailar. Algunas mujeres traen
vestidos de lentejuelas. La forma de bailar de las parejas jóvenes es muy
diferente a la de los mayores, pero ambas son espectaculares. Una negra
que observa como sigo el ritmo con el pié me saca a bailar. Parezco
reumático comparado con los cuerpos que se contorsionan a mi
alrededor.
Caen cuatro gotas que desmantelan el sarao. Hay muy poco que hacer en esta ciudad. Los cubanos no piensan en cines o discotecas, su
principal preocupación es comer al día siguiente.
19 de julio, domingo.
Hasta las doce en la piscina, esperando el maldito auto que nunca
llega. A chupar vapores de gasolina otra vez. Visitamos Viñales, la
Cueva del Indio, con paseo en barca por el interior y el Fresco
de la Prehistoria.
En la primera cueva comemos pollo al cimarrón y
un mango exquisito. Pregunto por la fruta-bomba y dicen que no es su
tiempo. En el camino de vuelta al carro, descubrimos las dormideras, una
planta que se achanta cuando se la toca.
A las nueve nos acercamos al
centro de Pinar del Río. Hoy ha muerto alguien importante y han cancelado
las actuaciones musicales. La juventud se concentra en la calle de moda
como en cualquier otra ciudad, la diferencia radica en que no consumen nada,
ni bebidas ni tabaco.
Mientras paseamos por la calle principal de
Pinar, algunos jóvenes nos ofrecen discretamente cajas de puros a precios
ínfimos comparado con las tiendas oficiales y los hoteles.
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| ¿Montecristo, Cohiba, Partagás o Romeo y Julieta?
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Una caja de veinticinco Lanceros Cohíba se vende a trescientos ochenta dólares en las tiendas,
mientras que en la calle se puede conseguir por cien dólares. Alberto nos cuenta
como lo hacen: lo más común entre estos vendedores clandestinos es que los
puros los fabriquen con materiales que van robando poco a poco de las
fábricas, uno se lleva unas etiquetas un día, unas cajas vacías otro y
mucho tabaco todos los días. ¿Son entonces auténticos estos cigarros que
venden como Cohíbas? ¡Ah! Alberto se encoge de hombros. Los chicos
charlan de pié, con la bicicleta en la mano, nunca la pierden de vista. Nadie
se aleja de su vehículo más de tres metros, ya sea bici o moto. Tomar una cerveza
de lata de un dólar en la única terraza que hay es todo un signo de
poderío económico. Invitamos a Mariana y Alberto. Un policía no nos quita
ojo, descansa apoyado en el antepecho que separa la terraza de la calle y pone
la oreja para captar nuestra conversación. Inesperadamente se arma un gran
revuelo, hay gritos y carreras: han robado una bicicleta. Los policías intentan
arrancar su viejo Lada pero el motor no responde, después del tercer intento lo consiguen; para entonces
el ladrón anda ya muy lejos. Quedamos perplejos con los conocimientos que
Mariana tiene de España, conoce las películas españolas mejor que
nosotros; dice que el cine en Cuba es muy barato. Alberto y Mariana
nos asombran con los relatos sobre inseguridad ciudadana, por la noche hay
una persona que duerme en su carro para cuidarlo. En Pinar, hay gente en
cualquier esquina que cuida los escasos carros y las bicicletas. Por la
noche no se ve una máquina por ningún sitio. Los robos son muy
frecuentes. Cada vez que Alberto aparca el coche se lleva los
limpiaparabrisas consigo.
20 de julio, lunes.
Habanautos nos asegura que hoy entrará una máquina. Decidimos alquilarlo y
cancelar el recorrido con Alberto y Mariana. Se lo comunicamos y lo
comprenden, el estado de su coche es penoso y traga gasolina como un camión.
Llegamos a un acuerdo económico con ellos y nos despedimos.
Nuestro nuevo coche
es un Daewoo Cielo y parece bastante nuevo. Lo han traído una pareja de
españoles y nos aseguran que funciona bien, sin problemas. A pesar del
elevado precio de setenta y cuatro dólares al día y una tarifa adicional de ciento cuatro dólares por dejarlo en
Santiago, lo alquilamos. Pero la cosa no es tan fácil. En la caseta que
hace de oficina, un lugareño reclama por teléfono otro auto a la agencia de La
Habana, ya que el que le han alquilado tiene los frenos en un estado
lamentable. Es difícil de creer, pero el tipo se tira hablando más de una
hora y necesitamos la línea para la conexión de la tarjeta de crédito. Recojo las maletas del hotel y las voy metiendo en el
maletero.
Cada trámite cuesta lo indecible. Cuando por fin acaba el tipo pesado del
teléfono, aparece un viejo problema: la conexión con Visa. Después de
validar mi tarjeta, el aparato dice que la impresora no funciona.
