Crucero por el Caribe 2005

26 de noviembre, La Habana (Cuba)3 de diciembre, La Habana, Varadero
27 de noviembre, La Habana (Cuba) 4 de diciembre, Varadero
28 de noviembre, La Habana (Cuba) 5 de diciembre, Varadero
29 de noviembre, Navegación 6 de diciembre, Varadero
30 de noviembre, Montego Bay (Jamaica) 7 de diciembre, Varadero
1 de diciembre, George Town (Gran Caimán) 8 de diciembre, Varadero
2 de diciembre, Isla de la Juventud (Cuba)

28 de noviembre, lunes

    Son las diez menos cuarto y nos sorprende ver a los pescadores subidos en el antepecho del malecón con la caña en la mano derecha y el anzuelo en la izquierda. Nadie moja el cebo. ¿A qué esperan? ¿Esperan a las diez para empezar a pescar?
Piscinas artificiales en el malecón
    La bajamar descubre piscinas artificiales excavadas en las rocas. Aunque la temperatura del agua es agradable, nadie se baña, para los lugareños es casi invierno.
    Mientras caminamos por el paseo del malecón los colores de las matrículas de los coches llaman mi atención: las amarillas indican coches particulares, azules para los vehículos propiedad del Estado, negras para los diplomáticos, naranjas, rojas, etc.
    Visitamos el famoso hotel Nacional, punto de referencia obligada para el turismo internacional y la farándula hasta la decada de los cincuenta. Por sus habitaciones han pasado Cantiflas, Ava Gadner, Churchill, Naomi Campbell, Alexander Fleming, Johnny Weismuller, Robert Plant, Rita Hayworth y muchos otros líderes políticos y artistas. En 1982 lo declararon Patrimonio de la Humanidad.
    Enfrente del hotel Habana Libre encontramos La Habana St., una tienda de cedés bien surtida y con precios razonables. Me hago con algo de Juan Formell y los Van Van, José Luis Cortés y NG la Banda, David Calzado y la Charanga Habanera, Yumuri y sus Hermanos, etc. Salen a una media de seis CUC por cedé. Una ganga.
    Esta zona es muy diferente de La Habana Vieja: hay intenso tráfico, anchas aceras y tiendas, cines, parques, bancos, patios de colegio llenos de escolares, etc. El estado de las casas también es bueno, ¡pero si hay hasta semáforos para cruzar la calle! El aspecto tan destartalado de las casas de La Habana Vieja es debido a que sus inquilinos son ocupas y saben que cuando desaparezca el Dictador, sus verdaderos propietarios volverán para reclamarlas, así que no gastan un peso en mejorarlas.
    Saboreamos un helado en Coppelia. A los extranjeros nos conducen a una sencilla terraza con mesas de plástico, a muchos metros de distancia de donde se sientan los cubanos. El guarda del parque nos asegura que la calidad de nuestro helado es mucho mejor, también el precio es especial. Tres CUC por un helado de dos bolas de calidad mediocre nos parece abusivo, pero ya se sabe, el tema de los precios en Cuba no tiene arreglo, es un país carísimo, piden precios más elevados que en el primer mundo y te ofrecen mercancía del tercero.
    En Cuba funciona una doble economía: los extranjeros solo pueden poseer pesos convertibles (CUC) y los cubanos, pesos normales y también CUC. De esta manera, todas las divisas van a parar al Estado y el pueblo no ve ni dólares ni euros, monedas mucho más estables que el peso. Un peso convertible te lo cambian en el banco por un euro y por un dólar te dan 0,8 CUC. Para ellos, un CUC equivale a veinticuatro pesos cubanos, pero a nosotros nos aplican la paridad. Lo que a un cubano le cuesta cinco pesos, a nosotros nos cuesta cinco CUC, o sea, cinco euros. Así, el coco-taxi que nos regresa hasta la plaza de las Armas nos cobra cuatro CUC, demasiado por recorrer dos kilómetros en un vehículo tan endeble y poco seguro.
    Después del almuerzo, gozamos del yacusi de cubierta, es genial sentir el masaje de los chorros del agua caliente mientras el sol te acaricia la cara, aunque no es una actividad exenta de peligros; nos comentan que, hoy mismo, una chica se ha torcido el tobillo al introducir el pie en la salida del agua; la aspiración no tenía protección y le ha succionado el pie con mucha fuerza. Tras la sesión de yacusi nos trasladamos a las tumbonas de la cubierta del piso once. Desde allí se disfruta una magnífica vista del puerto de La Habana.
    Por la tarde, salimos a pasear por las callejuelas de La Habana Vieja. La temperatura al atardecer es más benévola y sopla una ligera brisa que invita a caminar.
    Estamos gratamente asombrados de lo mucho que ha cambiado La Habana Vieja en estos últimos siete años: hay algunas tiendas con grandes escaparates acristalados y decoración moderna, zapaterías y tiendas de ropa para mujeres, unos pocos restaurantes, uno de ellos con bonitas esculturas en la entrada y hasta una tienda especializada en soldaditos de plomo. Los patios coloniales son un remanso de paz y algunos ya sirven como escenario de los restaurantes que poco a poco se empiezan a abrir. Desconozco el origen del dinero para la restauración de semejantes palacios. Hemos leído que son los españoles quienes más aportan.

Coche de caballos turístico en La Habana Vieja

    Si el ritmo de embellecimiento sigue, La Habana Vieja puede convertirse en la ciudad colonial más bella del mundo, sin lugar a dudas.
    Volvemos al buque a las siete, se supone que zarpará a las ocho. Nos apalancamos en la cubierta tomando un aperitivo y esperamos la salida del puerto de este monstruo de doce pisos.
    Como la zarpa se retrasa nos decidimos a cenar. Compartimos mesa con otras tres parejas. Los jubilados me dicen que este es su crucero número doce. La pareja de mejicanos disfruta de su luna de miel, seis meses de noviazgo y ya se ha quedado embarazada. Los dos beben como cosacos y no refrescos precisamente. La tercera pareja es de Murcia: ella nos confiesa que se marea en cuanto se sube a un autobús, antes de empezar a circular y aquí está segura que le va a pasar lo mismo. Son entretenidas estas charletas con el pasaje.
    Mientras cenamos, el barco se pone en movimiento, así que nos perdemos la salida del puerto.
    Hoy el servicio anda un poco lento, deben tener problemas en la cocina.

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