Empiezan a leer el manual de la impresora. Nos desesperamos. No lo
consiguen. Llaman a la central de Visa. No contestan. Vuelven a
llamar. No hay forma. Decido que me lo pasen por impresión mecánica. Al
rellenar el primer impreso se equivocan, hay que hacer otro. Sudamos a
pesar del aire acondicionado de la caseta. Como por un milagro, cuando ya
nos levantamos, la impresora carraspea y echa el esperado papelillo.
Rompemos los otros y firmo. Por fin. Más suspense que en una de Hitchcock.
Todavía nos quieren lavar el carro. Quita, quita, nos lo llevamos como
está.
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| Esperando para montar en guagua |
El aspecto de desolación que nos transmite la autopista es total:
no hay circulación. Sólo se ve gente en el arcén esperando algún transporte
estatal. Por la expresión de aburrimiento de sus caras se diría que llevan
esperando toda una eternidad. Nuestro carro sólo tiene dos litros de
gasolina así que preguntamos por la gasolinera más cercana al parar en un
semáforo. Quieren ofrecernos un paladar, alojamiento particular, Cohíbas,
de todo. Sólo queremos gasolina. Tres ciclistas nos escoltan hasta el
preciado líquido. En la gasolinera los tíos no lo dejan, siguen
ofreciéndome de todo. Entran conmigo hasta la caja. Intento pagar con
la tarjeta Visa. Gran error. El empleado lo intenta pero no entiende bien la
operativa. Llama a otra empleada de la oficina que tiene más luces. Tras
cinco minutos de intentos, por fin lo consiguen. Cuando vuelvo al coche
encuentro a alguien hurgando en la válvula de una rueda trasera, me dice
que tengo la rueda algo deshinchada, que me la iba a inflar. Yo la veo
bien, le digo que lo dejen.
Ponemos rumbo a Sandino. Cuando salimos de
Pinar por fin respiramos tranquilos, pero no será por mucho tiempo. Por la
carretera algunos ciclistas nos señalan la goma derecha con el dedo. ¿Qué
pasará? A la salida de San Juan otro ciclista nos hace los mismos gestos.
Paro el carro. El tipo asegura que la goma va inclinada, que los tornillos
flojean. Monto en el auto y recorro unos metros
mientras mi compañera observa la goma desde la carretera. No nota nada. Me bajo y
ella maneja. Miro la de atrás y luego la de delante. No veo nada
anormal. Lo que sí me parece raro es que se ofrezca para llevarnos al
garaje de su tío donde seguro quieren culminar su artimaña. Le contesto
que gracias por la observación y adiós.
En un cruce nos detenemos unos segundos a preguntar por la dirección correcta a Sandino. Un chaval nos
ofrece Cohíbas a buen precio. Le contesto que no puedo parar, que llevamos
la goma mal. Él asegura que sí, que la llevamos muy desinflada. Y ladeada, le
digo yo. ¡También!, asiente él. Y me río sonoramente. Si teníamos alguna
duda, éste chico nos la ha resuelto. Qué pena, no se puede confiar en ningún
cubano menor de treinta años. La gente mayor es más de fiar. Todos los jóvenes
saben que el turista tiene dólares e inventan mil formas de
conseguirlos.
La carretera de La Fe a La Bajada es pésima, llena
de profundos baches que sorteamos como podemos. En una recta bajamos a
mear. Al de pocos minutos regresamos corriendo al carro. Los
mosquitos me han acribillado. Los puñeteros se han cebado especialmente
conmigo, como siempre, sé que les gusto. Tengo más de veinte picaduras en la
parte posterior de mis muslos. A mi pareja no le han picado apenas, posiblemente porque al mear en cuclillas
ha expuesto menos las piernas. Seguimos matando mosquitos dentro del
carro. La antesala del chaparrón de todas las tardes los ha
soliviantado.
En La Bajada hay un pequeño control militar con barrera y todo, ignoramos la razón.
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| Descansando en la playa de María la Gorda |
En la playa de María la Gorda respiramos por fin. ¿De dónde viene este nombre? En tiempos de los piratas,
María, la gorda, suministraba víveres y logística a los barcos que atracaban en esta parte de la isla.
Ahora es un centro de buceo para extranjeros. Hay cinco villas dobles, un comedor, un pequeño bar y una central
telefónica, poco más. La playa es magnífica: cocoteros, arena blanca,
aguas cristalinas y tranquilas y apenas cinco turistas tumbados al sol.
Estamos encantados con el lugar. Desgraciadamente las villas se encuentran todas
ocupadas. Nos remiten a la estación de radar del control militar, en La
Bajada, a diez kilómetros. Llamamos y reservamos habitación. La estación de radar no
es, ni de lejos, un hotel, más bien parece una cárcel. La habitación tiene cuatro literas estilo
militar y baño incorporado. El suelo es de cemento, sin baldosas. Al menos
parece limpio, además, no hay más opciones, así que nos
quedamos.
Volvemos a María la Gorda para cenar. En la carretera que discurre
paralela al mar se cruzan multitud de cangrejos, algunos enormes, de hasta medio
kilo de peso. Corren a gran velocidad, no es fácil atraparlos, sobre todo
a los grandes, que hacen frente al intruso con sus pinzas.
Nos sorprende gratamente el bufé del centro de buceo. La comida está bien preparada y entre todos no sumamos veinte personas.
Después de cenar
nos tumbamos en las hamacas de cuerda y observamos el cielo, las estrellas
fugaces, mecidos por el ruido de las olas. Ah..., qué romántico.
En el camino de vuelta a nuestro “hotel”, una jutía se cruza en el camino y
deslumbrada por las luces del carro se detiene en medio de la
carretera.
Qué tranquilidad se respira en este apartado rincón del
Caribe.
21 de julio, martes.
Día de relax en la playa de María la Gorda. Disfrutamos de las aguas cristalinas, el sol
y la buena comida del lugar. El enorme pez de la cena bien se puede
comparar al mejor besugo que haya comido. Mi compañera me cuida con
delicadeza las picaduras de mi pierna. A la vuelta a la estación de radar,
el espectáculo de relámpagos a lo lejos es espectacular. Las estrellas
inundan el cielo...
22 de julio, miércoles
Hace tan solo una semana que llegamos a esta isla y parece que haya transcurrido una
 |
| El cangrejo que subía por la puerta |
eternidad. Seguimos disfrutando de la tranquilidad y las aguas
transparentes de María la Gorda.
Dicen que esta mañana se ha metido un majá de un metro de longitud en la estación de radar.
No me extraña, hoy mismo, en el comedor, hemos encontrado un enorme cangrejo
subiendo entre el hueco de la puerta y la pared, el que aparece en la foto de la izquierda.
A la una quedamos con el guarda del parque para ver las iguanas. Nos conduce
por un camino que nos lleva hasta una casa desportillada. Nos recibe un
hombre mayor, rubio, desdentado, poco hablador. Me recuerda al Azarías de
la novela Los Santos Inocentes de Delibes. Vive con tres mujeres
medio desnudas y llenas de mugre. No se ve rastro de las iguanas. El
Azarías avanza un poco hacia la espesura con un plato de maíz y al poco,
aparece una iguana. Dice que esa anda apendejada; ayer se fajó con
otra y sigue herida. Después de cenar, los mosquitos y jejenes se ponen
pesados y nos instalamos en el saliente de hormigón a contemplar la
luna.
23 de julio, jueves
Abandonamos la paz de María La Gorda. Desayunamos en la estación de
radar. El desayuno es paupérrimo y enormemente caro para lo que ofrecen.
Son sobras del bufé del centro de buceo. La taza de café es poco mayor que
un dedal, no cabría ni un bizcocho. No exagero.
Dos naturalistas tienen una reunión a las doce en Pinar del Río y nos piden que los llevemos.
Dicen que se han levantado a las cuatro para buscar algún turista. Durante el camino nos ilustran
con sus conocimientos de la reserva.
En Pinar del Río echamos gasolina. Los cazaturistas rodean el carro, ofrecen Cohíbas a
precios de ganga, los niños piden monedas y cuando voy a montar de nuevo
veo a un hombre manipulando de nuevo el aire de la goma. Le retiro
rápidamente, dice que su deber es inflar las gomas bajas de
aire. No me creo nada, más bien la estaba desinflando. De hecho parece algo
más baja que las demás, y estoy seguro que es debido a su mano. ¡Qué
cruz!
 |
| Matanzas |
Haciendo turnos de una hora para manejar, el viaje se hace más
corto. A las cinco llegamos a Matanzas, la Venecia cubana, situada
cien kilómetros al oeste de Varadero. Nos instalamos en un hotel de las afueras.
Hay escasez de agua; sólo la dan de 6:00 a 9:00, de 12:00 a 14:00 y de 18:30 a
20:00.
La piscina está muy sucia y atestada de gente, parece como si todo
el pueblo estuviera dentro, imposible nadar ni dos metros.
Somos los únicos en cenar en el restaurante. El camarero que nos atiende tiene ojos
saltones, como de loco.
Al anochecer, bajamos a Matanzas. Damos una vuelta en carro para ver el pueblo.
Algunas tiendas parecen estar bien surtidas. Vemos una peletería con
apariencia normal, es decir, con el escaparate lleno de zapatos. Decidimos
no perder de vista el carro y tomamos algo en el bar Atenas, donde una
pizarra anuncia platos de camarones, pulpo y otras exquisiteces que se
convierten en humo cuando se pregunta por ellos. Sólo sirven jamonada y
papas fritas.
Mientras tomamos, Alexander, un crío de doce años, se
sienta en nuestra mesa para trabajarnos y sacarnos lo que pueda. Tiene una
verborrea y unas luces inusuales en un chaval de su edad. Mientras, la
terraza se puebla de jineteras, patos, machorras y demás maravillas matanceras.
Alexander comienza diciendo que es campeón de atletismo en su escuela,
luego nos enseña sus destrozados pedales, atados con una cuerda para que
no se separen en dos mitades. Dice que así no puede correr. Tras una hora
de conversación, finaliza preguntándonos que es lo más nos gustaría
conseguir en la vida, cuando llega su turno nos dice que una bicicleta,
que seis fulas son suficientes para conseguir una. En esto que pasa un
carro de la policía muy lentamente. En breves instantes desaparecen todos
los que estaban a nuestro alrededor.
Se ve que el personal que nos
acompañaba en la terraza era lo más selecto de la ciudad.
24 de julio, viernes
La entrada a la península de Varadero se controla con barrera y se
imponen serias restricciones a los propios cubanos, tienen que
acreditar que trabajan en alguno de los hoteles, o bien, viven en la zona.
Visitamos varios hoteles hasta encontrar uno con plazas libres. Nos
alojamos en el Tropical, en la modalidad de todo incluido, por ciento treinta dólares al día.
La calidad del hotel no justifica el precio, pero en fin, hace
tiempo que nos hemos dado cuenta que Cuba es más caro que New York y el
servicio es peor.
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| Playa de Varadero |
Varadero es un complejo turístico a la cubana, o sea, que los
hoteles parecen algo pasados de moda, se les ve como desgastados, con necesidad
de un buen lavado de cara y puesta al día. Fuera de los hoteles, apenas hay infraestructuras
que inviten a pasear; eso sí, la playa es estupenda y sin agobios de gente. Una brisa
permanente atempera el calor y en algunas zonas el fuerte oleaje desaconseja el baño, pero
para eso tenemos la piscina del hotel. Lo mejor de todo es el color del mar: de postal.
Contrasta enormemente la abundancia y derroche de comida en estos hoteles con la
escasez del Período Especial que sufren los cubanos. La calidad de los productos tampoco
es que sea para echar cohetes, pero es aceptable.
Por la noche, para bajar la cena, caminamos hasta el
Retiro Josone, una finca de ocho hectáreas que perteneció a los propietarios de la destilería de ron Arrechabala, quiénes en
1949 la compraron para construir su residencia. La palabra Josone viene de juntar las tres primeras letras de sus
nombres: José y Onelia. En 1989 se fundó este parque que ahora cuenta con varios restaurantes, un
lago artificial, patos, iguanas y mucha tranquilidad. Un sitio estupendo para pasear en una noche estrellada.
25 de julio, sábado
Sorpresa en el parqueo del Tropical: ¡la rueda de repuesto voló! Los
del hotel tienen la cara de decir ahora que el parqueo no pertenece al
hotel cuando fue un empleado del hotel quien nos pidió las llaves y él
mismo lo aparcó. Charlamos con el jefe de seguridad pero es en vano, no
ceden. Buscamos la sucursal de Habanautos y, para nuestra sorpresa, nos
arreglan el bombín de la puerta trasera y nos dan una goma nueva sin
rechistar. Nos sorprende una barbaridad. Aquí hay gato encerrado. ¿No
serán ellos mismos quienes roban las gomas para sacarse algún dinerillo
extra? En Pinar del Río, mientras alquilábamos el carro, pensaba que los
empleados de las compañías de alquiler ven facturas de miles de dólares
mientras ellos no reciben ni un dólar extra. Eso no podía ser. El cubano,
en el contacto con el turista, siempre tiene que quedarse con algo. Y
ahora queda claro: roban las gomas y después las cobran al turista a cien dólares
la pieza. Por esta razón, el bombín de la cerradura del maletero de todos los
autos de alquiler siempre aparece roto y no se puede cerrar. A pesar de que
el empleado de Habanautos nos asegura que todo está arreglado, que no
tendremos ningún problema al devolver el carro, nosotros nos aseguramos
denunciando el robo en la policía de Santa Marta. El poli de turno no puede
darnos una copia de la denuncia porque se acabó el papel de calco. ¿Pero si no tienen
una sola carpeta en toda la sala! ¿Dónde archivan las denuncias o ... cualquier cosa? Castro no
quiere que quede constancia de los robos a los turistas. En Cuba reina la ley
y el orden y todos son guapos, felices y bien alimentados.
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| Cría de cocodrilo de la ciénaga Zapata |
Ponemos rumbo a la ciénaga de Zapata.
¿Qué significa el letrero “Control de Mosquitos?”
Como las villas de Playa Larga permanecen cerradas, nos alojamos en la casa particular de
Fidel —Fidel Calvo, no Castro, que ese nadie sabe donde vive. Muchos cubanos juran que vive en Galicia, España—.
La habitación es sencilla, de paredes blancas y camas de firmes colchones.
Volvemos hacia atrás, al criadero
de cocodrilos de la ciénaga Zapata. Son las cinco y los autobuses de turistas
han desaparecido; ni uno a la vista. El guía para nosotros solos. El guía es ingeniero de telecomunicaciones y
trabaja cuidando a los cocodrilos porque gana mucho más con las propinas de los turistas que de ingeniero.
Nos acompaña durante dos horas y comprobamos la ferocidad
de los cocodrilos, grandes y pequeños. Saboreamos la carne de cocodrilo asada en el ranchón.
Resulta inexperadamente sabrosa.
Cenamos en el alojamiento particular. La señora y su
oronda hija nos preparan langosta congelada, tostones y un delicioso
mango. Ni rastro de la fruta-bomba al natural, pero sí en forma de jugo.
Algo es algo. En el paseo que damos después de cenar, por la oscura y
solitaria carretera a Playa Larga, nos sale al encuentro un majá
negro a un metro de nuestros pies. Es pequeño y no nos asusta.
26 de julio, domingo.
Volvemos hacia Guamá. El paseo en lancha por la Laguna del
Tesoro resulta agradable. El tiempo acompaña, ya que el cielo sigue nublado,
presagio de tormenta. Guamá es un centro turístico compuesto por
cabañas de madera y techo de palmas, muchas de ellas elevadas sobre el
agua a modo de palafitos. El césped luce bien cortado y cuenta con innumerables puentes de madera sobre los entrantes del mar. Todo muy fotogénico. Playa Larga se encuentra atestada de bañistas. La
atravesamos andando de punta a punta y al parecer, pasamos desapercibidos.
Nadie intenta vendernos nada, ¡increíble! Seguimos hasta Playa
Girón. En el camino paramos en la Cueva de los Peces, una fosa
de treinta y dos metros de profundidad doscientos metros tierra adentro, repleta de peces de
colores.
En Playa Girón nos alojamos en una villa por cuarenta y ocho dólares. Estas
villas me gustan más que los hoteles, sobre todo por el espacio
disponible. Un empleado alucina cuando me ve meter la rueda de repuesto en
la cabaña.
27 de julio, lunes
Cienfuegos es una ciudad amplia y limpia y hasta tiene una
pequeña zona comercial. Parqueamos al lado de un bar de amplios
ventanales. En cuanto salimos del carro, unos veinteañeros nos hacen
señas desde el bar. Nos dicen que no nos preocupemos del
carro, que ellos lo cuidan.
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| En Cienfuegos |
La plaza de Cienfuegos
está bien arreglada. Hablamos con el que fue uno de los chóferes de Ernesto Che Guevara.
Se siente contento con Fidel y los logros de la revolución: la medicina y la
enseñanza gratis. ¿Y qué más, compay? Con poco te conformas. Hace un
calor terrible. Entramos en el Palatino. Mientras tomo una cerveza
Bucanero, un barbas me hace una caricatura, cuando me la da le digo que
eso también lo hago yo. Me pasa los bártulos y se sienta en plan de pose.
Pues no me echo atrás. Cuando termino mi dibujo se la muestro y el personal dice que
no pinto del todo mal. El barbas no se da por vencido; tiene que quedar por
encima, como el aceite. Coge el bolígrafo y se hace una caricatura de sí mismo.
Me la da y que la guarde, que no las tire, por favor. No acepta propinas
entre colegas.
Trinidad tiene unas casas antiguas que si
estuvieran más arregladas serían una de las ciudades más bellas del mundo.
Las estancias son amplias y los techos altos, las paredes no suben hasta
el techo, para mejorar la ventilación.
El empedrado de las calles presentan grandes socavones y un perfil convexo. Unos
dicen que es para drenar el agua de lluvia, otros que el antiguo alcalde
tenía una pierna más corta que otra y así compensaba. Comemos una
magnífica langosta en un paladar por ocho dólares. Nos alojamos en las
villas “Las Cuevas”.
28 de julio, martes
Un pedraplén de quince kilómetros conecta la isla con Cayo Coco y Cayo Guillermo. Los Cayos son el destino
de miles de turistas que sólo buscan descanso, sol y playa. Lo único que hay aquí es un diminuto
aeropuerto y complejos hoteleros de lujo. Nos alojamos en el Riu de Cayo Guillermo, un todo
incluido. Relax, piscina, sol, playa, espectáculo nocturno y buena comida. A gozar.
29 de julio, miércoles.
Seguimos de descanso. Tomamos el sol, llenamos nuestra barriga y
navegamos un poco en canoa. A las dos, ponemos rumbo a Holguín.
Llegamos de noche. Nos alojamos en el hotel Perrick. Después de una
paupérrima cena nos acercamos a la plaza principal de la ciudad.
Parqueamos en una zona iluminada. En toda la plaza no hay más de tres
autos y todos son de turistas. No he cerrado aún mi puerta cuando ya
tengo en mis narices la mano tendida de un anciano encorvado. Quiere su
platita por vigilar el carro. Le digo que después, abuelo, no sea que
desaparezca el carro y la platita.
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| Conjunto musical |
En la Casa de la Trova, la entrada
cuesta tres dólares por cabeza, y encima no tienen cambio para darme las vueltas
de diez fulas. El portero me asegura que puedo
estar tranquilo, que él es honrado y que otra persona ha ido a buscar mis
vueltas, que pase tranquilo, que ellos ya me buscarán entre la gente
cuando tengan el cambio. Y yo: Que sí, que estoy seguro de que es usted
muy honrado, no me cabe la menor duda, pero es que no me importa esperar a su
lado, junto a mis diez dólares. Para estos tíos, diez fulas es el
salario de un mes, así que ojito con el portero. Tras larga espera, por
fin, aparecen con mis vueltas. El garito es lúgubre, escasamente
iluminado y tiene unas sillas y mesas de madera como único mobiliario. Las
mulatas jovencitas de trasero respingón y mallas ceñidas abundan. Me
dirigen miradas maliciosas cuando me hago paso entre ellas. Poca
iluminación y cuerpos pegados: mano a la cartera. En el fondo del local
diviso a mi compañera con compañía masculina. Un cubano ya le está soltando su
rollo. Se intercambian direcciones. Leo la dirección que le ha dado mi
amiga y veo que es falsa, como es nuestra norma. Para los cubanos, ella se
llama María y es ama de casa, y yo soy Ricardo, escritor, ambos de Madrid.
No he mentido tanto en mi vida, pero esto nos libra de extrañas llamadas
al hotel para dios sabe qué. En la mesa aledaña, una pareja de cubanos
lleva tiempo fijándose en nosotros. Por fin, ella se decide y me saca a
bailar. Se muestra realmente interesada en saber el nombre de mi hotel. No sé si
lo pregunta por charlar de algo o por alguna otra cosa más inconfesable.
Es imposible mantener una conversación con ellos de manera espontánea y
desinteresada, aunque es comprensible dada su situación. Algunos
italianos bailan alegremente con las soberbias mulatas. Se les ve algo
cargados de ron y con cara de pasarlo muy bien. El ambiente es bueno y se
puede pasar un rato divertido si se tiene un poco de cuidado.
30 de julio, jueves.
La playa de Guardalavaca es genial: mar azul turquesa y muy poca
gente. Nos alojamos en un todo incluido estatal. Descanso bajo las
sombrillas de hojas de palmera, paseos en canoa, buena comida y a echar
barriga. El todo incluido incluye los servicios acuáticos: canoa y la
típica lancha de pedales. La moto de agua es un extra: consume gasolina. A
dólar el minuto. Cuando me dispongo a conducirla se levanta un viento que
hace más grandes las olas. Otra vez será.
Por la noche hay animación en el hotel y después sigue la marcha en la
misma playa con un espectáculo musical y de baile. La policía pasea discretamente
entre los turistas. Aprovechando la relativa oscuridad de la
playa, nos alejamos unos metros del jolgorio, dejamos nuestras ropas bien plegadas al
pie de una palmera y nos bañamos desnudos a la luz de la luna...
31 de julio, viernes.
Apuramos el tiempo en la playa de Guardalavaca. Las lanchas de pedales
están muy solicitadas y hay que hacer guardia para hacerse con una. De
Guardalavaca salimos a las dos y media rumbo a Manzanillo. Aquí se
ve más gente por las calles que en las ciudades del oeste. De hecho, es
algo complicado conducir entre tanta bicicleta. A veces, en los cruces, si
nos toca ceder el paso, tardamos varios minutos en
incorporarnos a la carretera por el incesante número de ciclistas que transitan.
Nos alojamos en un hotel para cubanos. Es lo que hay. En la
recepción, una pareja de recién casados fruncen el ceño cuando escuchan la
tarifa que, por supuesto, es veinte veces menor que lo que nos cobran a
nosotros. Al poco de alojarnos en nuestra habitación, comienza una
impresionante tormenta y la luz y el agua se van. Nos quedamos sin
cenar. Dormimos mal, los colchones son muy blandos.
1 de agosto, sábado
Desayunamos en el hotel de Manzanillo. Entro en el comedor bailando, la
música de ambiente invita a ello, pero abandono mis contoneos en cuanto me
fijo en los rostros de la gente. Sus tristes semblantes resumen la situación que
atraviesa el país; nadie sonríe y apenas hablan. Tampoco me extraña, a mí
se me queda la misma cara cuando la camarera me enumera “las delicias” que
sirven para desayunar. Tomo dos huevos fritos y arreando; lo demás no
merece la pena. Nuestro afán por alcanzar los lugares más recónditos
nos lleva hasta el cabo Cruz. Desde la carretera que lleva al faro se
contempla una zona protegida por la barrera de coral, magnífica para el
baño. El calor aprieta y el lugar nos parece ideal para darnos un
chapuzón. A este apartado lugar no llegan muchos turistas, tan solo encontramos
tres críos pescando agujas. Charlamos con los chavales; insisten en que
veamos una cueva cercana. Les acompañamos. La cueva es pequeña y está
completamente llena de agua, es como una piscina bajo tierra. Ver a los
chavales lanzarse al agua desde todos los rincones de la cueva es un
espectáculo. Conocen cada centímetro de las paredes y del fondo. Nosotros
les vemos hacer, no nos bañamos, no sea que salga un pulpo gigante y nos
devore.
Paramos en la playa de las Coloradas, lugar del histórico desembarco de Fidel. Compramos una
fruta parecida a uvas —en China le llaman a esto ojo de dragón— y unos dulces
caseros de coco. Los hoteles recomendados en nuestra guía están
cerrados. Nos alojamos en unas villas de Marea del
Portillo. Compartimos la pequeña playa con dos parejas de cubanos.
Al atardecer ya no se puede estar tranquilo, los jejenes nos atacan y
sólo dentro del agua te libras de sus picaduras. La cena es
paupérrima. Por la noche, el colchón es tan blando que dormimos
echándolo sobre el suelo. De todas formas, el cielo estrellado y la
tranquilidad que se respira en este apartado lugar compensa con creces las
pequeñas incomodidades.
2 de agosto, domingo
La carretera que atraviesa Sierra Maestra discurre paralela a la
costa y, de vez en cuando, los desprendimientos la cubren por completo. En estos casos nos salimos fuera de ella para rodear el
alud. A veces nos preguntamos si llegaremos a Santiago o uno de estos
desprendimientos nos cortará el paso definitivamente. La carretera es
serpenteante pero de curvas de gran radio y en general el firme es bueno.
La circulación es nula.
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| Paisaje de Sierra Maestra |
Me sorprenden los ríos, cristalinos y de lecho de piedra. Llevan peces. En las orillas menudean los puercos negros con
sus crías. Un guajo nos comenta que padecen una sequía muy fuerte, la
peor en cincuenta años. Nadie lo diría al ver el verde que cubre las
montañas de Sierra Maestra. Al acercarnos a Santiago observamos las
playas llenas de gente. Abundan los camiones llenos de adolescentes, yendo
y viniendo de las playas. Atravesamos la ciudad y nos dirigimos a
Baconao. La subida hasta la Gran Piedra resulta infructuosa,
hay mucha niebla y es tontería subir cuatro cientos escalones para no ver
nada. Estoy algo alicaído, quizá por el calor, así que compramos en un diminuto puesto de la carretera algo de fruta: marteños, mangos y una fruta muy parecida a la chirimoya y al anón pero de sabor
ácido. Casi le dejamos sin nada. Es penoso que en este país caribeño la fruta sea un artículo de lujo. Sólo hemos
visto los mangos en el desayuno del hotel Sevilla, en La Habana; en los demás hoteles, algo de piña y guayaba y para de contar.
Hasta los jugos, compotas y mermeladas los tienen que importar. ¿La causa? Lo de siempre: no hay estímulo al trabajo. ¿Para
qué te vas a deslomar trabajando en el campo si vas a recibir el mismo salario que sin hacer nada? El colmo es que se han llegado a pudrir
toneladas de frutas por la desidia y desorganización del sistema estatal de acopio.
Buscamos alojamiento en los alrededores de Baconao. De repente,
sucede algo imprevisto: los ocupantes de la motocicleta que nos precede
se despetroncan y caen al suelo. Él se levanta ileso, pero ella tiene un fuerte golpe en la
cabeza y en la rodilla y múltiples rasguños por todas partes. Se queja
mucho, dice que tiene muy mala suerte, la semana pasada se despingó la
cabeza al resbalar en una piscina natural.
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| Típico transporte público cubano |
Buscamos algún hotel con
servicio médico. Le hacen una cura de urgencia y le llevamos al hospital
de Santiago. Su compañero nos sigue en la moto. Este incidente y las
horas que llevamos al volante nos imponen un descanso. En el hotel San Juan
no hay sitio, otros también están llenos. Por fin, la recepcionista nos localiza uno con
piscina: el Versalles. Cuando llegamos vemos que la piscina está vacía.
La excusa es que la están tratando con productos químicos y mañana, aseguran,
estará preparada. No me lo creo. El Versalles está muy alejado del centro, en una
loma desde donde se ve toda la ciudad. Parece una zona medio residencial, pero
está poco iluminada y no nos aventuramos a andar en la oscuridad.
3 de agosto, lunes
Visitamos el Castillo del Morro y después entregamos el auto
sin novedad.
Los buscapesos se nos pegan como moscas. Tomamos una
bici-taxi hasta el parque Céspedes, más que nada para perderlos de vista.
Así y todo uno nos sigue a pie. ¡Qué cruz! En una tienda compro unos
cuantos cedés de música cubana (Juan Formell y los Van Van, David Calzado
y la Charanga Habanera, La Sonora Matancera, Orquesta Manzanillo, Son 14,
Klimax, Manolín, el Médico de la Salsa, José Luis Cortés y NG La Banda,
Adalberto Álvarez, etc) y en una galería de arte me enamoro de un cuadro de R. Vázquez que
representa a un sonero tocando la guitarra. Tras un breve regateo me hago con él.
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| Cuadro del sonero |
Volvemos a nuestro hotel con intención de darnos un
chapuzón en la piscina. "Aún no está preparada"— se disculpan. Metemos la
toalla en la mochila y un taxi nos conduce hasta el mejor hotel de
Santiago: el Meliá. Nos instalamos en la piscina por todo el
morro.
Para cenar buscamos un paladar en Santiago. Los de la guía han
cerrado, el dictador los ha clausurado por ofrecer mercancías para las
cuales no tenían licencia. No sé que más podrían ofrecer; cigarros, me
imagino. De todas formas, no hay problema, el taxista conoce unos cuantos
más. Después de cenar nos tomamos unos helados en la terraza del hotel
Casa Granda. Un mago nos hace unos jueguecitos con los pañuelos, las
cartas, etc. En fin, lo típico. Intenta sacarme unos dólares más con el
truco final. El tipo quiere que meta el dólar que le acabo de dar junto
con otro más en su cajita. Si soy capaz de abrirla recupero los dos
dólares, en caso contrario son para él y encima le invito a una cerveza.
Acepto el reto, aunque está claro que no seré capaz de abrirla, como así
ocurre. Desde la terraza se ve evolucionar a las jineteras, algunas
lucen un tipo manguito: piernas largas, guapas y cuello de cisne; otras bien
entradas en carnes...
4 de agosto, martes
Nos trasladamos al hotel Casa Granda, está en el centro de la ciudad y
además ahorramos en taxis.
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| Plaza Céspedes de Santiago |
Al poco de llegar al Casa Granda, cae una
tromba de agua impresionante. Los goterones retumban en el techo de
cristal del patio y parece que cayera el diluvio universal. La mañana
la dedicamos a visitar el museo Bacardí, con sus momias y sus pinturas.
Compro algunos cedés más de salsa y paseamos por esta bonita ciudad. Santiago es la
ciudad más normal de cuantas hemos visitado, hasta se ve gente degustando
unos pequeños polos de chocolate, todo un lujo para los cubanos. A la
hora de jamar veo a una pareja de españoles salir de un restaurante. Les
pregunto por la calidad de los platos y nos lo recomiendan. Somos los
únicos en todo el comedor. Mientras esperamos la comida, Lucía, una simpática
negra de gruesos labios, nos predice el futuro y otro negro, acompañado de
una guitarra, nos canta desde el patio exterior. Lucía es muy habladora y
simpática, pero no da una en el clavo. Trata de adivinar nuestro lugar de
procedencia en España. Duda, pero está segura que no somos
vascos, —porque los vascos son muy hijos de puta—. Cuando le
reiteramos que sí lo somos, desaparece en cuestión de segundos. Después,
con la panza llena, mi compañera le compra una figura, más por su simpatía que
por lo que le pueda gustar la pieza.
5 de agosto, miércoles
En el aeropuerto de Santiago nos encontramos con una española a la que le han
robado todas sus pertenencias a las pocas horas de llegar a la isla. Fidel debería
cuidar más la seguridad de los turistas o matará su principal fuente de
ingresos.
El avión de Cubana de Aviación que nos lleva de Santiago a La
Habana parecía moderno desde el exterior pero nos hemos pasado todo el
vuelo envueltos en efectos especiales, en nubes de vapor de agua que
flotaban en el interior del avión e impedían la visión más allá de un
metro, ¡no te exagero! Hacía un frío del demonio y las aeromozas no tenían
ni una manta para abrigarnos.
En el aeropuerto de La Habana he descubierto que los tapones de las botellas de ron estaban
desprecintados; han ido directas a un cubo de basura.
Como disponemos de unas pocas horas antes de subir al avión, alquilamos un
taxi para ir al mercadillo de la Habana Vieja para hacer las últimas
compras. Nos ha gustado mucho la estatua de un desnudo femenino pero se ha quedado en Cuba: ciento ochenta
fulas pedían por ella. El periódico que leemos en el avión dice
que Castro ha emprendido una ofensiva contra los nuevos “millonarios”
socialistas. Va a endurecer las medidas contra el enriquecimiento de los
trabajadores por cuenta propia. ¿Qué es eso de ganar mil dólares mensuales?
Fidel (alias Mandoyo, alias el Coma Andante) no quiere criollitos. A pesar de los pequeños
contratiempos sufridos, guardo un buen recuerdo de Cuba, su gente es
excepcional, son alegres, extrovertidos y cultos. Es una lástima que la
ambición y ceguera de un sólo hombre mantenga a todo un pueblo en el
desconocimiento del mundo exterior y en la miseria.
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